junio 12, 2011

'La Jornada' vs. 'Letras Libres'

Enrique Krauze
Reforma

La Suprema Corte de Justicia de la Nación ha atraído un caso de relevancia para el futuro de la libertad de expresión en México. Se trata de un conflicto entre el periódico La Jornada, dirigido por Carmen Lira, y la revista que dirijo, Letras Libres. La materia del litigio (que ha llevado más de siete años en los tribunales) es un artículo titulado "Cómplices del terror", publicado en Letras Libres (marzo 2004) y escrito por el entonces subdirector Fernando García Ramírez. El texto denunciaba el tratamiento de La Jornada en torno a la organización terrorista ETA.

Estos son sus antecedentes. El 30 de enero de ese año, el juez de la Audiencia Nacional Española, Baltasar Garzón, se había presentado en el Reclusorio Norte de la Ciudad de México para asistir a la ampliación de la declaración en el proceso de extradición de seis detenidos vascos, acusados de pertenecer a ETA. Ante la cobertura de esos hechos por parte de La Jornada, Garzón publicó una carta en la que acusaba al diario "de manipulación informativa" y comentaba: "me preocupa que presenten como paladín de la libertad y de la dignidad restaurada a una organización terrorista que tantas muertes ha causado y que tanto dolor ha llevado y lleva a muchos hogares españoles y de otras nacionalidades". El señalamiento del juez Baltasar Garzón fue muy claro: la dignidad de una sociedad se alcanza cumpliendo la ley "y no mintiéndole al pueblo como ustedes han hecho" (La Jornada, 31 de enero de 2004).

Siete años atrás, el filósofo Fernando Savater se había quejado en términos similares de un reportaje sobre ETA publicado en La Jornada: "Es difícil encontrar una celebración más partidista y mendaz de un País Vasco afortunadamente imaginario y de un terrorismo desgraciadamente real que la realizada en estas páginas". Savater encontraba que en ese reportaje "se vierten impunemente absurdas vilezas contra al menos dos de los asesinados por ETA, repitiendo los criterios de quienes instigaron tales crímenes como si tuvieran la mínima verosimilitud o legitimidad moral" (La Jornada Semanal, 13 de junio de 1997).

Además de estos hechos, a García Ramírez le llamó la atención la noticia aparecida en el diario español La Insignia (5 noviembre de 2002) en el sentido de que el diario Gara -cercano a la organización Batasuna, brazo político de ETA- había firmado un acuerdo de colaboración con La Jornada. Se preguntó por qué, si La Jornada había dado a conocer los acuerdos firmados con The Independent y Le Monde, optó en cambio por no hacer público su convenio con Gara. Esos y otros elementos (como el hecho público de que Josetxo Zaldúa, Coordinador General de Información de La Jornada, tuviese dos procesos abiertos por terrorismo en España) le parecieron suficientes para escribir su artículo. El texto puede verse en el sitio de Letras Libres (www.letraslibres.com) y directamente en http://www.letraslibres.com/index.php?art=9458.

Considerándose agraviada por el señalamiento de complicidad con ETA, en agosto de 2004 La Jornada presentó una demanda penal por calumnia en contra de Fernando García Ramírez, y otra demanda civil por daño moral en contra de la casa editora de la revista Letras Libres. A partir de entonces, un grueso expediente se fue integrando con las sucesivas sentencias y amparos en cada una de las instancias judiciales. En enero de 2011 la Suprema Corte de Justicia decidió atraer el caso.

En los últimos años, la Corte ha tenido la última palabra en varios conflictos sobre libertad de expresión, querellas entre particulares, entre autoridades y particulares, y entre medios y autoridades. En todos ellos ha protegido la libertad de expresión. Ahora, con el caso de La Jornada contra Letras Libres, la Corte atrae por primera vez un conflicto entre dos medios de comunicación. En última instancia, La Jornada ha esgrimido el sorprendente argumento de que la Ley de Imprenta vigente le parece insuficientemente restrictiva con respecto a la libertad de expresión. Sin embargo, en un litigio reciente con el Colegio Green Hills, La Jornada fundamentó su defensa en la misma ley que ahora quisiera limitar o poner en entredicho, y con ello logró el fallo positivo de la Suprema Corte. La contradicción es evidente: La Jornada no está dispuesta a conceder a otros medios la libertad que ella misma reclama y que ostensiblemente se toma.

Como puede comprobarse en Internet (por ejemplo a través de Google, con las tres palabras Cómplice La Jornada), ese diario se ha referido infinidad de ocasiones a personas físicas y morales, directa o indirectamente, con el cargo de "Cómplice". Y debo agregar con pena que, en mi caso, la libertad de que hace uso La Jornada ha llegado al extremo de insultarme repetidamente con alusiones antisemitas que no se veían en México -menos aún en órganos de izquierda- desde tiempos de los panfletos filonazis.

