octubre 31, 2011

¿Quién está detrás?

Víctor Beltri (@beltri)
Analista políticocontacto@victorbeltri.com
Excélsior

No cabe duda que corren tiempos convulsos. Los tiempos electorales se viven con intensidad, y ocupan con la violencia desatada por el crimen organizado, un gran espacio en los medios. Las redes sociales se saturan, literalmente, con cada suceso, y la información suele ser tan rica, tan oportuna, que rebasa a los medios tradicionales, quienes acuden a ellas de manera cada vez más frecuente para la redacción de sus notas.

Así, nos hemos enterado en tiempo real de los últimos acontecimientos. Desde las grandes catástrofes naturales hasta los abusos de la autoridad en contra de los individuos. La democratización de la información ha permitido que los ciudadanos se conviertan en la fuente misma, y tomen decisiones que influyen en su vida diaria al tenor de sus propias búsquedas: el modelo informativo ha cambiado, de un push-up, en el que los medios decidían cuáles eran los contenidos de interés para sus propios consumidores, a un pull-in, en el que cada persona es capaz de discriminar y acercarse a la información que consideran relevante.

Sin embargo, el nuevo modelo informativo, además de las ventajas evidentes, trae aparejados riesgos que comienzan a ser estudiados y que provocan una gran preocupación en todo el mundo. De esta manera, no es descabellado hablar de un nuevo modelo desinformativo, en el que diversos grupos, con agendas muy bien definidas, tratan de influir en el comportamiento de la ciudadanía a través de estrategias concretas. Los ejemplos abundan en nuestro país: reportes sobre enfrentamientos en puntos bien estudiados que crean pánico y desvían la atención —y el tráfico vehicular—, para poder realizar operaciones encubiertas; manipulación a través de la creación de cuentas falsas y comentarios positivos para cambiar el posicionamiento de algunos actores políticos; bombardeo de información sesgada, y proclive a la malinterpretación, para sembrar la duda sobre temas y personajes específicos.

Es un fenómeno que se analiza cada vez con mayor frecuencia, y que, en algunos casos, ha servido como el pretexto perfecto para la imposición de la censura sobre la ciudadanía. Regímenes como el de China, Vietnam, Pakistán o Irán son sólo una muestra. Bloqueos masivos de información; restricciones de acceso; contenidos sujetos a aprobación gubernamental. El miedo de los gobiernos ante la libre expresión de los ciudadanos se disfraza de protección ante los riesgos que, a pesar de todo, están latentes. En fechas recientes, en nuestro país, el caso paradigmático es el de los usuarios de Twitter que fueron encarcelados en Veracruz por difundir información que provocó pánico entre la población. La respuesta del gobierno fue calificada de inmediato como represora, y la administración local terminó por recular ante lo que era, sin duda, una decisión sin fundamento jurídico. Pero la pregunta persiste: ¿qué hacer ante la presencia de una estrategia dolosa de desinformación?

El fenómeno de la desinformación, sin embargo, no es nuevo. Los libelos han existido desde siempre, desde que el acto de leer y escribir de manera cotidiana alcanzó a la gente común. Desde que los escritos difamatorios eran clavados en la plaza pública y afectaban la vida de la población entera. García Márquez tiene relatos maravillosos, y escalofriantes también, al respecto. Bastaba con difundir una especie con medias verdades, con datos inconclusos que fueran lo suficientemente creíbles como para sembrar la duda y desatar los rumores, la voz de la calle, sobre un tema concreto. De ahí, la imaginación de la gente haría el resto. Conclusiones producto de premisas falsas y alimentadas por la animadversión, que en diferentes épocas llevaron a conclusiones distintas: desde las cacerías de brujas hasta los actos en contra de grupos específicos. Desinformación, falacias, contrainteligencia. Nombres variados para un mismo fenómeno, que obedece siempre a objetivos bien establecidos.

No deja de llamar la atención que sigamos cayendo en México, hoy en día, ante estrategias de comunicación que han existido durante siglos, y que no son privativas de las redes sociales, a pesar de los esfuerzos recientes por anatematizarlas. López Obrador, con sus defectos y virtudes, merecía ser derrotado —o haber vencido— por sus programas de trabajo, y no en base al falso estigma de ser un peligro para México. Felipe Calderón ha recibido una infame calificación de alcohólico que, a pesar de que no ha sido comprobada en absoluto, sigue siendo usada por sus detractores sin molestarse en aportar dato fehaciente alguno. Y la estrategia de los libelos; de la información a medias; de contribuir al rumor y la mala fama pública; de sembrar dudas para cosechar beneficios privados, sigue campando en nuestra manera de hacer política.

El ejemplo más reciente es el de la demanda que, sobre el caso Acteal, se ha hecho sobre Ernesto Zedillo. Una demanda que, como asentó la semana pasada Carmen Aristegui, no se sabe de dónde viene, quiénes serían sus beneficiarios y, mucho menos, cuál es el verdadero objetivo subyacente. El momento político que vive nuestro país, sin embargo, apunta a que dicha demanda obedece a motivos más oscuros que el mero resarcimiento de los daños causados a los afectados: ellos mismos, siguiendo la información proporcionada por la comunicadora, no están enterados de la querella. ¿A qué obedece ésa demanda, en este preciso momento? ¿Quién está detrás? ¿Quién tiene un motivo, un casus belli para emprender una causa así? ¿Por qué? O mejor dicho, ¿para qué? ¿Para quién?

México está a punto de entrar en el proceso electoral más complicado de su historia reciente. La conjunción de factores que tendrán incidencia en esta elección nos hacen recordar el símil de la pradera en llamas a la que, irresponsablemente, alguien trata de echar más gasolina, con los resultados que cualquiera podría esperar. ¿Podemos permitirnos el lujo de que algunos actores, sedientos de venganza y ahítos de resentimiento, enrarezcan aún más una situación de por sí complicada?

La respuesta parece ser más que evidente. Y también lo que está en juego.

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