enero 25, 2011

'Samuel Ruiz' por Paco Calderón



Peña y Ebrard padecen lo mismo

Adrian Trejo (@adriantrejo)
atrejo@callemexico.com
Calle Mexico

Todos miran al estado de México y su próxima elección como la aduana que tiene que brincar Enrique Peña Nieto para asegurar la eventual candidatura del PRI a la Presidencia de la República en el 2012, pero la misma premisa se puede aplicar a Marcelo Ebrard en el DF.

Aunque la elección de jefe de Gobierno del DF y la presidencial ocurren en la misma fecha, Ebrard tendrá que sortear el difícil trance de elegir al candidato del PRD a la capital sin que se desbarranque el partido y ponga en riesgo su hegemonía en el DF.

A diferencia de lo que ocurre en el PRI en el estado de México, en donde la unidad tricolor no se ha roto –al menos por el momento- por la esperanza –o temor- de que Peña resulte, primero candidato y luego Presidente, la multiplicación de las tribus, corrientes o movimientos, como quiera llamarle, dentro del PRD, harán indispensable que Ebrard muestre sus dotes de sastre fino.

Evidentemente no quedará bien con todos, pero buscará que el apoyo para el próximo año provenga de los grupos más representativos y menos desprestigiados, por mucho que los segundos sean quienes mantienen el control de amplios grupos del perredismo original, dispuestos a lo que sea con tal de figurar en el reparto del pastel.

Además, en el caso de Ebrard, existe una agravante: sus gallos no le han crecido y ello facilitó el crecimiento de las expectativas de quienes no figuraban en la lista de los posibles y ahora creen que pueden.

Y lo peor, que lo merecen.

Y mientras los supuestos “gallos’’ del Jefe de Gobierno del DF siguen haciendo la lucha por medio crecer –en cuatro años no lo hicieron-, la que se ha puesto las pilas es Alejandra Barrales, presidenta de la Asamblea Legislativa.

Como no queriendo la cosa, Barrales arrancó ya su campaña en pos de la candidatura, con la promoción de la oficina que tiene como diputada local.

En 18 estaciones de Metro, Barrales colocó espectaculares en los que invita a los ciudadanos y ciudadanas a acudir a su módulo en donde recibirán asesoría jurídica gratuita, atención dental gratuita, las mujeres podrán hacerse estudios clínicos propios de su género.

¿Recuerda usted a su diputado local o federal ofreciendo estos servicios? Bueno, ¿recuerda usted siquiera el nombre de su diputado local o federal?

La fugaz visita de Hillary Clinton a México pareció más bien una visita de doctor para hacer un diagnóstico del estado de ánimo del gobierno mexicano después de revelarse lo que piensa el todavía embajador estadounidense Carlos Pascual sobre las autoridades encargadas de la lucha contra el narco.

Como sea, nuevamente imperó en la información oficial el asunto del combate a los cárteles de la droga, que evidentemente interesan a México pero también, y de sobre manera, a los Estados Unidos.

Ahora que, para conocer la versión completa, habrá que esperar nuevamente a WikiLeaks

La decepción mexicana con la democracia

José Antonio Crespo
cres5501@hotmail.com
Investigador del Cide
El Universal

Bien sabíamos, aun antes de la alternancia de 2000, que un fenómeno propio de las transiciones políticas es la llamada decepción democrática. Consiste en que buena parte de la ciudadanía se decepciona de lo que la democracia pueda aportar al desarrollo de su país. Este desencanto, cuando es muy pronunciado, genera un peligro para la democratización, pues ésta exige que la mayoría de ciudadanos opine que, pese a sus limitaciones y problemas naturales, la democracia es el menos malo de los regímenes políticos, según la definición churchilliana. De no ser así, la democracia naciente no tendrá un asidero sólido en la sociedad, y podrían prender intentos de regresión autoritaria o de aventurerismo revolucionario.

La decepción con la democracia se debe al menos a dos razones: A) en la etapa autoritaria, se generaron expectativas desbordadas sobre lo que la democracia podría ofrecer en materia social y económica; que habría crecimiento económico, más empleo y mejor remunerado; que avanzaría la educación, etcétera. Estas metas no necesariamente están vinculadas con la democracia; hay autoritarismos, como China, que han presentado logros imponentes, y democracias que llevan años sin avanzar. En todo caso, aun cuando la democracia suele arrojar buenos resultados socio-económicos, no puede hacerlo de inmediato. La decepción por esta causa puede superarse en cierta medida cuando la gente aprende que la democracia tiene límites naturales, que no es la panacea, y sólo debe pedírsele aquello para lo cual fue concebida.

