febrero 17, 2011

'Año de México' por Paco Calderón



Sarkozy, “Le Petit”

Alfonso Zárate Flores (@alfonsozarate)
Presidente de Grupo Consultor Interdisciplinario, SC
El Universal

La prepotencia, la pequeñez y la desmesura del presidente de Francia serían un asunto de la competencia exclusiva de los franceses, de no ser porque están afectando de manera importante las relaciones con México.

El berrinche de Nicolas Sarkozy, su necedad en asumir, desde la presidencia, la defensa de una ciudadana francesa condenada por los jueces de las tres instancias que establece el sistema judicial mexicano, por su participación en una banda criminal que se dedicaba a uno de los delitos más horrendos, el secuestro, es un exceso.

En el siglo XIX, un México que nacía a la vida independiente sufrió dos amargas experiencias en su relación con Francia: la Guerra de los Pasteles —como llamó el pueblo a la intervención militar francesa de 1838—, estuvo precedida por las reclamaciones de un grupo de comerciantes franceses. El barón Deffaudis, embajador del reino de Francia ante el gobierno mexicano, llevó ante su gobierno esas exigencias entre las cuales estaba la reclamación de Monsieur Remontel, propietario de un restaurante en Tacubaya, quien solicitaba una indemnización por una cuenta de consumo de pasteles que habían dejado sin pagar unos oficiales del presidente Antonio López de Santa Anna.

Años más tarde sufrimos la decisión de Louis Bonaparte, a quien Víctor Hugo llamó Napoleón El Pequeño, de imponernos un príncipe austriaco. Maximiliano de Habsburgo, por cierto, un hombre liberal y avanzado a su tiempo, terminó fusilado en el Cerro de las Campanas de Querétaro, el 19 de junio de 1867.

Los mexicanos tenemos una sincera admiración por Francia y su legado cultural: cuna de la ilustración y de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, epicentro cultural del arte y la literatura, de grandes ideas y de sólidos sistemas filosóficos, en fin, de un modo de vida que durante décadas promovió la diversidad y la tolerancia, la libertad y el espíritu crítico… Hoy, sin embargo, quien preside aquella admirable nación muestra un rostro descortés, ofensivo incluso, que traiciona esa notable tradición diplomática francesa, afincada en el respeto, el diálogo, la tolerancia.

Urgido de éxitos políticos y aprobación ciudadana, con sus desplantes, Nicolas Sarkozy exhibe su visión rupestre y rancia de la realidad mexicana. Quizás sus asesores le acercaron un viejo dossier de los días en que el titular del Poder Ejecutivo se imponía sobre los otros poderes, sobre todo el Judicial. Impugnado en su propio país por jueces que le exigen respeto a la división de poderes, Sarkozy le reclama a Calderón no haber hecho nada para torcer la decisión de los jueces y lograr que Florence Cassez purgue su sentencia en Francia. Pero aquellos días en que desde Los Pinos se definía el sentido de una resolución judicial, no existen más. El Presidente de la República ya no es, como se decía, el primer magistrado del país y una nación democrática como Francia debería entenderlo y celebrarlo.

Al mismo tiempo, estos alardes de Sarkozy lo exhiben no como un hombre de Estado, como el presidente de una nación democrática, sino como el soberano de una Francia colonial e imperialista que tampoco existe ya.

Sarkozy vino a México y mostró su desprecio por las instituciones y su desapego a las reglas más elementales de la diplomacia. Pero escogió mal su batalla. La torpeza inexcusable de la Agencia Federal de Investigaciones (AFI) de realizar un montaje televisivo de la operación que condujo a la detención de miembros de la banda El Zodiaco, no cancela lo esencial, lo que está acreditado en el pesado expediente: la participación de Florence Cassez en hechos criminales.

Es cierto, Florence no parece reproducir la célebre definición de Lombroso del criminal como “sujeto atávico con regresión al salvaje”: es joven, bonita y francesa… Pero su culpabilidad quedó acreditada.

