mayo 15, 2011

'Do not delude yourselves' por Paco Calderón

Tianguis ¿corbatas o guayaberas?

Juan Manuel Asai
jasaicamacho@yahoo.com
Códice
La Crónica de Hoy

El espíritu olímpico se apoderó de la comunidad turística del país. Sus integrantes han hecho suyo el apotegma del pedagogo francés Pierre de Coubertin, quien sentenció: "Lo importante no es ganar, sino competir". El barón lo dijo para animar a todos los países del mundo a participar en los Juegos Olímpicos. Aquí, en México, muchos destinos se han apuntado para ser parte del proceso de selección de la nueva sede del Tianguis Turístico sin tener oportunidades reales de ganar, sólo por las ganas de competir y dar señales de vida.

Desde que se anunció que saldría de Acapulco, el Tianguis se convirtió en el tema dominante de la agenda turística. Generó primero una polémica sobre si se trataba de una decisión justa o alevosa. Después, la atención se enfocó en el proceso para seleccionar a la nueva sede. En los últimos días, hasta Monterrey se apuntó. Esto llama la atención pues la orgullosa Sultana del Norte tiene problemas de seguridad pública equivalentes a los que padece Acapulco y, si la memoria no me traiciona, el presidente Calderón dijo a los acapulqueños cuando le pidieron que no se llevara el Tianguis: "cuando renueven a su policía hablamos".

Una frase que debe tener presente Luis Treviño, el director general de la Corporación para el Desarrollo Turístico de Nuevo León, quien sostuvo que si se trata de hacer negocios la mejor opción es Monterrey, por lo que es momento de quitarse las guayaberas y ponerse corbatas. Además, a manera de rúbrica, dijo: en este momento no existe un destino que garantice que no va a pasar nada, pues el clima de violencia se vive en todo México, frase que seguramente cayó pésimo en el CPTM. El 15 de junio se dará a conocer el nombre de la sede ganadora. En los pasillos de la Sectur se dice que en la terna final están Guadalajara, Mazatlán y Cancún, que son opciones estupendas. Una cosa es segura, con el paso de los meses se revalorará la contribución histórica de Acapulco. Al tiempo.

Lo sustantivo.- Una vez concluido el asunto del Tianguis, la comunidad turística del país haría bien en regresar a los temas sustantivos, como por ejemplo analizar las causas por las cuales no hemos podido salir de la espiral negativa en materia de visitantes internacionales y captación de divisas. Las cifras dadas por el Banco de México, que indican una caída relevante, cercana al nueve por ciento, no deben causar desaliento, sino servir de acicate para redoblar ánimo y esfuerzo. Atravesamos sin duda el periodo más agudo de descenso en número de visitantes a causa del deterioro de la imagen internacional del país por la cobertura de los medios internacionales a los episodios de violencia de la lucha contra el crimen organizado. En contraste, la Organización Mundial de Turismo informó que el turismo, a nivel global, aumentó cinco por ciento. El año es joven y todavía hay tiempo para revertir los indicadores. La maestra Gloria Guevara y su equipo de trabajo tendrán que sudar la gota gorda a lo largo del segundo semestre del año.

Mexicana.- El asunto de la aerolínea ha significado un dolor de cabeza para las autoridades del sector turismo a nivel federal y en los estados a los que volaba Mexicana de Aviación. Hemos presenciado en los últimos meses una patética comedia de equivocaciones. Se logró, en efecto, conservar la conectividad, pero todavía el número de asientos está lejos de ser el óptimo. Trascendió que, ahora sí, el próximo 27 de mayo se dará a conocer el nombre del nuevo dueño de la aerolínea. Esta vez no hay margen de error. Si la venta vuelve a fracasar, lo mejor sería aplicarle los santos oleos a Mexicana.

