diciembre 02, 2011

Democracia liberal

Macario Schettino (@macariomx)
schettino@eluniversal.com.mx
Profesor de Humanidades del ITESM-CCM
El Universal

Cuando hace dos semanas se me ocurrió caracterizar el proceso electoral en que estamos ya metidos ubicando a los aspirantes presidenciales, no me imaginé que iba a tener que escribir dos colaboraciones más para explicarme. Tal vez supuse demasiado y no fui claro. Así que fue necesario, el viernes pasado, aclarar por qué ubicaba a Peña Nieto como representante del nacionalismo revolucionario, y ahora explicar por qué califiqué a Josefina Vázquez Mota como la única exponente, en la elección 2012, de la democracia liberal.

No está de más aclarar que, a diferencia de los otros dos aspirantes, que ya están en la carrera, en el PAN no han podido concluir su proceso interno, y la razón por la cual me refería a Vázquez Mota es por su clara ventaja en encuestas. Más amplia ahora, por cierto.

Al hablar de democracia liberal me refiero a esa forma de gobierno en la que el poder está limitado por la ley, que por definición es algo diferente al nacionalismo revolucionario, en donde la ley se subordinaba al poder, que se distribuía en corporaciones y se concentraba en la figura del presidente, gran árbitro y tomador último de decisiones. Al no estar limitado por la ley, el poder tampoco tenía razón alguna para respetar los derechos de las personas (ni siquiera los llamaré ciudadanos): durante buena parte del siglo XX no tuvimos libertad de expresión, asociación, prensa, ni mucho menos de elegir o ser electos.

Ya no lo recordamos, pero todo esto empezó a existir en México, más o menos en forma, después de 1997. Se puede decir que desde 1986 (hay quien piensa que desde 1977) inicia un proceso de liberalización del viejo régimen, que empieza a aceptar los límites de la ley ocasionalmente, o a permitir algunas libertades, pero es hasta que el PRI pierde el control de la Cámara de Diputados que se puede hablar de una democracia en México.

Siendo consistente con el análisis que le presenté hace dos semanas, no hay manera de considerar a quienes forman parte del nacionalismo revolucionario como potenciales demócratas. No lo puede ser quien quiere mantener y acrecentar el poder de las corporaciones, ni puede hacerlo quien manda al diablo las instituciones, o para el caso, quien considera que sabe lo que el “pueblo” necesita, y habla por él. Esto no excluye a una parte significativa del PRI y del PRD, pero sí a quienes hoy son sus candidatos.

Pero eso no explica por qué considero al PAN como un partido que sí entra en la corriente demócrata, y mucho menos liberal. Primero, igual que en el caso de los otros partidos, no está fácil ubicar a toda la institución en este segmento del espectro político. Como se sabe, el PAN ha mantenido desde su origen un conflicto interno entre las dos corrientes que lo fundaron: el liberalismo de Gómez Morín y el humanismo de González Luna. Es esta segunda vertiente la que le ha dado fama de “mocho” al PAN. El adjetivo de conservador, sin embargo, se le atribuye a este partido desde el viejo régimen, para excluirlo del destino manifiesto de la Revolución Mexicana.

Un demócrata liberal en México hoy tendría entonces que aspirar a construir un gobierno limitado por la ley, plural y tolerante, respetuoso de los derechos humanos. Pienso en muchos priístas, panistas y perredistas en este tenor, pero como decía, no imagino ahí a los candidatos revolucionarios. Ni han sido promotores de la ampliación de derechos, ni son conocidos por su carácter plural y tolerante, ni forman parte de grupos respetuosos de la ley. Pero no me cuesta ningún trabajo ubicar a Vázquez Mota en esa lógica. Si de algo tiene fama, es justo de plural y tolerante. Y no veo en su entorno este desprecio por la ley que sí veo alrededor de los otros dos candidatos.

Hace ya muchos meses que en este mismo espacio he insistido en que la única forma de lograr un México democrático, competitivo y justo es precisamente ampliando libertades e imponiendo la ley en un ánimo plural y tolerante. Y me referí muchas veces, aquí mismo, a la necesidad de construir una coalición liberal para ello. Y, dados los tres candidatos, me parece que esto sólo puede ocurrir con Josefina.

No ignoro la mala prensa del PAN, ni sus evidentes fallas en el gobierno. Tampoco menosprecio lo duradero del mito revolucionario, ni el costo de ser claro en un país de máscaras. Pero de muy poco valdría escribir de libertades sin el ánimo de ejercerlas. Usted ejerza la suya y elija lo que prefiera. De eso se trata la democracia liberal.

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