marzo 03, 2011

Presunto culpable (Trailer)


Nada personal, sólo negocios

Alfonso Zárate Flores (@alfonsozarate)
Presidente de Grupo Consultor Interdisciplinario, SC
El Universal

No fue la decisión de un hombre de inmolarse lo que explica el derrumbe de viejas dictaduras del mundo árabe. No fueron sólo las revelaciones de WikiLeaks sobre la corrupción de Ben Alí y su familia ni las redes sociales lo que explica la insurgencia en Egipto, pero la combinación de elementos muestra que cuando convergen condiciones objetivas y subjetivas, cualquiera puede ser el ingrediente disparador…

Imposible negar, por supuesto, que la insurgencia se cultiva en décadas de corrupción, soberbia de las élites y cerrazón política que se traduce en estados de excepción permanente: prohibición de partidos políticos, represión a todo germen de disidencia, negación de espacios a la incipiente sociedad civil, clausura de horizontes para poblaciones mayoritariamente juveniles que no encuentran respuesta en las respectivas gerontocracias gobernantes…

No obstante, las rebeliones en el norte de África enseñan otras cosas: que en el saqueo sistemático de sus pueblos, los sátrapas y sus herederos cuentan con la complicidad de gobiernos y élites europeas. Silvio Berlusconi, pragmático hasta cruzar los límites de la legalidad… La ministra de Relaciones Exteriores de Francia, Michele Alliot-Marie —la misma que puso su cara de palo para defender a Florence Cassez—, exhibida en sus relaciones comerciales y las de su pareja sentimental con los círculos tunecinos cercanos al dictador Ben Alí.

El anquilosamiento de las camarillas en el poder y el endiosamiento de los tiranos parecen una rutina en esa parte del mundo. En Túnez, Ben Alí estuvo más de 23 años en el poder; en Egipto, Hosni Mubarak gobernó casi 30; en Libia, Muammar al-Gaddafi lleva 41 años y cinco meses en el poder; en Omán, el sultán Qabús ibn Sa’id al Sa’id, ha gobernado 40 años, desde que derrocó a su padre y lo mandó al exilio en Londres…

Así como grandes corporaciones transnacionales se capitalizan con las inversiones de los jeques árabes, diversos países europeos se benefician del poderío libio sustentado en el petróleo. La opulenta red del tirano queda plasmada en información de sobra conocida, pero que hoy adquiere tintes de complicidad: “…tras dos años de amistad, el coronel es hoy el quinto inversor individual por volumen de negocio de la Bolsa de Milán”; en tanto que, en el Reino Unido, “Libia es dueña del 3% de Pearson, el grupo editor de uno de los periódicos más prestigiosos del mundo, el Financial Times” (Miguel Mora, El País, 27 de febrero de 2010).

Ante la insurgencia popular, las reacciones de los opresores han sido distintas. Por un lado, la de aquellos que simplemente dan el último zarpazo a las arcas públicas y parten a un exilio que imaginan dorado, como el rey de Túnez. Por el otro, la de quienes enfrentan el desafío con demencia criminal: el martirologio (de preferencia ajeno, pues no hay tirano que coma lumbre) y la defensa “a sangre y fuego” del reino del terror.

A este respecto, un dato resulta relevante: las fuerzas armadas hacen la diferencia. Como apuntan los clásicos, para que triunfe una revolución se necesita la fractura del grupo en el poder y el uso ineficaz o delirante de la fuerza. Sin embargo, la compleja situación de Libia, su peculiaridad como espeso conglomerado de liderazgos tribales, parece negar cualquier vía de solución que no pase por el sacrificio de la población.

¿Indiferencia o complicidad de Occidente? ¿Las grandes potencias industriales podían actuar, pensar, calcular o decidir en términos distintos a la frialdad pragmática del gran negocio? Los excesos mayores o menores de dictadores bárbaros pueden perdonarse mientras abastezcan de materia prima al aparato productivo de las democracias.

Eso explica que presidentes y primeros ministros como José María Aznar, de España; Gerhard Schroeder, de Alemania; Tony Blair, de Gran Bretaña; Silvio Berlusconi, de Italia; Nicolas Sarkozy, de Francia, no dudaran en borrar la memoria civilizada y acudieran a Libia para garantizar espacios comerciales y flujos financieros a sus respectivas corporaciones.

Nada personal, sólo negocios. Después vendría la hora de lavarse la cara con el discurso demagógico de las buenas conciencias y los derechos humanos universales. Only business.

