diciembre 14, 2011

Para ir pensando el voto

Mauricio Merino
Profesor investigador del CIDE
El Universal

La clase política que ha encabezado la primera mudanza democrática nos ha decepcionado, porque no ha sabido lidiar con la pluralidad política que le dio sentido a ese proceso, porque ha mantenido las pulsiones autoritarias, corporativas y excluyentes del pasado y porque no ha logrado mejorar las condiciones de vida de nuestra sociedad, en su conjunto. También nos han decepcionado sus excesos caudillistas y retóricos, sus alianzas imperdonables, su ineficacia y su corrupción. Para suplir esos defectos nos han llenado de palabras y nos han vaciado las expectativas.

Cuando he hablado con algunos de ellos me ha sorprendido su conciencia. Son conscientes de la impotencia que comparten y sus diagnósticos no difieren mucho de los que se hacen entre la sociedad civil, el periodismo o la academia. Saben que la pluralidad política se les atascó entre los pliegues de las ambiciones personales y que, en un plazo que sorprende por su brevedad, dieron al traste con la ruta de la construcción democrática en la que ellos mismos habían participado —aunque no todos lo hayan hecho como protagonistas principales, sino como herederos—. Pero aun así, al tomar las siguientes decisiones vuelven al guión ya conocido y repiten los errores anteriores, como si no tuvieran conectada la conciencia con la acción o como si, a pesar de todo, el camino andado les obligara a seguir cayendo inexorablemente.

El gobierno, por ejemplo, sigue actuando como si la gestión del último sexenio hubiera sido insuperable. Si algún defecto reconoce es, acaso, la existencia de sus oposiciones y la obstinación de quienes opinamos diferente. Para el Presidente y sus correligionarios el problema del país no está en las decisiones que ha tomado sino en el hecho de que no las haya podido llevar hasta sus últimas secuelas —como se dice ahora—, debido a que el Congreso no le aprueba las leyes apropiadas, los gobernadores no obedecen instrucciones o los alcaldes son ineficientes y corruptos. Pero si alguien cuenta el número de víctimas y victimarios del sexenio, o el número de pobres, o el número de injusticias cotidianas, nunca falta una versión distinta emanada de las filas del gobierno destinada a contradecir —con sus propias pruebas y lecturas, claro— cualquier interpretación que se atreva a sugerir algún error de cálculo, diseño u operación que no sea atribuible a los adversarios políticos del Presidente.

Pero lo mismo sucede —y aun acrecentado— por el lado del líder político de las izquierdas. La visión social de AMLO es, de lejos, más amplia y mucho más comprometida que la del Presidente. El programa de Morena es una lista de ofertas de igualdad social técnicamente discutibles pero plausibles y no hay duda de que la base social del virtual candidato del Movimiento Progresista está mucho más anclada en una posición igualitaria que la de cualquier otro de los contendientes. Tanto así, que el problema de López Obrador es, más bien, persuadir a los empresarios, a los medios y a las clases medias de que su programa político y social —para decirlo rápido— no es comunista. Pero su lectura del mundo que lo envuelve es tan antidemocrática como la de su adversario principal: todos son malos, corruptos y culpables, excepto el líder y sus partidarios. Es el mundo dividido en dos: los que están con ellos, frente a todos los demás.

Y siendo tan breves estas líneas, me cuesta dedicarle más de tres a la pulsión autoritaria de la que jamás se han despojado el PRI y sus aliados muy notables. La verdad es que los priístas nunca se fueron por completo, pero, si vuelven, quieren volver con todo y por todas. La posición de Peña Nieto y del programa de la coalición que lo postula es hacer equivaler la gobernabilidad con el gobierno de uno solo (o de uno solo y sus amigos, pues), ya que la pluralidad democrática es leída por ese amplio grupo de políticos como causa de buena parte de los males que lastiman a nuestra sociedad.

De modo que las ofertas que tenemos a la vista son de suyo una contradicción y el anuncio de un fracaso inevitable. Son ofertas derivadas del cambio democrático de nuestro fin del siglo 20 —incluyendo la del PRI, como partido—, pero no son ofertas democráticas sino excluyentes y retóricas, pues ninguna podría ganar todos los votos y todas tendrán que convivir con las demás, sin dar pie con bola para hacerlo, como ha venido sucediendo hasta la fecha. Y así nos piden que votemos de manera razonada, pensando con toda responsabilidad cuál de los programas imposibles que se nos presentan sería mejor, si no hubiera democracia.

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