noviembre 04, 2011

Tiempo de miedo

Juan Villoro
Reforma

Hace 10 años los mexicanos redondeamos nuestra contundente presencia en la Tierra. Un bebé lanzó el alarido que nos convertía en 100 millones. Con ese motivo escribí un "Retrato de grupo" en el que entrevisté a Roger Bartra, autor de La jaula de la melancolía, ensayo decisivo para superar la búsqueda del mexicano como un ente unívoco y asumir una idea plural de lo que somos: "Hemos tenido identidad nacional en demasía, exorbitante nacionalismo, revolución desmesurada, simbolismo sobrado", comentó el antropólogo.

En 2002, Bartra publicó Anatomía del mexicano, selección de textos donde la indagación del "alma nacional" se asumía como un tema ya histórico, definitorio del acervo cultural del siglo XX. En el nuevo milenio no sabíamos del todo cómo éramos, pero aceptábamos que el mexicano en estado puro es difícil de encontrar. Como sucede con las bebidas, nos resignábamos a tener un contenido adulterado.

En el prólogo a su antología, escribió Bartra: "Estoy convencido de que el siglo XX dio fe tanto del origen como del fin de esta curiosa modalidad cultural, aunque no cabe duda de que podemos encontrar un sinnúmero de precedentes y que veremos no pocas reminiscencias en los tiempos venideros". El tema no estaba completamente enterrado, pero se podía decir de él lo que Frank Zappa dijo del jazz: "No está muerto, pero huele un poco raro".

Una década después se ha vuelto urgente recuperar las instrucciones para ser mexicano. Heriberto Yépez, Agustín Basave y Jorge G. Castañeda han reflexionado sobre la peculiar tarea de pertenecer al país del chícharo y el ajonjolí. ¿A qué se debe el resurgimiento de la exploración del alma patria?

Los problemas para definirnos comienzan por el escudo nacional, el único que representa un acto de depredación. La bandera de Corea del Sur tiene por emblema el yin y el yang, la dialéctica de los opuestos. Nuestras mascotas tutelares no se complementan: están unidas por un mordisco. No es una mezcla de culturas sino una lucha. De acuerdo con una de nuestras más populares canciones, el águila se presentó al combate con buena educación: "Para subir al nopal, pidió permiso primero". En México la cortesía nunca ha estado reñida con la violencia. En La ciudad letrada, Ángel Rama dejó importantes reflexiones sobre el apego de los criollos novohispanos al español correcto, la forma más directa de aspirar a la riqueza y el poder. La lengua no siempre unía; garantizaba jerarquías y facultaba para la disputa.

Si el águila y la serpiente disputaran hoy en día, se someterían primero a una encuesta para despedazarse después, al estilo de los precandidatos del PRD. No hablarían como los animales en las fábulas de Esopo o Monterroso, sino con la retórica del enredo perfeccionada por los letrados del Virreinato, Cantinflas y los políticos del PRI. El águila estaría dispuesta a "coadyuvar a un enfrentamiento conducente a cumplimentar la voluntad popular", es decir, a manducarse a la serpiente en nombre de la patria.

La primera sección de Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño, lleva un subtítulo que define nuestra circunstancia: "Mexicanos perdidos en México". Desde una perspectiva antropológica y psicológica, Heriberto Yépez publicó en 2010 La increíble hazaña de ser mexicano. Ahí dedica un capítulo a la "mieditis": "El sistema político mexicano es corrupto, autoritario, disfuncional porque somos un pueblo con mucho miedo y elegimos a las personas que nos protegerán de nuestros miedos". En el país donde el águila se zampó a la serpiente, el jefe de familia domina a una madre victimizada y el consentido recibe patente de impunidad. No es casual que la mayor obra de nuestra narrativa, Pedro Páramo, trate de un patriarca, el padre colectivo, dueño de todos los destinos.

En la escuela se amplía esta educación a la inversa: la relación de fuerzas entre los compañeros no depende de lo que se aprende en el aula sino de lo que sucede en el patio. El gandaya que manda ahí concede los beneficios de la protección.

La burocracia y las pirámides empresariales, culturales y políticas acaban por configurar un país medroso, donde la iniciativa no se premia y el éxito se percibe como una traición a una comunidad resignada al fracaso. Cuando le pregunté a Manuel Lapuente, entonces entrenador de la selección nacional, cuál es el rasgo distintivo del futbolista mexicano, respondió sin vacilar: "la obediencia".

En 1987, La jaula de la melancolía prefiguró un país de identidades líquidas, dispuesto a aceptar los desafíos de la variedad cultural. El tema de la autodefinición ha vuelto en un momento en que el temor ontológico descrito por Yépez recibe el estímulo externo de la violencia y en que se anhela el regreso de un gobierno fuerte, similar a un padre atrabiliario pero seguro de sí mismo.

La portada de Nexos de noviembre, diseñada por Víctor Solís, resume la situación. Un retrato de familia donde todos llevan cascos y tienen caras de pánico. El encabezado es de irónica elocuencia: "Nuestra guerra".

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