B) Lo que la democracia sí puede brindar, casi de inmediato, es un cambio en materia de corrupción e impunidad, pero eso exige la voluntad política de la nueva clase gobernante. Si por cualquier motivo no lo hace (compromisos con la antigua élite política, considerar que no era urgente ni necesario, o la decisión de también incurrir en corrupción y abuso de poder), entonces la decepción sobreviene, pero a partir del carácter antidemocrático de la nueva élite en el poder, que no logra distinguirse demasiado (o nada) del autoritarismo. La ciudadanía podría seguir pensando que la democracia, en términos genéricos, es el menos malo de los regímenes políticos, pero fácilmente puede concluir que en su país no tiene posibilidades de arraigo. Puede convencerse de que México no tiene condiciones para la democracia, que ésta será siempre desvirtuada por su clase política, que incluso puede ser contraproducente respecto de alguna forma de autoritarismo. Esa era la enorme responsabilidad histórica de los primeros gobiernos panistas federales; su buen o mal desempeño se atribuiría no sólo al PAN, sino a la democracia misma como forma de gobierno.

El Latinobarómetro 2010 reporta que los mexicanos somos uno de los países más desencantados de América Latina, pues tenemos los índices más bajos de satisfacción y expectativas hacia la democracia; sólo 45% otorga su respaldo a la democracia, situándonos en la tercera última posición (arriba sólo de países como Paraguay y Guatemala). Probablemente, las dos razones aquí señaladas tienen que ver con el fenómeno: A) un fracaso de estos diez años desde la alternancia en perfilar un mejor futuro económico, y B) la traición manifiesta a la democracia de los nuevos gobernantes surgidos de los partidos de oposición, así como su claudicación a combatir corrupción e impunidad. Pero podemos agregar otra variable: el tipo de autoritarismo del que venimos. En la mayoría de países latinoamericanos, la democracia resurgió tras largos y oscuros periodos de militarismo sumamente represivo y restrictivo de las libertades esenciales. Cuando se compara a las nuevas democracias —con todos sus límites— con aquellos regímenes, el contraste es brutal a favor de la democracia. No es el caso de México, cuyo autoritarismo fue bastante flexible, basado más en la cooptación que en la represión. Y dado que los gobiernos de PRD y PAN no marcaron su distancia respecto de los priístas, la diferencia entre la nueva democracia y el antiguo régimen no está clara. Incluso, muchos piensan que estos diez años han sido peores en términos de gobernabilidad y estabilidad. Por eso no son pocos los que, añorando el pasado inmediato, vuelven sus ojos al PRI, pese a no mostrar éste ninguna renovación significativa.

Don Samuel, ese converso

Miguel Ángel Granados Chapa
miguelangel@granadoschapa.com
Plaza Pública
Reforma

Nadie iniciará nunca su beatificación y por lo tanto no habrá un Samuel Ruiz en los altares. Pero el bien que hizo el que fuera obispo de San Cristóbal de las Casas durante su ministerio episcopal y en el decenio posterior a su retiro es la más clara señal de que era un hombre escogido por el Dios en que creyó desde el fondo de su corazón.

Don Samuel pasó de ser un muchacho brillante, una joven promesa, a una madura realidad pero en un sentido por entero opuesto al que permitía augurar el comienzo de su carrera eclesiástica. Con estudios superiores en Roma, estaba llamado a ser parte de la clericracia. En la diócesis de León fue rector del seminario y canónigo, apenas llegado a la tercera década de su vida. Por ello fue elegido obispo de San Cristóbal de las Casas, cuya consagración ocurrió un día como hoy, el 25 de enero de 1960. Durante los primeros años de su desempeño don Samuel fue un obispo como se esperaba que fuera, más cercano a los pudientes de la antigua Ciudad Real que a su rebaño. Pero la pobreza cruda, sin disfraces que padecían los más en Chiapas, fue el motor de la primera transformación, la conversión inicial del obispo. En la práctica, por su sensibilidad inteligente, fue pionero de la opción preferencial por los pobres, aquellos que eran víctimas de la muerte evitable, la más cruel. Es que apenas formaban parte del paisaje, nadie les consideraba personalidad. Cientos de años después de que el primer obispo de esa diócesis, fray Bartolomé de la Casas, pugnó ante la corona española y ante los tribunales por que se considerara a los naturales de esa tierra como gente de razón, el prejuicio y los intereses seguían entercados en impedir el pleno reconocimiento de su condición humana.

