octubre 18, 2011

Indignados

Macario Schettino (@macariomx)
schettino@eluniversal.com.mx
Profesor del ITESM-CCM
El Universal

Y aunque varios grupos han tenido lemas diferentes, el más exitoso parece ser el de los jóvenes españoles: indignados. La indignación, decíamos, es explicable. En España hay ahora uno de los niveles de desempleo más elevados de la historia, y golpea más duro a los jóvenes. Su indignación es resultado de que no se cumplen sus expectativas, que ellos consideran aún más que eso: las entienden como derechos.

Como ya hemos comentado en varias ocasiones, la crisis que vive el mundo desarrollado en estos años es producto de sus excesos previos. En Estados Unidos, la expansión iniciada en 2003 fue alimentada con tasas de interés demasiado bajas, lo que provocó que los consumidores se endeudaran más allá de lo razonable. La crisis vino cuando eso se hizo evidente, y desde entonces los consumidores estadounidenses están reduciendo su deuda, lo que impide el crecimiento. Cuando acaben de hacerlo, volverán a crecer.

En Europa, los excesos vienen desde la década de los 80, según se puede ver en las deudas de los gobiernos, que desde entonces tomaron un camino que no tenía otro final que el que vemos hoy. Ese incremento en deuda tiene su explicación en el otorgamiento de más beneficios a la sociedad de lo que ésta aportaba. Dicho más fácil, se prometieron gastos que no tenían financiamiento en impuestos. Así, con menor edad para jubilarse, pensiones más generosas, pagos de desempleo igualmente generosos, el gasto del gobierno tuvo que financiarse con deuda. Los indignados, si son jóvenes, tienen toda la razón en indignarse: la generación previa decidió vivir mejor cargándoles el costo. Su indignación deben dirigirla a sus mayores, incluyendo a sus padres. Y sin duda a los gobiernos que facilitaron esas decisiones.

Por eso las deudas de los gobiernos son un problema, porque significan un mayor gasto hoy que se está cargando a los que vienen, que además no tienen forma de impedirlo, porque ni siquiera votan. Aquí en México deberíamos estar indignados con el endeudamiento de los años 70, y con el uso del petróleo desde 1982 en adelante. Se desperdició riqueza para permitirle a varias generaciones vivir por encima de lo que producían. No se trasladó la deuda a los jóvenes de hoy, pero tampoco se les dejó petróleo. Digamos que sus padres recibieron una herencia y la dilapidaron.

En este mes las manifestaciones llegaron a Wall Street, con el lema “Occupy Wall Street”, que se ve bastante inferior al de indignados. Tal vez porque en Estados Unidos no es tan fácil indignarse, porque el endeudamiento no resultó de una decisión clara del gobierno. Sí se puede argumentar que la política de la Fed, mantener baja la tasa de corto plazo, resultó dañina, pero no es similar a elevar el gasto y financiar con deuda. Lo que sostienen los que ocupan Wall Street es que hay un complot de financieros y políticos que explica la crisis. Es muy parecido a lo de Fobaproa aquí en México. Y en ambos casos, los manifestantes se equivocan.

Las crisis financieras por exceso de endeudamiento de los consumidores, como la nuestra en los 90 o la de Estados Unidos ahora, parecen siempre un complot coordinado por gobierno y financieros. Es muy explicable que así sea, porque ambos grupos son poco queridos por la sociedad. Unos viven de nuestros impuestos y otros de nuestros ahorros, de forma que uno no percibe claramente cuál es su utilidad social. Por eso es fácil llamarlos zánganos, porque como ese insecto, su aportación parece insignificante, pero bien que comen.

También es cierto que los integrantes de esos dos grupos, políticos y financieros, tienen un gusto superior a lo normal en temas que las personas comunes consideran vicios: el poder y el dinero. Por eso son, y siempre han sido, villanos favoritos. Por eso no costó nada de trabajo que Carlos Salinas pasara de ser el presidente más popular de la historia al más odiado en unos cuantos meses. Y por eso hay quien sigue usando a estos personajes como referencia: la mafia del poder.

Sin embargo, estos dos grupos son de la mayor importancia. No existe país exitoso que no tenga detrás políticos y financieros que lo han llevado al éxito. Así como lo oye: no hay manera de hacer exitoso a un país prescindiendo de estos dos grupos de personas. Ningún país tiene éxito económico sin un sistema financiero fuerte detrás, y ningún país se ha desarrollado de la nada, sino dirigido por una clase política. Si quiere seguir con la imagen del zángano, es momento de recordar que no importa cuánto trabaje la colmena, sin éste no hay reproducción, y no hay futuro.

Pero, como decíamos, estos grupos siempre han servido para desquitar corajes. Nadie en México quiere aceptar que la crisis de 1995 fue producto de los excesos de todos los mexicanos en los años previos. Nadie se acuerda con qué facilidad decidieron comprar cosas que sabían que no podían pagar. Como nadie quiere hoy en Estados Unidos reconocer que sus deudas personales son producto de su codicia personal. Facilitadas ambas por decisiones populistas de los gobiernos, sin duda, pero nadie contrató deudas, ni en México ni en Estados Unidos, obligado por el gobierno.

El movimiento en Estados Unidos es particularmente desagradable por su composición. Howis Carr, del Boston Herald, se tomó el tiempo de rastrear a los detenidos por la manifestación de indignados ocurrida en esa ciudad. Descubrió que la mayoría de los detenidos son estudiantes de Harvard, varios de ellos sin ningún problema económico. Más interesante aún, la mayoría es menor de 25 años, o mayor de 55, lo que sin duda ayuda a entender por qué algunos despistados han llegado a exclamar, frente a la crisis, “Marx tenía razón”. Qué profunda ignorancia.

Pero llevamos en este año primaveras árabes y otoños desarrollados, que habrá quien compare con el 68, sobre todo si es mayor de 55 años. Tal vez. También en 68 ocurrieron manifestaciones que no tenían nada que ver entre sí, salvo las juventudes que participaban en ellas. Y para eso es uno joven, ¿no?

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