febrero 01, 2011

La próxima década

Macario Schettino (@mschetti)
schettino@eluniversal.com.mx
Profesor de Humanidades del ITESM-CCM
El Universal

El martes pasado se publicó un nuevo libro de “George Friedman: The Next Decade: Where we’ve been… and Where we’re Going”, no sé si para coincidir con el informe del estado de la Unión que dio Obama en ese día.

Gracias a los avances tecnológicos, me fue posible empezar a leer el libro antes del discurso de Obama. Nada comparable a lo que ocurría hace unos años, cuando conseguir un libro publicado en el exterior podía llevar meses. Aprovechando estos avances tecnológicos, se me ocurrió que es una buena idea comentar con usted algunos libros en estas páginas. Así que empiezo con éste hoy, y la semana próxima le platicaré algún otro.

George Friedman es un analista estadounidense especializado en geopolítica que ha fundado una empresa de inteligencia llamada Stratfor, que usted posiblemente haya escuchado mencionar. Publicó hace unos meses un libro llamado The next 100 years que se convirtió en un éxito de ventas y que ya existe en español. En ese libro, Friedman sostiene que Estados Unidos seguirá siendo la mayor potencia mundial durante el siglo actual, alcanzando niveles superiores a los que tuvo en el siglo XX. Esta opinión que hace un par de años parecía muy normal, ahora va a contracorriente, puesto que la mayoría cree que Estados Unidos sucumbirá muy pronto ante el poder de las nuevas economías, en particular China.

En su nuevo libro, Friedman mantiene su posición: Estados Unidos seguirá siendo el país más poderoso del mundo, y China ni siquiera obtiene demasiada atención. En lo que se concentra Friedman es en analizar el conflicto interno estadounidense entre la república y el imperio. En opinión del fundador de Stratfor, Estados Unidos es un imperio aunque no lo quiera, y las tensiones de esa posición internacional con la decisión interna de ser una república son muy difíciles de manejar.

La próxima década se lee fácil, igual que los próximos cien años. Friedman escribe sencillo, aunque su análisis no es simple. La base de la que parte para analizar estos próximos diez años es lo que se acostumbra llamar política real (o realpolitik, para apantallar). En consecuencia, el pensador más mencionado en el libro es Maquiavelo, que sigue siendo una mina de oro para entender el poder.

La región del mundo a la que Friedman presta mayor atención es el mundo musulmán, que divide en tres conflictos: Medio Oriente, en donde considera que Israel es ya la potencia dominante; Irán-Irak, en donde confirma que Estados Unidos se complicó la vida al invadir al segundo país, dejando al primero como potencia regional; y la dupla India-Pakistán, en donde el segundo país está prácticamente destruido. Friedman sugiere a Estados Unidos cuál debe ser su política en estos próximos diez años para mantener rivalidades locales que impidan el ascenso de una potencia mundial. Así funcionan los imperios. En consecuencia, sugiere a los estadounidenses reducir su apoyo a Israel, y alejarse de Arabia Saudita, para que el Medio Oriente alcance un equilibrio; acercarse un poco a Irán, aceptando su situación de liderazgo en esa región; y fortalecer a Pakistán para compensar el creciente poder de la India.

En segundo término, Friedman analiza la situación en que se encuentra Rusia, que ha logrado recuperar buena parte del poder soviético en cuestión regional (pero no global). En su opinión, la decisión rusa de sacar su economía al estilo subdesarrollado (exportando commodities), ha sido muy buena en el corto plazo pero no tiene futuro. Sin embargo, Friedman considera que Estados Unidos debe impedir la posibilidad de una alianza entre Rusia y Europa que pudiese convertirse en un competidor global. Entre varias recomendaciones, sugiere apoyar a Polonia y Turquía en su ascenso, que servirán como cuñas al potencial crecimiento ruso-europeo.

En cuanto a Asia, Friedman cree que China no tiene manera de sostener sus tasas de crecimiento, y que tendrá que optar entre las dos alternativas históricas de ese país: control político con una economía cerrada, o economía abierta exitosa con fuertes tensiones separatistas. Friedman ve a Japón como el país más importante de esa región (sin duda lo es en términos económicos y navales), y por ahí le parece que Estados Unidos debe equilibrar este punto del globo.
Finalmente, en lo que se refiere a América Latina, Friedman asegura que Estados Unidos no puede tener mayor interés en el continente (salvo, claro, México y el Caribe). Sugiere apoyar a Argentina para contrapesar un poco a Brasil, aunque no le parece que ése sea un asunto de la mayor importancia.

