marzo 10, 2011

Avance 2000-2010

Jorge G. Castañeda (@JorgeGCastaneda)
jorgegcastaneda@gmail.com
Reforma

Por razones previsibles pero no por ello comprensibles, los datos del Censo 2010 en su comparación con el de 2000 han recibido poca atención en los medios nacionales. Algunos colegas como Federico Reyes Heroles y Héctor Aguilar Camín los han comentado, ha habido pequeñas notas en radio y televisión; pero en términos generales parece haber pasado de noche. No es del todo extraño. Si alrededor de entre 60 y 65% del país es de oposición al gobierno, lo último que esa oposición y sus partidarios quieren es hacerle caldo gordo a 10 años de gobiernos panistas al ensalzar estos resultados, que son efectivamente impresionantes.

En realidad esta actitud contiene dos confusiones que conviene subrayar. En primer lugar parecería que aunque el censo del 2000 es el punto de partida, no se toma en cuenta que el proceso del cual estos 10 años son el producto, comenzó en realidad en 1996, en el segundo año de gobierno de Ernesto Zedillo. La medición correcta más fiel, y esto lo hemos insistido repetidamente en los últimos años, es que el periodo de 15 años va del 96 al 2011: 15 años de gobiernos del cripto PRI y del semi PAN que han transformado al país. La segunda confusión estriba en la peregrina idea de que este avance enorme del país se debe a esos gobiernos, como si cuando un niño llega a la pubertad fuese responsabilidad de sus padres, y no un proceso casi natural. Lo que ha sucedido estos años y que nos muestra el Censo del 2010 sí es producto de tres gobiernos que han mantenido la estabilidad macroeconómica y la continuidad en la gran mayoría de las políticas sociales; no es resultado de los aciertos o de los errores de los gobiernos o de sus oposiciones.

¿Qué sabemos? Lo que ya se ha comentado. Casi siete millones de familias mexicanas, es decir 1 de cada 4, adquirió una vivienda pequeña, pero sólida con luz eléctrica, agua entubada, alumbrado, teléfono, televisión, refrigerador, lavadora para una familia de 3.9 mexicanos. ¿Qué más sabemos? Que el número de computadoras por hogar en México pasó de menos de 10% en el 2000 a prácticamente 30% en el 2010. Sabemos también que la penetración del internet, a pesar del alto costo y a pesar la falta de voluntad de muchas empresas en el país de brindarle ancho de banda a todas las viviendas mexicanas, pasó de 2.5 millones de hogares en 2000 a 17 millones en 2010. Sabemos también que el acceso a crédito o a tarjetas de crédito en circulación aumentó en proporciones gigantescas durante estos 10 años; y sabemos, quizás para la desgracia del medio ambiente urbano, los nervios de los habitantes de las grandes ciudades del país, que prácticamente una de cada dos familias mexicanas ya tienen un automóvil: automóviles por desgracia, y en muchos casos, viejos, contaminantes que congestionan cualquier construcción vial que se puedan imaginar los arquitectos más imaginativos del mundo.

¿Qué significa todo esto? Ejemplifica lo que muchos hemos dicho repetidamente a lo largo de los últimos dos años, muy especialmente Luis de la Calle y Luis Rubio en su libro Clasemediero: México es ya hoy un país de clase media en 55 a un 60% de su población. O si se prefiere estar de acuerdo con el Peje, también se puede citar como fuente, en un país de 112 millones si hay 40 millones de pobres, hay 72 millones de no pobres. Y éste es un dato que el propio Peje tiene que reconocer, a menos de que las mediciones del PRD sean distintas y volvamos a las épocas de Lyssenko y la ciencia se volviese de nuevo burguesa o proletaria. Creo que todos los mexicanos debemos, por un lado, congratularnos de este avance impresionante que arrojan los datos del censo. Por el otro debemos lamentarnos de no haber crecido más durante estos 10 años y que no podamos ver los resultados que hubieran generado mayores tasas de crecimiento en lugar de crecer 3% en este sexenio. Si la economía hubiera crecido al 5% podemos entrever lo que puede suceder de aquí al 2020, si efectivamente crecemos un promedio de 5% al año.

¿Narquito Agúndez?

Yuriria Sierra (@YuririaSierra)
Nudo Gordiano
Excélsior

Al parecer el gobierno de Baja California Sur ayer tuvo sus líneas muy ocupadas, pues no hubo quien nos contestara la llamada...

Mi compañero Raúl Flores realizó una investigación en Baja California Sur de la que ayer Excélsior dio cuenta en su primera plana: el todavía gobernador del estado, Narquito, digo, Narciso Agúndez Montaño, asistió y cortó el listón del remodelado aeródromo Las Arenas. Esto no tendría nada de extraño si habláramos de una inversión impulsada por el gobierno y cuyos beneficios estuvieran dirigidos a una industria privada plenamente identificada como... “derecha”, digamos. El escándalo está en que dicha terminal cayó en manos de Joseph Angelo Bravo... y él, ¿quién es? Un “empresario” estadunidense que, en 1994, una corte de ese país lo sentenció a 87 meses de prisión por estar involucrado en el tráfico de cocaína.

