diciembre 19, 2011

Milli Vanilli y Peña Nieto

Jorge Chabat
jorge.chabat@cide.edu
Analista político e investigador del CIDE
El Universal

A fines de los años 80, un dueto compuesto por Fabrice Morvan y Rob Pilatus, cuyo nombre artístico era Milli Vanilli, causó sensación. En un par de años sus éxitos musicales se colocaron en los primeros lugares del hit parade de Estados Unidos e incluso a principios de 1990 recibieron el Grammy al artista revelación. Sin embargo, a fines de ese año se descubrió el fraude: Morvan y Pilatus no eran realmente quienes interpretaban las canciones sino otros cantantes. Quienes se creía que cantaban eran realmente sólo una imagen para las portadas de los discos y para las presentaciones en vivo en las cuales, obviamente, hacían playback. La historia está llena de este tipo de historias. Cantantes que no cantan realmente, escritores que no son los autores de los libros que presumen y, desde luego, de políticos que sólo dicen lo que les dicen sus asesores que digan, pues realmente no tienen mucha idea de las cosas. Después de los incidentes de la Feria del Libro de Guadalajara y de las entrevistas en las que no supo el salario mínimo ni el precio del kilo de tortillas, todo indica que Peña Nieto es una versión de Milli Vanilli en la política mexicana. En cuanto lo dejan sin apuntador, divaga, titubea, mira al horizonte y no dice nada.

Ciertamente, uno no espera que ningún político sepa TODO, pero sí que tenga al menos algún contacto mínimo con la realidad del país que pretende gobernar. Que Peña Nieto no se acuerde de los libros que leyó no es realmente grave: nos habla de alguien que pone poca atención a lo que lee. Pero que no sepa el salario mínimo o el precio de las tortillas es un indicador de que, como muchos políticos, vive en su mundo aparte. Si tuviera en la mente esos dos datos, sabría que la gran mayoría de los mexicanos tiene serios problemas para subsistir todos los días, a pesar de que ha dicho que se le olvidan los libros pero no la pobreza y la violencia que vive el país. Puede ser, pero es obvio que el conocimiento que tiene de ambos problemas no es profundo. De hecho, no es la primera vez que el candidato priísta balbucea y no sabe cómo responder a una situación imprevista. Hace un par de años, luego de una inundación en el Estado de México, Peña Nieto fue entrevistado por Joaquín López Dóriga sin script. Ahí balbuceó y mostró que ante una situación de emergencia no sabe cómo responder.

Es difícil saber cómo afectarán a Peña Nieto los traspiés de las últimas semanas. Seguramente van a tener algún efecto a la baja en la intención del voto. Habrá que ver si esta incipiente imagen de insustancial que le han forjado a Peña los medios de comunicación y las redes sociales, se consolida durante la campaña. Lo cierto es que, a diferencia de lo que ocurría en las épocas doradas del priísmo, cuando los candidatos oficiales estaban blindados pues el gobierno-partido controlaba lo que se decía en los medios, en las campañas presidenciales de la actualidad no hay red de protección para los dislates. Es muy probable que los otros candidatos también cometan errores. De hecho, ya López Obrador dijo que el boleto del Metro era de dos pesos, cuando es de tres, lo cual refleja que hace muchos años que AMLO no se sube al transporte público y Ernesto Cordero también confundió a la autora de un libro. En fin, errores como éstos van a ocurrir. Sin embargo, da la impresión de que la opinión pública será más crítica con Peña Nieto, por dos razones: porque es el puntero en las encuestas y porque prevalece en el imaginario colectivo la idea de que la imagen de político exitoso que tiene es en buena medida producto de la publicidad en medios. De hecho, su corta trayectoria política da sustancia a esta percepción. En otras palabras, se le percibe como un político que es más imagen que sustancia. Que es, pues, como Milli Vanilli, la portada del producto que se quiere vender, pero no el producto.

No cabe duda que Peña Nieto ha logrado, hasta ahora, lo que parecía imposible hace unos años: la unidad del PRI. Y tampoco hay duda de que, hoy por hoy, encabeza las encuestas. En ese sentido, todo parece indicar que su nombramiento fue un acierto. Sin embargo, su postulación se hizo con la lógica de que el aparato priísta puede hacer ganar a un maniquí. El problema es que, en los tiempos que corren, sin el control estatal de los medios, no hay aparato partidista que pueda proteger a los candidatos de sí mismos. Y eso puede afectar sustancialmente el panorama electoral del próximo año.

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