Churchill y Ernesto Cordero

Jorge Zepeda Patterson (@jorgezepedap)
www.jorgezepeda.net

La elección del 2012 no está dada; nunca se debe menosprecia al poder presidencial, comentó en privado hace unos días un viejo zorro priísta refiriéndose a la sucesión en Los Pinos. “Fox ha sido el presidente más tonto (usó otra palabra) en la historia moderna; y López Obrador, el candidato de oposición más hábil y popular en las últimas décadas, y sin embargo, Fox logró que el PAN retuviera la Presidencia en 2006. La única ocasión en 100 años en que el partido en el poder perdió fue en el 2000 y eso porque el presidente en turno, Ernesto Zedillo, así lo quiso”. Según esta tesis, los que se imaginan a Felipe Calderón colocándole la banda presidencial a un priísta el 1 de diciembre de 2012, deberán pensárselo mejor.

Ciertamente el tablero de mando presidencial ha perdido muchos de sus botones y palancas, pero sigue siendo formidable. El problema es otro. Todavía no hay manera de ganar una elección sin candidato, y hasta la fecha Calderón aún no lo tiene. Su “protegido”, Ernesto Cordero no despega y se le está acabando el tiempo. Y tampoco es que hayan mejorado sus posibilidades frente a Peña Nieto los otros aspirantes panistas: Santiago Creel, Josefina Vázquez Mota, Alonso Lujambio, Javier Lozano o Heriberto Félix.

Lo que sucedió el viernes es sintomático. En la reunión ante casi 2 mil delegados federales, quienes son los verdaderos operadores de la administración pública en el territorio, sorpresivamente Calderón le dio un espaldarazo extraordinario a Ernesto Cordero, al convertirlo en el único orador (además de sí mismo), ante la cara de incredulidad de los restantes miembros del gabinete. El secretario de Hacienda mostró lo que bien podría ser el hilo conductor de una campaña electoral para el 2012: los “éxitos” económicos y los indicadores sociales con los que cerrará el sexenio. Y es que, en efecto, los últimos dos años terminarán con un crecimiento aceptable, razonables niveles de empleo y buen comportamiento de indicadores sociales, por lo menos al compararlos con la primera mitad del sexenio. Cordero terminó exhortando a los delegados a ir por el mundo a divulgar las buenas nuevas.

Pero acto seguido Calderón deshizo con una mano lo que había hecho con la otra. Comparó su cruzada contra el narcotráfico con la lucha en contra de los nazis. “Me acosan como a Churchill”, dijo y añadió que el futuro de Inglaterra, como ahora el de México, dependió de esa confrontación. En otras palabras, volvió a centrar su discurso en la apocalíptica visión de “sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor” del estadista inglés en el contexto de una guerra por la sobrevivencia. Allí terminaron las buenas nuevas de Cordero.

No creo que los mexicanos estén muy dispuestos a comprar la posibilidad de otro sexenio panista con una narrativa que pide supurar “sangre y lágrimas” para salvar al país. Calderón no es Churchill, ni nuestros temibles pero pintorescos sicarios se parecen a la Wehrmacht alemana, con sus divisiones panzer y sus bombas V. Por otra parte, el Presidente incurre en obvios riesgos al emular a los Noriega, Gaddafi, Trujillo, Idi Amin e innumerables dictadores, jeques y reyezuelos que han exhibido esta curiosa fascinación de concebirse a sí mismos como el Napoleón, el Alejandro Magno, el Abraham Lincoln, o el rey de Escocia de su tiempo.

Con su obsesión sobre la guerra contra el narco, Calderón cercena las posibilidades de su partido para cuajar un candidato y para construir un discurso de campaña atractivo. Quizá el Presidente considera que la mejor apuesta del PAN para conservar el poder reside en convencer a los mexicanos de que si el PRI llega a Los Pinos negociará con el narco. Supongo que él tendrá sus encuestas, pero a ratos me pregunto si en lugar de crítica eso es propaganda a favor del PRI. Supongo que hay una buena cantidad de mexicanos que, sin pronunciarlo en voz alta, se inclinarían por algún acuerdo con los cárteles.