Los pobres en Chiapas, en San Cristóbal eran todos indígenas, pertenecientes a varias etnias cuyos valores, la lengua entre ellos, no sólo no eran reconocidos sino que se les combatía. Con mirada benevolente, don Samuel compartió durante años el credo oficial, de la Iglesia y del gobierno, de que el mejor modo de ayudar a los indios era haciendo que dejaran de ser indios. Pero esa cruel paradoja enseñó pronto sus límites a un hombre con luces morales e intelectuales de carácter excepcional, como don Samuel. De modo que no tardó en convertirse en promotor de los derechos de los pueblos indígenas, pertenecieran o no al catolicismo, y por ello fue piedra de escándalo.

La crisis agraria de los ochenta (precedida en los años anteriores por un agravamiento de la lucha por la tierra) fue resultado de la prevalencia en Chiapas de un régimen feudal que negaba sus derechos a los propietarios originales. Esa lucha contó siempre con don Samuel y sus sacerdotes, más de uno de los cuales sufrió por ello persecución. También la padecerían al acoger a los refugiados guatemaltecos.

Como la pugna vital de don Samuel consistía en eliminar las discriminaciones, promovió la participación de los laicos, esos menores de edad frente a las autoridades de la Iglesia tradicional, en la vida pastoral de su diócesis. La consagración de diáconos casados no era simplemente un asunto digamos laboral, la habilitación de personas que auxiliaran profesionalmente a los sacerdotes, sino una muestra de respeto a los católicos, que provocó temor e indignación en el conservadurismo vaticano, con el que el Tatic (padre en la lengua que él aprendió) tuvo conflictos.

La cada vez más acendrada toma de conciencia de don Samuel respecto de los asuntos que concernían a los fieles pertenecientes a su diócesis puso al prelado en el dilema de hacer respetar los derechos mediante la violencia armada o a través de la movilización social. Al comenzar los noventa creció la presencia de quienes optaron por el cambio inmediato, apelando a las armas. Fue tarea del obispo respetar esa opción sin estorbarla ni menos condenarla.

Esa actitud le permitió, cuando insurgió el zapatismo armado, convertirse en mediador, pues contaba con la confianza de los alzados y de quienes, tras una inicial decisión de meramente reprimirlos, optaron después por el diálogo en pro de la paz.

La mediación a favor de la paz fue la seña de identidad de don Samuel a partir de aquel 1994. Renuente a los personalismos protagónicos, institucionalizó su papel de mediador y convocó a personajes de gran talla en la sociedad civil a integrar la Comisión Nacional de Intermediación. Superada la etapa en que la Conai fue útil, su papel se extendió fuera de Chiapas y se afianzó en la atención a conflictos sociales de diversa naturaleza. Con el mismo afán que construyó siendo obispo el centro de derechos humanos que lleva el nombre del fundador de su diócesis, el Frayba, como con familiaridad entrañable se le conoce en aquella región, don Samuel alentó después de su jubilación el establecimiento de Serapaz, Servicios y Asesoría para la Paz. Durante sus años de obispo, don Samuel impregnó con sus convicciones a su presbiterio, de un modo que después se repetiría en la Conai y en Serapaz.

La misión postrera de don Samuel, entre muchas otras tareas pues su dinamismo infatigable lo hacía multiplicarse, se desplegó en la promoción de la libertad de los presos de Atenco, y en la Comisión de Mediación, solicitada por el EPR para conseguir la presentación con vida de dos miembros suyos hechos desaparecer por el Estado. Lejos todavía de su objetivo, la Comed había sufrido ya la sensible pérdida de Carlos Montemayor, a que se suma ahora la de don Samuel. Pero ninguno de los dos en realidad se ha ido. Aquí están.

