noviembre 13, 2011

México ante la muerte

Pascal Beltrán del Río (@beltrandelriomx)
Bitácora del director
Excélsior

Nos hemos vuelto cada vez más insensibles a la pérdida y al sufrimiento ajenos, aunque toquen incluso a quienes pudimos haber conocido.

Esta sociedad ha convivido tanto con la muerte —la evitable, la estúpida, la inaceptable— que ésta se ha convertido en acontecimiento regular, casi con grado de anécdota.

Los macheteados, los decapitados, los colgados, los quemados, los fusilados se amontonan en nuestro inconsciente a una velocidad que reta no sólo a la capacidad de comprensión y análisis sino incluso a la memoria.

El resultado es que, masacre tras masacre, nos hemos vuelto cada vez más insensibles a la pérdida y al sufrimiento ajenos, aunque toquen a niños e indefensos, incluso a quienes pudimos haber conocido.

Dan ganas de gritar que no, que eso no sucederá jamás, que cada muerte es importante, que cada una debe ser investigada “hasta las últimas consecuencias” —¡qué frase tan trillada y vacía!— y hasta deslindar responsabilidades, pero la verdad es que al cabo de unos pocos días dejamos todos que la vida continúe.

Y asi nuestra discusión pasa de Lomas de Salvárcar al ejido Plan de San Luis a San Fernando a Monterrey a Boca del Río... ¿Por qué? Porque al final no pasa nada o nada sustancial que alivie el dolor y envíe el mensaje de que las cosas tienen consecuencias.

Esa es la verdad. Al final no hay consecuencias por más que nos desgañitemos afirmando que ésta es la última vez que debe pasar; que ya basta, que el asesinato de un médico por quien detonó un coche bomba o el de un colega reportero frente a su familia o la masacre de la familia de un oficial de la Marina que murió en el cumplimiento de su deber debe despertarnos a todos.

La violencia ha hecho estragos en nuestra convivencia. Admitamos que no somos una sociedad proclive al diálogo, cuyos miembros salen fácilmente al encuentro de quien opina distinto para comprender su punto de vista y aprender algo de él. Pero la violencia ha agudizado la polarización y la desconfianza. La violencia se vuelve un motivo más para el desencuentro y la desconfianza. La violencia eleva la fiebre de la sinrazón.

Para colmo, nos adentramos en una etapa de la vida del país en que la templanza debiera ser el signo de nuestra colectividad. ¿Qué tenemos, en cambio? Histeria y odio, que tachan a las pocas voces moderadas del escenario público como ingenuas o incapaces de ganar una elección.

Exigir de las autoridades respuestas a los problemas debiera ser un saludable instinto social inmune a la contaminación ideológica. Pero lamentablemente muchos de quienes tienen la fortuna de que sus voces sean escuchadas por millones de personas aprovechan los momentos de crisis para inflingir daño a quienes no respetan o a quienes compiten con ellos por poder e influencia, al tiempo que protegen a los suyos de cualquier reclamo sobre su actuación.

El enfrentamiento que se percibe arriba permea, trasmina e infecta a los gobernados. Por eso la muerte del secretario de Gobernación Francisco Blake Mora y sus acompañantes desata la excitación especulativa: los primeros pensamientos colectivos no vuelan en solidaridad de la joven familia del fallecido titular de Bucareli —o de las de sus subalternos Felipe Zamora y Alfredo García, a quienes siempre recordaré con respeto— sino sobre qué pudo haber provocado el desplome del helicóptero. Por supuesto, un atentado es algo que jamás se puede descartar, pero siempre he creído que los comentarios deben ir a la zaga de los hechos y no al revés.

Cómo esperar que no sea la suspicacia —en lugar de la exigencia ciudadana de rendición de cuentas— el primer resorte que asome cuando lo que sucede en la vida pública es exactamente eso.

