diciembre 23, 2011

Turrones

Juan Villoro (@juanvilloro56)
Reforma

Recibí un turrón y sospeché de inmediato que había pasado por otras manos. No me refiero a las personas que lo produjeron, sino a un efímero propietario anterior.

El empaque tenía la atractiva y resistente presentación de los productos artesanales que se pueden apilar sin que les pase nada; no había señas de maltrato y la fecha de caducidad estaba más en orden que la de mi licencia de manejo. Además, el regalo venía de Vic Glutamato, amigo que sólo ofrece lo mejor. Pero algo vibraba en esa caja.

Releo la frase anterior y descubro con alarma la palabra "vibraba". ¿Es posible que un sencillo postre me regrese a una época de psicodelia y relaciones esotéricas con el cosmos en que las cosas me atraían o repelían por un sistema de ondas magnéticas que nunca supe descifrar? Pero eso fue lo que advertí: el regalo había sido antes de otra persona.

Quiso la casualidad que Vic llegara a la casa en el momento en que mi tía Antonomasia trataba de salir de ella (no podía porque su suéter de estambre se había enredado con una esfera del árbol de Navidad). Como de costumbre, Vic venía dispuesto a humillarnos con buenas noticias: no había encontrado un solo embotellamiento en el Distrito Federal. Una vez más su optimismo sugería que los demás estamos perturbados.

Por desgracia, su estado de ánimo parecía fundado; no pidió usar el baño (hubiera sido una señal inequívoca de que llevaba horas en el tráfico); lucía fresquísimo, arreglado con agraviante pulcritud (yo estaba en pants, con la cara de quien acaba de ver Halloween 13 o una película de arte iraquí); sencillamente no parecía venir del fraccionamiento al que yo llego en dos horas. Un hombre en navideña plenitud, que habita una realidad paralela a la que no tenemos acceso los neuróticos.

Antes de su llegada, Antonomasia había expresado las opiniones del polo opuesto de la humanidad. Una amiga suya olvidó que el pavo provoca sueño, se quedó dormida y se volcó en la carretera a Irapuato; otro amigo se atragantó con las ramas de los romeritos mientras cantaba O Tannenbaum y acabó el villancico en la Cruz Roja; alguien más descubrió que el bacalao tiene cada día más espinas pero, con la valentía que da el ponche, consideró que la Navidad es temporada de faquires y acabó con el esófago espinado. Y antes de eso, la tía había hablado del cambio climático, el desfalco mundial de los banqueros y la falta de credibilidad de los políticos.

La sonrisa de azúcar glass de Vic le produjo un cortocircuito semejante al que ella estaba a punto de provocar con su suéter de Chiconcuac enredado al árbol. Pronosticó que esta Navidad nos atragantaríamos con tejocotes.

Mi amigo me dio el turrón mientras la tía lograba zafarse del árbol (agregando a la decoración un par de hilachas color heno). Antonomasia me dijo con sincera angustia: "¡Le acabas de poner frenos a tu hija! ¡Es como comprar un Audi! ¡Y tus libros no se venden tanto!"; luego señaló el sólido turrón de Alicante: "¡Año Nuevo en el dentista!".

Para cambiar de tema, Vic habló de una película excelente y una novela deslumbrante. Antonomasia lo vio con el desprecio que se le concede a los seres inferiores, incapaces de entender que la vida vale la pena por las decepciones que provoca. Informó que la película en cuestión había hecho que el turismo sexual aumentara en Tailandia. En cuanto a la novela, el autor había plagiado 25 páginas de John Irving, que tampoco es la gran cosa. Me asombra la cantidad de datos adversos que domina mi tía, como si Google se hubiera inventado para alimentar sus desacuerdos.

Vic agradeció los útiles conocimientos negativos de la tía mientras yo pensaba en las personas que antes habían sido dueñas del turrón: ¿Chacho?, ¿Frank?, ¿Ricky?, ¿Yuli?, ¿el gran Philippe?

¿Por qué pensé en esos cinco nombres? Lo que hasta ese momento me había parecido una "vibración", es decir, una intuición más o menos chamánica, se presentó como lo que era desde el principio: una señal del inconsciente. Es molesto decirlo pero en este caso la asociación libre de ideas dependía menos de Freud que del sentimiento de culpa que el cristianismo de posada infunde en el sujeto guadalupano: ¡yo le había dado turrones a esas cinco personas! Pero no había comprado ninguno: eran regalos desplazados.

Entendí mi desconcierto de otro modo. El turrón es un bien que se disfruta sin alharaca. Nunca he oído que alguien diga: "¡Qué antojo de turrón!" o "Vamos a casa de Chacho: tiene unos turrones geniales". Estamos ante un dulce agradable, difícil de rechazar, que define una temporada. Una golosina de calendario. Su cometido principal es el de circular. Más que un alimento es un mensaje que se antoja retransmitir. Regalar el turrón que acabas de recibir es como retuitear un saludo.

Antes de las redes sociales, la gente se mandaba azúcar en señal de paz.

A reserva de lo que diga Antonomasia, es un logro que una especie de depredadores haya inventado un dulce hecho para pasar de mano en mano, un sistema de comunicación que en ocasiones insólitas incluso se puede masticar.

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