diciembre 16, 2011

El congelamiento del júbilo

Francisco Martín Moreno (@fmartinmoreno)
Escritor
fmartinmoreno@yahoo.com
conferenciasmartinmoreno@yahoo.com
Excélsior

Los priistas deben estar sometiendo a su candidato a un curso intensivo de enciclopedismo y de ilustración al que López Obrador ni siquiera tiene acceso.

En el año en curso nos cansamos de contemplar los rostros eufóricos de una inmensa mayoría de priistas que festejaban con entusiasmo fanático el escandaloso disparo de la popularidad del precandidato Peña Nieto. Muchos de ellos soñaban con llegar a pasar el trapo por sus antiguas oficinas desde las que tomaban decisiones que, en su mayor parte, provocaban la involución de México (muchas de ellas eran meras cajas disimuladas para recaudar sobornos). ¡Claro que ni Fox ni Calderón lograron desmantelar el aparato corporativo priista que le permitió al PRI mantenerse en el poder durante 70 años! El sindicato de Pemex permaneció intocable, y fortalecido al igual que el SNTE y los sindicatos oficiales que el PRI aprovechaba y utilizaba talentosamente para mantenerse en el poder. ¿Esos eran los peces gordos de Fox? Cuando el electorado pensaba que la alternancia en el poder se traduciría en cambios, sólo vio sepultadas sus ilusiones en tanto anhelaba con nostalgia el regreso de los priistas animados por la figura fresca y reconfortante de Peña Nieto, un joven con ideas de vanguardia con un libro publicado apenas hace un par de semanas, un sólido ideal que les permitía alimentar ilusiones de volver a Los Pinos para repetir, ahora sí, por lo menos durante un siglo, los años oprobiosos de la eterna "Dictadura Perfecta".

Sin embargo, cuando Peña Nieto, este joven político mexicano concluyó su mandato como gobernador del Estado de México y se presentó como un candidato indiscutible e insuperable del PRI, la inmensa mayoría de los militantes del partido pensaron que nada ni nadie podría contener su inercia incontenible hacia la Presidencia de la República. Las encuestas de las más diversas tendencias hablaban de un candidato invencible que superaba hasta con 40 puntos a quien lo seguía en un modestísimo segundo lugar. ¡Claro que echaron todas las campanas al vuelo, izaron las banderas, sacaron del armario las maracas, accionaron estruendosamente las matracas, soltaron las palomas, liberaron miles de globos y obsequiaron cientos de miles de gorras, camisetas y tortas, a la más vieja usanza priista para festejar de antemano el triunfo indiscutible de su candidato!

Sólo que, en las últimas fechas, he observado que han guardado matracas, desinflado globos, atrapado palomas, escondido camisetas y gorras y recluido al candidato Peña Nieto para evitar su menor exposición ante la prensa, porque si bien una parte del electorado inteligente pudo aceptar, a regañadientes, la confusión entre las obras de dos ilustres escritores mexicanos, el hecho de que no supiera cuál es el salario mínimo en México ni cuanto valía un kilo de tortillas ya ha sido demasiado para las tragaderas de un país en que prácticamente la mayoría de los mexicanos permanece sepultada y aprisionada en la pobreza y en donde el maíz forma parte insustituible de la dieta de los gobernados a los que aspira convencer para que voten por él. Resulta conveniente, entonces, sacar de los reflectores a Peña Nieto en su más cercano círculo de asesores para someterlo a una tremendísima tormenta de ideas para tratar de hacer un inventario de los cuestionamientos que en el futuro le podría hacer una prensa absolutamente ávida de exhibir sus niveles de ignorancia. Debo decir, eso sí, en obsequio de Peña Nieto, que desconozco, aun cuando me lo imagino, lo que hubiera contestado López Obrador si le hubieran preguntado a quemarropa cuánto valía el salario mínimo, así como el precio de un kilo de tortillas. La misma situación podría aplicársele a Josefina Vázquez Mota, sin duda alguna la próxima candidata del PAN a la Presidencia de la República. Claro que después de la traumática experiencia de Peña Nieto, hoy ya todos los precandidatos saben —o deben saber— quiénes fueron Baudelaire, Molière, Dante, Goethe o Schiller… Hoy cualquier precandidato sabe cuál es la matriz insumo producto, el PIB de México, así como el de Costa de Marfil y saben, a ciencia cierta, cuánto cuesta un kilo de chirimoyas en San Cristóbal de las Casas, así como deben dominar, como licenciados en historia del arte, quiénes eran De Köoning, Degas, Monet, Dalí y, en otro orden de ideas, Rostropóvich, Sibelius, Revueltas o Ricardo Palmerín. A partir de la catastrófica experiencia de Peña Nieto todos los candidatos mexicanos a la Presidencia ya deben ser ilustres enciclopedistas. ¿No..? Veo con asombro que, después de la abrupta desaparición política de Moreira y de los garrafales errores políticos de Peña Nieto, que los priistas, antes eufóricos, arrogantes e insolentes, antes titulares de la verdad absoluta, hoy, como diría el poeta, empiezan a tocar con el violín muy bajo, es más ya ni se les oye ni se les ve. Deben estar sometiendo a su candidato a un curso intensivo de enciclopedismo y de ilustración al que López Obrador ni siquiera tiene acceso. Esa es una de las ventajas de Peña Nieto. Debe aprovechar la debacle para ponerse a estudiar intensamente la problemática nacional porque en el momento no debe existir un solo periodista mexicano que no tenga como objetivo prioritario volver a exhibir a Peña Nieto en el ridículo para ganar lectores y consideración en el gremio, por lo que finalmente concluyo, en política todo es popularidad y el congelamiento del júbilo no ayuda en nada al incremento de la popularidad de Peña Nieto. Éste debe sentarse a estudiar mientras Josefina y Manlio se frotan las manos…

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