enero 14, 2011

¿Alianza o tomadura de pelo?

Jorge Fernández Menéndez (@jorgeimagen)
Razones
Excélsior

Para mi amigo Jorge Juraidini, con un abrazo solidario.

El PRD y el PAN en el Estado de México intentan tomarnos el pelo. Ambos partidos tienen ya candidatos definidos. Por el PRD, junto con Convergencia y el PT, se impuso el que era el aspirante preferido de López Obrador desde mucho tiempo atrás: Alejandro Encinas. Por el PAN, luego de ciertos titubeos iniciales, es evidente que la candidatura está en las manos de Luis Felipe Bravo Mena. Los dos son candidatos incompatibles para configurar una alianza en la entidad contra el próximo candidato priista. ¿Entonces por qué los dirigentes del PAN y los del PRD se reúnen para supuestamente discutir una alianza y nos dicen, ambos, que estarían dispuestos a avanzar en ella?

Alejandro Encinas ha dicho con todas las letras que acepta la candidatura con la condición de que no haya una alianza con el PAN o que simplemente el partido blanquiazul, como dijo Cuauhtémoc Cárdenas, apoye al candidato del PRD y se comprometa a que sus militantes voten por él. Es impensable que el PAN apoye a Encinas. Bravo Mena no ha dicho lo mismo, pero es igual de impensable que pudiera tener apoyo perredista para esa elección. Cada uno irá por separado, con su respectivo candidato.

¿Entonces para qué el engaño? Porque están jugando con las expectativas a futuro y están negociando otras cosas. Primero, manteniendo la hipótesis de la alianza siguen presionando en sus tiempos al PRI para evitar que adelante el destape de su candidato: aparentemente sólo son tres, que podrían ser ya sólo dos, los aspirantes del tricolor que siguen en la pelea: Eruviel Ávila, el alcalde de Ecatepec; Alfredo del Mazo, el de Huixquilucan, y el diputado Luis Videgaray. La apuesta de mantener viva la hipotética alianza es dejar abierta la posibilidad de dejar a la cabeza de ella a alguno de los precandidatos que deserte del PRI, el famoso caso Malova. De esa forma no sólo se mantiene la tensión en el tricolor sobre la candidatura sino que también se busca obligar a ese partido a retrasar todo lo posible la designación de su candidato para reducir esa posibilidad de ruptura. En realidad, no creo que esa posibilidad sea real: es mucho lo que está en juego y, además, aunque sea sólo en el terreno de las expectativas, también es mucho lo que un hipotético aspirante presidencial podría ofrecer a quienes no sean candidatos en la entidad. Electoralmente, hoy, el Estado de México no es Sinaloa. Y de los candidatos de la sociedad civil de los que se habla, desde Alejandro Martí hasta Isabel Miranda, parece ser claro que ninguno de ellos está dispuesto a jugar, por lo menos en las canchas mexiquenses.

Para lo otro que sirven esos diálogos en torno a una alianza son con el fin de darle legitimidad a un tema muy delicado: comprobar la residencia en el Estado de México de Alejandro Encinas. En lo personal, acuerdos o desacuerdos políticos al margen, Encinas me parece un tipo serio, un político honesto. El mismo dijo hace algunas semanas que no podía ser candidato en el Estado de México porque no cumplía el requisito de residencia. Y es verdad, apenas en 2009 acreditó su residencia en el DF para ser legislador. Y ha sido en la capital donde ha vivido y hecho prácticamente toda su carrera política por lo menos en la última década. Pero, ahora, las necesidades electorales lo hacen residir en el Estado de México. En términos estrictamente legales, esa residencia es imposible de comprobar. Aun cuando lo que se busca es repetir una operación que se ha hecho muchas veces pero en forma más notable en 99 para acreditar la residencia de López Obrador y permitirle ser candidato en el DF. Andrés Manuel tenía residencia en Tabasco y acababa de ser candidato en ese estado, pero un acuerdo con el entonces presidente Zedillo allanó ese camino y ni el PRI ni el PAN impugnaron la candidatura y así se escribió buena parte de nuestra historia de los últimos diez años. Encinas, por cierto, desde entonces trabajó en el DF con Andrés Manuel. El diálogo con el PAN desbrozará ese camino.

Pero salvo que ocurra alguna sorpresa política mayúscula, no habrá alianza porque, además ¿quién en el año previo a las elecciones presidenciales resignaría la posibilidad de hacer una intensa campaña en el principal bastión electoral del país, más allá del resultado mexiquense?

Al margen y sólo como comentario: ¿se habrán dado cuenta ya en el PAN y en el PRD de la forma en que han contribuido a levantar y legitimar a Humberto Moreira en la dirigencia priista? Cada declaración de Moreira es respondida de inmediato por todo tipo de adversarios, y el ex gobernador de Coahuila toma así, gusten o no sus opiniones, siempre, la iniciativa.

Un culpable invisible

Héctor Aguilar Camín
acamin@milenio.com
Día con día
Milenio

Impresionante lo dicho por los jueces del tribunal oral de Chihuahua que pagan hoy un alto precio moral y profesional por haber absuelto a un criminal al que se daba por confeso de su crimen.

El error de los jueces que absolvieron a Sergio Barraza por la muerte de su novia, Rubí Marisol Frayre, parecía cosa juzgada: un caso más, particularmente escandaloso, de corrupción, tontería o formalismo del Poder Judicial.

Recuerdo haber oído el año pasado en Chihuahua el caso de esa absolución como una prueba del fracaso de los juicios orales, que empezaban a practicarse en el estado.

¿Cómo podía dejarse libre por minucias procesales a un asesino confeso, que incluso había pedido perdón a la madre de la víctima, a su vez asesinada hace unas semanas, para acallar, al parecer, su protesta contra el veredicto absolutorio de los jueces?

Los jueces aclaran ahora, muy tarde, luego de haber sido corregidos en su sentencia por un tribunal superior y en el borde de un juicio político por su proceder inaceptable, que la pieza mayor de la protesta contra ellos no existe, que Sergio Barraza nunca se declaró culpable ni había en el expediente de su consignación pruebas suficientes de su culpabilidad.

¿Quién puso en el espacio público esa pieza inexistente, la pieza que dispara el ciclo trágico subsecuente?

Del supuesto de que existe una confesión del asesino se derivan la indomable protesta de la madre agraviada, Marisela Escobedo, el escándalo en espiral de la opinión pública, la conversión de Marisela en un símbolo más del clamor ciudadano de justicia y su intolerable ejecución del 16 de diciembre pasado, hecho revelador por sí mismo de que algo muy podrido, muy perverso, hubo siempre en el fondo de este juicio, algo que ni la acusación del Ministerio Público, ni los jueces ni los medios que difundieron el caso a los cuatro vientos supieron revelar.

Movido por el escándalo, el nuevo gobierno de Chihuahua dio el paso final en la sucesión de equívocos, indujo una revisión del caso, otro tribunal cambió la sentencia y puso a los jueces del tribunal oral en la picota de un inminente juicio político a manos del Congreso.

La defensa de los jueces ha sido simple y al punto: el supuesto desde el que se les ha juzgado y condenado desde un principio, simplemente no existe. El homicida confeso no ha confesado nunca.

¿Quién inventó que sí? No tiene rostro ni nombre, pero es culpable como el que más.