diciembre 01, 2011

¿Qué exigirle a Peña, AMLO o Josefina?

Agustín Basave (@abasave)
abasave@prodigy.net.mx
Director de Posgrado de la Universidad Iberoamericana
Excélsior

A mi juicio, los principales problemas de México son cuatro. Dos son nuevos —la violencia del crimen organizado y las mayorías legislativas efímeras— e implican rediseños inmediatos de estrategias y de instituciones, y dos son viejos —la corrupción y la desigualdad— y presuponen laboriosas reformas que acerquen la ley a la realidad y redistribuyan el ingreso; cada uno provoca diferentes daños a distintos mexicanos y todos ellos generan ingobernabilidad. He aquí el peligro más inminente. Nuestra cohesión social es precaria, y si no actuamos en esos cuatro frentes, las llamas que abrasan otras partes del mundo tarde o temprano podrían alcanzar el pasto seco de nuestra sociedad. Y si bien al final del día el mantenimiento de la paz social depende de que políticos y empresarios actúen sin miopía y sin mezquindad, estoy convencido de que somos los ciudadanos quienes debemos presionarlos a tomar cartas en el asunto.

Los remedios para el primer par de problemas son sencillos en la teoría y complejos en la praxis. El gobierno empieza a hacer lo que algunos pedimos desde el inicio del sexenio —pegarle a la delincuencia sus finanzas y emplear a las Fuerzas Armadas para operaciones quirúrgicas— pero de manera balbuceante y errática; y todos los partidos concuerdan en la necesidad de introducir cambios al régimen para que sea capaz de articular mayorías coherentes y de largo aliento en el Congreso, pero ninguno se atreve a pedir la adopción del parlamentarismo. Definir y defender teóricamente estas dos medidas es bastante fácil; que una partidocracia misoneísta y obsesionada con el juego de suma cero las pacte e implemente es virtualmente imposible. Los remedios para el segundo par de problemas, por su parte, son complejos y difíciles en la teoría y en la praxis. Para forjar una sociedad más honesta y menos desigual hay muchas propuestas, ninguna de las cuales es llana en su concepción o en su aplicación. Y si no hay acuerdos en torno a la seguridad y al mecanismo para procesar las reformas de gran calado que México necesita, temas de una agenda que tiene apenas cinco años, mucho menos los hay para contrarrestar las desastrosas consecuencias de la corrupción y la pobreza que venimos arrastrando desde hace cinco siglos. Usted puede discrepar de mi diagnóstico, pero confío en que coincidirá conmigo en que no es sensato esperar que los partidos políticos logren consensos por sí solos.

La ciudadanía debe tomar las riendas del país empujando a sus representantes a dejar de buscar salidas y a empezar a encontrar entradas. Siempre se discute cómo salir de nuestras crisis y nunca se habla de cómo entrar a una nueva era que nos dé una mentalidad diferente, una conciencia filoneísta, una integridad generosa. Tenemos una Constitución disfuncional, estamos atrapados entre nuestra gobernabilidad antidemocrática del siglo XX y nuestra democracia ingobernable del siglo XXI y las iniciativas más audaces que se presentan no trascienden los parchecitos. La encrucijada que vivimos no admite menos que un nuevo acuerdo en lo fundamental. Si los mexicanos reconocemos y erradicamos nuestros vicios idiosincráticos podremos trazar de común acuerdo la ruta del renacimiento de nuestro Estado que, en buena tesis, es nuestra sociedad políticamente organizada.

Lo peor que podemos hacer es preguntar a los candidatos qué México queremos. Digámosles nosotros a ellos, a Enrique Peña Nieto, a Andrés Manuel López Obrador y a Josefina Vázquez Mota o a quien abandere al PAN, qué país y qué liderazgo deseamos. La disyuntiva es clara: o nos conformamos con ser remolcados por un(a) Presidente y por la inercia de la administración de la mediocridad o lo(a) impulsamos hacia el asalto de la altura. Antes de recibir el bombardeo de la propaganda, al margen de los debates televisivos, reflexionemos y decidamos las definiciones y los compromisos vamos a exigir. Ya existe en mi universidad una propuesta para expresar nuestras demandas —“Buen ciudadano Ibero”— y pueden organizarse otras que además les den seguimiento.

P.D. Hay otro pendiente. Los poderes fácticos tienden, cada vez más, a sojuzgar a los poderes estatales. Me refiero a intereses privados que ejercen una influencia inaceptable en decisiones públicas, incluidos los que rodean al periodismo. Un avance fundamental de nuestra transición fue librar a la prensa, la radio y la televisión de la censura y la injerencia del gobierno, pero casi nadie advierte el riesgo de manipulación informativa causada por la censura y la injerencia de algunos empresarios de medios. Y esto se agrava cuando el negocio mediático se mezcla con otros, porque se puede poner uno al servicio de los otros.

P.P.D. No estoy de acuerdo con la acción ante la Corte Penal Internacional contra Calderón, pero tampoco con la reacción del presidente. Ahora bien, más allá de juicios de valor y de cara al 2012, creo que las tácticas de ambas partes sólo beneficiarán al PRI. Las declaraciones de los priístas enseñan cómo capitalizarán el conflicto.

No hay comentarios.: