diciembre 01, 2011

Estela de Luz

Saúl López de la Torre
saul-1950@hotmail.com
La Crónica de Hoy

Ayer visité la Estela de Luz. Trepado en mi silla de ruedas pude escudriñar hasta el último rincón de la obra que debió ser inaugurada en septiembre del 2010, para conmemorar el bicentenario de la Independencia de México. Se trata de una obra majestuosa y controvertida; fruto, en muchos sentidos, de la improvisación (como si no se hubiese tenido todo un siglo para pensarla) y de una visión extraña del devenir de nuestra historia. Al decir del arquitecto César Pérez (cabeza visible del grupo de 24 arquitectos ganador del concurso convocado por el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes), esta rara especie de antorcha luminosa medirá 104 metros, a partir del nivel de la banqueta, porque “los ciclos mesoamericanos son de 52 años, que es la suma del ciclo solar, del ciclo lunar y del ciclo de Marte”. Y se eligió el cuarzo para forrar la estructura de acero inoxidable, “porque es un material traslúcido y perdurable... con el que en la época mesoamericana se hacían las ofrendas y las alhajas, ya que entonces era uno de los materiales más preciados”.

Tan endeble como la justificación de su altura precisa de 104 metros fue el proyecto original, al que fue menester modificarlo muchas veces sobre la marcha, en atención a la esbeltez de la Estela, al tipo de suelo, a la fuerza del viento, a la sismicidad de la zona, a la vecindad con la Torre Mayor, de 220 metros, y otra que se construye en la esquina de Lieja y Reforma, cuya altura será de 240 metros. “Para darte una idea, hacia abajo del suelo las columnas miden 50 metros en vez de 30; se fueron cuando menos al doble las especificaciones de las láminas de acero de que están hechas las columnas, de la estructura que sostiene las placas de cuarzo, del acabado del propio cuarzo. Y tuvimos que agregar más de 500 planos a los 141 del proyecto que ganó el concurso, por tantas cosas no previstas. Si no hubiéramos resuelto las graves deficiencias conque arrancó la ejecución de la obra, la Estela estaría en riesgo de derrumbarse por la fuerza de los ventarrones que corren a esa altura, o por un sismo. O en peligro de ser succionada por las turbulencias que sucederán cuando esté concluida la torre de 240 metros. Al final de cuentas, el monumento quedará anclado en medio de una suerte de cañón urbano”, me dijo Ignacio López Rodríguez, el hombre que asumió, en calidad de bateador emergente, la dirección de Triple i Servicios, la filial de Pemex encargada de construir el monumento.

Pero yo no visité la Estela de Luz para criticar el proyecto, ni el proceso de ejecución de la obra; ambas cuestiones han sido profusamente ventiladas ante la opinión pública, con o sin fundamento. Yo fui, invitado por el director de Triple i, a darle una caladita a la rampa para los discapacitados. Mi amigo Nacho sabe que en mi deambular de casi veintisiete años de ser parapléjico he dejado una huella indeleble de rampas en los edificios públicos en que he trabajado, incluida la torre ejecutiva y el conjunto de edificios que componen el centro administrativo de Pemex.

Nos encontramos a las 8:25 de la mañana (la cita era a las 8:30), en la esquina de Lieja y Reforma. Embutidos en cascos y chalecos nos introdujimos al colorido hormiguero de trabajadores afanados en armar el enorme rompecabezas con sus piezas de cuarzo, cables, acero inoxidable y granito. Nacho camina junto a la rueda izquierda de mi silla. No olvida que de ese lado tengo el oído con el que oigo. Habla fuerte y claro, con entusiasmo: “Las dos fachadas planas de la Estela contendrán 1,704 páneles de cuarzo, con un sistema de iluminación independiente en cada panel. Como puedes ver, la estructura es soportada por ocho columnas de acero inoxidable. Serán montadas en cinco secciones, con una precisión milimétrica. Nos faltan dos, de 24 metros cada una. Las ocho columnas completas pesarán 1,700 toneladas. Mañana comenzaremos a montar la cuarta sección y dentro de cinco días, la última. Diez días después, el 20 de diciembre, concluiremos la instalación de los súper-paneles de cuarzo, los cuales ya se arman ahorita, a la par que se realizan las pruebas de iluminación, en piso y colocados. Entre el 21 y el 30 puliremos los 6,200 metros cuadrados de pisos de granito, los plafones, la escalinata, la rampa, los elevadores, los sintonizadores de sismos, ventarrones y turbulencias, la plaza, el salón de usos múltiples y el espacio conmemorativo, para que, funcionando todo al cien por ciento, la Estela se inaugure el 31, luminosa y reluciente. Entonces estaré listo para recibir el 2012 durmiendo veinte horas de un tirón”.

La rampa comienza en la plaza y desemboca en el fondo del segundo sótano, abajo del salón conmemorativo, en la subestación eléctrica. Bajamos y subimos sin interrumpir la plática y sin que me faltara el resuello, saludando a los hombres súper-productivos que construyen con sus manos rudísimas una obra extraña y una rampa magnífica. Volveré el día de su inauguración, el último del año.

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