Apenas tenía unos minutos de haberse confirmado la muerte de Blake y su comitiva cuando un “analista” que escribe en los medios realizaba una “encuesta” en Twitter para saber cuántas personas pensaban que se había tratado de un accidente y cuántas, un acto de sabotaje. De verdad, ¿qué pensaba encontrar? Unos minutos despues, tuiteó el resultado de su supuesta investigación, que, obvio, coincidió con su visión prejuiciada. Si la mayoría cree que fue un atentado, eso fue. Lógica implacable, “el pueblo” manda.

Y qué decir de los medios que corren desesperados en busca de una moraleja, cuando las indagatorias no han comenzado aún. Gritan “error” cuando sus propias fuentes, que no citan por nombre, les dictan un cuidadoso “probablemente”, que olvidan registrar en el encabezado. Total, el respeto a la memoria del piloto es trama secundaria para ellos.

La desgracia se ha quedado sin rostro en este país y sin duda hay que pasar la factura de ello a la ineficacia de la autoridad para darle seguridad a los mexicanos. ¿Habrá otra responsabilidad más importante que esa, en el contexto del pacto democrático?

No hacer o hacer como que hacen ha sido su tónica. Le pregunto a los gobernadores de los estados si la seguridad no es también su responsabilidad. Le pregunto al Ejecutivo por qué la enorme mayoría de los hombres y mujeres que son presentados todas las semanas como peligrosos capos o sicarios no terminan en la cárcel. Todas las autoridades tienen pretextos, pero ninguna da los resultados esperados. Todas buscan quedar bien ante la opinión pública pero sin pagar el costo.

Si hay regiones enteras del país bajo el control, silencioso o estridente, de la delincuencia organizada, ¿cómo esperar que la especulación no derrote al raciocinio y cunda la versión, sin evidencia alguna, que el helicóptero se cayó por un acto de sabotaje?

La inseguridad crece y, con ella, el cinismo. Las pesquisas pueden demostrar que el avión de Juan Camilo Mouriño se estrelló porque el piloto se acercó demasiado a un jet de tamaño mucho mayor que iba por delante, pero seguramente un porcentaje importante de la población sigue pensando que aquello fue resultado del capricho del funcionario que quería pilotear él mismo la aeronave o, peor aún, un atentado con fines ocultos.

Para quienes creen que las condolencias que se escucharon por parte de políticos de todos son una muestra de civilidad, me permito decirles que no se aventuren demasiado en su hipótesis. Por razones de viaje, escribo estas líneas antes de las exequias. Sin embargo, estoy seguro de que una vez honrados y sepultados los muertos, surgirá de nuevo el disenso estéril, el que busca arrebatar votos a como dé lugar, aunque haya que echar mano de la mentira y la frivolidad. Aguarden unos días, ya lo verán.

En este punto, quizá se pregunte usted si no hay salida. Creo que sí la hay, mientras no nos rindamos al cinismo de pensar que toda la política tiene que ser asi. La solución consiste en hacer oídos sordos a los debates interesados de la clase política y exigir de ella respuestas concretas para los problemas que enfrenta el país. Y si estos políticos son incapaces de encontrarlas, probablemente haya que concentrarnos en incrementar la calidad de nuestra representación. ¿O no conoce usted a alguien que sea potencialmente mejor representante que los actuales?

Mientras tanto, cabe exigir una investigación impecable de la muerte del segundo secretario de Gobernación en el sexenio y revisar con honestidad sus conclusiones. Si no coincidimos con ellas, decir por qué y nombrar los datos que producen desconfianza. Y si no hay nada que reprocharle, así decirlo, y cerrar el caso.

En cuanto al nombramiento de un nuevo titular en Bucareli —admitiendo, como dice el presidente Felipe Calderón que dicha designación claramente forma parte de sus atribuciones—, cabría esperar que quien llegue al cargo sea un hombre con capacidad probada de dialogar y unir, y a quien se dé toda la capacidad de hacerlo.

En otras palabras, hacer recaer en la Secretaría de Gobernación el trabajo que hoy se divide entre esa dependencia y Los Pinos, y que quien haga esa labor tenga el respeto de las fuerzas políticas —hoy confrontadas en vísperas de una elección clave en la historia moderna del país— y un ejemplo de civilidad y tenacidad democrática para los mexicanos antes que un operador partidista.

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