mayo 10, 2011

Paco Calderón



Sicilia secuestra la República. Rescate: cabeza de García Luna

Carlos Ramírez (@carlosramirezh)
Indicador Político
El Financiero
www.indicadorpolitico.com.mx
carlosramirezh@hotmail.com

Para Lulú, la Mamma

Lo peor que le puede ocurrir a un país lastimado por el crimen organizado es que los buenos se conviertan en malos: la exigencia de Javier Sicilia de renuncia del secretario de Seguridad Pública federal, Genaro García Luna, se convirtió en un chantaje, una extorsión, un secuestro de la República pidiendo como rescate la cabeza del funcionario.

La personalización de la crisis de seguridad desinfló el impulso social de la manifestación del domingo. No se trató ya de protestar contra la violencia, de exigir soluciones y de realizar propuestas, sino de centrar el problema en el despido de un funcionario. Si el presidente de la República no cede al chantaje, entonces tampoco quiere colaborar.

La protesta de Sicilia perdió el rumbo. Y no sólo por actuar como secuestrador pidiendo como rescate la cabeza de un funcionario federal, sino porque su propuesta de un pacto por la seguridad y la justicia se redujo a una extraña mezcla de programas de gobierno del PRD y ¡del PRI! Y cayó en el terreno del oportunismo vulgar del PRD, que apoyó la demanda de renuncia pero se hizo el distraído de la crítica de Sicilia por la diputación perredista a Julio César Godoy, acusado de colaborar con el narco en Michoacán.

Lo grave del asunto fue que Sicilia y su equipo de intelectuales dejaron fuera dos gravísimos temas: la reorganización indispensable del Instituto Nacional de Migración por su papel lamentable en la protección de derechos humanos de los migrantes y la ausencia de crítica a los cárteles de la droga que son los responsables de la violencia por su lucha entre ellos para apoderarse de territorios y el secuestro y asesinato de miles de mexicanos que están apareciendo en fosas clandestinas.

Por tanto, la propuesta de Sicilia se redujo a parar la guerra contra el crimen organizado, lo que sin duda permitiría el regreso de los cárteles a los territorios ya rescatados. El discurso de propuestas fue desordenado, inconsistente, superficial y sobre todo funcional a los intereses de las bandas criminales. También exigió lo que ya está en marcha: esclarecer asesinatos y desapariciones, mezclando el problema del crimen organizado con los casos especiales como la tragedia de la guardería ABC de Hermosillo. Y pidió placas para la memoria de las víctimas de la violencia, incluyendo a los delincuentes -el 95 por ciento de los muertos- que cayeron en batallas callejeras contra las fuerzas de seguridad.

Sicilia cayó en la trampa discursiva de las organizaciones insurreccionales al señalar que la estrategia "militar" fue diseñada para "enfrentar al crimen organizado y la protesta social", cuando el problema de fondo es que no existe un respeto de los grupos disidentes a las leyes y reglas de convivencia. Tan no existe objetivo de reprimir la protesta social, que el SME hace lo que se le pega la gana, los Atencos siguen amenazando con sus machetes, el EPR puede aliarse a las FARC colombianas, la APPO de Oaxaca sigue agitando la capital oaxaqueña, la sección 22 de maestros opera en la calle y no en las aulas... y nadie los reprime. Si se revisa la minuta de la Ley de Seguridad Nacional, se establece con claridad que no habrá represión de la protesta social.

Las propuestas de programas de emergencia para crear empleo a jóvenes es parte del viejo populismo priista y ahora perredista y la petición de aumentar inversión en educación no atiende al problema central de la calidad de los programas de estudio; ahí están la Universidad Autónoma de la Ciudad de México y la UNAM impidiendo la reforma a la calidad educativa. Esta parte parece copiada de las cartas del subcomandante Marcos.