El conflicto entre Letras Libres y La Jornada no sólo atañe a la libertad de expresión sino, de manera específica, a otro tema central para la democracia en México: el tema de la transparencia. La prensa ha sido llamada un cuarto poder desde el siglo XVIII, y en el siglo XX aumentó la conciencia de que debe ser -como los otros tres poderes- un poder responsable y transparente. Dejando a un lado la cuestión de si es legal o debe serlo publicar contenidos que simpatizan con los de una banda terrorista, lo menos que se puede exigir a un medio es transparencia: una cosa es publicar esos contenidos, y otra ocultar su origen y editorializarlos como afirmaciones del periódico.

En Letras Libres tenemos la convicción de que los periodistas y los medios de comunicación (impresos, en este caso) juegan un papel central en la construcción de la democracia y para ello deben gozar de la más amplia libertad de expresión, incluso si esta se usa por uno para criticar al otro o para pedirle transparencia.

Cualquiera que sea el desenlace de este largo y penoso conflicto, sobra decir que la revista Letras Libres se allanará a la sentencia. Si gana, tenderá la mano a La Jornada para convivir en el espacio público en un marco de pluralidad y respeto. Si pierde, espera que La Jornada actúe en el mismo sentido.

Juan Camilo vs. Josefina, otra vez

Pascal Beltrán del Río (@beltrandelriomx)
Bitácora del director
Excélsior

Más que a Creel, a quien realmente parece temer el grupo que reclama la herencia de Mouriño es a Vázquez Mota.

El martes 8 de abril de 2008, comí con el entonces secretario de Gobernación Juan Camilo Mouriño en el restaurante Mesón de Puerto Chico, a un costado del Monumento a la Revolución.

La iniciativa de reforma energética del presidente Calderón estaba a punto de llegar al Senado de la República. Platicábamos sobre los efectos de la exhibición, el 24 de febrero anterior, de los documentos que daban cuenta de contratos entre las empresas de su familia y Pemex, y que llevaban estampada su firma, en tiempos en que él era diputado federal.

Mouriño pidió un ron y yo, un tequila. El celular del secretario no dejaba se sonar. Apenado por las interrupciones, me confió que la iniciativa se enviaría horas después al Senado. Bromeando, le dije que nomás faltaba que un secretario de Gobernación no tuviera cosas que hacer.

Recuerdo que, entre sorbo y sorbo de su cuba de Matusalem Platino, Mouriño tomó la llamada de muchos funcionarios. Me acuerdo claramente de las de la secretaria Georgina Kessel y del subsecretario Cuauhtémoc Cardona, pero hubo muchas otras.

Se notaba la importancia del momento, que la iniciativa era uno de los movimientos de piezas más importantes en el ajedrez político de esos días de principios de sexenio. Me daba la impresión de que cada miembro del gabinete tenía una tarea encomendada en torno de la reforma y todos empujaban como un equipo de rugby a la hora del scrum. Cada vez que sonaba el celular, Mouriño tenía la confianza de decir, “perdón, me llama fulano”, incluso cuando le llegó una comunicación del Presidente, la única por la que se levantó de la mesa. Poco después vino otra. El secretario miró la pantalla del teléfono y dijo con un evidente desdén: “Ah, es Josefina… ella puede esperar”.

Desde su inclusión en la campaña del entonces candidato presidencial panista Felipe Calderón, Josefina Vázquez Mota fue vista como un elemento ajeno en el equipo compacto que seguía a Calderón y en el que estaban Juan Camilo Mouriño, Ernesto Cordero, Alejandra Sota, Max Cortázar, César Nava, Jordy Herrera y algunos más.

De pronto, la coordinación de la campaña tenía dos cabezas visibles para los medios: Mouriño y Vázquez Mota. Para sortear las diferencias, el candidato encargó al primero la organización hacia adentro y a la segunda dar la cara por el grupo hacia fuera. Pero eso no terminó con la competencia entre ambos, que culminó en un visible encono.

En su espléndido perfil sobre la actual coordinadora del PAN en la Cámara de Diputados —incluida en el libro Los suspirantes 2012—, el avezado periodista Guillermo Osorno captura aquel momento en palabras de Vázquez Mota: “De pronto llegué y pensé que (la incorporación) se iba a resolver más fácil. Pero no fue un proceso sencillo. Realmente de mi parte no hubo animadversión. No había tiempo para eso, no para mí”.