La decisión de dedicar a una secuestradora el Año de México en Francia no es sólo una majadería, es una torpeza e, incluso, una ofensa al propio pueblo francés. Nicolas Sarkozy se exhibe pequeño, como hombre, como político…

¿Legalizar las drogas?

Sergio Muñoz Bata
Reforma

Decir que "la guerra contra las drogas ha sido un fracaso mundial", se ha puesto de moda. Lo dicen tres expresidentes latinoamericanos, lo repiten intelectuales de renombre y lo dice también la mayoría de los estadounidenses. Sin embargo, esto no significa que todo el mundo está de acuerdo con la afirmación. Hay personas muy bien informadas que tienen otra visión del asunto y que pueden citar instancias en las que la "guerra" ha tenido éxito.

Tildarla de fracaso universal es una generalización exuberante e inverificable que requiere de una aclaración de términos y exige una rigurosa revisión de la información pública sobre los efectos de las drogas, el manejo del ilícito negocio y las acciones de las autoridades para combatir su trasiego.

Cuando en México se habla de "la guerra contra las drogas", la descripción podría ser apropiada porque en las calles de algunas ciudades en México a diario se libran combates entre los distintos Carteles o entre las fuerzas armadas y los Carteles.

En Estados Unidos la guerra en caliente casi no se nota. No porque no la haya, sino porque en Los Ángeles, Atlanta o Laredo, no aparecen cuerpos descabezados colgados de los pies en los puentes de las calles como sucede en México. Y en las montañas de California no hay fumigaciones para erradicar los cultivos de drogas como en los países andinos.

El mes pasado, por ejemplo, se hizo una captura espectacular de presuntos capos del crimen organizado, con órdenes de aprehensión, generalmente, o por lo menos en ese caso, sin derramamiento de sangre, y los detenidos no tuvieron que confesar sus crímenes por televisión como sucede en México.

En Estados Unidos la estrategia actual contra las drogas parte de la premisa de que el consumo de drogas es un problema de salud. Según el Zar antidrogas, la estrategia enfatiza la prevención y el tratamiento, pero no excluye la aplicación de la ley. Pero en la práctica, la mayor parte del presupuesto se destina a combatir a distribuidores y vendedores, y sólo una mínima parte se dedica a programas de prevención y tratamiento.

Mientras tanto, la actitud estadounidense ante el consumo de drogas se ha vuelto más tolerante y según una encuesta realizada por Zogby International en 2008, y recogida en un reciente informe del Diálogo Interamericano, "tres de cada cuatro estadounidenses creen que la guerra contra las drogas ha fracasado".

La semana pasada, en Bogotá, durante un Foro para celebrar el centenario de la fundación del periódico El Tiempo, el ex Presidente de Colombia, César Gaviria, y el ex Canciller mexicano, Jorge Castañeda, presentaron sus argumentos para proponer un cambio al paradigma actual.

Dijeron que la estrategia prohibicionista ha probado que no disminuye el consumo; que causa estragos en América Latina; que propicia un gasto desmedido y que en vez de encontrar fórmulas para prevenir el consumo y ofrecerles tratamiento a quienes las usan, responden encarcelándoles.

Pero no todo el mundo coincide con esta visión. Para el General Oscar Naranjo, director general de la Policía Nacional de Colombia, a quien entrevisté en su despacho en Bogotá, "la valoración de paradigmas usando cifras de producción y consumo como referentes deja de lado importantes valoraciones cualitativas". Por ejemplo, dice Naranjo, "el Plan Colombia hizo viable la gobernabilidad democrática y evitó que el país se convirtiera en un Estado fallido". "Hoy", dice el General, "los alcaldes de municipios que habían sido desplazados por la violencia del narcotráfico han podido volver a sus puestos".