El problema de las comparaciones es que al final nos alcanzan. Churchill codirigió una alianza que venció a los nazis. No se ve por dónde Calderón vaya a derrotar a los narcos. Quizás Calderón tenga que quedarse, a su pesar, con una frase muy distinta del estadista inglés: “la alternancia fecunda el suelo de la democracia”.

SUSPIRANTES. A propósito de la sucesión, este lunes 16 presentamos el libro Los Suspirantes 2012, carne y hueso, con los perfiles biográficos de los precandidatos. Lo presentan Marcelo Ebrard, Josefina Vázquez Mota y David Penchyna, además de los autores. Hotel Marquis Reforma, 19 horas.

'Haga que esto dure'

Enrique Krauze
Reforma

La marcha que encabezó Javier Sicilia el pasado 8 de mayo me recordó un episodio del vasconcelismo. Vasconcelos volvió a México en 1929 para encabezar un vasto movimiento cuyo objetivo era desplazar del poder a los generales e instaurar un liderazgo civil, pacífico y honesto. Acabar, en una palabra, con el "México bronco". A la jornada siguiente del atropello electoral, los vasconcelistas sintieron el vacío: ¿qué hacer? Se abrían varias alternativas: fundar un partido político civilista (consejo del joven Gómez Morin), convocar a una Revolución (la opción maderista), suicidarse heroicamente (como hizo Martí) o partir al exilio (continuar la odisea del "Ulises criollo").

Vasconcelos, como se sabe, optó por la última, y qué bueno: sin su destierro no hubiese escrito sus maravillosas memorias; pero en términos políticos, la mejor opción era la primera. El PAN hubiera nacido diez años antes, sin los pesados lastres fascistas y clericales que marcaron sus inicios. En esos días de incertidumbre, el intelectual más cercano a Vasconcelos, el licenciado Miguel Palacios Macedo, le pidió: "haga que esto dure". Vasconcelos le contestó tajante: "yo no soy Gandhi".

Vasconcelos no era Gandhi, Sicilia no es Vasconcelos, pero Sicilia, gran admirador de Gandhi, sí tiene la inspiración que se requiere para hacer que su movimiento dure. Y tiene mucho más; por ejemplo, un genuino temple religioso. Es hijo de los cambios del mundo católico a partir del Concilio Vaticano II: la prédica y práctica de Sergio Méndez Arceo, la Opción Preferencial por los Pobres, las Comunidades Eclesiales de Base. De gran importancia para él fue la obra y la presencia originalísima, renovadora y vigente, de Ivan Illich. Este ex sacerdote, filósofo del anarquismo católico, fundó CIDOC, institución liberadora que hizo converger creativamente a la religión, la filosofía y el psicoanálisis. Tengo entendido que estas corrientes intelectuales y religiosas orientan algunos libros de Sicilia así como las revistas que ha dirigido (primero Ixtus, ahora Conspiratio). Estas publicaciones han puesto hogar a la conversación entre la fe, la historia y la filosofía. En el mismo sentido, no es casual que Sicilia sea un editorialista regular en Proceso, semanario marcado por el mismo catolicismo social y progresista. Y no deja de ser significativo que la Meca de toda esa corriente espiritual fuese la ciudad de Cuernavaca, epicentro de la vida de Javier. De su vida y de su tragedia.

"Haga que esto dure". ¿Qué significa hoy este llamado para Javier Sicilia? Formalizar su organización cívica. Integrar en ella a los mexicanos que comparten directamente su pena (por haber sido ellos también víctimas del crimen) y a representantes independientes y plurales de la sociedad civil. Elegir un nombre adecuado, buscar el financiamiento (hasta por colecta pública), trabajar en dos sentidos -uno social, otro intelectual- para encarar, de abajo a arriba, lo que Sicilia ha llamado "la emergencia nacional".

