diciembre 05, 2011

Debajo del copete

Jesús Silva-Herzog Márquez (@jshm00)
Reforma

La pregunta era obvia. En una feria del libro, resultaba natural que al candidato se le preguntara de sus lecturas. ¿Cuáles han sido los libros que lo han marcado?, escuchó en Guadalajara. La pregunta lanzó al candidato Peña Nieto a un hoyo en el que fue cayendo lentamente. Trataba de pescar una rama y seguía cayendo. Se prendía de otra y caía más hondo. A todas las preguntas previas respondía con esa tiesa mecánica de gestos y palabras hechas. Él no es él sino "su servidor". Sus palabras son señalamientos y puntualizaciones. No habla: se posiciona. Con notable disciplina, el candidato se aferraba en la conferencia de prensa al libreto y respondía con las mismas palabras a las mismas preguntas de siempre. Mecánicamente contestaba y mecánicamente esquivaba. El problema aparece cuando brota lo imprevisto. La pregunta de los libros no había sido ensayada y mostró el aire bajo el copete. El político empezó a tropezar sin las muletas con las que camina todos los días. Los asesores no habían hecho el trabajo elemental de anticipar esa pregunta y dejaron al producto en el vacío. No lo puedo creer, pero alguien dijo que el candidato, en un momento de extrema tensión, se despeinó.

El episodio de Guadalajara muestra la debilidad de Peña Nieto porque enfatiza la fuente de su fortaleza y también sus grietas. No esnobeo al candidato. Me parece absolutamente irrelevante que el político sea un lector voraz o que use la lectura como somnífero. Podría treparme al carro de los burlones que se carcajean con el tropiezo del candidato y recuerdan con ello los resbalones del señor Fox. No me preocupa que un político lea poco y mal, como parece ser el caso del político mexiquense. Me preocupa que sea incapaz de activar neuronas cuando surge el imprevisto. Ese fue el angustioso espectáculo que presenciamos quienes lo vimos hundirse en ese pozo oscuro que es para él la invitación a pensar sin coreografía.

Sugería que el episodio es elocuente porque subraya la fortaleza y la vulnerabilidad de Peña Nieto. El candidato habrá dado munición a sus enemigos que podrán equipararlo con el ignorante que vivió en Los Pinos hace unos años. Reforzará la imagen de un maniquí que ha dedicado más horas al peine que a las letras. Pero todas estas expresiones, así sean fundadas, pierden de vista importantes atributos del político: su disciplina y su tacto. Bajo su riesgo, los oponentes de Peña Nieto podrán quedarse con la imagen del copete sin ideas. Les podrá servir para su campaña pero no para su estrategia. Quien quiera derrotar a Peña Nieto tendrá que advertir sus méritos, que no son irrelevantes. Se le podrá caricaturizar pero no tiene sentido menospreciarlo. Que Enrique Peña Nieto no sea un hombre de ideas no quiere decir que sea una nulidad política. Mientras nos hemos empeñado en desdeñarlo como un simple producto de la televisión, él se ha dedicado a brincar los obstáculos que le han sembrado y lo ha hecho con éxito. Quiero decir que hay en él una intuición política y un sentido de disciplina que no podemos seguir ignorando.

Enrique Peña Nieto no es un político moderno. Escucharlo es oír un disco viejo, verlo es regresar a un tiempo ido. Un hombre joven con gestos y palabras de viejo. Creo, sin embargo que esa ausencia de soltura, esa impostada firmeza de sus gestos, esas gastadas fórmulas verbales no obstruyen su reflejo y su disciplina. El priista no ha mordido ningún anzuelo, no se ha desviado de su mensaje, ha caminado en línea recta. Su estilo es arcaico pero escucha la advertencia de los errores previos y tiene el cuidado para contenerse. Es cierto: condujo su sucesión bajo los cánones ancestrales del PRI. No estimuló una competencia pública, no condujo una deliberación abierta entre los pretendientes. Movió un dedo y señaló al sucesor. En todo caso, es innegable que superó la prueba de la elección de su estado. Derrotó también a su adversario en el PRI sin provocar las fricciones que las postulaciones presidenciales han generado en ese partido durante las últimas décadas. Con cierto retraso se deshizo, pero al fin y al cabo se deshizo, del presidente del PRI que le resultaba ya demasiado costoso. Cierto: no exigió cuentas y sigue siendo ambiguo en su compromiso con la legalidad dentro de su partido -pero se despojó de un lastre.

Peña Nieto podrá ser ninguneado por ser incapaz de recordar los libros y los autores que lo han marcado, pero valdría la pena advertir su sentido de disciplina y su olfato. En una campaña como la que viene, esos dos atributos son más útiles que la memoria literaria. Al mismo tiempo, la vulnerabilidad de Peña Nieto es evidente. En un debate presidencial, en una entrevista televisiva, en atmósferas que no controlen sus asesores de imagen puede tropezar y exhibir que, bajo el ejemplar control de su peinado, hay un hueco.

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