noviembre 30, 2011

El poder por el poder lía a Chuchos y a AMLO

Ricardo Alemán (@RicardoAlemanMx)
Excélsior

Como producto de una terapia familiar de choque, todos olvidaron los agravios, las deudas y, felices, salieron a la calle a declarar su amor

Ahora resulta que entre el amoroso Andrés Manuel López Obrador y sus otrora irreconciliables enemigos a muerte, Los Chuchos, todo es miel sobre hojuelas. Tal parece que uno y los otros ya olvidaron los agravios, las mentadas de madre, las zancadillas y los puntapiés.

Y que juntos “y agarraditos de la mano” van de nuevo al altar de la política, a refrendar sus votos de fe, amor y lealtad, como si él y ellos no hubiesen incurrido en traiciones, deslealtades, infidelidades, crímenes políticos y, sobre todo, violencia intrapartidista.

Bueno, la infidelidad político-electoral de AMLO fue tal que, de plano, abandonó la casa —el PRD—, buscó dos amantes —el PT y esa belleza antes llamada Convergencia— y hasta puso dinamita en la casa familiar, la que lo vio nacer, que lo hizo líder político y del partido, y lo llevó a ser candidato presidencial en la primera intentona.

La guerra era tal, que incluso en el bando de Los Chuchos se llegó al extremo de declarar la guerra a todo y todos los cercanos a López Obrador, sobre todo a pillos como la mancuerna Bejarano-Padierna. Era tal la fractura que las partes estuvieron a punto de liquidar los bienes y repartir las migajas.

Y de pronto, como por arte de magia; como producto de una terapia familiar de choque —y luego de que AMLO cometió parricidio político con Cuauhtémoc Cárdenas—, todos olvidaron los agravios, las deudas y, felices, salieron a la calle a declarar su amor, a presentarse ante los electores y potenciales votantes como “la familia feliz”. ¿Alguien puede creer esa farsa? ¿Resulta creíble esa patraña?

Está claro que los políticos mexicanos son capaces de todo, de tragar sapos y serpientes si es necesario —en el mejor de los casos—, sin embargo, nada ni nadie puede garantizar que una reconciliación forzada, interesada y movida por el vulgar motor del poder por el poder —como es el caso de la unión de Chuchos y AMLO—, se traduzca en una fórmula ganadora.

Más aún, un matrimonio político en donde los principios, los valores políticos, la doctrina y el credo son lo de menos y en donde el único motor es el poder —en realidad el poder por el poder—, corre el riesgo de ser visto por los electores como una grosera tomada de pelo. ¿Cómo le van a explicar a los potenciales electores de la izquierda que, luego de años de guerra civil, de grosera disputa por los huesos del poder, repentinamente esa guerra se acaba y los ejércitos de uno y el otro bandos salen a la calle a cantar alegremente a favor del amor y la paz?

Si la reconciliación entre AMLO y Los Chuchos fue posible gracias a un acuerdo en el que las partes se repartieron el pastel político y el poder público —como en el fondo es todo acuerdo político—, entonces asistimos a la confirmación de que la pelea de origen, la división y las pugnas entre la llamada izquierda, no eran sino una vulgar pelea por el poder. Lo demás, la retórica, las promesas, los discursos, los gritos y los sombrerazos, no eran sino una parte de la escenografía engañabobos.

Pero el asunto va más allá. Una cosa es el anuncio amoroso de la reconciliación —en donde aparecen sonrientes el agua y el aceite— y otra cosa muy distinta será el día a día de la actividad política, en el terreno. ¿De qué estamos hablando? De que la actividad política en un partido tiene como principal motor la ganancia en espacios, posiciones y, en general, lo que se conoce como cuotas de poder. En no pocas entidades, los territorios de competencia entre el PRD, el PT y Convergencia son los mismos. ¿Cuál de esos partidos va a ceder su espacio de poder, su clientela, su ganancia y, claro, la tajada del pastel en disputa?

Lo cierto es que reconciliar por la fuerza —como ocurrió ayer— lo irreconciliable —es decir, al PRD, el PT y Convergencia—, sólo favorecerá una guerra soterrada que, en el mejor de los casos, provocará la parálisis total y, en el peor de los escenarios, favorecerá la deserción. Es decir, que los cuadros del PRD, el PT y Convergencia que se sientan lesionados en sus intereses, buscarán refugio en el PRI y/o en el PAN.

Y si tienen dudas de la complejidad en la suma de voluntades entre las tribus de las llamadas izquierdas, recuerden algunas razones por las que perdió AMLO en 2006: porque a pesar del arrastre masivo, cada chango se aferró a su mecate. ¿Quién le creerá a Bejarano, a Los Chuchos y a AMLO ese amor eterno, inolvidable? Al tiempo.

EN EL CAMINO

Por cierto, al candidato que quieren bajar en el PAN se llama Santiago Creel.

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