febrero 14, 2011

¿Y usted qué cree?

Jorge Chabat
jorge.chabat@cide.edu
Analista político e investigador del CIDE
El Universal

¿Usted piensa que Kalimba realmente violó a la chica que lo acusa en Quintana Roo? ¿Le cree al cantante o a Daiana? ¿Y qué piensa de Florence Cassez? ¿Inocente o secuestradora? Seguro usted también tiene opinión sobre la niña Paulette. ¿Estuvo varios días atorada en el borde de la cama o la pusieron ahí después de muerta? ¿Y qué de la muerte de Mouriño? ¿Fue accidente o lo mataron los narcos, o alguna fuerza oscura que quería fastidiar al delfín del presidente Calderón? ¿Y de Diego? ¿Lo secuestraron o se inventó su secuestro para ser candidato a la Presidencia? ¿No habrá sido el propio gobierno el que lo secuestró? Y, desde luego, usted tiene una opinión sobre los supuestos problemas de alcoholismo del presidente Calderón. Y también debe tener su criterio sobre si el gobierno de Calderón protege al Chapo Guzmán e incluso sobre si el Presidente pidió o no la salida de Carmen Aristegui de MVS. No cabe duda que en eso de opinar los mexicanos nos pintamos solos.

Todos tenemos una opinión sobre algo. Y basta con que alguien esboce alguna explicación, por descabellada que sea, sobre un acontecimiento o sobre un personaje público, para que inmediatamente uno tome posición al respecto. Basta ver las opiniones en la red y los comentarios en los periódicos en internet. Los miles de opinantes, que se escudan siempre con nombres absurdos e imágenes chuscas, emiten las más descabelladas interpretaciones de la realidad en las que sobresale la ignorancia, aderezada con racismo, vulgaridad y machismo. ¿Realmente somos así los mexicanos? Lamentablemente estas opiniones coinciden muchas veces con las que uno escucha de manera directa en la calle, en los cafés, con los amigos. Siempre hay una explicación rebuscada, absurda y ofensiva de algún acontecimiento que en el mejor de los casos, expresa la inagotable imaginación de nuestra raza, y en el peor, una maquinación consciente con propósitos políticos.

Desde luego, más de alguno dirá que el pueblo es así en todas partes del mundo: poco informado y prejuicioso. Puede ser. Sin embargo, lo preocupante de nuestro país es que la “opinionitis” extrema no es sólo un mal que aqueja a las masas, también parece estar presente en muchos analistas y comunicadores. Y baste revisar la prensa escrita y electrónica. Las opiniones irresponsables abundan, quizás porque saben que eso es lo que busca una parte de la población. Así se construyen historias sobre la base de versiones de informantes protegidos o de rumores. Se condenan acciones de gobernantes de uno u otro signo sobre la base de la simpatía personal. Se emiten opiniones con el “argumento” de que no se han leído en la prensa análisis que digan lo contrario. Perdón, pero ¿es ésa una evidencia? Así, también se especula en medios “serios” si lo que ocurrió en Egipto puede pasar en México ¿Por qué? Pues nomás. Porque tal vez sea el deseo profundo de algunos analistas —y según se vio el sábado, de algunos políticos de izquierda— aunque poco tenga que ver con la realidad mexicana.

Todo el mundo tiene derecho a creer lo que quiera. Uno puede creer en el fondo de su corazón que Calderón tiene un chip en la cabeza a través el cual El Yunque, junto con la embajada estadounidense, le ordena qué hacer y decir. Y uno puede creer que Fernández Noroña es un extraterrestre y que Vicente Fox es un robot. En fin, uno puede estar seguro de que el mundo se acaba en diciembre del 2012 —qué lástima para Peña Nieto que sólo va a gobernar por tres semanas. Sin embargo, expresar cualquier opinión en público implica responsabilidad y el uso de argumentos. Lanzar acusaciones con base en simpatías o antipatías es poco ético, aunque ciertamente refleja una visión de la realidad que parece haber permeado toda la vida nacional. Tanto en tribunales como en medios cualquiera puede ser acusado de lo que sea y tiene que demostrar su inocencia. Quien acusa no prueba. Cualquier ciudadano —incluidas las figuras públicas— somos presuntos culpables, como lo sugiere la película con ese título que fue apenas estrenada. Si este país quiere ser serio, debemos ya dejar el deporte nacional de opinar sobre la base de amores y fobias y recurrir a evidencias. De esa forma, tal vez tendremos menos certezas, pero también un país más democrático.

Zapatuiter

Roberto Zamarripa
tolvanera06@yahoo.com.mx
Tolvanera
Reforma

Egipto parece estar a la vuelta de la esquina. Sabemos más de lo que ahí sucede que de los horrores de Tamaulipas o las matanzas en la zona conurbada del Estado de México. Sabemos de una revuelta sin líderes; que se hizo por internet; donde Twitter y Facebook movilizaron y unieron a millones. Se multiplican las voces que dicen que en el siglo 21 así serán las revoluciones, anónimas, masivas, con el tacto de los dedos, por celular y con un click.

