octubre 14, 2011

Industrias anquilosadas

Antulio Sánchez (@tulios41)
Internet
tulios41@yahoo.com.mx
Milenio

La industria musical y la editorial tienen algo en común. A pesar de que la primera vaya un paso adelante de la otra, a las dos les cuesta adaptarse a los cambios generados por las nuevas tecnologías. El temor y la actitud voraz de seguir con modelos caducos les impide explotar de mejor manera las nuevas posibilidades narrativas, en el caso de la literatura, y de hacer mejores ofertas de productos sonoros por parte de las discográficas.

Con más de un siglo de vida, se puede decir que el modelo de la industria musical sigue inalterable, está basado en que sólo dos o tres piezas de un disco subsidien el costo total del mismo. Además, los grandes sellos desde lejanos tiempos han conformado una estructura oligopólica en donde la competencia entre los mismos no se da en los precios, sino en la oferta de artistas. Y esto ha sido trasladado al terreno de las ventas en línea, en donde las cuatro majors acordaron un precio cercano al dólar por cada melodía.

Es cierto que en la música siguen siendo los grandes sellos los que imponen el precio de la música, pero en el caso de los ebooks la situación es distinta, quien fija los precios son Amazon y la iBookstore de Apple. Pero, tanto en el caso de la música como en el de los ebooks, el afectado es el consumidor porque tiene una precaria oferta en lo musical y textos “acartonados” en los libros electrónicos y con costos más elevados que en el formato convencional.

Es cierto que las editoriales y autores son reacios a crear contenidos multimedia, pero en realidad la paradoja es que hoy las mayores trabas para dar ese salto son Amazon y Apple, quienes establecen los formatos de lectura de manera tal que poco sirve tener tecnología de avanzada (por ejemplo la versión 3 del ePab, que permite hacer con mayor facilidad libros completamente multimedia), porque la decisión de ambas va en sentido opuesto a la innovación.

Lo cierto es que hemos llegado a un punto en donde las empresas, que supuestamente surgieron para dar paso a un entorno innovador, hoy se comportan, por el afán de hacer más dinero, como las clásicas industrias culturales y atropellan los derechos de los consumidores. Y el problema es que por ahora no se perciben alternativas claras o nuevos actores que hagan pensar que eso puede cambiar en el corto plazo.

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