diciembre 05, 2011

Los defensores de los narcos

Luis González de Alba
La Calle
Milenio

Llamar asesino y usurpador a Victoriano Huerta le costó primero la lengua y luego la vida a Belisario Domínguez. Mucho peores insultos se han dirigido contra Calderón, en público, con entera impunidad

Los narcos comenzaron contratando jóvenes desempleados en Monterrey para manifestarse, como “sociedad civil” contra la presencia del Ejército. Bastaron 500 pesos a cada uno. La respuesta de la población al Ejército y al gobierno fue la contraria: “Por favor, no nos dejen en manos de los criminales”: respuesta de la señora que paga porque no vaya a ser que su fonda se le incendie, el mecánico que paga el mismo “seguro”, los automovilistas que calculan si viajar a una ciudad cercana vale la pena, considerando los altos riesgos.

Los delincuentes han tomado ciudades enteras para vender derechos de piso y de paso. Tienen a su cargo impuestos propios y el ejercicio de la violencia en sustitución del Estado. Los secuestros han llevado a familias enteras a huir de México e instalarse en la frontera, pero del lado de EU. Hasta donde sé, los gobernadores de Sinaloa y Jalisco han enviado a sus hijos fuera de México. Es posible que no sean los únicos.

La última burla macabra es acusar ante la Corte Penal Internacional a quien persigue criminales. La denuncia no la firma El Chapo, sino gente sumida en el rencor y el desprecio por quien les ganó la elección del 2006 por escasos votos. No logran salir de ese odio enconado por la frustración de haber tenido tal seguridad de ganar que Federico Arreola ya pasaba a ver directores de diarios para informar los nombres de periodistas que merecían dejarse a prueba y los que sin más deberían ser despedidos. El mismo Arreola que desde su columna había pedido la reelección de Carlos Salinas y había defendido la guerra de Bush contra Irak.

Toda persona tiene derecho a defenderse ante una acusación, dicen nuestras leyes y las de cualquier país. Y si no tiene dinero para pagarse un defensor, se le pondrá un abogado de oficio que paga el propio sistema judicial. Pero ahora resulta que si te acusan organizaciones de la “sociedad civil” no tienes ese derecho. Están acusando al Presidente y al Chapo Guzmán, por parejo, de homicidio, lesiones, torturas, desapariciones forzadas más lo que aparezca y el intento de montar una defensa comprueba que Calderón es autoritarismo e intentar amordazar a la sociedad… A ver si entendí: si el acusado es el Presidente de México, debe callar y obedecer ante sus acusadores. De no hacerlo, da muestra de autoritarismo. Y entre sus acusadores se encuentra Julio Scherer, abrazado del Mayo Zambada en la portada de Proceso luego de hacerle una “entrevista” indigna de cualquier novato reportero: no hace sino ofrecerle las páginas de Proceso sin una sola pregunta incómoda.

¿No es eso un delito? ¿Dar voz a los delincuentes? Scherer tiene un prestigio que obsequió al Mayo con esa entrevista y esa portada. ¿No lo hace reo de complicidad?

Para mostrar espíritu democrático, Calderón debe esperar sentado a que lo juzguen. No ocurrirá eso, han señalado ya conocedores del derecho internacional. Pero el daño está hecho: mentiras, calumnias, tergiversaciones, disparates sin disimulo no cumplen los requisitos mínimos para ser siquiera revisados por un juzgado común, muchos menos la Corte Internacional. Pero pone en las noticias al presidente más insultado, denigrado, difamado, injuriado y ofendido en nuestros 200 años de historia, al nivel de acusados de genocidio, como Milósevich.

Insultos racistas como chaparro, escatológicos que no repetiré, simples cuchufletas de ardidos sin argumentación, inconsolables porque se les fue la Presidencia por décimas. Llamar asesino y usurpador a Victoriano Huerta le costó primero la lengua y luego la vida a Belisario Domínguez. Mucho peores insultos se han dirigido contra Calderón, en público, con entera impunidad. La impunidad del que sabe, pero no lo dice, que Calderón no es de los que emplean el poder para matar al crítico. El poder con el que sus adversarios ya señalaban a los críticos que debían ser despedidos.

Calderón debe guardar respetuoso silencio ante quienes incurren en delitos de calumnia y difamación. No se callaron Padierna y Bejarano cuando fueron demandados penalmente, también por grupos de la sacrosanta “sociedad civil”, de robar a quienes les confiaron sus ahorros para obtener una casa, que no les entregaron jamás. Hicieron su dinero y su poder con los damnificados del temblor del 85.

Y es con esa gentuza con quienes Calderón ha tratado de aliarse para sus reformas: el más viejo PRI echeverrista y el lumpen callejero. No entiendo a Calderón.

El vino de los bravos (y unos tequilas). Cuentos. (Planeta, 2010).

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