noviembre 26, 2011

¡Irresponsable!

Jaime Sánchez Susarrey
Reforma

Las designaciones que ha hecho el presidente de la República revelan rasgos fundamentales de su personalidad. De los cinco inquilinos que van en el Palacio de Covián, sólo dos tenían un perfil propio

Felipe Calderón ha tenido mala suerte por partida triple. No es común perder dos secretarios de Gobernación en accidentes aéreos, que además eran sus amigos cercanos y uno de ellos se perfilaba como su delfín en la sucesión presidencial.

Pero más allá de los accidentes y la mala suerte, las designaciones que ha hecho el presidente de la República revelan rasgos fundamentales de su personalidad. De los cinco inquilinos que van en el Palacio de Covián, sólo dos tenían un perfil propio.

Francisco Ramírez Acuña, siendo gobernador, se la jugó con Felipe Calderón antes del inicio. Fue él quien le organizó en Jalisco su primer acto de campaña para buscar la candidatura del PAN a la Presidencia de la República.

Fernando Gómez Mont tenía una larga trayectoria como abogado y había sido "compañero de armas" de Calderón desde su juventud. Su trato con el presidente de la República era de tú a tú.

El hecho de que ninguno de los dos haya durado mucho tiempo en el puesto confirma que Felipe Calderón prefiere la lealtad y la subordinación por encima de cualquier otra consideración.

Juan Camilo Mouriño, Francisco Blake y, ahora, Alejandro Poiré tenían en común dos cosas: 1) su cercanía con el presidente de la República; 2) carecer de un currículum que justificara su nombramiento.

Este criterio contrasta con lo que ocurría bajo los gobiernos priistas. Miguel de la Madrid tuvo a Manuel Bartlett. Carlos Salinas a Gutiérrez Barrios, Patrocinio González y Jorge Carpizo. Ernesto Zedillo a Esteban Moctezuma, Emilio Chuayffet, Francisco Labastida y Diódoro Carrasco.

Y ya en la alternancia, Vicente Fox nombró, primero, a Santiago Creel y, después, a Carlos Abascal. Ambos tenían su personalidad propia. No eran una hechura del presidente de la República.

La importancia estratégica de la Secretaría de Gobernación es evidente. Su titular queda al frente del gobierno cuando el Presidente abandona el país, forma parte del gabinete de seguridad y es el encargado de las relaciones con los partidos y los gobiernos estatales.

En el gobierno es un primus inter pares. No sólo respecto de los gabinetes económico y social, sino del gabinete de seguridad nacional que incluye a los secretarios de Seguridad Pública, del Ejército y de la Marina.

Amén de que en la reforma recién aprobada en la Cámara de Diputados se establece que en caso de falta absoluta del presidente de la República será el secretario de Gobernación quien asuma el cargo hasta el nombramiento de un presidente interino.

Por todas estas razones, y por las que expongo a continuación, el nombramiento de Alejandro Poiré como secretario de Gobernación, más que sorprendente, resulta alarmante.

Su breve y meteórica carrera incluye su paso por el Centro de Investigación y Seguridad Nacional (Cisen) de la Secretaría de Gobernación, cargo para el que no tenía formación ni experiencia.

Anterior a ello, su labor más visible y notable fue la de ser vocero del Consejo de Seguridad Nacional. Desde ahí emprendió una campaña de información, en realidad de propaganda, para defender la estrategia del gobierno en el combate al narcotráfico. Nada más.

Ahora, ese joven de 40 años, que jamás ha ocupado un puesto de elección popular o ha estado al mando de una Secretaría de gobierno, se ocupará y decidirá sobre cuestiones medulares para el país en un contexto muy complicado.

Porque fue el propio Felipe Calderón quien advirtió que en los meses por venir la espiral de la violencia se recrudecería. Su advertencia ya se convirtió en profecía cumplida. Allí está la ejecución de 26 personas en Guadalajara y la narcomanta contra los gobernadores de Jalisco y Sinaloa.

Dicho sea de paso, Alejandro Poiré fue el principal detractor de la tesis de que la muerte de Nacho Coronel, lugarteniente de El Chapo, el 29 de julio de 2010, desataría una guerra por el control de la plaza y dispararía la violencia en Guadalajara.

Pero el problema de fondo no está en el diagnóstico equivocado, que sí lo hubo, sino en que la espiral de la violencia se incrementará en todo el país en el año de la elección presidencial.

A lo que hay que agregar dos factores fundamentales: el riesgo de polarización y confrontación en el proceso político. López Obrador está de regreso y va por todo. Suponer que reconocerá su derrota, empacará sus maletas y se irá para su casa, no es ingenuo, es estúpido.

El conflicto poselectoral ya está en el horizonte. La pregunta, en consecuencia, no es si habrá o no impugnación y protestas contra los resultados y las autoridades, sino de qué magnitud serán las mismas.

La respuesta a esa pregunta no la puede formular nadie porque depende de dos incógnitas: primero, de si la elección se polariza o no entre Peña y AMLO. Segundo, de que la diferencia entre ambos sea muy cerrada.

Para acabar de complicar el escenario, está el factor del crimen organizado. Cómo no tener presente el asesinato de Rodolfo Torre Cantú, candidato del PRI al gobierno de Tamaulipas, el 28 de junio de 2010. Y apenas el 2 de noviembre pasado, el atentado mortal contra Ricardo Guzmán, alcalde de La Piedad, Michoacán.

Y, por si todo lo anterior fuera poco, la economía mundial pende de un hilo. La posibilidad de que la Unión Europea no logre conjurar la crisis y arrastre al resto del mundo es real. Las consecuencias para México serían desastrosas y no hay forma de evitarlas.

Dado todo el contexto descrito, el nombramiento de Alejandro Poiré en la Secretaría de Gobernación es un acto irresponsable del presidente de la República.

Ningún capitán, en sus cabales, pone al timón a un joven inexperto cuando el mar está encrespado y soplan vientos de tempestad.

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