abril 07, 2011

Bienvenida la mirada externa

Jorge G. Castañeda (@JorgeGCastaneda)
jorgegcastaneda@gmail.com
Reforma

Desde que el 1o. de diciembre de 2000 México firmó un acuerdo de cooperación con el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos el país ha tenido, en principio, una actitud diferente ante la mirada extranjera en materia de violaciones de los derechos humanos. Una, la no gubernamental, al darle la bienvenida a repetidas misiones de Amnistía Internacional y de Human Rights Watch (de cuya junta de gobierno soy miembro, lo digo en aras de transparencia); otra, la mirada de organismos gubernamentales: el creciente número de grupos de trabajo, relatores, comisiones y consejos de la ONU, la OEA, la CIDH, etcétera, que existen en el mundo. En lugar de rechazarlos o condenarlos como injerencistas, los dos gobiernos de México desde entonces, con altas y bajas, han dado la bienvenida a estas visitas y a esa mirada.

Como iniciador de este proceso puedo dar fe, por lo menos, de la teoría en la que se basa esta anuencia. Se trataba -como lo cita insistentemente para el caso de España Felipe González- de anclar el respeto a los derechos humanos y la erradicación de la tortura, las desapariciones, las ejecuciones extrajudiciales, los encarcelamientos sin mandato. No en lugar de la lucha de la sociedad civil mexicana contra estos males, sino además de, y sobre todo, tratando de institucionalizarla a través de la firma o ratificación del mayor número de instrumentos jurídicos internacionales. Y como no queríamos utilizar un doble rasero se ha insistido, de nuevo con altos y bajos, en la necesidad de que todos los países acepten visitas y relatorías de este tipo: desde Estados Unidos en Guantánamo, hasta Cuba y Venezuela.

La semana pasada el Grupo de Trabajo de Naciones Unidas sobre Desapariciones Forzadas e Involuntarias entregó un informe preliminar, elaborado después de visitar el país durante 14 días, recorrido Chihuahua, Coahuila y Guerrero, además del Distrito Federal, y habiéndose entrevistado con diversas ONG mexicanas, funcionarios federales, estatales y municipales, periodistas, etcétera. Esto es de la mayor importancia, ya que junto con el problema de las ejecuciones extrajudiciales -el relator para ese tema no fue invitado a México cuando se trataba de Philip Alston, y la visita del nuevo relator se supone tendrá lugar antes de que concluya el sexenio de Calderón- es una de las consecuencias más nocivas de la guerra del gobierno. Por supuesto, que todos los gobiernos tienden a criticar o contradecir los informes de estas instancias, a veces porque siguen siendo muy sensibles a los reclamos, a veces porque la estridencia y el activismo de los visitantes exasperan a cualquier funcionario, a veces porque gobiernos o viajeros cometen errores de buena fe.

Pero de cualquier manera para quienes queremos disponer de una evaluación externa menos parcial y subjetiva de las desapariciones forzadas en México desde el 2006, el informe definitivo que entregará el Grupo el año entrante será un documento de gran valor. Nos dará una idea, al menos indicativa, del número de mexicanos desaparecidos involuntariamente en esta guerra, y que sin duda forman parte -pequeña o grande y junto con los ejecutados extrajudicialmente- de los ya casi 40 mil muertos de la guerra (los 35 mil que reveló Alejandro Poiré en diciembre, más los 3 mil contabilizados por Reforma desde entonces). De acuerdo con el comunicado del grupo de trabajo se recibieron informes de 3,000 desapariciones en lo que va del sexenio; pidieron que el Ejército se retirara al corto plazo; dijeron que existe un clima de impunidad en torno a las agresiones a grupos vulnerables que ha permitido la continuidad de estos actos.

Se puede estar de acuerdo con ellos ahora o después, pero siempre será preferible saber que pueden venir externos a mirar qué pasa aquí, para luego discrepar en sus conclusiones; que prohibirles la entrada para tratar de evitar la existencia misma de dichas conclusiones.

Se marcha

Yuriria Sierra (@YuririaSierra)
Nudo Gordiano
Excélsior

Si bien en manos de las autoridades está el bienestar de la población, el mensaje debe sonar más fuerte en dirección a los criminales

No, el voto no puede ser la única vía que nos otorgue el Estado para tomar las riendas, para encaminar el rumbo de un país que amamos todos. De alguna forma se tiene que buscar que las miradas y los oídos volteen hacia quienes desean dar un mensaje que, en esta ocasión, compartimos todos. Pero también sería equivocado dirigirlo a un solo lado. Si bien, en manos y cabeza de autoridades está el bienestar de la población, no olvidemos que el mensaje debe sonar más fuerte en dirección a los criminales, al decirles que nuestra tranquilidad sigue siendo nuestra, no de ellos, porque son nuestras las calles, es nuestro el país y es, la nuestra, una mirada al espejo donde ellos no tienen ni tendrán jamás un lugar.