En la primera vía, aunque no será candidato en el 2012 ni probablemente nunca, Sicilia no puede esquivar la significación social de su liderazgo. Su biografía y su legitimidad lo colocan en una buena posición para encauzar la iniciativa social contra el crimen en el país. Su perfil recuerda al Doctor Salvador Nava, que tras sufrir tortura por parte de las fuerzas de seguridad, orientó a los potosinos hacia el cambio democrático y fue -con su marcha estoica antes de su muerte- un personaje clave en la transición nacional. Ayer la prioridad fue la democracia; hoy es la seguridad, la sobrevivencia.

La segunda vía consiste en proponer ideas. Ideas, no rollos autocomplacientes, confusos, vindicativos, militantes, retóricos, dogmáticos. Ideas, no puños cerrados ni pancartas fáciles ni simples exclamaciones de hartazgo u odio. Penosamente, las ideas han faltado en el debate nacional sobre el crimen. Se requieren ideas concretas y prácticas, por ejemplo, en torno al seguimiento de los flujos financieros ilícitos, a las reformas del sistema jurídico y policial, al sistema penitenciario. Y se requiere también una reflexión de orden filosófico, en un sentido amplio. La brutal aparición (reaparición, diría un historiador que haya leído Los bandidos de Río Frío) del crimen organizado nos mantiene en un estado de shock que nos ha impedido pensar con claridad. Hay que responder preguntas clave: ¿cuáles son las raíces históricas de este problema?, ¿hasta qué punto ha sido un lastre nuestra concepción misma de justicia?, ¿qué consecuencias tendría la legalización de la droga?, ¿es posible imprimir un cambio drástico y arriesgado a nuestra relación bilateral con Estados Unidos para que el ciudadano común de aquel país advierta el daño brutal que sus vicios, su legislación, su inercia, su hipocresía y sus redes criminales, están causando en el nuestro?

El discurso de Sicilia en el Zócalo (reproducido por Proceso, ese mismo día) es un diagnóstico puntual de nuestra situación y un llamado moral estremecedor. Gandhi, pensador, político y profeta, no lo habría hecho mejor. El documento "Por un México en paz, con justicia y dignidad" contiene exigencias mínimas y compromisos que tocan temas mucho más amplios (económicos, educativos, sociales, mediáticos) para enfilarnos al rescate integral de nuestra casa común. El debate serio sobre estos temas (sin el dogmatismo y la politización que suele rodearlos) daría un seguimiento magnífico a la jornada del 8 de mayo. Pero cualquiera que sean los planteamientos, no podemos darnos el lujo de un pacifismo ingenuo y contraproducente. Sicilia tiene toda la razón en señalar que la "podredumbre" proviene de los tiempos del PRI. Tiene razón en responsabilizar a este gobierno de imprevisión e ineficacia. Y tiene razón en señalar que la Ley de Seguridad Nacional "no puede reducirse a un asunto militar". Pero en su fuero interno Sicilia no ignora, no puede ignorar, la irreductible maldad de los criminales. Y a ellos, pienso, no se les encara sino con la fuerza y la ley. Ésa es quizá la primera pregunta que debe contestar su fina y desgarrada conciencia religiosa: ¿cómo tratar con los asesinos de su hijo? La sociedad, necesitada de luz, esperanza y claridad, aguarda su respuesta. No se cuál será, pero le pido: haz que esto dure.

Las mentiras

Ricardo Alemán (@RicardoAlemanMx)
Excélsior

• La verdadera guerra contra Calderón es político electoral.

• El verdadero saldo de esa guerra no será en vidas, sino en votos


Vamos a suponer que el gobierno de Felipe Calderón es —como lo creen no pocos ciudadanos—, el peor de la historia.

