noviembre 04, 2011

De Madero a Calderón y AMLO

Jesús Gómez Fregoso
Acentos
Milenio

Sabemos que Calderón tuvo que vencer variadas carreras de obstáculos que le presentaron los amigos de AMLO para tratar de impedir que pudiera ceñirse la banda tricolor. No creo que haya habido en nuestra historia “republicana” un presidente electo que haya batallado tanto para poder rendir la protesta presidencial.

En este México en que contabilizamos a los muertos y desaparecidos, y los emigrantes víctimas de la violencia, los desencuentros entre Cordero con Moreira y Peña Nieto, entre Josefina Vázquez Mota y compañeros de partido, los acuerdos o desacuerdos entre Ebrard y AMLO no sabemos cómo terminen en las elecciones del próximo julio, tampoco sabemos cómo tomará posesión el sucesor de Felipe Calderón. Lo que sí sabemos es que Calderón tuvo que vencer variadas carreras de obstáculos que le presentaron los amigos de AMLO para tratar de impedir que pudiera ceñirse la banda tricolor. No creo que haya habido en nuestra historia “republicana” un presidente electo que haya batallado tanto para poder rendir la protesta presidencial. Creo también que el presidente electo que mejor llegó al Congreso para rendir su protesta fue Panchito Madero, hace exactamente un siglo, el 6 de noviembre de 1911. Creo también que ha sido el único que llevó delante de la carroza que lo conducía una escolta de 16 jinetes, porque Pascual Orozco, aunque vestido de guerrillero llevaba ropa más presentable, al igual que sus compañeros, que más que escoltar a Madero daban un aspecto festivo, muy de la Revolución, al chaparrito norteño que llegó a ceñirse la banda tricolor de presidente de la República. Un mes antes, el 1 de octubre, se habían realizado las elecciones. No existía el IFE, pero las autoridades declararon que, en la ciudad de México Madero obtuvo 801 votos, siete León de la Barra, tres Francisco Vázquez Gómez, uno Emilio Vázquez Gómez y Alberto García Granados un voto. Se habían instalado ocho colegios electorales y el cómputo final se realizó en la oficialía de la Cámara de Diputados. Madero, que, a diferencia de Pascual Orozco y Pancho Villa, sabía usar muy bien el chaleco, el levitón y el sombrero de copa, llegó al Congreso aclamado espontáneamente por los capitalinos. Sin duda ha sido el presidente que tomó posesión como nadie lo había hecho ni lo haría después. No tengo en la memoria un recuento de las tomas de posesión anteriores: de Guadalupe Victoria, Vicente Guerrero, de las once tomas de posesión del “guerrero inmortal de Zempoala”, como decía una de las estrofas del himno nacional y que ya no se canta porque se referían a Don Antonio López de Santa Anna. Cuando Don Benito tomó posesión de la presidencia, en 1858, fue en un acto más bien improvisado para cumplir lo elemental del protocolo; cuando se reeligió, en las elecciones de 1867, después de la victoria sobre el Segundo Imperio, hubo ceremonia digna de la ocasión, pero no creo que superara al entusiasmo del 6 de noviembre de 1911. Las tomas de posesión de la presidencia de mi general Porfirio Díaz, no hace falta decirlo, carecieron sin duda del entusiasmo y espontaneidad de los que aclamaban al chaparrito de Coahuila que había derrocado a Díaz. En mis años jóvenes, en la ciudad de México, durante los años de Ruiz Cortines y López Mateos, los tiempos dorados del presidencialismo priista, asistía yo a los alrededores del Zócalo los días de toma de posesión y de los informes presidenciales: la maquinaria oficial de miles de acarreados: era impresionante, pero ciertamente no había espontaneidad. En pocas palabras, lo reitero, me atrevo a afirmar que la de Panchito Madero fue la toma de posesión más deseada por el pueblo.

Sin embargo, en el ánimo de Francisco Ignacio Madero, ese 6 de noviembre, había nubarrones más que negros: su antiguo aliado Emiliano Zapata seguía en armas, frustrado porque las tropas del presidente interino León de la Barra, capitaneadas por Victoriano Huerta, habían alargado una verdadera guerra de exterminio contra los campesinos morelenses. Recomiendo una película muy olvidada: Viva Zapata, de Elia Kazan, de 1956 aproximadamente, con Marlon Brando y Anthony Quinn, ninguna maravilla como historia, pero notabilísima ambientación. La gente cercana a Madero no ignoraba la gravedad de la situación en el Estado de Morelos y, poco después, con el Plan de Ayala, Emiliano se enfrentó a su antiguo jefe: Madero. Siempre he pensado que Zapata nunca entendió a Madero, quien nunca prometió devolver tierras y Emiliano, aunque rodeado por algunos maestros rurales y por el párroco de Villa Ayala, nunca leyó inteligentemente el Plan de San Luis, en el que nunca se promete repartir tierras.

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