Cajón de Sastre

Oriundo de Tasquillo, Hidalgo, el viernes murió en la Ciudad de México, a los 85 años, el doctor Fausto Trejo Fuentes, miembro del Comité 68, la activa agrupación que consiguió llevar a los tribunales a responsables de la matanza del 2 de octubre de aquel año. Médico especializado en siquiatría, profesor del Instituto Politécnico Nacional, representó al personal docente de esa institución en la Coalición Nacional de Maestros Universitarios, en que tuvo una participación eminente al lado de Heberto Castillo, José Revueltas y Elí de Gortari. Todos ellos, Trejo incluido, padecieron cárcel por su participación en aquel movimiento, y luego fue exiliado en Uruguay. Ajeno y aun descreído de la actividad partidaria de la izquierda, apoyó en su pueblo natal la campaña de la alianza PRD-PT por la gubernatura de Hidalgo en 1999.

Adiós, padre Samuel

Yuriria Sierra (@YuririaSierra)
Nudo Gordiano
Excélsior

Su labor fue elogiada a tal grado que incluso mereció reconocimientos que líderes como Nelson Mandela tuvieron en sus manos.

Cuando amaneció el primer día de 1994 con aquella sorpresa del levantamiento armado del EZLN se evidenció una enorme brecha que entre el México “en progreso” y el México indígena existe. Las enormes diferencias entre ambos, hablando estrictamente de lo que sobre ellas se escribe u omite en la Constitución, fueron la causa de tal movimiento. El gobierno de Ernesto Zedillo poco pudo hacer con su propia gente, para lograr un acercamiento adecuado que resultara en diálogo sano y conciso que derivara en una resolución. Tan frívola era la mirada al conflicto, que hasta el luego presidente Vicente Fox prometió darle fin en tan sólo 15 minutos. Así de fácil lo entendía. El gobierno tuvo que recurrir a un mediador, y el indicado era uno de los pocos clérigos que, sin faltar a sus obligaciones religiosas, se ocupaba ya, desde hacía tiempo, de trabajar para que las comunidades indígenas lograran una igualdad en derechos con el resto de ellas. Aunque, en realidad, la idea ha sido siempre hacer que estos derechos se adecuen a esas comunidades, algo que no se ha logrado aún, ni siquiera con aquel acuerdo de San Andrés Larráinzar, que sólo fue un puñado de papeles que firmaron quienes entonces eran los obligados.

Era el obispo de San Cristóbal de las Casas, Samuel Ruiz García, de los pocos, poquísimos, miembros del clero mexicano respetado en muchas trincheras por ese trabajo suyo en pro del acomodo de los derechos humanos para todas las personas, sobre todo los indígenas, y aquellos dentro de lo que fue su diócesis desde 1959, una de las más pobres del país y donde en su mayoría son comunidades indígenas quienes la habitan.

Su trabajo fue tan elogiado que incluso mereció reconocimientos que líderes como Nelson Mandela también tuvieron en sus manos. Fue un clérigo de esos que tanta falta le hacen a la Iglesia, porque no faltó a la línea religiosa. Recuerdo que hasta se tornó en contra de la aprobación de los matrimonios del mismo sexo en el Distrito Federal hace un año, cuando ya su residencia estaba en Chiapas. Mucha fue su influencia, que era referencia para individuos y grupos que no se consideraban fieles, pero sí activistas sociales. Así de importante era su trabajo, que lograba en sus causas el cruce de grupos que ideológicamente se presumen contrarios. Nadie logró mediar tanto en el conflicto zapatista como lo hizo él, en la selva, con el subcomandante Marcos, o en reuniones con la avanzada que envió el gobierno.

Samuel Ruiz es, para la historia contemporánea de nuestro país, nombre obligado, debe serlo, hasta en el caso del grupo para el que sirvió, ejemplo de trabajo cuya finalidad era el encuentro de comunidades visto bajo una misma idea, pero adecuado a sus necesidaes. Era la búsqueda de una igualdad entendida a modo de cada grupo. Samuel Ruiz, de los pocos líderes que le quedaban a un país tan dividido y tan necesitado de esperanza e igualdad.

