febrero 16, 2011

México y Francia: cultura o delito

Rafael Pérez Gay
El Universal

La palabras de Sarkozy eran inadmisibles y la respuesta de la Secretaría de Relaciones Exteriores inevitable: el gobierno mexicano renuncia al Año de México en París. El hiperquinético presidente Sarkozy ha propuesto que todas las actividades de ese encuentro cultural se dediquen a Florence Cassez, condenada en nuestro país a 60 años de prisión por el delito de secuestro. Oscar Wilde decía que el mejor diplomático es el que habla y dice menos. No es el caso de Sarkozy.

Me imagino que después de presentar en París una parte de la obra de Rufino Tamayo, en el programa podría figurar una presentación de la ciudadana francesa presa en el bárbaro país de México. Un perfil de la novia de Israel Vallarta (incluso de ambos), probado secuestrador, ilustraría todos los folletos de las actividades de los creadores mexicanos. Me dicen que ser la amante de un secuestrador no es un delito. Lo acepto, pero ¿no es un poco demasiado dedicarle un encuentro de dos culturas? ¿Cultura o delito?

No soy abogado y en consecuencia no quisiera desbarrar utilizando palabrotas de la jurisprudencia. Me basta observar que si la cultura depende de un oscuro asunto jurídico, algo anda mal, aunque sea el país donde nacieron Balzac, Flaubert y Hugo. Así las cosas, las relaciones de México y Francia han llegado al mayor desarreglo de su historia desde el siglo XIX. Ciertamente no ha sido México el culpable de este desbarajuste, más bien lo ha provocado el presidente Sarkozy, quien ha pasado por encima de la primera ley diplomática: ganar con elegancia y perder con dignidad. El método del manotazo en la mesa no es siempre el mejor para arreglar un conflicto internacional, sobre todo si no tienes razón.

La fotografía que publicó EL UNIVERSAL en su primera plana y en la cual aparecen sentados a la mesa los padres de Florence Cassez, ella misma e Israel Vallarta, jefe de Los Zodiaco, en una comida, o una sobremesa, en el mismo lugar que sirvió como casa de seguridad para mantener cautivos a los secuestrados dice mucho más que un puñado de leyes. Me dicen que nunca sabemos bien a bien en qué mesas nos sentamos y que eso no es un delito. No sé.

La otra cara de esta moneda del mal. Cierto: Florence Cassez no fue presentada ante el ministerio público en su momento y fue usada para un montaje en el cual, por cierto, intervinieron los medios de comunicación. No sé si alguno de los medios se negó a participar en la patraña o todos la transmitieron en horario estelar. Correcto, por mucho menos, en un país más serio, el autor de esa obra de teatro macabra habría perdido su trabajo. El dramaturgo (es un decir) se llama Genaro García Luna.

Cierro a toda prisa. Estoy de acuerdo con la reacción del gobierno de Calderón. Evitemos el nacionalismo, pero no hablemos como si fuéramos marcianos o jueces de equilibrio inexorable nacidos en los Alpes. Las diferencias políticas no deberían volvernos ciegos. Ambos países harían bien en dejar las cosas como están: un paso de más y la crisis obligaría al retiro de embajadores.

Legalizar las drogas: nueva información

Leo Zuckermann (@leozuckermann)
Juegos de Poder
Excélsior

No es la primera vez que se descubre un narco-submarino. Lo sorprendente es cómo ha mejorado la tecnología que tienen los delincuentes. Ayer, las fuerzas armadas colombianas descubrieron una nave que puede sumergirse nueve metros. No necesita tripulación lo cual “la convierte en un medio de transporte muy seguro para los narcotraficantes, pues no se arriesgan a ser detenidos si es interceptada”. Tiene una autonomía de 15 días de viaje, puede trasportar hasta ocho toneladas de droga “sin ser detectada por los radares de seguridad, gracias a su avanzada tecnología”.

De acuerdo al general colombiano Jairo Erazo, el aparato puede desplazarse desde el litoral del suroeste de Colombia hasta las costas de México. El submarino habría costado unos 26 millones de pesos. ¿Cómo es posible que los narcos cuenten con estos aparatos de alta tecnología propios de un ejército moderno?