Sobre la segunda vuelta

Jorge G. Castañeda (@JorgeGCastaneda)
jorgegcastaneda@gmail.com
Reforma

Existe una remota pero real posibilidad de que en las próximas semanas prospere una reforma político-electoral que le permita al país contar con instituciones sólidas y modernas para enfrentar los retos que vienen. Entre el presidente Calderón, Manlio Fabio Beltrones, Pedro Joaquín Coldwell, Gustavo Madero y Santiago Creel se ha ido construyendo un paquete equilibrado, ambicioso y viable de reformas que sean, por lo menos, aprobables en el Senado y en su caso en la Cámara de Diputados. El paquete es sencillo y ha sido descrito por muchos estudiosos: del lado Calderón la reelección de diputados y senadores, el referéndum para cambiar la Constitución, las candidaturas independientes y alguna modalidad de aprobación expedita de iniciativas de ley. Del lado Beltrones y compañía la ratificación individual de parte del gabinete -no todos los secretarios y no todos juntos-, la autonomía y transexenalidad de los órganos reguladores -CNBV, CRE, Cofetel, Cofeco- y algún tipo de ajuste a la figura de los legisladores plurinominales.

El asunto está atorado en dos temas. Por un lado, se murmura que Presidencia no se resigna a excluir la segunda vuelta en la contienda presidencial, que sería el instrumento privilegiado para crear en los hechos la alianza PAN-PRD en 2012 y que impediría el regreso del PRI a Los Pinos. Por otro lado, es evidente que hay resistencias en la bancada del PRI -más entre diputados que entre senadores- debido a la supuesta oposición de Peña Nieto a la reelección, el referéndum y las candidaturas independientes. Según esta versión, no del todo cierta, Peña Nieto se opondría a estos cambios por ser contrarios a sus convicciones y conveniencia. No estoy seguro de que sea tan inamovible la posición de Peña. Sobre la de Calderón, puede haber confusiones conceptuales y soluciones intermedias.

La segunda vuelta es a la vez ley y práctica electoral. Puede quedar inscrita en la legislación de forma simple: si ningún candidato obtiene 50% más uno de los votos, se produce una segunda elección y sólo participan los dos candidatos con mayor votación (caso francés, portugués, chileno, colombiano, brasileño, venezolano y otros). O es algo que se da en los hechos a través del recurso de voto útil o estratégico. Es lo que sucedió en 2000 cuando Fox procuró activamente arrebatarle una parte del electorado a Cárdenas, y lo logró: entre 2 y 3 millones de sus votos se fueron al PAN. El resultado fue el mismo que hubiera generado una segunda vuelta formal: votantes de Cárdenas habrían optado por Fox en lugar de Labastida. El temor atribuido a Peña, que PAN y PRD le echen montón en una segunda vuelta, ya sucedió, al menos en el 2000.

Un tercer mecanismo es la segunda vuelta formal pero con jiribilla, a la norteamericana con el Colegio electoral, o a la argentina o nicaragüense. En estos dos países, por razones amañadas pero no menos eficaces, se establecieron dos criterios de segunda vuelta: un umbral mínimo de votos por debajo del cual no se es electo (Argentina 40% y Nicaragua 45%) y una distancia mínima entre el primer y segundo lugar de 10 puntos. De hacerse esto en México, si Peña obtuviera 40% del voto y el PAN 30% como lo indican las encuestas, no habría segunda vuelta ya que se cumplirán los dos requisitos híbridos: porcentaje mínimo de 40% y margen mínimo de diferencia de 10. En caso de no darse esta configuración -por ejemplo, que los votos del tercer lugar (el PRD) se hubieran ya desplazado hacia el PAN- habría otra votación y efectivamente la podría perder el PRI. Pero eso sería producto del escurrimiento del voto útil perredista hacia el PAN, que habría sucedido con o sin segunda vuelta.

Esta solución intermedia puede cuadrar el círculo. Y si no lo lograra, aún así los adversarios de la reforma posible en lugar de la reforma deseable creemos que no habría que perder la reforma en su conjunto por la no inclusión de la segunda vuelta. Démonos por bien servidos con lo demás: es bueno y mucho.

Un país de felicidad o de desdicha

Yuriria Sierra (@YuririaSierra)
Nudo Gordiano
Excélsior

Cómo imaginarnos un mundo sin vocación, sin inspiración, sin musas. Ese fue el mensaje que Vargas Llosa dio a los asistentes...

El premio Nobel de Literatura 2010 no podía llegar a nuestro país sin un mensaje distinto a la inspiración. El lugar oportuno, la UAM, una de las universidades públicas más importantes del país, y que escuchó los ecos de la historia que le permitió a Vargas Llosa construir su vocación, pieza fundamental del espíritu humano para hacer de su vida un instrumento útil para sí y su entorno.