Pero la cereza de la propuesta de Sicilia radica en la propuesta de una democracia participativa -cualquier cosa que ello signifique- porque dejó ver reformas totalitarias: la "democratización de los medios de comunicación" o sea la censura, la consulta popular que suele ser -como acaba de ocurrir en Ecuador- un medio para la socialización de dictaduras, las candidaturas independientes que al final dependen de nuevos factores de poder, la revocación del mandato que se basa en la agitación de las masas y no en mecanismos de evaluación de resultados. Asimismo, el programa de gobierno de Sicilia incluyó dos temas que nada tienen que ver con la seguridad ciudadana: mayor intervención del Estado en telecomunicaciones y la aprobación de la minuta de reforma política diseñada por el PRI en el Senado.

Al final, el Pacto ciudadano no es otra cosa que la conformación de un nuevo partido político, no un verdadero tejido social plural y sin intenciones partidistas. La lista de exigencias de Sicilia no establece un compromiso de articulación con las instancias de gobierno y las instituciones nacionales, sino que se reduce a una especie de Carta a los Reyes Magos que el gobierno debe de cumplir estrictamente. No hay en los dos documentos de Sicilia compromisos reales de participación de la sociedad plural.

El Pacto tiene una intención clara: "este momento requiere la participación de todas y todos(,) el Pacto de la sociedad civil implica un esfuerzo de unidad y organización de la sociedad civil nacional para que tengamos una voz y acciones con el fin de parar esta guerra y la violencia social, corrupción e impunidad que nos está destruyendo como personas y como nación". Todo se resume, pues, en detener la estrategia del gobierno federal contra el crimen organizado, pero sin ofrecer una alternativa de lucha contra las mafias. Por tanto, suspender el combate contra las mafias sería sinónimo de entrega de la República a las bandas de Joaquín El Chapo Guzmán, Ismael El Mayo Zambada, Heriberto Lazcano El Lazca, Vicente Carrillo y todos los cárteles de la droga y del crimen organizado.

Pero la cifra de 65 mil delincuentes muertos o detenidos en este sexenio y El Chapo en las listas de Forbes ilustran el tamaño del desafío.

Prisioneros del odio

Federico Reyes Heroles
Reforma

La mejor manera de vengarse de un enemigo es no parecérsele.
Marco Aurelio


Obama festeja. Estados Unidos festeja. No son los únicos. Las heridas dejadas por el fanatismo encabezado por Bin Laden van de Madrid o Londres a Filipinas. Familiares y amigos de las miles de víctimas, nada más de las Torres Gemelas, festejan. La muerte del terrorista se mira hoy como justa reivindicación y triunfo sobre el mal. Su organización criminal se debilita. Difícil encontrar de nuevo la letal combinación de inteligencia, perversidad y recursos. Pero hay algo en el episodio que amarga. Comencemos por el vergonzoso fracaso.

Una de las características esenciales del "proceso civilizatorio" -expresión de Norbert Elias- es la eliminación de la acción directa, imponer intermediación. Desde un incidente de tránsito o un conflicto conyugal hasta la relación entre los Estados nación. Para eso se crearon Naciones Unidas, para eso existe la Corte Internacional de Justicia y ahora la Corte Penal Internacional, grandes creaciones civilizatorias. Durante una década el mundo fue incapaz de detener al autor intelectual confeso de múltiples atentados terroristas responsables de miles de víctimas. Todas las instituciones mostraron su brutal impotencia para lograr la detección, captura y la aplicación de un debido proceso a Bin Laden de acuerdo con las normas internacionales. Sólo a partir de ese estrepitoso fracaso es que se puede entender -que no aceptar- la acción en solitario de Estados Unidos que viola múltiples ordenamientos. La fallida cooperación entre los Estados, incluido Pakistán, para arrinconar a Bin Laden desnuda la dificultad interna para imponer las acciones persecutorias. Pero también refleja la aceptación y casi popularidad entre algunos sectores -minoritarios pero muy activos- de su movimiento. Si atrapar a Bin Laden y a la dirigencia de Al Qaeda hubiera sido un buen negocio político, los gobiernos se hubieran aplicado. No fue así.

