noviembre 01, 2011

Remedo de Reforma

María Amparo Casar
Reforma

Una raya más al tigre. Una raya más que desprestigia a los legisladores. Que demuestra no la incapacidad de llegar a consensos sino su falta de seriedad. Que nutre el escepticismo. Los partidos prometieron una reforma política de gran calado y entregaron un remedo de reforma.

Cuando el Ejecutivo y cada partido plantearon sus más recientes iniciativas de reforma política todos coincidían en el diagnóstico de los problemas y los objetivos a alcanzar. Preocupados por el desencanto con la democracia, por el descrédito de los políticos y por la difícil relación entre poderes que se traduce en la ineficaz toma de decisiones, anunciaron por enésima ocasión que sus iniciativas respondían a los propósitos de represtigiar la política, ampliar la rendición de cuentas, empoderar a los ciudadanos y mejorar las posibilidades de acuerdo. Ninguno de los objetivos se logró. Consumieron meses de discusión para sacar una reforma que en poco cambiará la estructura y funcionamiento del régimen. De las más de 40 propuestas pasaron seis. Las menos importantes. Por añadidura, en la Cámara de Diputados protagonizaron una sesión que con sus tintes circenses acabó dañando aún más la imagen de los legisladores.

El cuento del empoderamiento ciudadano quedó en tres figuras -que aún esperan regulación- con poco potencial para transformar el sistema. Las candidaturas independientes se han revelado en la experiencia internacional como un instrumento bastante inocuo. En los congresos del mundo son pocos, poquísimos, los candidatos independientes. Además no pesan. Poco es lo que pueden hacer porque los congresos funcionan a partir de los partidos. El empoderamiento a través de la iniciativa ciudadana es una quimera. Si un grupo de mexicanos está determinado a lanzar una iniciativa está el expediente de convencer a un diputado para que la introduzca y la defienda. Su cabildeo, ese sí, puede correr a cargo de un movimiento social dispuesto a comprar la causa. Así ocurrió con la iniciativa que nos trajo el derecho a la información. Para qué complicarse con tantas firmas. ¿Creemos que los legisladores se van a sentir presionados? La consulta popular está bien pero tampoco nos empodera. Funciona para casos excepcionales y las más de las veces es un instrumento para ser utilizado a modo de los partidos o del gobierno.

En cambio, la pieza central del empoderamiento ciudadano y de la rendición de cuentas quedó fuera. Habiéndose aprobado en el Senado, los diputados del PRI decidieron que los mexicanos siguieran privados del derecho a decidir si un legislador o un alcalde debe permanecer en el cargo porque hizo un buen trabajo o castigarlo por hacerlo mal.

De mejorar las posibilidades de acuerdo, el segundo gran objetivo de la reforma, ni hablar. A la iniciativa preferente le quitaron los dientes. La gracia de la iniciativa preferente es precisamente que si los legisladores no atienden y votan una iniciativa que el Presidente manda con carácter prioritario, ella se convierte en ley. Es un castigo para la inacción legislativa, un incentivo para el acuerdo y un remedio para la congeladora. Pero no. Se autoimpusieron la obligación de discutir, aprobar o rechazar ciertas iniciativas en un plazo perentorio pero no quisieron ponerse la sanción en caso de no cumplir con la obligación. Y, ya se sabe, en este país sin sanción no hay obligación. Ahí están, para comprobarlo, los doce meses consecutivos en que los diputados, sin consecuencia alguna, han violado la Constitución al no cumplir con su obligación de nombrar a los consejeros del IFE.

La otra pieza para agilizar la toma de decisiones e incentivar los acuerdos también fue frenada por los diputados: seguiremos siendo de los pocos países sin un mecanismo de reconducción presupuestal. De nuevo, prefirieron no amarrarse las manos que prever la solución a un atorón que dejaría al país en una crisis constitucional.

No hay de qué quejarse. Tuvimos la reforma política que la mayoría en la Cámara de Diputados quiso. Así es la democracia. La aritmética legislativa no le alcanzó al PAN ni al PRD para imponer sus preferencias. Acariciaron la idea de votar en contra del dictamen que el PRI con su mayoría en comisiones sometió al pleno. La idea era exhibir que ese partido se negaba a pasar una reforma que atendiera a los mínimos requerimientos que los propios legisladores habían hecho explícitos en sus exposiciones de motivos. Al final no lo hicieron. Supongo que pensaron que los costos de no pasar nada iban a ser mayores y se conformaron con el remedo de reforma. Así nos vamos: con remedos de reformas o, de plano sin ellas.

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