En cuanto a México, establece que los dos problemas que tenemos son el tráfico ilegal de personas y de drogas. La solución en ambos casos es legalizar, pero eso es algo que no parece factible en la década que acaba de iniciar. En consecuencia, estima que ambas cosas seguirán igual: los estadounidenses fingirán enfrentar la migración, sin hacerlo, y México fingirá enfrentar al narcotráfico, sin querer que se acabe.

Así ve las cosas este analista, que como decíamos, parte de su convicción de que Estados Unidos no tiene rival en este siglo, y de su esquema esencialmente realista, diríamos maquiavélico, si no fuese porque este término suele entenderse mal.

Es un libro que vale la pena leer, porque ayuda a romper muchos mitos que resultan de modas, como el crecimiento de China, el poder de Rusia, etc. Puesto que Friedman cuenta con información abundante y de buena calidad, y puesto que su análisis lógico no suele tener fallas, es difícil no coincidir con sus conclusiones. Ciertamente, entre la fortaleza del análisis y las sugerencias hay un trecho en el que se van agregando supuestos que no son siempre de la misma calidad.

Pero indudablemente quien lea el libro tendrá una mejor idea de lo que está pasando en el mundo, y le será más fácil evitar conclusiones rápidas y malas frente a los eventos cotidianos, como por ejemplo ha ocurrido con los disturbios en el norte de África en estos días.

De miedosos y siniestros

Federico Reyes Heroles
Reforma

Las sociedades democráticas por principio discuten. Provocar discusiones antes que condenar debería recibir reconocimiento de los demócratas. En México no es así. Por lo general quien se atreve a cuestionar en voz alta es apaleado. Ello muestra el profundo conservadurismo que impera. En México antes de discutir se descalifica. Además, intelectual come intelectual. Cándidos, ignorantes de los inconmensurables efectos perversos, siniestros. Ninguno de esos atributos es justo para quienes impulsamos una discusión muy compleja y de alcances nacionales. Mucho de patrimonialismo ronda. Parece que en México las ideas no están para ser debatidas sino para apropiarse de ellas.

Los peores enemigos del llamado "amparo de los intelectuales" han sido ¡otros intelectuales! Esos territorios ya tenían dueño, varios ordeñaban sus vacas, como diría Aguilar Camín. Hay papas de la democracia mexicana y de los medios que no soportan la mera discusión. Discutir, como avance implícito de la democracia, en México atenta contra las ordeñas. Si el dinero determinara el juego democrático, ningún partido socialista ni socialdemócrata hubiera llegado al poder. Los "ricos" se hubieran encargado de descarrilar el tren. Pero la democracia es más poderosa. La cuestión está en confiar en ella, en los valores libertarios que la sostienen. El miedo a la libertad es una amenaza. Si los medios determinaran los resultados del juego democrático, el NO chileno nunca hubiera ganado, Cárdenas no hubiera obtenido tantos votos, Madrazo hubiera avasallado, lo mismo que el PAN en el 2003. Ronda cierto desprecio por un elector común que -piensan algunos- no sabe discernir, no tiene criterio. Es un borrego de la imagen y las frases bonitas. En esa lógica es importante no exponerlo a demasiadas ideas, no vaya a ser que se confunda, sobre todo si se trata de una democracia joven. Todavía mejor, ¿por qué no decirle qué es lo correcto y qué no? Ese elector -en la mente del paternalismo político- no sabe qué quiere y necesita que el IFE elimine las expresiones impropias. Ese simplismo -los ricos y malos de un lado y el resto del otro- no cabe en una sociedad plural.

La mitología de lo políticamente correcto suple al razonamiento. Pelearse con los medios es en sí mismo correcto. Cualquier acción que pueda indirectamente favorecerlos es, en sí misma, incorrecta. Seguro hay algún interés oculto. Calificar de siniestra -avieso, malintencionado- una discusión es contrario a un verdadero ánimo democrático. Por fortuna hay otros niveles, basta con ver la discusión que se está dando en el Pleno de la Corte. Decir que ninguna libertad es absoluta es una obviedad. Decir que quien privilegia una sobre otra intenta "masacrar" es, cuando menos, demagógico. Un verdadero demócrata debería dar la bienvenida al tejido fino de cómo compatibilizar las libertades y la igualdad. Calificar de ingenuo a quien privilegia la libertad sobre la justicia muestra ignorancia. Se trata de una de las discusiones más ricas de la filosofía política. Si el debate fuera sencillo, ya hubiéramos terminado. La simplicidad atrae luces pero no es buena consejera.

