diciembre 09, 2011

¿Alcanza?

Macario Schettino (@macariomx)
schettino@eluniversal.com.mx
Profesor de Humanidades del ITESM-CCM
El Universal

Enrique Peña Nieto construyó su imagen a través de cinco años de apariciones diarias en televisión. Casi siempre la pura imagen, o unas pocas palabras de un discurso, en gacetillas que aparentaban ser notas de poco menos de un minuto. Con tomas bien cuidadas, la apostura del político y su aparición cotidiana no podían sino convertirse en preferencia. Eso pasa con cualquier imagen repetida hasta el cansancio. Más con las atractivas.

La primera vez que este articulista pudo escuchar al señor Peña fue en su destape en el noticiero que lo había promovido por años. Una entrevista de ocho o nueve minutos, hecha a modo, en la que el ya ex gobernador no podía ligar frases, mucho menos plantear ideas. Recordé entonces un artículo de Leo Zuckermann narrando la complicada aparición de Peña Nieto, en octubre de 2009, en el foro de The Economist: no supo contestar críticas y acabó abandonando el evento.

El lugar común de que el señor Peña Nieto era sólo una cara bonita empezó a convertirse en realidad, al menos para mí. No lo aceptaba antes porque me parecía poco creíble que el gobernador del estado más grande de México, en población y economía, pudiese tener tal debilidad en su discurso y capacidad de reacción. No es que su gobierno haya sido memorable, pero es un puesto de responsabilidad. Cierto que llegó a él gracias al control corporativo del PRI y al apoyo de su antecesor, el inexplicablemente rico Arturo Montiel. Ya son muchas coincidencias.

Todo esto lo comento, se imaginará usted, a resultas de la desastrosa participación del señor Peña en la FIL, y de esos minutos angustiosos en que, como dice Silva Herzog, fue cayendo lentamente en un hoyo sin una rama, sin un puñado de neuronas que pudieran rescatarlo. Dejó ver, dice Jesús, el aire que hay debajo del copete, pero también insiste que, si bien no es un hombre de ideas, es un político disciplinado y con olfato.

De la disciplina no creo que nadie dude, y ésa es una característica de la mayor importancia en una campaña política. Es mucho menos importante para el ejercicio del poder, que es en donde las ideas y la capacidad de reacción resultan de mucho mayor peso. En este sexenio, por ejemplo, todo ha sido reaccionar frente a eventos inesperados, desde la elección misma hasta la crisis económica que no termina, pasando por la influenza, los precios de granos e incluso la espiral de violencia. Quien quiera que gobierne México el próximo sexenio va a sufrir algo parecido: ¿Europa se desmorona? ¿O logra reforzarse y entonces el dólar se derrumba? ¿Cómo se mueve China a la nueva etapa, cómo sanea sus finanzas? ¿Se nos cae la producción de petróleo?

Lo que está ocurriendo en el resto del mundo no es cosa menor. No se trata de aquellos buenos tiempos de la posguerra en donde bastaba no hacer nada para que todo funcionara. Ya no es como en esa época en la que un discurso acartonado y el eterno retorno a la Constitución alcanzaban para irla pasando. Podía uno entonces tener como presidente a un mexiquense atractivo dedicado, en sus palabras, a “los viajes y las viejas”, como lo fue López Mateos, y el país funcionaba. Dudo que siquiera valga la pena intentarlo ahora.

Para construir su candidatura, Peña Nieto apostó a su imagen y a su alianza con lo más vetusto de su partido. Lo logró. Pero para ganar la Presidencia, ni la imagen ni sus amigos alcanzan. Pueden incluso convertirse en serios lastres. Porque el lugar común de la cara bonita por algo es lugar común, y porque en verdad hay muchos millones de mexicanos que están hartos de Antorcha, de Elba Esther, de los petroleros y de bloqueos en el Congreso nomás para no compartir el poder.

El problema para el PRI es que ya se decidió por este candidato, que parecía imbatible. Llega al inicio de precampañas con 20 puntos de ventaja en las encuestas, con una victoria abrumadora en la elección de su estado y con la creencia general de que el PRI ha revivido. Pero su ventaja dependía de su imagen, que ahora está en riesgo; su victoria en el Estado de México, de una negociación que ahora abre un boquete en la retaguardia; y el PRI que ha revivido no es sino la recuperación de los votos que el PRD le había ido quitando. Los dos cubren el mismo mercado.

El anterior presidente del PRI resultó un mentiroso, y ya se fue. El actual candidato resultó vulnerable. ¿Qué harán con él? ¿Alcanza con la ventaja inicial? ¿Se puede en serio mantener unido al PRI alrededor de esta ilusión? Porque si con este candidato el PRI no gana la elección presidencial, le va a costar trabajo seguir existiendo.

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