noviembre 04, 2011

El síndrome de La Moncloa

Fran Ruiz (@perea_fran)
fran@cronica.com.mx
La aldea global
La Crónica de Hoy

Existe una enfermedad endémica en España que se llama síndrome de La Moncloa y que, hasta la fecha la han padecido sólo cinco hombres (ninguna mujer, por cierto). Enfermaron los que vivieron un tiempo en el Palacio de La Moncloa, sede del Gobierno español en Madrid; a saber: Adolfo Suárez, Leopoldo Calvo-Sotelo, Felipe González y José María Aznar; así como el actual inquilino: José Luis Rodríguez Zapatero.

Los síntomas que presenta el enfermo son claros y se definen básicamente por un repentino endiosamiento, como si estuvieran a punto de morir de éxito tras ganar las elecciones, para caer, con el paso del tiempo, en un progresivo alejamiento de la realidad, que transforma al paciente en un ser solitario e incomprendido, y que se hace visible con su gesto huraño, la mirada perdida y un acelerado envejecimiento; el resultado final es la muerte política y el escarnio público.

(Ahora que lo pienso, esta enfermedad también la podríamos diagnosticar a algunos inquilinos que han pasado por Los Pinos y a algún que otro candidato que se quedó a las puertas y presentó automáticamente todos los síntomas; pero este supuesto síndrome de Los Pinos sería objeto de estudio en otra ocasión, porque hoy toca centrarse en España, que entra en campaña hoy y acude a elecciones adelantadas el 20 de noviembre).

Sobre las elecciones que se vienen encima en España (afortunadamente la campaña sólo dura 15 días) hay muy poco que apostar, a no ser que apostemos por cuánto va a perder el candidato oficialista, el ex ministro del Interior de Zapatero, Alfredo Pérez Rubalcaba, que se presenta con la pesada carga de cinco millones de desempleados y una sola victoria en su agenda: la de haber finiquitado a ETA con su dura persecución policial. Pero tras dos años de ausencia de atentados, el desempleo ha sustituido al terrorismo como la máxima preocupación de los españoles, y el panorama en este campo es tan desolador para el candidato oficialista que sólo causa interés a estas alturas saber cuán grande será la mayoría absoluta del candidato de la derecha, Mariano Rajoy, y por cuánto perderá el candidato socialista.

Reitero lo de perder las elecciones porque en España se cumple muy claramente eso de quien gana, lo hace por los errores del otro más que por méritos propios. Esto es así como consecuencia directa de ese síndrome de la Moncloa. De hecho, los candidatos oficialistas siempre han perdido por culpa del desgaste heredado por un mal final de legislatura.

Bajo esta lógica, Aznar no le ganó a González en 1996, sino que fue el presidente y candidato socialista quien perdió, agobiado por un escándalo de guerra sucia contra ETA, al haber autorizado, presuntamente, la creación de del grupo clandestino antiterrorista GAL.

Bajo esta lógica, Zapatero no ganó las elecciones en 2004, sino que las perdió Rajoy, heredero de Aznar en el PP, quien se vio arrastrado por la oleada de indignación de muchos españoles, que se sintieron engañados con un gobierno que mintió sobre el ataque islamista en Madrid, al que trató de achacar a ETA.

Bajo esta misma lógica, el heredero de Zapatero, Rubalcaba, va a perder el 20 de noviembre las elecciones, porque él mismo formó parte hasta hace unos meses de un gobierno que no supo ver la crisis que se venía encima.

Gran parte de la culpa de que Zapatero no adoptara a tiempo medidas anticrisis de choque, y de que cuando lo quiso hacer ya no pudo frenar la sangría de trabajos perdidos, se debe precisamente a que ya estaba seriamente aquejado del síndrome de La Moncloa y había perdido contacto con la realidad.

Un ejemplo es que cuando, en pleno estallido de la burbuja inmobiliaria, culpable principal de la cifra histórica e intolerable de cinco millones de españoles desempleados, Zapatero todavía iba diciendo por ahí que España muy pronto iba a superar a Francia en renta per cápita, como ya había hecho con Italia.

Cuando finalmente entendió la que se venía encima, el mandatario socialista pisó el freno tan fuerte que autorizó unos recortes sociales dignos de un líder ultraneoliberal, origen de la oleada de descontento popular que degeneró, por un lado, en el movimiento de los “indignados”, y por otro, en el castigo que va a recibir el PSOE en las urnas.

El desencanto entre el votante de izquierda es tan grande que la campaña electoral que comienza cuenta con dos candidatos: Rajoy y la abstención del votante tradicional del PSOE; cuanto mayor sea la abstención, más grande será la mayoría absoluta del candidato del PP.

Y con tantos millones de desempleados ¿quién se acuerda del increíble avance social de España bajo los siete años y medio de mandato de Zapatero? Muy pocos.

Al todavía presidente español le queda hacer las maletas y prepararse para abandonar La Moncloa, arrastrando como pueda ese síndrome del que no pudo escapar. Mientras espera que la Historia sea más justa en el futuro, el presente ya le ha buscado un mote de última hora: “El liquidador de Fukushima”, el que al final trató desesperadamente de apagar el fuego de la crisis y acabó quemándose hasta morir.

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