Ayer, fueron miles los que salieron a las calles, en casi cincuenta ciudades la indignación, la vergüenza, la exigencia de un país en paz tomó forma y se hizo voz. Esta vez fue un asesinato que, tras llevarse a uno, dos, tres, a varios hijos, a varios mexicanos, también se llevó una pluma poeta y dejó un huequito en el estómago que hizo, a esos muertos, hijos de todos.

Pero han sido muchos, más de 40 mil, quienes hoy ya no están, los que se convirtieron en víctimas de un clima violento que nos sigue sorprendiendo y al que nos aferramos a no acostumbrarnos. Ha sido tanta la sangre vertida en las calles que por ratos pensamos que ya no podremos más, pero no ha sucedido así, nos hemos mantenido en pie y ese es el mensaje más inmediato y certero que podemos dar para entendernos como una sociedad que, aun con el tanto miedo inyectado, se piensa como un montón de ciudadanos que no dejarán que las condiciones la rebasen.

Se marcha, porque es necesario hacer constar que no somos un país sumergido en la apatía, sino que nos tomamos de la mano o hacemos eco a un grito, cuando se habla del bien común y, sobre todo, cuando es nuestra vida el centro de una lucha a la que no le hemos logrado entender la estrategia.

Se marcha porque nos reconocemos un pueblo con una convocatoria enorme para lograr que las miradas tengan un blanco común. Se marcha porque es necesario reconocer que todas esas miradas son fuerza suficiente para decirnos que México sigue siendo nuestro. Se marcha porque creemos que hacen falta voces que, de tan fuerte, se hagan una y nos recuperen de las manos violentas, de las inútiles, de las que nos toman como rehenes en nuestro espacio.

Se marcha porque, aunque la paciencia se canse, la espera no se agota. Se marcha porque no queremos que nadie se obligue al silencio y deje de escribirle sueños a las letras, que nadie deje de jugar con ellas. Se marcha porque a nuestro país le damos todas las oportunidades que necesite para hacerse, al fin, una sola fuerza.

Se marcha porque es todo México el que nos duele, algunos de sus lados los que nos enferman, unas cuantas manos las que nos enojan, pero se marcha porque será siempre a nuestro paso el ritmo con el que deberá seguir, justamente, la marcha de un país herido, pero no derrotado...

Addendum. Y con todo el rollo surgido en el Estado de México con la alianza “amarillo-azul”, de pronto los panistas hacen movimientos extraños con tal de frenar la Supervía, la última obra capitalina que levantó polémica gratuita y de la que ya está más que dicho que hay impedimento para echarla atrás. ¿Será esa la factura que el PAN le pasa a Marcelo Ebrard ahora que apoya abiertamente a Alejandro Encinas y deja atrás la intención aliancista? ¿Quizá, quizá, quizá?

Aparte de “espurio”, matón…

Román Revueltas Retes
revueltas@mac.com
Interludio
Milenio

El Estado mexicano peca de omisión en el tema de la seguridad: no cumple, se desentiende, deja las cosas como están (no ha homologado los Códigos Penales de las diferentes entidades federativas, no ha creado una auténtica policía nacional y no ha dispuesto la autonomía del Ministerio Público), permite una escandalosa impunidad (la inmensa mayoría de los delitos no son castigados) y tolera una vergonzosa corrupción en el aparato de justicia.

Todo lo anterior, sin embargo, no significa que deba renunciar a las tareas que ya está llevando a cabo para combatir la delincuencia organizada ni tampoco que se le pueda acusar, justamente por haber emprendido estas acciones, de estar matando a los ciudadanos de este país.

El enemigo, con perdón, no es Calderón aunque los seguidores del candidato presidencial perdedor (sí, hablo de López Obrador), con la mala leche que exhiben habitualmente, denuncien que la decisión de emprender tan cruenta batalla (estamos hablando de más de 30 mil muertos) se debe a la necesidad que tuvo de “legitimarse”.

Esta gente, la que se desconoce la realidad de un sistema electoral donde somos los ciudadanos quienes supervisamos las votaciones, lo reduce todo a una mera cuestión, un solo asunto, un mismo tema y un único problema: la cantaleta del “fraude” en las elecciones de 2006. A partir de ahí, nada es lo que es y nada puede derivarse de la necesidad de aplicar políticas de Estado. Luego entonces, si el actual jefe del Ejecutivo tomó la decisión —impostergable, a mi entender, aparte de urgente y obligada— de combatir a los cárteles de la droga, no es porque sea una de sus responsabilidades como gobernante. No: necesita lavar su conciencia.

Es verdaderamente sorprendente constatar la manera en que el descomunal egocentrismo de un político desleal ha conseguido contaminar la vida pública nacional: el “espurio” no tiene redención alguna.

Bueno, qué le vamos a hacer. Así son las cosas. La derecha, en Estados Unidos (de América), ataca a Obama con igual ferocidad. Los extremos se tocan.