noviembre 14, 2011

La muerte del sultán

Víctor Beltri (@vbeltri)
Analista político
contacto@victorbeltri.com
Excélsior

El viernes 11 de noviembre, a unas cuantas horas antes de que se diera a conocer la tragedia en la que perdieron la vida ocho servidores públicos, escuché una historia narrada por un eminente abogado veracruzano, que no he dejado de recordar desde entonces. En el contexto de una discusión sobre la legitimidad de los comicios de 2012, y los ataques que la autoridad electoral recibe constantemente, se refería a uno de los relatos incluidos en Las Mil y Una Noches y que, para ser sincero, yo no recordaba. Lo cito aclarando, desde ahora, las traiciones que alberga la memoria.

Trataba de un sultán en cuyo reino vivía una persona que, según el pueblo, tenía el don de la clarividencia, por lo que la gente lo quería y lo respetaba. El sultán estaba celoso de la fama del adivino, que era superior a la suya, y quería deshacerse de él, de alguna manera. Pero no encontraba cómo hacerlo sin ganarse la animadversión de los habitantes. Su gran visir, un hombre taimado, le aconsejó hacer una gran fiesta en la que el mago fuera el invitado de honor. En el momento culminante tendría que hacerle una pregunta frente a todo el pueblo: ¿Sabes la fecha de tu propia muerte?

Era una pregunta diseñada para acorralar al adivino. Si respondía que su muerte sería ese mismo día, el sultán se libraría de él mandándolo matar en el acto. Si decía cualquier otra fecha, el sultán probaría que el mago estaba equivocado, matándole de cualquier forma. Si, por el contrario, decía que no lo sabía, el desprestigio le restaría la popularidad que ansiaba el sultán. Era un plan perfecto.

Organizó la fiesta y, de acuerdo con lo planeado lo llamó cuando la celebración estaba en su apogeo. Frente a todos los asistentes le formuló la pregunta, ante la cual el adivino guardó silencio y, tras algunos minutos, le respondió: "Sí, claro que la conozco. Voy a morir justo un día antes de que tú lo hagas".

La respuesta desconcertó al sultán, quien acto seguido mandó matar a su gran visir y nombró, en su lugar, al adivino. Sobra decir que cuidó, en adelante, de la salud de su nuevo ministro como si fuera la suya propia.

El abogado prosiguió entonces, reflexionando. Es lo mismo que pasa con nuestras instituciones. Si no las cuidamos y las seguimos atacando, terminaremos por darnos cuenta de que, en el momento en que ellas fracasen, lo hará el país entero, prácticamente al día siguiente.

La imagen era poderosa, ciertamente. Retrataba de cuerpo completo la actitud de los actores políticos que, buscando el poder a como dé lugar, no dudan en minar a cada paso la actuación de las instituciones, tal parece que en previsión a un proceso que probablemente no les será favorable, para poder, posteriormente, cuestionar la legitimidad de las autoridades. Ejemplos abundan. Los consejeros del IFE que no han sido nombrados, de manera por demás irresponsable. Las sospechas que se van sembrando de manera maliciosa sobre actores específicos. Las campañas de desprestigio que algunos órganos sufren de manera constante en la opinión pública. La alimentación continua del encono y la división entre quienes deberían de ser, antes que enemigos, adversarios.

Aquel viernes, y todavía con la historia en mente, unos momentos más tarde comenzó a fluir, a cuentagotas, la información sobre el helicóptero desaparecido. Versiones encontradas, especulaciones, lamentos. Pero, también, en las redes sociales, expresiones de alegría. De alegría, aunque suene increíble. Gente que aprovechaba la tragedia para seguir expresando su rencor por la forma en la que su candidato perdió la elección de 2006; usuarios que atribuían el accidente a la guerra fallida del espurio; comentarios que cuestionaban el hecho de que la muerte del secretario de Gobernación y su equipo tuvieran una atención mediática distinta a la de los ciudadanos que han muerto en los últimos cinco años. Rencor, mezquindad, inquina pura: manifestaciones lamentables de la miseria humana.

Al día siguiente, y mientras transcurrían los funerales, los comentarios continuaron. Algunas personas, integrantes incluso del Congreso de la Unión, llegaron a criticar el que miembros de la izquierda hubieran acudido al acto y, oh calamidad, dieran sus condolencias a Felipe Calderón.

La historia del sultán y el adivino se antoja, cada vez, más vigente. Las decisiones que se han tomado este sexenio son, muy probablemente, erróneas, pero la manera de cuestionarlas es, indudablemente, más equivocada. Es difícil de entender la mezquindad de quienes, antes de entablar un diálogo y participar activamente con propuestas, apuestan al derrumbe de las instituciones y al fracaso total de un gobierno que, de forma acertada o no, no podemos olvidar, representa al Estado mexicano. No puede ser éste el momento de regatear el apoyo a la nación, justo en el momento en el que más lo necesita.

Ahora nos enfrentamos al inicio de un nuevo proceso electoral presidencial en medio de la incertidumbre y la desazón. Las condiciones de seguridad pública son preocupantes, y el éxito en traer de nuevo la paz y la tranquilidad a la ciudadanía no podrá ser alcanzado sin el compromiso de todas las fuerzas políticas. Las que perdieron y las que ganaron. Las que quieren regresar. Todas, sin excepción. Necesitamos un gran esfuerzo de generosidad y altitud de miras para darnos cuenta de que, tanto el querer cobrar las facturas pendientes como el pretender mantenerse en el poder, por el poder mismo, nos está llevando a una situación límite y que puede fracturar el orden institucional que con tanto trabajo hemos creado.

Podríamos matar al adivino en un día cualquiera, valiéndonos de toda clase de argucias. Sería relativamente sencillo hacerlo. Pero no podemos olvidar que, si seguimos atentando contra las instituciones que son el pilar de la democracia, en aras del interés inmediato, el país entero fracasaría al día siguiente. La decisión, todavía, es nuestra.

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