diciembre 10, 2011

De fraudes

Jaime Sánchez Susarrey
Reforma

Es obvio que el priato fue un régimen autoritario. Pero al interior del mismo hubo etapas. Las diferencias entre el gobierno de Luis Echeverría y el de Miguel de la Madrid eran abismales

Chihuahua 1986. La tesis era muy simple. No se podía entregar un estado fronterizo, y menos de las dimensiones e importancia de Chihuahua, al Partido Acción Nacional. Primero, porque se pondría en riesgo la integridad territorial. Y segundo, porque el efecto dominó pondría en jaque la estabilidad política del régimen.

Se habló, entonces, de un "fraude patriótico". Manuel Bartlett era secretario de Gobernación. Francisco Barrio había competido por la gubernatura y el PAN denunciaba un atraco. Un grupo de intelectuales, con Octavio Paz a la cabeza, pedía la anulación de las elecciones. Luis H. Álvarez inició una huelga de hambre.

Las protestas continuaron, pero el gobierno de Miguel de la Madrid se mantuvo en sus trece. No deja de ser paradójico que 25 años después, en un efecto espejo, se hable en términos similares, pero al revés. El regreso del PRI, en su eventual victoria el próximo año, se equipara al fin de los tiempos y a la restauración de un gobierno autoritario.

Hasta ahora nadie ha utilizado la expresión "fraude patriótico", tal vez porque en el nuevo contexto sería más correcto decir: "fraude democrático". ¿La contradicción está en los términos? Sí, pero con atenuantes. La historia registra casos en que las elecciones han llevado al poder, con amplia mayoría, a líderes autoritarios o totalitarios.

El ejemplo, por antonomasia, es el ascenso de Hitler en Alemania. Pero más cerca de nosotros tendríamos el caso de Hugo Chávez -que dicho sea de paso no se puede equiparar ni remotamente con el nazismo. El caso es que la noción de "fraude democrático" tendría sentido si se adoptara la tesis que la victoria de una candidato o partido arrasará con las instituciones democráticas.

En el interior del PAN hay una corriente que, efectivamente, identifica al PRI como el peor de los adversarios. Y que plantea que su victoria en 2012 sería un peligro para la democracia. Josefina Vázquez Mota lo dijo textualmente hace unas semanas: Peña Nieto es un peligro para la democracia.

El propio presidente de la República se ha referido al priato como una etapa autoritaria que ha quedado atrás a la que no se debe regresar por ningún motivo. Allí está su discurso en la Universidad de Stanford. Amén que para Felipe Calderón el peor de los escenarios sería pasar a la historia como el Presidente que regresó el PRI a Los Pinos.

El problema con los razonamientos maniqueos es que no dejan espacio para los matices y, en último de los términos, para el razonamiento mismo. Es obvio que el priato fue un régimen autoritario. Pero al interior del mismo hubo etapas.

Las diferencias entre el gobierno de Luis Echeverría y el de Miguel de la Madrid eran abismales. Más aún. El tránsito del autoritarismo a la democracia no fue efecto de una revolución que refundó las instituciones, sino de reformas pactadas a lo largo de varios sexenios, pero particularmente durante los gobiernos de Salinas y Zedillo.

Paradójicamente esas reformas fueron negociadas e impulsadas por personajes como Fernández de Cevallos, Castillo Peraza, Luis H. Álvarez y, en su última etapa, 1996, Felipe Calderón. A la luz de esa experiencia y de esos hechos, no se pueden equiparar esos 12 años con el resto del priato y hacer una tabula rasa.

Pero además, desde el punto de vista institucional y social, el pluralismo y la alternancia llegaron para quedarse. Imposible imaginar que un presidente priista tendría, por el sólo hecho de serlo y quererlo, la fuerza y los instrumentos para arrasar con las instituciones y montar un nuevo sistema autoritario.

Semejante perspectiva va contra toda lógica. Y, en todo caso, equivoca los referentes. De entrada, porque como señalé arriba hay diferentes pris. Pero además, porque por azares y contradicciones propios de la historia el viejo PRI no ha muerto, está encarnado en un líder realmente autoritario, que tiene nombre y apellido: Andrés Manuel López Obrador.

Y finalmente, está la prueba de fuego. El verdadero temple democrático se muestra en la derrota y en el respeto a las instituciones. Allí están, como ejemplos paradigmáticos, la derrota de Al Gore en Estados Unidos y ahora la del PSOE en España.

Desde ese punto de vista, el PRI pasó la prueba de fuego en más de una ocasión. En 1997 perdió la mayoría en la Cámara de Diputados y la elección del jefe de Gobierno en el Distrito Federal. Tres años después entregó la Presidencia de la República sin que hubiera habido un solo conato de protesta o de desconocimiento de los resultados.

Es muy probable, aunque nada está escrito, que a Felipe Calderón le toque entregar la banda a un partido de oposición, sea el PRI o la coalición de izquierda. Tendrá que demostrar entonces, e incluso antes, durante el proceso electoral, su temple democrático aceptando la derrota.

Aunque no parezca evidente, el repunte del PRI y la caída de López Obrador en las preferencias electorales están asociadas a la historia reciente y la memoria colectiva. Así como la gente recuerda que el PRI perdió y asumió sus derrotas, tiene presente que López Obrador jamás ha reconocido, a lo largo de su vida, una sola derrota.

Todo indica que Felipe Calderón está convencido que la eventual victoria del PRI es el peor de los escenarios y está en su derecho. Pero eso no lo exime de la responsabilidad que tiene, como jefe del Estado mexicano, de velar por las instituciones, gane quien gane y pierda quien pierda.

Porque, además, en democracia no se pierde ni se gana para siempre. Y de las cenizas de la derrota se pueden y deben armar los cimientos de la victoria... siempre y cuando se comporte uno responsablemente.

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