A la hora de la integración del gabinete calderonista, el poder de Mouriño sobrepasó por mucho al de Vázquez Mota. Como jefe de la Oficina de la Presidencia, primero, y luego como secretario de Gobernación, Juan Camilo demostró ser el hombre de confianza de Felipe Calderón, al punto de que poco antes de su muerte, en noviembre de 2008, se le veía como el hombre al que el Presidente eventualmente promovería para sucederlo en el lejanísimo 2012.

Tras de la muerte de Mouriño, por ésta y/o por otras razones, el equipo presidencial perdió el engrudo que lo mantenía cohesionado. Sin embargo, para buena parte del equipo original, quien tiene los tamaños para mantener vigente el espíritu del calderonismo es Cordero, a quien apoya abiertamente como sucesor, en particular desde que el Presidente dispuso que el secretario de Hacienda fuera el orador del acto que congregó a cerca de dos mil delegados del gobierno federal, el pasado 13 de mayo.

Las aspiraciones presidenciales de Cordero se fortalecieron también a raíz de que en una cena en casa del secretario del Trabajo, Javier Lozano, tres miembros del gabinete —él mismo, Ernesto Cordero y Alonso Lujambio— acordaron no presentar un frente desunido ante el senador Santiago Creel y la diputada Vázquez Mota, quienes marchan al frente de ellos en todas las encuestas que miden la preferencia de los electores panistas y no panistas.

Y luego, mediante la filtración de una carta, el 26 de mayo, en que más de un centenar de personalidades ligadas a Acción Nacional, entre ellas varios miembros de la familia Mouriño, apoyaban las aspiraciones presidenciales del secretario de Hacienda.

De no cambiar ese curso, de no impactar negativamente en el ánimo del calderonismo las polémicas declaraciones de Cordero sobre la economía del país, parece un hecho que veremos en la contienda interna panista del 13 de febrero la reedición de un viejo duelo: Vázquez Mota contra Mouriño, representado por Ernesto Cordero.

No soy el único en verlo así. Quienes tienen en su messenger de BlackBerry a algunos integrantes del grupo compacto original del calderonismo habrán visto aparecer, en días recientes, una interesante foto en el cuadro donde los usuarios generalmente colocan su propia imagen: es una foto en blanco y negro, seguramente tomada de algún periódico, donde Cordero susurra algo al oído de Mouriño.

Más que a Creel, a quien realmente parece temer el grupo que reclama la herencia de Mouriño es a Vázquez Mota. El apoyo electoral a la coordinadora de los diputados panistas ha ido creciendo entre los miembros y adherentes del PAN, quienes serán los que elijan en febrero entrante al abanderado presidencial del partido.

La semana pasada, la ex secretaria de Desarrollo Social y de Educación mostró a los medios los resultados de dos encuestas que dan cuenta de ese crecimiento.

Cuando la cuestioné sobre su cercanía con el Presidente —en la entrevista que se publicará mañana en Excélsior y se transmitirá por nuestra televisora hermana CadenaTres—, Vázquez Mota me dijo que tenía claro que ella no era parte de aquel grupo de colaboradores cercanos que han acompañado al Presidente desde hace más de una década.

“Yo llego por otra ruta a la vida del Presidente. Tengo claro que él ya tenía este círculo con el que compartía amistades y momentos de mucha intimidad, y yo llego como parte de su equipo, pero con otra historia. Sin embargo, siempre hemos estado cerca”.

No cabe duda de que es mucho a lo que se enfrenta Vázquez Mota en su ruta hacia Los Pinos: ninguna candidata presidencial ha tenido más de 2.7% de los votos; nadie ha logrado llegar a la Presidencia de la República directamente desde la Cámara de Diputados mediante una elección, y la última vez que alguien que fue secretario de Estado en dos sexenios diferentes buscó la Presidencia, fue derrotado (Francisco Labastida).

Josefina tampoco trae un gran apoyo en la estructura formal del partido: solamente el dirigente estatal del PAN en Yucatán, Hugo Sánchez Camargo, así como la coordinadora de los diputados locales de Acción Nacional en esa entidad, Magaly Cruz Nucamendi, parecen estar firmemente de su lado. Por tanto, sería difícil que el equipo de Vázquez Mota elaborara una carta de adhesiones tan llamativa como la de Cordero, con todo y que recientemente anunció que los primeros dos panistas en alcanzar una gubernatura, Ernesto Ruffo y Carlos Medina Placencia, están en su equipo.

Y sin embargo, Josefina va. Me aseguró que estará en la boleta de la elección interna del 13 de febrero y me dijo que quiere ser “la preferida de los panistas y los ciudadanos”, una expresión con la que pretende tomar distancia de Cordero, visto como el favorito de Los Pinos.

