noviembre 08, 2011

Los tres del 2012

León Krauze (@Leon_Krauze)
leon@wradio.com.mx
Epicentro
Milenio

Todo político en campaña enfrenta una disyuntiva crucial: a qué legado acercarse y de cuál alejarse. Un mal cálculo puede dar al traste con la aspiración presidencial más consolidada. En el caso de la elección de 2012, los tres aparentes candidatos enfrentarán retos de verdad complejos a la hora de definir su identidad política, el personaje que venderán al electorado. Veamos.

Andrés Manuel López Obrador tendrá que mantener un duelo frente al espejo. A la hora de la verdad, López Obrador deberá aclarar dónde está parado realmente. Habrá una larga lista de asuntos en los que tendrá que optar por posiciones que no permiten ambigüedad alguna. Pienso, por ejemplo, en el proyecto de ampliar la inversión privada en Pemex. O en los planes de reforma fiscal, ligados de manera íntima con la que fue su larga confrontación con las corporaciones mexicanas, esas que durante años llamó “la mafia” y ahora son sólo “los que mandan”. También tendrá que ser muy claro a la hora de explicar la relación que pretende establecer con Estados Unidos y varios otros actores de peso específico y real. A lo largo de la campaña, López Obrador deberá abrir sus cartas y decidir, en suma, si defiende las causas más beligerantes de sus cinco años de “gobierno legítimo”, con el discurso que tanto gusta a esa base sólida pero insuficiente de votantes, o hace campaña como una suerte de nuevo moderado.

Josefina Vázquez Mota enfrentará un reto interesante: deberá decidir qué tanto alejarse del legado de Felipe Calderón. Uno podría pensar que lo más conveniente sería marcar distancias claras con el Presidente. Después de todo, Calderón ha sido una figura polémica, capaz de generar antipatías que trascienden intereses políticos. Pero alejarse del Presidente puede resultar insensato. Más allá de los rencores nacidos en los días aciagos de 2006, Felipe Calderón aún goza de un índice de aprobación de entre 50 y 54 por ciento, cifra no espectacular pero sin duda envidiable en otras latitudes. Y no sólo eso. Aunque la estrategia contra el narcotráfico sigue siendo muy criticada, hay zonas del país en las que la presencia del Ejército es bien vista. Ahí, la cercanía cuidadosa con el proyecto calderonista podría ser un activo para Vázquez Mota. Además, la candidata del PAN podría adoptar un discurso firme frente al crimen organizado y, al mismo tiempo, cultivar una imagen más suave. Es una combinación compleja, pero no inédita.

Finalmente está el caso de Enrique Peña Nieto. Hace algún tiempo lamenté en estas páginas que Peña Nieto insistiera en no deslindarse con claridad de las viejas formas del priismo. Cuando lo entrevisté en radio al día siguiente, el ex gobernador respondió que no había que confundir solemnidad con anacronismos políticos. No me convenció entonces y tampoco me convence ahora. Enrique Peña Nieto tiene que decidir qué hará con el viejo PRI que lleva arrastrando, como grilletes medievales, desde que comenzó su carrera política. Pensemos solamente en Humberto Moreira, el bombástico presidente del PRI, encarnación actual de todo lo que fue tóxico en el partido. Los priistas se defienden argumentando que hay que permitirle a Moreira decir su verdad sobre los malos manejos de las finanzas coahuilenses. Pero lo cierto es que las revelaciones periodísticas de los últimos días dejan poco lugar a dudas. Moreira actuó mal y el PRI lo sabe. Por eso es tan grave que el PRI de Peña, que con tanta disciplina actuó para bloquear las partes de la reforma política que le incomodaban, no haga lo mismo ahora para dar un golpe en la mesa. Peña Nieto debería aprovechar la ocasión para dejar claras sus intenciones y principios. Debería hacer de Moreira —con todo y sus ínfulas de señor feudal— un ejemplo. Tristemente, Peña Nieto, el supuesto reformador, estandarte de una generación, se ha abstenido. Mala señal.

Al final, Peña Nieto y sus dos rivales no podrán esconderse: tendrán que decidir qué causas y legados defienden. De su astucia política —y de su valentía de propósito— dependerá el resultado de la elección, que ya está a sólo ocho meses de distancia.

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