Si se considera que los medios son perjudiciales para la discusión democrática, que se elimine su participación totalmente. Vayamos a campañas sin la participación de los medios como ocurre en varios países. Lo que no procede es vetar a la gran mayoría de la población, al 95% de los ciudadanos, privilegiando a una pequeñísima minoría: las dirigencias de los partidos. Ahí está el quid de la discusión. Se confronta un vago concepto de justicia electoral frente al muy concreto de igualdad ciudadana. Dónde quedan las jerarquías. Pero -ahora viene lo más incómodo- la muy sana politización y democratización de México no es explicable sin la participación de los medios. Pensemos en el México rural, en todos aquellos que -nos guste o no- se informan a través de los medios, más del 90% de los electores. El dilema es complejo.

Va desde abajo; como no confío en que el pueblo sepa elegir, procedo a filtrar las ideas. Erijo al IFE en censor. Para que los "ricos" -cuyas ideas pueden ser convincentes- no puedan comprar las conciencias de los electores inmaduros e ignorantes, procedo a vetar la participación de todos los ciudadanos y de las organizaciones civiles en los medios. Mi idea de justicia va primero. Lo electores todavía no son adultos para poder distinguir ni las ideas de los "ricos" ni las de los "malos".

Mecanismos de defensa ciudadana frente a reformas constitucionales; apego de los legisladores a los procedimientos; igualdad de los ciudadanos ante la ley, no a los privilegios para minorías, no a la discriminación, libertad para asociarse o no y libertad de expresión sin restricciones y ni censores. Por algo la Suprema Corte de Estados Unidos falló en contra de las limitaciones en el acceso ciudadano a los medios. Ésa es la discusión que se está dando en la SCJN, qué orgullo. Nada hay siniestro.

La ruta de la alianza

Jorge Fernández Menéndez (@jorgeimagen)
Razones
Excélsior

No nos une el amor, sino el espanto. J. L. Borges

Ganó Ángel Heladio Aguirre las elecciones en Guerrero. Una vez más un ex priista de corte más que tradicional encabeza una coalición entre perredistas (y sus aliados) y el PAN. Y terminada la elección queda un sabor de boca extraño: ¿tiene sentido una coalición contra el PRI, encabezada por restos del PRI? Para sus impulsores parece que sí y ahora se aprestan a repetir la receta tal vez en Baja California Sur la próxima semana y si pueden en el Estado de México en julio. En este sentido, la receta parece sencilla: sólo se necesita alguien de cierto peso (sus cualidades políticas e ideológicas, incluso su historia, importan poco), dispuesto a romper con su partido si no fue elegido candidato y en torno suyo desplegar la coalición, aunque en Guerrero fuera una paradójicamente oficialista, ya que el gobierno lo tenía desde hace seis años el PRD, que prefirió esta opción en lugar de algún militante suyo para, dicen, no profundizar las divisiones internas y aumentar las del PRI. Y a eso se sumó Acción Nacional con la lógica, en esta ocasión, de no otorgarle a los priistas un primer triunfo electoral en el año.

Desde el punto de vista electoral hay lógica: se hizo en Oaxaca, donde la alianza tenía un sentido completamente distinto, por la composición y por quien la encabezaba; se repitió en Puebla, donde se daban de forma atenuada los mismos componentes oaxaqueños; y siguió en Sinaloa, con sus formas actuales: enfrentando claramente al PRI con el PRI. En los cuatro estados hubo éxito y pudo tenerlo en Veracruz si las fobias personales no hubieran impedido a Dante Delgado apoyar a Miguel Ángel Yunes, y estuvo a punto de hacerlo en Durango.

El problema es encontrar nombres idóneos porque, ubicándolos, hemos visto que lo demás importa poco. Esa es la dificultad para el Estado de México y para la Presidencia de la República en 2012. Si tienen éxito, se dará un fenómeno muy extraño: resultará más importante para alcanzar la candidatura ser un aspirante “ciudadano”, aunque ello quiera decir que se militó toda la vida en un partido para renunciar a él en el momento de la designación, que tener una militancia constante o un buen desempeño público en cualquiera de los partidos postulantes. Y la tentación para 2012 crece después del experimento de Guerrero porque, si se pudo procesar con Aguirre, que era el menos idóneo para una coalición PAN-PRD, obviamente, se dicen los impulsores, el modelo se podría diseñar con casi cualquiera que diera ese perfil.