Sólo faltan ocho meses para saber si a Vázquez Mota le dio para convertirse en la primera mujer que llega a una elección presidencial por la derecha —ya fue la primera secretaria de Desarrollo Social y de Educación— o si Juan Camilo Mouriño tiene la estirpe del Cid Campeador.

El secretario idiota... ¿de veras?

Román Revueltas Retes
revueltas@mac.com
La semana de Román Revueltas Retes
Milenio

Tenemos claro que una noticia se coloca en el mercado a punta de encabezados provocadores. Pero en el caso del titular de Hacienda, quien está expuesto al ser el precandidato de su partido, los medios están siendo demasiado abusivos y demasiado soberbios. No se trata de practicar el periodismo servil de los viejos tiempos, pero no les vendría mal un poco más de cuidado.

Una de las más dudosas prácticas del periodismo escrito es la facultad que tienen los “editores” (no tiene ya remedio el uso de este palabro en estos pagos avasallados por el inglés y poblados de súbditos que adoptan alegremente cuanta expresión, término o modismo provenga del vecino país: el día en que volvamos a tener ministerios en vez de “secretarías”, jefes de redacción en lugar de “editores”, “tarjetas de embarque” por “pases de abordar” e instalaciones en vez “facilidades” —esta última permuta, particularmente horrorosa e imbécil, no es muy corriente pero, ustedes ya verán, pasará poco tiempo y se incorporará plenamente al habla usual—, el día, lo juro por mi whisky favorito que es uno de escocia —el whiskey de Kentucky [el bourbon, es decir] no lo acostumbro— y, ya que en eso andamos, al que no hay que llamar “escocés” [scotch] ]sino así, whisky [y, desde luego, no güisqui porque tampoco hay que exagerar], el día, repito por tercera o cuarta vez, que nuestros politicastros proclamen solemnemente la instauración de ministerios y alcaldías mayores, ese día —termino ya— me declaro nacionalista-revolucionario de adopción y, de paso, cambio de bando y me paso a las izquierdas —pero mientras eso no ocurra sigo como estoy—), una de las más dudosas prácticas del periodismo escrito —prosigo, finalmente, luego de tan farragosa digresión, amables y pacientes lectores— es la de poner a las noticias titulares deliberadamente llamativos y provocadores (esto, en sí mismo no estaría tan mal: el problema es que terminan siendo, por ello, mentirosos, embusteros y abusivos).

He olvidado ya los detalles de aquello de que la pobreza era un “mito genial” pero, eso sí, creo recordar que don Pedro Aspe —un señor muy capaz que sabía lo que hacía y, estoy seguro, sabía también lo que decía— nunca profirió las cosas de esa forma. De la misma manera, Ernesto Cordero —el actual secretario (“secretary”, of course) de Hacienda— a lo mejor ha tenido por ahí algún derrape, pero consignar reiteradamente sus declaraciones fuera de contexto y hacerlo aparecer como un perfecto cretino ya no es brindar información a la gente —fin último de los medios de prensa— sino editorializar, es decir, presentar las cosas de manera sesgada.

El tipo es uno de los precandidatos de su partido. Supongo que a alguna gente le interesará, desde ya, ir minando sus posibilidades. El asunto, sin embargo, va más allá de una posible, o supuesta, campaña de descrédito dirigida contra de un individuo particular. Después de todo, ésas son las reglas del juego: si te metes a la arena, sabes que estarás plenamente expuesto —de tiempo completo, por así decirlo— y que no habrá declaración, anécdota o episodio que dejará de ser mirado con lupa. Lo importante es lo otro: me parece escandaloso, por decirlo de alguna manera, no encontrar en el texto de una nota periodística las palabras tal y como aparecen (generalmente de forma desventajosa y poco benigna para el interesado) en los titulares.

Una persona que dice, textualmente, “México no es pobre, los que son pobres son los mexicanos”, está lanzando un insolente desafío al sentido común y ganándose, merecidamente, toda clase de descalificaciones y denuestos. Pero si, luego de caer en la celada que te hace espulgar una crónica para descubrir al autor del desatino y, tras revisar minuciosamente el escrito, no encontrar en ninguna parte la declaración formulada así, tal cual, entonces no puedes aceptar, de ninguna manera, que lo que queda de la noticia es precisamente eso, la declaración imprudente y tonta siendo que, en realidad, las cosas nunca fueron dichas así.

Nosotros vendemos un producto, desde luego. Y, una noticia se coloca en el mercado a punta de encabezados provocadores. Te lo enseñan en todas las escuelas de periodismo. Pero los medios estamos siendo ya demasiado abusivos y demasiado soberbios. No se trata, naturalmente, de practicar el periodismo servil de los viejos tiempos. No nos vendría mal, sin embargo, un poco más de cuidado. Y de decencia, diría yo.