En la misma investigación, se agrega que la Ley de Aeropuertos dice que nadie con antecedentes penales que incluyan una sentencia mínima de un año por un delito de tipo doloso puede ser titular de un permiso, en este caso, concesión, para operar un aeródromo. También dice esta ley que todas las concesiones deben notificarse a la Secretaría de Comunicaciones y, si en un plazo de 30 días no se encuentran razones para objetar la decisión, se da por aprobada.

Entonces, ¿qué pasó? ¿Cómo fue que un reportero, que sustenta su investigación en documentos hoy en su propiedad, puede concluir y dar estos datos y ganarle a las autoridades, quienes en teoría deberían estar al tanto?

Y digo en teoría, porque ayer, para la Segunda Emisión de Cadenatres Noticias, intentamos hacer contacto con las autoridades correspondientes. En la Secretaría de Comunicaciones y Transportes nos remitieron con el gobierno estatal, pues, según nos comentaron, ese tipo de concesiones son única y exclusiva responsabilidad de las autoridades locales, ellos, la SCT, sólo tienen injerencia en el tráfico de los cielos, mas no de los operadores de puertos aéreos concesionados, aeródromos, en este caso.

Pero, al parecer, el gobierno de Agúndez Montaño en Baja California Sur tuvo ayer sus líneas muy ocupadas, pues no hubo quien nos contestara la llamada para darnos razón o, al menos, para reflejar sorpresa. Intentamos entonces acercarnos a Marcos Covarrubias, el gobernador electo que se encuentra a nada de tomar posesión, pero tampoco tuvimos suerte. Y es que será en manos de su gestión en donde quedará la responsabilidad de la que, hasta estos momentos, no hemos tenido noticias o aclaraciones de fuentes oficiales.

Porque es difícil no seguir la nota sin sospechosismos que nos dirijan al narcotráfico. No sólo es su acusación per se, sino el hecho de que el que defendió a Angelo Bravo en su proceso legal en Las Vegas fue David Z. Chesnoff, uno de tantos abogados del diablo, conocido en nuestro país por defender a Chin Shu Lana, Zhenli Ye Gon.

Además, tal aeródromo fue cerrado en 2008, por las denuncias que había sobre una actividad irregular constante en sus terrenos y en los alrededores, como presencia de hombres armados y demás...

¿Qué debemos esperar si ninguna autoridad, entrante o saliente, es capaz de darnos una explicación? Muy presente estuvo el gobernador en esta “inversión”, pues decía que para su gobierno era importante fomentar la inversión privada que resultara en mejores empleos para los ciudadanos. Sólo le faltó aclarar si estos empleos e inversiones, eran o no, de carácter legal...

¡Apareció el tapado!

Román Revueltas Retes
revueltas@mac.com
Interludio
Milenio

Es evidente que el presidente de la República tiene un plan, un designio vagamente misterioso pero no tan secreto e inconfesable como para que, justamente, se abstenga de revelarlo a los comunes mortales. Por el contrario, ha lanzado un mensaje un tanto críptico aunque —viniendo de quien viene y siendo él quien es en un país donde nada es lo que parece y todo se interpreta— has sido ya descifrado a los diez minutos de ser proferido.

Y la dicha señal no solamente fue enviada a los comunes mortales —gente de a pie sin mayores susceptibilidades como ustedes y yo, pacientísimos lectores—, sino que parece llevar dedicatoria e ir dirigida a esos diez presuntos aspirantes (hago las cuentas, por las noches, y no me salen pero tal es el número mágico que apunta el señor Madero, jefazo del Partido Acción Nacional, y todos suponemos que el hombre sabe de qué habla) que, hasta ahora, hubieran dado un paso al frente y estuvieran reclamando su derecho a ser tomados en cuenta para figurar como candidatos panistas a la suprema magistratura —como se dice en la jerga periodística y el lenguaje de los locutores oficiales— o, en otras palabras, a la jefatura del Gobierno y el Estado mexicano.