Ni tan tan, ni muy muy. La revuelta libertaria terminó en manos del Ejército, la institución más estable de ese país y cuyas características -como la de cualquier institución castrense- no siempre convergen con intereses democráticos.

Boualem Sansal, ex funcionario del gobierno argelino y afamado escritor, expresó sobre las revueltas en los países árabes: "soy pesimista: sin una sociedad civil organizada y decidida, sin el apoyo activo de los demócratas de todo el mundo, los poderes actuales y los islamistas van a aprovecharse de la rabia de los pueblos y a adueñarse de la apuesta". (El País, 11/02/11).

Tras un fraude electoral, los grupos políticos disidentes en Egipto emprendieron su reorganización apoyados en la conexión electrónica. El Movimiento 6 de Abril, una de las agrupaciones de vanguardia del movimiento egipcio, creció a la par de huelgas de obreros textiles y del enojo ciudadano por la defraudación electoral y la mala situación económica del país.

El fermento fue la protesta social y quienes convergieron en el Facebook antes habían compartido codo a codo la movilización callejera.

La página de Facebook del Movimiento catalizó las manifestaciones de quienes antes se habían visto cara a cara. Eso generó la confianza para darlos de alta como amigos de la página. Ahora tiene unos 100 mil seguidores.


Somos un chingo y retuitearemos más

Las redes sociales trastocan el anonimato para configurar el montón. Pero aquí el conglomerado tiene número, es contante y constante. Por Twitter o Facebook se saben muchos y se cuentan uno a uno. La cauda de seguidores es la ratificación del empoderamiento. Los seguidores más que fieles irredentos son escuchas. A ellos les llegará el mensaje. Es una manera confiable de mirar un rating, individual y colectivo. El reenvío del mensaje, el retuiteo, el marcar "me gusta esto" en Facebook, manifesta el crecimiento exponencial del dicho y de la convocatoria.

En las redes sociales te reconoces y te reconocen. Ante los medios masivos tradicionales el receptor es susceptible de ser manipulado, pierde la posibilidad de interpelar, no construye sino obedece. En las redes sociales el emisor es receptor en términos de iguales, habla y lo escuchan, empuja y lo siguen, clama y lo reproducen, cuelga sus fotos y videos en el tendedero electrónico, le aplauden su audacia, comentan su desinhibición, descalifican o chulean su propuesta comunicativa.

La interconexión de las inquietudes individuales, de los enojos y las desesperaciones, da cauce al movimiento colectivo. La desinhibición avasalla.

Ahora bien, importa mucho la forma de distribuir el mensaje. El teléfono celular es el arma eficaz. El incremento de conexiones a internet vía celular potencia las posibilidades del instrumento que sirve para todo, incluso permite hacer llamadas telefónicas. En el celular se recibe y se emite el mensaje a la vez pero hay una mayor confianza al identificar plenamente la procedencia del remitente. En el caso de los mensajes SMS hay un halo de seguridad. Sabemos de quién viene, pues no cualquiera tiene nuestro número celular.

Aun así, los egipcios innovaron con dos productos de la empresa Whisper Systems: el Redphone y Textsecure. El primero protegía las llamadas de intervenciones telefónicas y el segundo evitaba que fueran interceptados los mensajes de texto por SMS.

Está claro que la maravilla de lo instantáneo no supone el cambio mágico ni está seguro frente a las amenazas de censura, intervención u hostilidad. El Twitter avisa pero no decide. Convoca pero no vota. Provoca pero no gobierna. Las redes sociales no dejarán de ser en México un instrumento apetecible para los manipuladores. Ya hay políticos mexicanos que confunden el Twitter con el megáfono y otros han sido seducidos por compañías que les alquilan seguidores, con tal de sentirse queridos y populares. El retuiteo ya es cobrado por los mercaderes de la política y se alquilan diseños de páginas Facebook para intentar controlar audiencias o electores.

Por lo pronto, tras Egipto, Túnez, Birmania, Ecuador u otras revueltas sociales, está más que dado el par de bofetadas a los antagonistas de las redes sociales:
1) La red no aisla, sino convoca; 2) La red no desinforma, sino que abunda, nutre, persuade.

Y -como Zapata- una convicción: el Twitter y el Facebook son de quien los trabaja.

Entre la libertad y la calumnia

Alberto Begné Guerra
abegne.guerra@gmail.com
Socio consultor de Consultiva
Excélsior

Hay quienes prefieren ignorar la frontera entre la libertad de expresión y la calumnia. Es cómodo. Ofrece licencias ilimitadas. Pero al hacerlo niegan el salto a la modernidad que, contra la intolerancia y los juicios morales, significaron el pensamiento liberal y el constitucionalismo. ¿Con qué derecho una persona daña la reputación de otra sin tener pruebas? Si las constituciones liberales tienen como razón fundamental —ética, política y jurídica— la defensa de la libertad y la vida privada de las personas, y establecen procesos que limitan la intromisión del poder público y de otros particulares en la esfera individual, ¿con qué autoridad alguien, en nombre de la libertad de expresión, vulnera esta esfera vital para la convivencia en la diversidad?

