noviembre 14, 2011

El valor y la fortuna

Héctor Aguilar Camín (@aguilarcamin)
acamin@milenio.com
Día con día
Milenio

Hay la virtud y hay la fortuna, dice Maquiavelo, equiparando la virtud al valor, y la fortuna al azar. La palabra virtú conserva en ella mucho del sentido antiguo de virilidad, y la palabra fortuna, mucho del estereotipo sobre la mudanza y el capricho femeninos. La virtú puede atraer y domar a la fortuna, sugiere Maquiavelo, como se atrae y se doma a una mujer.

Recuerdo este pasaje simple, aunque de insondables resonancias, con pesar. Nadie negará el valor del presidente mexicano, Felipe Calderón, la decisión con que ha emprendido tareas que otros rehusaron. Pero la fortuna no ha saludado ni se ha sometido a su valor, le ha impuesto cargas y pruebas mayores.

La realidad es experta en símbolos, aunque no alcanzo a entender qué puede simbolizar la increíble simetría de que este gobierno haya perdido dos secretarios de Gobernación en accidentes aéreos, y un tercero en el gobierno panista anterior.

Algo hay que revisar en las siguientes cifras: la flotilla aérea del Estado Mayor Presidencial anda cerca de los 30 años en promedio (La Razón, 12/11/11). Volando en unidades del gobierno federal, durante el sexenio de Zedillo hubo ocho muertos, 16 hubo durante el gobierno de Fox y en lo que va del de Calderón van 48.

No faltan los conspirólogos ni los analistas que ven en estas muertes esto y aquello. Ni faltarán. Mientras no haya pruebas de algo, prefiero ver en la tragedia del viernes pasado simplemente un golpe puro y duro de la adversidad.

Se trata de esas adversidades que cuesta trabajo aceptar porque exhibe, en la vulnerabilidad de los poderosos, la vulnerabilidad de todos.

Se ha dicho que la historia no puede preverse porque su genio rector es la fecundidad de lo inesperado. La estupidez de lo inesperado también. El oficio político consiste en muchos sentidos en administrar el azar.

Creo que hay que saludar el valor y la entereza del presidente Calderón, y de su equipo, en el manejo del terrible viernes fúnebre en que perdió al segundo secretario de Gobernación y al segundo amigo personal con ese cargo de su gobierno.

Quiero extender también mis condolencias a los deudos de los muertos. La sorpresa del hecho añade estupor y hace más difícil y tajante su duelo.

La investigación exhaustiva del accidente es desde luego necesaria. También la mesura de los medios, el respeto al dolor ajeno, la solidaridad con los que penan hoy el rigor de la funesta fortuna.

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