Gaviria admite las virtudes del Plan Colombia en materia de seguridad y reconoce que el Estado debe enfrentar a los Carteles que amenazan a las instituciones. En lo que no está de acuerdo, es que se siga exigiendo más sacrificios a los países de América Latina y por ello pide que se exploren nuevas vías para reducir el daño. Para Castañeda, lo que América Latina debe hacer es convocar a una conferencia internacional en la que no sólo se busquen nuevos enfoques sino que se plantee estudiar todas las alternativas posibles, incluyendo la legalización de todas las drogas.

Yo fui el tercer participante de la discusión en el Foro de El Tiempo y me tocó relatar las fallas colosales de las propuestas de legalización que se han hecho en California. Coincido con Gaviria y Castañeda que repensar el tema del combate al narcotráfico sería deseable. Pero también estoy convencido de que las drogas hacen daño y por ello cualquier esquema de legalización tendría que excluir a las drogas "duras", controlar rigurosamente a las "blandas" e incluir prohibiciones, por ejemplo, la venta a menores de edad, por lo que bajo cualquier nueva estrategia el mercado negro seguiría funcionando.

Y como me parece poco factible que en Estados Unidos se logre llegar a un consenso sobre la legalización de cualquier droga, incluyendo la marihuana, que hoy se vende "legalmente" en varios estados con fines "medicinales", desafiando a la ley federal que prohíbe su venta con cualquier fin, concluyo que sin la participación del país en el que más drogas se consumen, el debate no irá a ninguna parte.

El activismo de un rumor

Ivonne Melgar
Retrovisor
Excélsior

Creo y practico el derecho a preguntar, considero que éste no puede ser un recurso impune, ajeno a la responsabilidad de ejercerlo con base en dudas.

Como cuando se corren las ventanas para que el aire circule, la discusión pública del invento del alcoholismo presidencial nos permite salir del cuchicheo para llamar a las cosas por su nombre.

Imposible sustraerse. Así que una vez desatada la discusión sobre el despido de la periodista Carmen Aristegui de MVS, me sentí obligada a compartir mi experiencia y opinión como reportera de la fuente de Los Pinos.

Señalé en Facebook que abordar el chisme de la supuesta adicción de Felipe Calderón era un asunto de ética. Porque si bien creo y practico el derecho a preguntar, considero que éste no puede ser un recurso impune, ajeno a la responsabilidad de ejercerlo con base en dudas sustentadas.

Y solicitar la aclaración de si el Ejecutivo tiene problemas con la bebida es hacer eco de una ofensa que, desde la manta de Gerardo Fernández Noroña en San Lázaro, lumpenizó la critica al gobierno.

Dije además que silenciar a una comunicadora por tal motivo, era tan grotesco como descalificar a un gobierno con ese rumor no probado.

Vino la pregunta de los amigos de la red: ¿es cierto que el Presidente bebe sin control?

Les confié este lunes lo que ahora suscribo: me he cansado de esa interrogante de conocidos y cercanos, y de decepcionarlos señalando que nunca me ha tocado verlo llegar tarde a una gira por los presuntos excesos de esa condición, conocer del tropiezo en la agenda por tal motivo o enterarme de primera mano que, en tales condiciones, se asumió una errática decisión.

Confieso que me asombra que entre los politizados curiosos, nadie cuestiona lo que me sigue pareciendo una incógnita: ¿cómo logró Calderón en 2010 alinear a los gobiernos estatales en la paradójicamente impugnada estrategia de seguridad y que las fuerzas políticas le pusieran más dinero?

¿Y de qué manera se diseñaron con el PRD de Jesús Ortega y el jefe de gobierno capitalino, Marcelo Ebrard, las alianzas electorales con el PAN?

Ironicé que ni siquiera hay indicios de si ese acuerdo se cabildeó en estado inconveniente, pero que tal realidad sepultó los vaticinios de que Calderón caería antes de su quinto año.

Todos los gobiernos están obligados a dar cuenta de los problemas de salud de su titular, reviró un colega. Pero aquí, le dije, no hay evidencias de tal cosa.