Vamos a imaginar que Calderón es culpable de las 40 mil muertes que le acreditan sus malquerientes y que, por esa razón, debe ser llevado al patíbulo de la historia por su culpa en el “moderno holocausto”.

Y vamos a creer —por un momento—, que todo lo hecho por Calderón en la lucha contra el crimen, es una torpeza que amerita la caída del segundo presidente del PAN.

Si todo eso fuera cierto, no sólo viviríamos una crisis política, económica y social, peor que la vivida en el gobierno de Miguel de la Madrid —1982-1988—, o en el “error de diciembre” de Ernesto Zedillo —1994-2000—, sino un México parecido al del PRI autoritario, sin alternancia, pluralidad y democracia. ¿Por qué?

Porque es falsa buena parte de la retórica escrita en torno a la culpa de Calderón en el fracaso de la lucha contra el crimen organizado y el narcotráfico. Y por supuesto que abundará el insulto y la difamación sin argumentos de los que idolatran la intolerancia, —y no faltarán los que sin una sola prueba hablarán de la compra de conciencias—, pero lo cierto es que buena parte de la sociedad mexicana se ha tragado completa, sin digerir y sin saber lo que traga, las mentiras en torno a la guerra contra el crimen.

Van las mentiras.

1.- ¿Es responsable Calderón de las casi 40 mil muertes de la lucha contra el crimen?

Falso. Más de 80% de esas muertes se han producido por el choque entre bandas criminales.

Es decir, se matan entre sí por la disputa de plazas y rutas. Casi 10% son muertes de policías, militares y marinos —asesinados por los criminales—, y el resto son los ofensivos “daños colaterales”; además de crímenes producto de secuestros o venganzas, como el caso Sicilia.

2.- ¿Es culpa de Calderón no investigar esas 40 mil muertes, no localizar a los responsables y no castigarlos?

Falso. En más de 90% de los casos el delito de origen —el homicidio—, es del fuero común, cuya investigación, persecución de los responsables y castigo, compete a los gobiernos estatales.

Todos saben que alcaldes y gobernadores —del partido que se quiera—, no hacen nada, y que se amparan con el argumento de que las peleas entre las bandas criminales, además del secuestro, extorsión, venta y distribución de drogas, son delitos federales.

3.- ¿Es cierto que han muerto 40 mil mexicanos inocentes?

Falso. Más de 90% de los muertos en la llamada “guerra contra el crimen”, son criminales, sicarios, matones y matarifes. Son delincuentes que decidieron su vida al margen de la ley —con el riesgo de muerte que ello implica—, por los que —salvo el dolor respetable de sus familiares—, seguramente pocos ciudadanos derramarían una lágrima.

¿Cuántos ciudadanos de buena fe —sin contar a los farsantes que sólo buscan renta político electoral—, de los que acudieron a la Manifestación por la Paz, expresaría una condolencia por uno de esos criminales, narcotraficantes, violadores, secuestradores, sicarios, matarifes, pozoleros?

4.-¿Es cierto que es fallida la estrategia del Estado contra el crimen?

Falso, porque en tanto Presidente, en tanto jefe del Ejecutivo, Felipe Calderón es sólo una parte del Estado, no es el Estado. En efecto, es el Presidente, pero no es el “Jefe Máximo”. No tiene el poder que tenían los presidentes priistas de antaño, que eran dueños de gobernadores, alcaldías, policías estatales y municipales.

En todo caso, es fallida la estrategia de una parte del gobierno, porque sus distintas instancias no han sido capaces de un trabajo eficaz y en equipo.

5.-¿ Calderón es culpable de todo?

Falso, Calderón no es el jefe de los gobernadores, no es el jefe de las policías estatales, no es el jefe de las policías municipales, no es el jefe de los penales estatales, no es el jefe de los Congresos locales, no es el jefe del Poder Judicial local; no es el jefe de los ministerios públicos —ni locales ni federales—; Calderón no manda en el Poder Judicial, y tampoco da órdenes en el Poder Legislativo.