Addendum: Ayer sabíamos del anuncio hecho por La Familia mediante mantas colocadas en algunas partes del estado de Michoacán, para decir que se disolverá porque, según entendimos, han sido malinterpretados sus fines y se les trata como “criminales”, se les culpa sin justificación, pues. Ante tal incredulidad, desde luego, surgen las dudas sobre si el origen de estos mensajes viene de verdad de ese grupo o es un mero ejercicio irónico. Con mirada sospechosista, creemos más lo segundo.

Contra el narcoglamour

León Krauze (@Leon_Krauze)
leon@wradio.com.mx
Epicentro
Milenio

Hace unos días platicaba en W Radio con Cynthia Rodríguez, colega mexicana que se ha especializado en la mafia italiana. Le pregunté cuáles fueron los puntos de inflexión en la lucha del Estado italiano contra las organizaciones criminales, sobre todo en sus versiones más violentas. Me dijo que la labor gubernamental había sido importante pero que el auténtico parteaguas había llegado con una suerte de consenso social sobre la naturaleza y la identidad del enemigo. Los italianos aprendieron a llamarle a las cosas por su nombre, a denunciar y a identificar a los delincuentes como los auténticos causantes del deterioro nacional. En Colombia pasó algo similar tras la escalada de violencia que cerca estuvo de colapsar la viabilidad de ese país hace algunos años. Como la italiana, la sociedad colombiana vivía inmersa en una suerte de burbuja en la que los ataques y secuestros resultaban algo extrañamente ajenos. Todo se acabó cuando la violencia comenzó a subir de tono y el descaro del narco se volvió insoportable. Fue entonces que los colombianos se vieron al espejo y cerraron filas. Eso no quiso decir que cancelaron la discusión sobre la estrategia contra el crimen. No. Pero sí implicó que dejaran de lado diferencias absurdas para asumir, sin excusa ni pretexto, que el enemigo en común no era el Estado, sino aquellos que quería erosionarlo, tratando de arrebatarle el monopolio del uso legítimo de la fuerza. En suma, colombianos e italianos comprendieron que, con la viabilidad del Estado en juego, mejor valía evitar la cercanía del abismo.

Pocas cosas han hecho más daño a México en los últimos años que nuestra propia burbuja frívola. Es el colmo de la ceguera insistir en que el nuestro es un conflicto por elección o que es el mismo Estado quien puede ponerle punto final, como con varita mágica. La violencia de los últimos tiempos revela precisamente a qué grado echaron raíz en México una serie de sistemas perversos de corrupción y complicidad que poco a poco comenzaron a suplantar al Estado. Y un país no puede permitir que fuerzas patógenas traten de imponer una ley y un orden ajenos. Suponer que pactar con esos actores es una posibilidad equivale a suponer que uno puede llegar a un acuerdo con quien busca la destrucción de nuestra estructura más esencial de vida: un compromiso imposible.

Parte no menor de esa ambigüedad frente a la identidad verdadera del enemigo comienza con el encono político. Para un sector de la oposición es complicado asumir como propio una batalla comenzada (en esta versión y con esta estrategia) por un gobierno al que considera ilegítimo. La cantaleta aquella de “la guerra de Calderón” ha hecho mucho por distorsionar los méritos y la urgencia de la lucha. Pero la dinámica política no es la única culpable. La cultura popular también carga con una buena dosis de responsabilidad. Los medios, la música y hasta la literatura han insistido en revestir de glamour al narco y sus andares. Cada uno de esos actores culturales debería reflexionar. ¿De verdad vale la pena darle foro a un hombre dedicado a traficar droga y repartir balazos? ¿De verdad construye dejarlo que declare, con golosa impunidad, que, tras el crimen, “todos querían trabajar” a su lado, como si la violencia fuera el pasaporte a la fama? Engalanar el mito del narco con micrófonos abiertos o canciones y telenovelas hagiográficas equivale a consolidar el carácter aspiracional que el “oficio” ya tiene, por desgracia, en buena parte de México. Si la meta es emular otras experiencias exitosas de lucha contra el crimen y alcanzar un consenso sobre quién es realmente el antagonista a vencer, los políticos y todos los otros actores pertinentes deberían (deberíamos) hacer una pausa en el camino. No se trata de censura; se trata de mesura. Es una diferencia crucial. Y mucho depende de que la comprendamos.