El despido de Carmen Aristegui de MVS ha desatado una polémica que debe ser examinada por encima de las pasiones y los juicios sumarios de las buenas conciencias que, con más odio que argumentos, jamás admiten un error ni dan cabida a la autocrítica. La destacada trayectoria de Aristegui no merece esta reducción de la inteligencia y la razón. Menos aún ser usada para alentar acusaciones y sentencias infundadas en contra de un empresario como Joaquín Vargas, quien se ha distinguido invariablemente por su honestidad, compromiso con la libertad y principios éticos en la conducción de sus empresas.

Un ejemplo lamentable: Denise Dresser, con el encono y la soberbia propios de su talante inquisitorial, puso a circular una carta dirigida al presidente de MVS que, en una de sus frases, retrata nítidamente los excesos de quienes asumen sin rubor una superioridad fuera de dudas: “Será tu versión de los hechos contra la de ella. Y en esa confrontación llevas todas las de perder…” Así, a priori, hay una versión buena, ganadora; y una versión mala, perdedora. No tiene desperdicio.

Creo, si los cruzados me permiten el derecho a diferir, que Aristegui se equivocó y transgredió un código ético. Basada en un rumor de autoría e intención confesas, sin un solo elemento informativo, ya no digo pruebas, hizo eco de la inaceptable calumnia de los diputados del PT contra el presidente Calderón. Incurrió en una práctica periodística sesgada y ambigua, contraria a los principios del constitucionalismo liberal, al exigir pronunciamientos o pruebas de inocencia ¡al acusado! Nada a los acusadores. Lo hizo, además, sin estar ante un asunto de interés público, pues en más de cuatro años de gobierno no ha habido un solo indicio o evidencia de una afectación al desempeño del Presidente por un supuesto problema con el alcohol. Sea el Presidente o cualquier persona, la falta es grave. ¿Es mucho pedir el reconocimiento de un error? Al parecer sí. La pureza no admite equivocaciones.

Las Patronas

Héctor Aguilar Camín
acamin@milenio.com
Día con día
Milenio

Hay esa epopeya invisible, silenciosa, fundamentalmente desconocida, de la migración al norte. La han emprendido y logrado 11 millones de mexicanos que hoy viven y trabajan ilegalmente al otro lado. Enviaron el año pasado 19 mil millones de dólares a sus familiares.

Lo que solemos saber por los medios de ese éxodo son las desgracias: los muertos en el desierto, los deportados de mala manera por las policías fronterizas del otro lado, los que se quedan de éste sin saber qué hacer y terminan enganchados en el crimen.

La violencia ha echado luz sobre un afluente fraterno de nuestro gran río migratorio: los miles de centroamericanos que cruzan México rumbo al norte y son maltratados, extorsionados, a veces muertos aquí, de una manera que no sólo nos avergüenza, sino que desautoriza moralmente nuestras quejas sobre el trato que se da a los mexicanos en Estados Unidos.

En ese habitual paisaje de desgracia y violencia, Joaquín López-Dóriga y su reportera Guadalupe Madrigal han encontrado un ángulo distinto de la epopeya, acaso más profundo y desde luego más revelador que la sola consignación de las desgracias.

Joaquín ha puesto ante nuestra mirada un conmovedor espectáculo de solidaridad horizontal, a ras de tierra, de pobre a pobre. Es la historia de las mujeres de un pueblo, cercano a la ciudad de Córdoba en Veracruz, que desde hace varios años esperan el paso de un tren cargado de migrantes centroamericanos, para echarles al vuelo bolsas con comida, agua o fruta, que ellas guisan, envasan o recolectan, en medio de sus carencias, para hacer menos duras las carencias de esos otros que viajan escondidos a la luz del día, en los techos de los furgones del ferrocarril, o en su interior, guindados de escaleras y salientes, ostensiblemente tolerados, en otra vertiente de la solidaridad, por conductores e inspectores del caballo de acero.

Esas mujeres, vecinas del pueblo de Amatlán de los Reyes, han sido bautizadas como Las Patronas porque en su pueblo se venera de manera especial a la Virgen de Guadalupe, patrona de México. Ellas la veneran con el ejemplo.

Las Patronas representan lo mejor de México en su mejor momento: el momento de la solidaridad, la compasión, la generosidad sin alardes ni trompetas.

Guadalupe Madrigal y Joaquín López-Dóriga han captado ese momento en toda su anónima nobleza y nos han devuelto no sólo un reportaje sino una visión y una certidumbre sobre México. Un país cuya gente es capaz de esas cosas es un país llamado a grandes cosas; un país, al menos, del que se puede estar orgulloso.