No manda en la Corte y tampoco en la Judicatura; tampoco manda en el Congreso.

Calderón no manda en los partidos, y apenas y más o menos tiene control en su propio instituto político. Es culpable, en todo caso, de haber declarado una guerra que viene de lejos y que ningún Presidente, gobernador o alcalde se había atrevido a enfrentar.

6.-¿ Calderón desató al avispero al emprender la persecución contra el crimen organizado y el narcotráfico?

Falso. El argumento se derrumba con sólo apelar a su profundo cinismo. Es decir, señalar que Calderón es culpable por destapar la cloaca del crimen, es igual a reconocer que todos los presidentes anteriores, los gobernadores y alcaldes, los tres órdenes de gobierno y los tres Poderes de la Unión, vivían sobre un barril de pólvora, y que la culpa de que estallara es de quien hizo ver esa realidad, no de quienes por décadas la fomentaron.

7.- ¿Es cierto que con el gobierno de Calderón llegaron la violencia y el crimen?

Falso. En este caso también rebosa el cinismo. ¿Desde hace cuantos años el crimen organizado y el narcotráfico se enseñoreó en estados como Sinaloa, Tamaulipas, Chihuahua, Durango, Michoacán..?, y muy poco o nada hacían los respectivos gobiernos del PRI.

Más aún, ¿cuantos gobernadores tricolores eran los jefes de las bandas? La escalada criminal, la organización de las bandas, su multiplicación y las peleas entre los propios capos, son procesos que llevan años. Y durante años nadie hizo nada, todos voltearon a otro lado.

8.-¿De nada sirve la captura de los grandes capos de la mafia, del crimen y del narcotráfico?

Dicen los detractores de Calderón que no sirve de nada capturar o eliminar a los grandes jefes del crimen, porque como la hidra, las bandas se regeneran y sus cabezas reaparecen.

Es cierto que debajo de cada banca criminal, de cada plaza y de cada grupo, existe una estructura organizativa. Pero la caída de los jefes o de sus cabezas es un mensaje fundamental contra la impunidad. Y negar el valor de sus captura, es igual a decir que todo México está de duelo por la muerte de miles de delincuentes.

Sin duda que Felipe Calderón ha cometido muchos errores, que su gobierno puede ser severamente cuestionado por muchos flancos, pero nadie puede ignorar que la mayor guerra a la que se enfrenta es política y electoral. Y los que están detrás de la exaltación del fracaso de Calderón, son los que han propalado buena parte de las mentiras, saben que el verdadero saldo de esa guerra no será en vidas, sino que se traducirán en votos. Y si no, al tiempo.

A los canallas hay que neutralizarlos; y ya...

Román Revueltas Retes
revueltas@mac.com
La Semana de Román Revueltas Retes
Milenio

Si el gobierno renunciara a su estrategia contra los criminales, los canallas no desaparecerían automáticamente. Esto hay que saberlo. Y si en un arranque de humanismo desinteresado dedicara todos sus esfuerzos a atender a los jóvenes y a promover la justicia social, entonces los resultados no los veríamos ahora mismo, sino en años, porque los delincuentes ya están ahí.

[Ilustración: Jorge Dan López/Reuters]

Ilustración: Jorge Dan López/Reuters

Llevamos décadas enteras reclamando lo mismo: bienestar, justicia social, empleos, igualdad, educación, etcétera, etcétera. Los años pasan, sin embargo, y no se consuman los cambios que pudieran atemperar un poco esas exigencias de siempre. Es más, ahora denunciamos, con particular ferocidad, que la “pobreza ha crecido”, que la “clase media ha dejado de existir” y que el “neoliberalismo ha devastado la economía nacional”. En todo caso, es indudable que vivimos en un país de bajos salarios, flagrantes desequilibrios sociales y pocas oportunidades de crecimiento. Al mismo tiempo, una parte de México se desarrolla fuertemente: es incontestable la realidad de una nación que exporta manufacturas, que intercambia una colosal cantidad de bienes y servicios con la primera potencia económica del mundo y que atrae inversiones como nunca antes en su historia. El problema más evidente, entonces, no sería el persistente subdesarrollo de la sociedad mexicana sino la existencia de un país que funciona a varias velocidades: a pesar de la trillada acusación de que vivimos atenazados por la pobreza, en México hay también millones de personas que compran coches, que tienen casa propia y que viajan en avión.

