noviembre 10, 2011

Nuestro bienestar

Carlos Elizondo Mayer-Serra (@carloselizondom)
elizondoms@yahoo.com.mx
Reforma

En cualquier momento la Cámara de Diputados va a afectar de forma importante nuestro bienestar del año entrante. No me refiero a la reforma política. El impacto de ésta es difícil de calcular y en todo caso su efecto toma tiempo. Me refiero a la responsabilidad fundamental de los diputados: la definición y aprobación del presupuesto federal. El Senado no tiene responsabilidades en esta materia.

La Cámara es ahora un mercado donde pujan los grupos de interés mejor organizados por llevarse la mayor cantidad de dinero. Al igual que en la manufactura de salchichas, en la elaboración del presupuesto en casi todos los países se mezclan todo tipo de ingredientes. Si supiéramos cuáles son y cómo se mezclan los ingredientes no comeríamos salchicha y nos daría vergüenza nuestro presupuesto. Comer salchicha es opcional, pero viviremos bajo el presupuesto que será aprobado. Peor aún, lo tendremos que pagar con nuestros impuestos.

Si bien toda decisión presupuestal afecta nuestro bienestar, ésta se diluye entre tantos que nos parece poco importante la arrebatinga presupuestal y no nos organizamos para presionar por un mejor gasto público. Sin embargo, el gobierno gasta cerca de una cuarta parte de todos los recursos que se generan en México. Su impacto agregado en nuestro bienestar es muy importante. Una de las razones de nuestro bajo crecimiento es la mala calidad del gasto público, así como su desperdicio, robo y asignación en partidas de poca relevancia, pero de un gran valor para ciertos grupos.

Por ello, en partidas específicas, con destinatario claro, como el gasto al sector agrícola, el beneficiario de estos recursos está bien representado para lograr una buena tajada. Los grupos de interés tienen a buenos cabilderos a su servicio y en muchos casos a diputados que trabajan de tiempo completo en promover sus intereses. Como resultado de la mala regulación del cabildeo en México, quienes tienen dinero y poder gozan de un peso desproporcionado en el Congreso.

Dada la ausencia de reelección, ni siquiera podemos llamar a cuentas a nuestros diputados cuando vengan nuevamente a solicitar nuestro voto. Seguramente irán por otro votante a otro lado. No hay por ello un seguimiento puntual de cómo votan en los temas que más afectan nuestro bienestar.

Quien mejor representa el interés general y por ello al ciudadano común y corriente en esta negociación es la Secretaría de Hacienda. Si bien tiene que defender y promover las partidas relevantes para el Ejecutivo, y éstas en ocasiones también privilegian a un grupo, Hacienda es la que impulsa la evaluación del gasto y la rendición de cuentas de los recursos públicos. Cada año Hacienda incluye reglas para un mayor control del gasto que se va a los estados, cada año los diputados las diluyen lo más que pueden.

De hecho el principal grupo de interés medido por cuánto dinero se lleva son los estados. Del presupuesto aprobado por los diputados el año pasado casi 1,200,000 millones de pesos se fueron a las entidades. Todas las entidades están representadas por sus diputados, muchas veces en coaliciones donde no importa la pertenencia partidista, sino el poder llevar la mayor cantidad de dinero a su lugar de origen.

Ésta es una de las mayores perversiones de nuestro proceso presupuestal. Los diputados no sólo asignan el gasto que ejerce el gobierno federal, sino una buena parte de lo que tienen los estados. Éstos casi no recaudan localmente y por ello los congresos estatales no tienen presión del contribuyente local para que haya rendición de cuentas. Al Congreso federal tampoco le preocupa mucho cómo se gasta en los estados, sólo vigila a la Federación. El resultado es una enorme irresponsabilidad fiscal en las entidades.

Si queremos tener una mejor democracia, lo primero es tener un mejor gasto público. Dado que se gasta en función del poder relativo de los actores, para gastar mejor hay que tener ciudadanos más organizados e informados. Desgraciadamente el ciudadano no suele interesarse mucho en estos temas, salvo en subsidios que les afectan directamente, como el de la gasolina. Esto es así porque los ciudadanos con más posibilidad de influir reciben pocos servicios de interés para la población en general, como educación o salud, ya que los suelen comprar en forma privada. No se ve fácil cómo cambiar esto, aunque en otras sociedades lo han logrado interesándose en la arrebatinga presupuestal y castigando a los partidos que defienden intereses particulares y olvidan el interés general.

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