La primera potencia militar se tardó 10 años en dar con su objetivo: un hombre. Estuvo acompañada de una alianza de los mejores ejércitos y sistemas de inteligencia. Los mejores equipos del mundo fueron impotentes frente al enemigo número uno de Occidente. Qué bueno que dieron con él, más vale tarde que nunca. Pero el capítulo también registra la terrible vulnerabilidad del mundo contemporáneo. Un individuo, una sola organización ha sido capaz de mantener en jaque al mundo. Ésa es una mala noticia que está detrás de la fiesta. Pensemos en guerras pasadas. Para romper un equilibrio mundial se necesitaba un gran poderío bélico. En las guerras mundiales del siglo XX fueron grandes ejércitos los que sacudieron a la humanidad. Eso ya es pasado. El mundo contemporáneo es de una fragilidad espeluznante. Un litro de un arma bacteriológica puede matar a decenas de millones.

Pero hay más, las consecuencias del terrorismo están instaladas en nuestra vida cotidiana. En eso Bin Laden sigue vivo. Imaginemos todas las horas de vida y recursos que se pierden por los sistemas de seguridad en, por ejemplo, los transportes aéreos. Bin Laden está muerto, pero el ejemplo del uso de los instrumentos de la modernidad para generar terror y muerte sigue allí. Para un fanático convencido de dar su vida por una causa, la modernidad es un excelente escenario. Un avión se convierte en una bomba, un barco en una trampa, un celular en un detonador. Hoy grupúsculos que hace un siglo no hubieran sido una amenaza lo son. Aparece una correlación entre el sorprendente desarrollo de las tecnologías y la potencialización del peligro en manos de cualquiera. Esa cara de la modernidad no es esperanzadora.

¿Qué hacer? ¿Inhibir el uso de las tecnologías? Imposible e indeseable. Además la aparición de mentes perversas escapa a cualquier control. Un Hitler o un Bin Laden siempre existirán en potencia. Nada que hacer. Pero sobre lo que sí se puede trabajar es sobre el odio. Bin Laden era una inteligencia perversa, eso se lo dio la naturaleza. Pero el odio hacia Occidente no: "Es vuestro castigo por Irak y Afganistán..., la manera de devolveros vuestra mercancía", ésa fue su sentencia sobre septiembre 11. La cultura del odio existe y es un excelente caldo de cultivo para las mentes perversas, que siempre las habrá. La ejecución de Bin Laden no ayuda a disminuir el odio, por el contrario. Ahora estamos a la espera de la venganza sobre la venganza.

Entiendo las limitaciones del caso, pero hubiera preferido ver a Bin Laden vivo, tras las rejas, sujeto a un proceso -como en Nuremberg o en el caso Hussein- escuchando razones, condenado, ejecutado si se quiere. Pero una ejecución sin proceso no es una buena noticia para el proceso civilizatorio. El ojo por ojo es un retroceso. Los rostros festivos de Nueva York de mayo del 2011 recuerdan la imagen de los rostros festivos de muchos musulmanes el 11 de septiembre del 2001. Seguimos siendo prisioneros del odio. Ésa es la derrota colectiva.

Dos máximo…

Enrique Aranda
De naturaleza política
Excélsior

A dos de los cuatro secretarios de Estado aspirantes a la candidatura presidencial blanquiazul, al menos, el presidente Felipe Calderón les habría autorizado ya a “comenzar a moverse, pero sin poner en riesgo la tarea a su cargo…”, aunque, a decir de fuentes vinculadas a la residencia oficial, les habría advertido igualmente que “en su momento, sólo aceptaré una… dos renuncias, máximo”, de quienes integran su equipo más cercano de colaboradores.

En las últimas semanas, efectivamente, y más aún después de realizada la pasarela de preprecandidatos a sucederle en 2012, organizada por Acción Nacional, las versiones sobre un eventual “aflojamiento de amarras…” a los implicados se han multiplicado —ahora sí que hasta el infinito— y destaca, en todos los casos, la supuesta puntualización presidencial de que no permitirá “que el gabinete se le desmantele… por alentar ambiciones de quienes nada tienen que perder, ni qué ganar en este juego”, lo que parece lógico.