La pregunta sigue siendo ¿después qué? Después nada, dirán los impulsores de la alianza. Se habrá evitado que el poder caiga en manos del PRI, que podría volver a mantenerlo durante varios años; no habrá mayorías legislativas como no las hay ahora, pero los partidos coaligados podrán ocupar mayores posiciones legislativas y de gobierno. ¿Que las coaliciones no garantizan ninguna agenda legislativa de cambio? Pues dependerá del candidato y de las circunstancias, en realidad, nos dicen, tampoco existen ahora esas condiciones y no le podemos regalar al PRI la posibilidad de gobernar y hacerlo con una mayoría absoluta que le permita determinar, solo, esa agenda.

Desde el más puro pragmatismo, tienen razón y, si se encontrara a candidatos que pudieran representar algo más que un nombre en una boleta electoral sería mejor. Me preocupa, sin embargo, la falta de principios y congruencias que destilan la enorme mayoría de estos acuerdos.

No suele haber un programa (lo hay en Oaxaca, en menor grado en Puebla y nada más), tampoco, dirigencias partidarias fuertes, los gabinetes se suelen armar con amigos del nuevo gobernador, las alianzas no garantizan, ni en el ámbito local ni mucho menos en el federal, una propuesta legislativa común y se corre el riesgo de que todo quede igual, pero con mayor polarización política.

Nos dirán que, en la medida en que se repitan estos experimentos y crezca la confianza, también los acuerdos podrán trascender hacia un programa de gobierno y una agenda legislativa. Tal vez, Puede ser, pero, por lo pronto, independientemente del resultado, lo ocurrido en Guerrero no deja buen sabor de boca: demasiado pragmatismo puede llegar a convertirse en una forma de cinismo.

En el corto plazo, la victoria en Guerrero se debe leer como un indudable triunfo de Ebrard y una derrota de López Obrador, y una victoria del calderonismo en el ámbito del PAN, porque a esta altura nadie puede conservar dudas de que las alianzas son una estrategia en la que el presidente Calderón está plenamente de acuerdo. Y la inmovilidad interna para 2012 en su equipo quizá nos pueda hacer pensar que lo es también para la elección presidencial. Una alianza Calderón-Ebrard, ¿quién lo hubiera dicho a principios del sexenio?

Se acabó el bono Peña Nieto-Moreira

Ciro Gómez Leyva
gomezleyva@milenio.com
La historia en breve
Milenio

La derrota en Guerrero fue tan categórica que ha vuelto ingenua la percepción de que el PRI tiene en la bolsa el regreso a Los Pinos.

La suma de triunfos y encuestas creó esa suerte de destino manifiesto para Enrique Peña Nieto y su partido. La creencia se cuarteó en las elecciones de julio y rajó el domingo con la caída de Manuel Añorve.

Ni la gente espera con una vela encendida el regreso del PRI, ni “las estructuras” son tan fuertes como presumen los tricolores ni los priistas son tan leales ni “los operadores” hacen milagros.

Y los adversarios están pintados de guerra y excitados. La alianza PAN-PRD, o PRD-PAN, les ha ganado cuatro al hilo y, con un poco más de cohesión y decisión, pudo haberles arrebatado Durango e Hidalgo, que aún está en litigio. Por no hablar de Veracruz, de haber ido juntos.

Se me acusó de desquiciado al proponer hace cuatro semanas que una exitosa alianza amarillo-azul podría aplastar al PRI mexiquense de Peña Nieto por unos 15 puntos. Ese fue el margen en Guerrero, donde el PAN no pinta.

Si el PAN fue con alguien como Ángel Aguirre podrá ir con alguien como Alejandro Encinas. Si el PAN va con Encinas, el lopezobradorismo tendrá problemas para no ir. Si todos van juntos y motivados y hacen una buena campaña, pueden ganar por 15 puntos. Y si no van juntos, ¿quién afirma hoy que no pueden ganar?

“En Guerrero nos va a ir muy bien”, dijo el sábado el presidente de facto del PRI, Humberto Moreira, quien así perdió el invicto antes de debutar. El Estado de México no será Guerrero, se apresuró a discernir ayer con un toque de aflicción Peña Nieto. Qué distintos se escuchan.

Se les acabó el bono del éxito predestinado. Hay juego nuevo.