enero 24, 2011

Tres horas con Diego

Ciro Gómez Leyva
gomezleyva@milenio.com
La historia en breve
Milenio

Quedamos de vernos en mi oficina a las seis y media para conversar y luego subir a grabar a las siete la entrevista que se transmitiría en el noticiero de las diez. Pero Diego llegó pasadas las siete. Le propuse grabar a las ocho y media, nueve y media. No hubo necesidad. Nos fuimos en vivo.

Estuve con él dos horas y media en la oficina y media hora al aire. Su vivacidad, inteligencia y alma de polemista están intactas. Estrujantes los fragmentos del secuestro que quiso compartir. Como un personaje de Sándor Márai, en su voz resonaba la satisfacción propia de las personas mayores que han contado algo con exactitud, que han sabido agrupar sus ideas y pensamientos de una manera clara y concisa.

Divagamos también sobre la familia, los hijos, el sentido de la fidelidad, los amores y desamores. Aprendí que siete meses de secuestro no acaban necesariamente con una vida, y que quizá sea cierto que quien realmente sobrevive, no tiene derecho a levantar ninguna acusación.

De la mejor literatura, la narración que hizo sobre la defensa de su barba, penúltima condición que le impusieron los secuestradores. Y la oferta de entregar un dedo a cambio de que no lo rasuraran.

Haciendo cuentas de cuántas veces Diego citó a Dios terminé de ver en mi casa en la madrugada la repetición de la entrevista. Me levanté a buscar una cita de Márai que me parecía tan clara que la admitía sin necesidad de demostración, como un axioma:

—“Los dioses son envidiosos, y cuando dan un año de felicidad a un simple mortal, lo apuntan como una deuda, y al final de sus vidas la reclaman con intereses de usurero”.

Después de las tres horas con Diego, ya no estoy tan seguro.