Y más, habría que decir, cuando de sobra se sabe que al menos en una ocasión el jefe del Ejecutivo ha dejado sentir a sus cercanos su desacuerdo con la hipótesis de que tres, y hasta cuatro secretarios de Estado —si además de a Ernesto Cordero, Alonso Lujambio y Javier Lozano agregamos al no panista Heriberto Félix— compitan en las primarias del blanquiazul contra quienes se mueven por la libre —Josefina Vázquez, Santiago Creel y el gobernador Emilio González— y, en contraste, su preferencia por definir una fórmula que favorezca una elección interna, sí, pero sólo entre dos o tres aspirantes, uno máximo surgido de su equipo de trabajo y presuntamente con su bendición, con miras a salvaguardar “la (necesaria) unidad del partido”.

Es en esa lógica, igualmente, como en los últimos días y horas comenzaron a evidenciarse movimientos poco usuales hasta ahora, entre quienes consideran que igual posibilidad de alcanzar la candidatura azul de cara a 2012 tiene el titular de Hacienda como quienes despachan en la principal oficina de Educación Pública, Trabajo e, incluso, en Desarrollo Social… por lo que los acomodos, reacomodos y traiciones, como es obvio suponer y aquí mismo lo hemos documentado, en el interior del equipo presidencial, y en torno de uno u otro de los secretarios presidenciables, están hoy a la orden del día.

En las próximas jornadas, a decir de quienes afirman saber cómo es que en verdad se mueven las cosas en el interior de la residencia oficial, comenzarán a multiplicarse las señales para posibilitar la ubicación de quién, o quiénes, serán el ¡uno… o dos máximo! a quienes les será aceptada la renuncia para competir.

Entonces, sólo entonces, vendrá el cierre de filas… ante lo que, por cierto, ya no pocos identifican como el enemigo externo. Al tiempo, pues, que no deberá ser mucho.

Veámonos el miércoles, con otro asunto De naturaleza política.

Quisiera, pero no

Héctor Aguilar Camín
acamin@milenio.com
Día con día
Milenio

La verdad, me gustaría escribir un texto contra el Día de las Madres, el día de la demagogia y el sentimentalismo, que vuelve mercancía y melcocha el vínculo más radical o la raíz más vinculatoria de nuestra vida.

Me gustaría borrar ese día del calendario, despoblar los restoranes de familias celebrando a su cabecita blanca y las tiendas de apresurados o devotos parientes escogiendo un regalo para el día señalado.

Me gustaría decir que nunca he celebrado realmente ese día, que he pasado por él a través de los años sintiéndolo y sabiéndolo un simulacro, una celebración mutilada, despojada de su última riqueza, que es la ambigüedad, su arcano estricto, intransferible, verdaderamente umbilical.

Me gustaría inventar una escena de diálogos entre estrategas de ventas de grandes almacenes que segmentan el mercado con todos los lugares comunes, culpas, hipocresías y sentimientos huecos de los maternos compradores, con el único fin de hacer timbrar la caja.

Quisiera diseñar una campaña de publicidad diciendo cosas como que madre sólo hay una porque nadie resistiría la existencia de dos.

Y proceder a la parodia de los discursos de amor que se pronunciarán este día en las sobremesas repitiendo exactamente, sin quitar ni poner una coma, lo que esos discursos dirán cuando sean pronunciados.

Me gustaría hacer el relato de unas madres maduras que abominan la celebración que les hacen sus hijos, pues les recuerdan su edad, ellas que no quieren sino recordar sus aventuras prematernas, la cara de hombres con los que hubieran querido tener hijos que no tuvieron.

Quisiera poder reunir en un ramillete de voces la intimidad de madres que han ejercido todos los trucos de la manipulación sobre sus hijos, con eficacia añadida sobre sus hijas, ellas, las madres que han sabido siempre, como nadie, de qué lugar cojea lo que han parido.

Quisiera poder inventar un chiste sobre las madres tan bueno como el de la madre judía que regala de cumpleaños a su hijo dos corbatas y al verlo aparecer con una, le reprocha: “No te gustó la otra. Lo sabía”.

Me gustaría hacer todo esto, pero no puedo hacerlo porque hoy es el Día de las Madres y mis lectores pueden malentender del todo mi desahogo, creer que se debe sólo a que soy un huérfano reciente, aunque incurable, pues hace seis años menos diez días murió mi madre y es la hora en que no puedo contar ni descontar su muerte.