Muy sencillo: porque tienen muchísimo dinero. Los narcos están en uno de los negocios más rentables del mundo. Las cifras son espectaculares. De acuerdo a una presentación de la Secretaría de Seguridad Pública (SSP) de México, con información del Reporte Mundial de Drogas 2009 de las Naciones Unidas, un kilo de cocaína en Colombia cuesta dos mil 198 dólares. Ese mismo kilo ya puesto en México vale 12 mil 500 dólares. Una vez que cruza la frontera a Estados Unidos su valor es de 97 mil 400 dólares en el mercado de menudeo. Se trata de utilidades estratosféricas a lo largo de la cadena de distribución. Un cártel que compra cocaína en Colombia, la transporta hasta Estados Unidos y la comercializa al menudeo tiene una utilidad de 95 mil 202 dólares por cada kilo o de 95.2 millones de dólares por tonelada.

A eso hay que sumar el tamaño de un mercado en Estados Unidos que, en vez de estar a la baja, continúa creciendo. De acuerdo al mismo reporte de la SSP, el valor del mercado de menudeo de cocaína en Estados Unidos es de ocho mil 572 millones de dólares al año. Esto es de una sola droga en un solo país. Si se le agrega el valor del mercado de la mariguana, heroína, anfetaminas y éxtasis en la Unión Americana se obtiene la cifra de 64 mil millones de dólares al año.

En suma, se trata de un mercado muy grande que deja utilidades estratosféricas. No sorprende, entonces, que los narcos tengan dinero a raudales para comprar armas, sobornar autoridades y hasta construir submarinos con las mejores tecnologías. Entonces, vuelvo a preguntar: ¿de verdad funciona la prohibición para resolver el problema de la adicción a las drogas? Mi respuesta es contundente: NO.

La solución es legalizarlas y regularlas. Combatir las adicciones como un problema de salud pública tal como se hace con otras dos drogas como el alcohol y el tabaco.

La legalización cada vez gana más adeptos. Ahora, al parecer, el actual presidente colombiano ha cambiado de opinión. Antes estaba en contra de legalizar las drogas. Pero la semana pasada le volvieron a preguntar si consideraba que la legalización era una opción para reducir la criminalidad y la violencia. Y Juan Manuel Santos contestó: “Es una alternativa que podemos discutir. No estoy contra ninguna fórmula que sea efectiva. Y si el mundo decide legalizar y cree que así se reducen la violencia y la criminalidad, yo podría acompañar eso”.

Lo dice el presidente de Colombia, una de las naciones que más ha sufrido, junto con México, por la necedad de mantener una política prohibicionista que no ha funcionado. Me parece muy positivo que Santos esté dispuesto a aceptar nuevas alternativas como la legalización y la regulación de las drogas. Lo mismo debería hacer el presidente Calderón de México, quien dijo estar dispuesto a debatir el tema, pero que no parece muy dispuesto a cambiar su postura conservadora.

Aristegui y lo que viene para el 2012

Ciro Gómez Leyva
gomezleyva@milenio.com
La historia en breve
Milenio

Qué bueno que termine así el episodio Aristegui: mejor la competencia por el radioescucha y el televidente, que la victimización de un competidor.

Con su restitución en MVS pierden, de nueva cuenta, las dolosas teorías de la conspiración. Como hace dos años, Carmen Aristegui y su clan han sido incapaces de contar qué fue lo que pasó. Juegan a la ambigüedad. No registran ni describen los hechos: piden actos de fe, acatamiento, sumisión. Bien lo dijo aquí Juan Ignacio Zavala: exigen respuestas, pero no aceptan preguntas.

En fin, buena suerte.

El episodio de nueve días sirvió para palpar cómo están los ánimos. Me quedo con la impresión de que quienes en el conflicto poselectoral de 2006 se doctoraron en esa mala arte de insultar al que no se somete a su mitología, están en pie de guerra, con más experiencia y mejores herramientas. Los diseminadores de odio están intactos.

Y con la impresión de que alguien le metió en la cabeza al presidente Calderón la perniciosa idea de regresar a los tiempos de la “sutil sugerencia” a concesionarios y periodistas para que omitan una imagen, una manta, una cobertura. En las pantallas y programas del jueves 3 y viernes 4 de febrero queda constancia de quiénes se plegaron a la “sugerencia” y quiénes resolvimos el asunto tratando de registrar bien lo ocurrido, procesarlo bien, presentarlo bien.

Los Pinos terminan pagando un costo infinitamente más alto del que pudo ocasionarles Gerardo Fernández Noroña. Ni siquiera en el mensaje para anunciar el regreso de Aristegui, la familia Vargas tuvo una frase amable para, por ejemplo, matizar el grosero ruido del alcoholismo.

Estamos en el 2012. Por lo visto, será, otra vez, militancia contra periodismo.