diciembre 08, 2011

El nuevo gran animal que opina

Héctor Aguilar Camín (@aguilarcamin)
acamin@milenio.com
Día con día
Milenio

Todo cuesta y cuesta caro en el universo de la opinión pública mexicana. Aquí, el que no cae resbala y el que no resbala es porque aprendió de la caída anterior.

El PRI ha perdido nada menos que a su presidente en una batalla opinatoria de pocos meses. Y el candidato del PRI ha mostrado lo fácil que es despeñarse por una pregunta inesperada.

Los adversarios que hacen cuentas alegres con estas caídas de sus adversarios tampoco salen bien librados. Acumulan sus propias pifias y los esperan adelante futuros y antiguos errores que la memoria social activará cuando haga falta.

La función apenas empieza.

Está en la naturaleza de la nueva opinión pública, en particular por su geométrica expansión en las redes sociales, desafiar y reducir famas políticas, llamar a cuentas, celebrar errores, improvisar burlas e improperios.

A mayor notoriedad del pifioso, mayor la tarifa de paso. No hay ya tal cosa como una celebridad sin chiflidos. La unanimidad y la etiqueta desaparecen en el rumor ácido y rápido, incesante, ubicuo, del animal que opina.

Atento, proteico, divertido, enfurruñado, inteligentísimo animal.

¿Nueva opinión pública mexicana? Es probable. Y si no nueva, al menos de una novedosa intensidad, compatible con la propagación malthusiana de sus instrumentos, no controlados por nadie, soberanías mediáticas de cada quién.

Se trata de un animal difícil de convencer o de engañar. Mira desde todas partes y es imposible satisfacerlo, porque pide cosas tan distintas como la misma sociedad donde vive: una diversidad sin llenadero.

Que lo digan si no los presidentes de México que reciben todos los días el baño ácido de agraviados, ironistas, adversarios y malquerientes. Y que lo digan las celebridades y los líderes, los antiguos conductores de pueblos y famas.

El animal que opina es más libre, diverso e impredecible que nunca. Más inteligente y más zafio a la vez, reticente con sus acuerdos y deslenguado con sus desacuerdos.

Es el fruto más acabado de nuestra democracia. Y es horizontal. Impone sus temas efervescentes y compensa su mal humor, su frecuente mala leche, con una diversidad a toda prueba y una libertad que no tiene entre nosotros más antecedente que la diatriba del diario íntimo, destinado antes a la posteridad, hoy al momento.

Nuestra intimidad es pública, nuestra molestia se siente con derecho a molestar, el corazón de cada quien aspira a ser la plaza pública de todos.

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