Entendí sin embargo que cuando la democracia se encuentra supeditada al juicio mediático, la legitimidad de los gobiernos se pone a prueba cotidianamente y responder a cualquier duda, así sea un infundio, se vuelve un imperativo. Peor aún: saber hacerlo es requisito ineludible para sostenerse en el poder.

Y responder no ha sido característica de la política del gobierno.

Frente a tal vacío, Carmen Aristegui, gran periodista y talentosa estratega, capitalizó su credibilidad y la fuerza activista de su audiencia para presionar a Los Pinos a pronunciarse sobre la difundida versión del alcoholismo del Presidente.

Es la voz de un movimiento de resistencia, surgido de un conflicto poselectoral que el gobierno logró golpear con las alianzas PAN-PRD y que ahora se refugia en la bandera del presunto vicio.

Ya Federico Arreola actualizó la confesión y la disculpa formuladas a finales de octubre pasado: fue él quien al calor de la contienda de 2006, levantó la calumnia —usó ese término— en respuesta a otra que Calderón le lanzó.

Cuando el chisme ya era comidilla del dominio público, la Presidencia respondió, a través del secretario particular Roberto Gil Zuarth, con un informe de la intensa actividad que el Ejecutivo despliega y que, alegó, “es la mejor expresión de su buen estado de salud”.

Sin embargo, quienes se cobijan en la denuncia del vicio presidencial y defendieron el derecho a reclamar una explicación, la evalúan tardía, insuficiente y sin crédito.

Independientemente del maniqueísmo y del fanatismo que seguirá alimentando el rumor, el gobierno paga la factura de una estrategia de comunicación fallida, más proclive a la publicidad que a informar y dialogar con los representante de los medios, bajo el espejismo de que llevarse bien con los propietarios resulta suficiente.

Tan dañino el rumor como la discrecionalidad. Por eso encuentro beneficio colectivo en el fin del silencio, porque al margen de los corifeos de uno y otro signo, romperlo nos hace responsables a todos y, amplía la posibilidad de caminar, disentir y tratar de comprender, propósito esencial del periodismo.

¿Quién es quién en los ratings de radio?

Ciro Gómez Leyva
gomezleyva@milenio.com
La historia en breve
Milenio

El episodio Aristegui dejó abiertos varios flancos informativos. En algunos de ellos, los que tienen que ver directamente con el conflicto, dependerá de la voluntad o necesidad que tengan los protagonistas (Presidencia de la República, MVS, la periodista) para que esa información se abra o se mantenga en la clandestinidad.

Hay otros, en cambio, que pueden documentarse. Por ejemplo, se habló en estos días de que tal programa, tal estación, tienen mucho rating.

Veamos los noticieros matutinos. De acuerdo con el promedio anualizado 2010 FM-AM de la empresa INRA en el Valle de México, los noticieros más escuchados fueron:

1. Óscar Mario Beteta (Fórmula), 0.95

2. Eduardo Ruiz Healy (Fórmula), 0.88

3. Ricardo Rocha (Fórmula), 0.81

4. Carmen Aristegui (MVS), 0.74

Siguen Leonardo Curzio (Radio Mil), Carlos Puig (W Radio), Sergio Sarmiento (Radio Centro) y Pedro Ferriz de Con (Imagen).

El noticiero de Aristegui desciende en la tabla de rating nacional, ya que se transmite en menos ciudades que los de otras cadenas, especialmente Fórmula y Radio Centro.

El rating (Valle de México) más alto al mediodía es el de Joaquín López-Dóriga (Fórmula): 1.30. En la tarde, Carlos Loret de Mola y José Cárdenas (Fórmula, los dos) lideran con 0.72 y 0.71, respectivamente.

Como se quiera ver, 0.74 es un rating muy, muy bueno; son decenas de miles de personas escuchando una emisión. Pero no es el único ni el más alto. La radio informativa mexicana, por fortuna, tiene una audiencia muy grande. Escuchas que, estoy convencido, celebran tener tantas opciones en el cuadrante.

Escuchas que disciernen.

Y eligen.