Todo esto es un tanto extraño. Primeramente, en el PAN, a diferencia de otros partidos, los postulantes no sólo suelen ir por libre sino que son finalmente elegidos (por cierto, éste es el participio pasado del verbo elegir y se llama electos a aquellos que ya han sido nombrados para un cargo mientras no toman posesión) desenvueltamente —es decir, sin dedazo— por los delegados y los miembros del partido. Luego entonces, no se entiende del todo el anuncio de Felipe Calderón por más que todos sepamos que es el primer panista de la nación. Segundamente, pareciera que ha celebrado, desde ya, un acuerdo con terceros. Y, terceramente, el presidente de México nos está agitando el espantajo de un tapado en el más tradicional sentido de la palabra. ¿Quién será? Ustedes dirán. Se aceptan apuestas…

DF: el perfil de la locura

Rafael Pérez Gay
El Universal

Cito de memoria aquel aforismo de Bernard Shaw en el que afirmaba que la estadística era una ciencia que demostraba que si mi vecino tiene dos coches y yo ninguno, ambos tenemos uno. He recordado la máxima fisgando aquí y allá en los resultados del censo de la ciudad de México que ha presentado el Instituto Nacional de Estadística y Geografía. El manicomio urbano en el cual habitamos lo forman 8 millones 851 mil personas, desde luego sin contar lo que se conoce como Zona Metropolitana, ese manicomio es casi tres veces mayor en número. Somos especialistas en sobrecupo y empellones, cada mañana un éxodo de casi cuatro millones de seres humanos se trasladan por la superficie de asfalto y debajo de la tierra rumbo al trabajo y más tarde de regreso a casa. Es una de las migraciones cotidianas más grandes del mundo. En comparación con el conteo del año 2000, hay 245 mil habitantes más en el hormiguero.

Los habitantes de la ciudad tenemos menos esperanza, tiempo, dinero, o las tres cosas a la vez. La tiranía de la vida diaria ha disminuido la fecundidad. El promedio de hijos nacidos de las mujeres de entre 20 y 49 años ha bajado en todos los rangos. Pienso en otra alternativa ante la disminución de la natalidad: la rebelión de la intimidad en la cual las mujeres juegan un papel protagónico y definitivo las ha persuadido de que no es la hora del pañal y el biberón. La mujeres son el grupo mayoritario: por cada 100 de ellas hay 92 hombres. El INEGI no añade si se trata de hombres cansados o meditabundos, melancólicos o enérgicos, las encuestas no transmiten emociones.

La población económicamente activa aumentó. Los hombres y las mujeres que trabajan pasó de 67% a 69%. Sé que los economistas verán en este porcentaje una buena noticia, pero la verdad es que yo lo traduzco en horas y horas de labores nefandas, trabajos infames para ganarse la vida en la ciudad. Por cierto, 96% de la población de entre 6 y 14 años asiste a la escuela, aunque sólo 52% de capitalinos de entre 15 y 24 años acude a algún plantel de educación media superior. Aún así, el nivel educativo de los capitalinos subió en los últimos años.

Algo ha ocurrido con el amor. Ha cambiado una de sus caras. Me detengo en uno de los datos más interesantes del censo: el número de parejas casadas se ha reducido mientras aumenta la unión libre, la soltería y los divorcios. Las personas que han decidido unirse en matrimonio representaban hace 10 años el 40.7% de los capitalinos; en cambio, en nuestros días ese porcentaje ha disminuido al 35.5%. Se habían tardado, en casa llevamos años esperándolos en unión libre.

No casé. No puse mesa de regalos en almacén de reconocido prestigio, no vestí traje negro ante el juez y mucho menos ante cura de parroquia, no alquilamos una casa para invitar a nuestros amigos y amigas a beber y a comer, en consecuencia nunca hemos reñido por la lista de invitados, las invitaciones, los testigos, el menú de la boda. Nunca tuve que contratar a un grupo de músicos y pedirles encarecidamente que fueran el alma de la fiesta. Como ustedes podrán entender, no bailé Caballo Dorado, ni La Bala, ni el clásico Carnaval de la gran Celia Cruz. He bailado sí, en las bodas de otras parejas y bebido fuerte a expensas de dos enamorados que no hemos sido nosotros. No aventé la liga (¿se avienta una liga? ¿Tiene todo esto algo que ver con Bejarano?) ni mis amigos me maltearon, ni mi madre lloró al oír al juez o al cura, ni han dicho a nuestras espaldas: no harán huesos viejos. Confieso que alguna vez, en la alta noche, tuve nostalgia de una boda infame.

Fisgando entre tantos porcentajes, recordé un poema del gran poeta peruano Antonio Cisneros que se llama “Dos sobre mi matrimonio uno”. Voy a copiar unas líneas: “Que fue eso de casarse en una iglesia barroco colonial del siglo XVII en Magdalena Vieja. Pero la arquitectura no nos salva. Verdad que así tuvimos un par de licuadoras, un loro disecado, cuatro urnas, artefactos para dieciocho oficios, seis vasijas en cristal de Bohemia y ocho juegos de té con escenas de amor pastoril (que los cambiaste por una secadora de pelo y otras cosas que no te regalaron)”. Como otras veces me he desviado, yo quería decir que en el perfil de la locura del Distrito Federal hay más uniones libres, divorcios y solteros. No todo se ha perdido.