Ahora bien, las preocupaciones sobre la economía han dejado de tener una importancia primera en la agenda de los ciudadanos y lo que más les inquieta, en estos momentos, es el tema de la seguridad. Y no es una casualidad que un país socialmente desigual se convierta en un lugar inseguro para todos sus habitantes, ricos y pobres, aunque la relación entre pobreza y delincuencia no pueda ser establecida de manera terminante. El asunto es muy complejo y tiene que ver con la educación, la trasmisión de valores en la sociedad, los niveles generales de corrupción y otras muchas cuestiones. Con todo, hay señales de alarma muy visibles: muchos jóvenes carecen de futuro y oportunidades; serían, por lo que parece, los primeros candidatos para engrosar las filas de las organizaciones criminales. Es también indudable la descomposición moral de un país azotado, prácticamente desde sus orígenes, por prácticas deshonestas.

Vemos así que la exigencia de seguridad formulada, por ejemplo, en la marcha ciudadana encabezada por Javier Sicilia adquiere, de pronto, un elemento decididamente social: en esencia, se pide que el Gobierno abandone la “violencia” y se ocupe de educar a sus ciudadanos, de brindarles atención, de ofrecerles oportunidades o de fomentar la cohesión social. Cosas, todas ellas, muy deseables. Y muy encomiables. Pero, mientras tanto ¿qué hacer con los delincuentes que ya están ahí? Esta parte de la ecuación necesita ser también considerada porque, querámoslo o no, nos encontramos en una especie de camino sin retorno posible: llegado un momento en el desarrollo particular de ciertos individuos, la única alternativa para gestionar el impacto que tienen en la sociedad es la represión, dicho esto en el sentido más legal de la palabra. Podríamos tal vez reconocer que los sujetos antisociales fueron, en sus orígenes, víctimas de injusticias y maltratos; esta constatación, sin embargo, es casi irrelevante a partir del momento en que se dedican a perpetrar pavorosas atrocidades. La urgencia, ahí, no es ya la posible rehabilitación de una persona sino la mera neutralización de un asesino que representa un escalofriante peligro para todos los demás.

Si el Gobierno de Calderón renunciara a proseguir su estrategia de acoso y derribo de las organizaciones criminales, los canallas no desaparecerían automáticamente del mapa. Esto hay que saberlo. Y si, en un ejemplar arranque de humanismo compasivo y desinteresado, dedicara todos sus esfuerzos a atender a los jóvenes y a promover la justicia social, entonces los resultados no los veríamos ahora mismo —en unas semanas o unos meses— sino a mediano plazo, dentro de varios años. ¿Qué pedimos, en estos momentos precisos? ¿Seguridad? Sí, eso pedimos. Pero es demasiado tarde, creo yo, como para que tengamos beneficios inmediatos. Lo repito, los delincuentes ya están ahí.

Hay algo más: si fuera cierto —lo que está por verse— que la guerra del Gobierno federal está siendo contraproducente (por aquello de “agitar el avispero”), el hecho mismo de que los resultados sean tan cruentos sería la prueba de que existe un mal que debe ser atacado.

Es cierto que la seguridad pasa por lo social. El problema es que a estas alturas hay que aplicar, antes que nada, una terapia de shock. Luego ya nos ocuparemos de medir los resultados de los clubes de ajedrez.