Y es que cómo imaginarnos un mundo sin vocación, sin inspiración, sin musas. Ese fue el mensaje que le dio a los asistentes, casi todos universitarios:

“Yo vivía como, estoy seguro, viven muchos de ustedes, los jóvenes, una gran indecisión, cuál va a ser mi porvenir; a qué voy a dedicar mi vida. Lo que a mí me gustaba era algo que no parecía tener ningún asiento social, no ser una profesión, no ser un quehacer alimenticio, no ser algo que tuviera un reconocimiento y una aceptación en la sociedad: la vocación de escritor (...) A mí lo que me gustaba era la literatura, lo que yo hubiera querido ser era escribir, pero escribir no era posible si se le entendía como una actividad exclusiva, entonces, un día decía ‘voy a ser abogado’ (…) otro día decía ‘periodismo’, porque está cerca de escribir (...) Nunca tuve facilidad para escribir, desde muy joven descubrí que escribir me costaba un enorme esfuerzo, que tenía que invertir una enorme disciplina, tenía que rehacer, que reescribir, releer con espíritu muy crítico lo que hacía, porque lo que hacía lo veía muy malo (...) El objetivo fundamental en la vida no puede ser exclusivamente el éxito en términos económicos o de poder, el verdadero éxito en una sociedad es haber reducido al máximo la infelicidad humana (...) La primera y más importante función de la enseñanza es ayudar a los niños y jóvenes a descubrir su vocación y de convencerlos de que si esa es su vocación deben entregarse a ella porque es la mejor manera de defenderse contra la futura infelicidad, esa infelicidad que forma parte de la condición humana...”

Indispensable la lectura y relectura de estas palabras de Mario Vargas Llosa. Si no, pensemos en qué tan común nos resulta el encuentro con quienes dedican su vida a una actividad que está muy lejos de apasionarlos. Y es que, para cualquier actividad, la necesidad del gusto y las ganas de ejercer cualquier profesión u oficio, es requisito indispensable para sacarle todo el provecho posible y exprimir esas ganas acumuladas y que pocas veces se logra canalizarlas de forma adecuada.

Y qué curioso, hace justamente un año, la Universidad Nacional Autónoma de México, a través de su Instituto de Investigaciones Sociales, decía que 68% de los jóvenes del país tenía como único motor para realizar estudios universitarios el encuentro de un trabajo digno y, 13%, solamente buscaba buena remuneración económica. Lo que nos hace preguntar: ¿cuántos de ellos lo logran?

Y es que la respuesta tiene mucho que ver con la situación de un país rezagado, que espera el progreso y, para ello, se aboca a las posibilidades más obvias, que poco le apuestan al desarrollo de talentos e inquietudes capaces de generar nuevos caminos, que no exprimen las aptitudes de los jóvenes y, ahí, se van quedando las ganas que al paso del tiempo y de las circunstancias, se cambian por la sobrevivencia que, de tanta, termina en hartazgo y, a la suma de todas, nos da una sociedad injusta y con tantos problemas. De ahí que sea imposible no asegurar que la educación es y debe ser, siempre, la prioridad número uno de cualquier gobierno.

Libertad de prensa y libertad de ofensa

Héctor Aguilar Camín
acamin@milenio.com
Día con día
Milenio

¿Dónde empieza la calumnia? Esta pregunta ha circulado entre los tuiteros que sigo durante los últimos días. Respondí algo así como: en la ligereza de afirmar sobre otras cosas que sabemos que son falsas o no nos constan como verdaderas.

En el primer caso calumniamos a sabiendas. En el segundo, al azar. Calumniar es distinto de difamar. La calumnia implica una mentira, intencionada o no. Difamar implica afectar la fama de alguien, con cosas falsas o con cosas verdaderas.

La calumnia incluye la difamación, pues tiene un mal efecto sobre la fama de alguien. La difamación no incluye necesariamente la calumnia, pues puede afectarse la fama de otros diciendo verdades.

El terreno es escabroso, los matices inciertos. Pero el discurso puede complicarse más: ¿repetir una calumnia dicha por otro es calumniar? ¿Difundir con propósitos de información una calumnia vuelve al difusor parte de la calumnia?

Es un hecho que quien difunde la calumnia, la magnifica, ¿pero podría responsabilizársele por ello de la calumnia en curso? Probablemente no. ¿Pero la resonancia de la calumnia no es tan importante o más que la calumnia misma?

Calumnia que no vuela no cala. Quienes la hacen volar son tan decisivos como quienes la ponen en el aire. Si la difusión es lo que la vuelve efectiva, quien la difunde no puede quedar separado del hecho, sin responsabilidad pública en su efecto. ¿Por qué no sancionarlo entonces?

Estas disquisiciones bizantinas apenas vienen a cuento en un medio donde los delitos de calumnia y difamación son, para todos los efectos prácticos, letra muerta.

No sé cuándo fue la última vez que algún periodista o un medio fue demandado por calumnia o por difamación. Mucho menos por daño moral.

El Código Penal de la Ciudad de México da pena de cárcel inconmutable por grabar ilegalmente conversaciones y/o por difundir en los medios conversaciones grabadas ilegalmente. Pero las grabaciones ilegales de procedencia anónima son un viajero frecuente en nuestros medios.

La dificultad de llamar a cuentas a la prensa es otra forma de la impunidad. Sorprende que haya tan buenos periodistas en un oficio donde, hechas bien las cuentas, la decencia, el rigor, la verificación y el asaltar o no la fama pública de alguien, son opcionales.

Nuestra libertad de prensa se parece a la libertad de ofensa.