noviembre 28, 2011

¿Lula o Peje 2.0?

Denise Dresser
Reforma

Ante el anuncio de la "República amorosa" que propone Andrés Manuel López Obrador surgen las preguntas esenciales, ineludibles, definitorias: ¿cómo se comportará rumbo a la elección del 2012? ¿Se convertirá en un izquierdista pragmático o volverá a ser un populista confrontacional? ¿Tomará decisiones con la cabeza fría o con la misma víscera candente? ¿Derrumbará los vetos que ha contribuido a construir o fortalecerá su existencia? ¿Tenderá puentes para ampliar apoyos o colocará dinamita debajo de ellos? ¿Armará un equipo con base en el talento o en función de la lealtad? ¿Será un Lula o un AMLO reloaded? ¿Un izquierdista moderno o tan sólo un Peje 2.0?

Las preguntas que acompañan a López Obrador tienen razón de ser. Las dudas que lo rodean son legítimas. Durante los últimos seis años, el Peje muestra múltiples facetas, múltiples caras, múltiples maneras de ser y de pelear. A veces cae en la provocación, a veces promueve la reconciliación; a veces empuña el machete, a veces extiende la mano; a veces habla de la refundación total de la política y a veces habla tan sólo de reformarla. López Obrador oscila entre el extremismo del mesías y el incrementalismo del político. Oscila entre el objetivo contradictorio de pelear por una causa y morir por ella. Quiere cambiar la Presidencia pero también llegar a ella. Quiere regenerar el poder pero también concentrarlo en sus manos. Quiere romper con el pasado pero también ser viable en el futuro.

Y de allí las dudas que despierta. De allí los temores que suscita. De allí los odios que engendra. De allí el calificativo más común con el cual lo describe la prensa internacional: "fiery" (ardiente). Porque la retórica de AMLO es y ha sido fogosa, combativa, provocadora. Porque por táctica o por convencimiento, AMLO ha usado sus palabras como un sable. Las ha pronunciado para despreciar la ley, para "mandar al diablo a las instituciones", para condenar a la Suprema Corte, para enjuiciar a la clase empresarial, para hablar de la mafia que manda en México, para convocar a un plantón sobre Paseo de la Reforma.

López Obrador ha sido comparado con Hugo Chávez porque ha hablado como él. Porque ha gritado como él. Porque ha polarizado como él. Porque las condiciones de su surgimiento son similares. Chávez es producto de la decadencia de las instituciones políticas de Venezuela y López Obrador es producto de un fenómeno comparable en México. Chávez emerge después de una década de malos manejos por parte de la clase política y López Obrador también. Chávez aprovecha el descontento creciente con el orden establecido y a López Obrador le gustaría hacerlo. Ambos ejercen el liderazgo caudillesco, fomentan la movilización masiva, apelan a mitos fundacionales, critican a las instituciones corrompidas, creen en la soberanía popular por encima de la democracia representativa. Ambos construyen enemigos para diferenciarse de ellos. Ambos se perciben como salvadores de una democracia saboteada. En eso el político tabasqueño se parece al populista venezolano. Llenan huecos, llenan vacíos, llenan espacios que una democracia epidérmica ha contribuido a crear. Hablan de la refundación de la política porque se aprovechan de la desilusión frente a ella.

Y las soluciones que ofrecen son parecidas: la voluntad popular por encima de la representación institucional. La democracia construida sobre derechos colectivos en vez de libertades individuales. El referéndum constante como legitimador a modo. El papel clientelar del Estado vis a vis la sociedad. La política concebida como la entrega de bienes en lugar de la protección de garantías. El pueblo por encima del individuo. El discurso paternalista en lugar del discurso innovador. La purga política como prerrequisito para la prosperidad. La impaciencia con los pesos y contrapesos. El petróleo como panacea. La percepción de la política como la continuación de la guerra por otros medios. La visión del desarrollo basada ahora en una "cartilla moral" y el amor al prójimo.

Siempre es peligroso predecir lo que un candidato hará si llega al poder. Una cosa es lo que se dice y otra lo que se hace. Una cosa es el luchador en el ruedo y otra el Presidente en la silla. Como candidato, Vicente Fox ofreció el cambio glorioso; como Presidente entregó la continuidad desilusionante. Felipe Calderón ofreció ser el Presidente del empleo y se convirtió en el asociado con 45 mil muertos. Como candidato, Lula atemorizó a Brasil; como Presidente lo gobernó exitosamente. En palabras de Mario Cuomo: "Los políticos hacen campaña con poesía, pero gobiernan con prosa". Desde el 2006, López Obrador ha escrito poesía maldita. Para poder ser competitivo en la próxima elección tendrá que escribir prosa convincente. Moderada. Centrista. Responsable. Porque si no, jamás podrá combatir la desconfianza que creó, el miedo que suscitó, la percepción negativa que construyó. Y en lugar de convertirse en el Lula mexicano, acabará siendo más de lo mismo: el Peje que promete amor pero sólo lo entrega a quienes se rinden ante él incondicionalmente.

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