julio 25, 2011

PRI: elecciones internas

Rubén Aguilar Valenzuela (@RubenAguilar)

El senador Manlio Fabio Beltrones ha dejado muy claro que desea competir por la candidatura de su partido para participar en la elección presidencial del 2012. Ha propuesto que el representante del PRI debería surgir de una elección interna.

A un partido que por 70 años su candidato fue elegido por el Presidente en funciones por la práctica del dedazo, que aseguraba como candidato al favorito del gobernante, le resultan extraños los métodos de participación democrática para elegir a sus candidatos.

En el 2006, primera elección que participó sin tener en sus manos la Presidencia de la República y poner en marcha el viejo mecanismo de la designación presidencial, optó por la candidatura única para evitar conflictos. Todos conocemos el resultado.

La propuesta de Beltrones sería algo obvio en un partido de tradición democrática, pero no en uno de carácter vertical y autoritario, como ha sido el PRI. Él está en su derecho de luchar para que se establezca un mecanismo que le permita competir. Ya verá si gana o pierde.

A la propuesta del Senador, de inmediato salieron detractores al interior. Son quienes en el PRI se niegan o desconfían de la democracia. No se saben manejar en ella. Les estorba. Beltrones les salió al paso señalándolos como representantes del pasado.

El PRI debería garantizar -lo hacen todos los partidos que se dicen democráticos- las contiendas internas para elegir a sus candidatos en los puestos de elección popular. El tema debería dejar de ser una discusión coyuntural para convertirse en una norma del partido.

Integrar las elecciones internas como parte de la selección de sus candidatos sería una muestra real, contundente, de que algo está cambiando en el PRI y, sin duda, lo legitimaría frente a la ciudadanía pero también, cosa no menor, de cara a sus miembros.

La democracia es más difícil de gestionar que los procesos discrecionales centralizados, pero es la mejor manera de resolver en el mediano y largo plazo la disputa por el poder al interior de un partido. Impide o reduce los personalismos, además de que los grupos se perpetúen.

Este mecanismo permite también que los que quieran obtener un cargo de elección popular se vean obligados a hacer público lo que piensan y a demostrar sus capacidades. Actúa como un filtro para que sólo avancen los mejores. Los que participan no pueden esconderse en el silencio perverso de los spots.

El senador Beltrones, en la búsqueda de la candidatura, se ha convertido en un modernizador de su partido. Si logra que se instauren las elecciones internas, le estará haciendo un gran servicio al PRI y también al país. Sería el fin de las tradicionales cargadas, tan propias del priísmo de antes y pareciera también que del de ahora.



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Mientras no seamos justos no los podemos matar

Román Revueltas Retes
revueltas@mac.com
Interludio
Milenio

Cada vez que consigno (como si uno pudiera pasar de largo) las atrocidades que perpetran los canallas en este país, recibo mensajes de lectores que exigen airadamente la instauración de la pena de muerte.

Y sí, en efecto, hay gente que no merece vivir o, en todo caso, que debería de ser totalmente neutralizada. La prisión perpetua bastaría para sacar de la circulación a los malnacidos —digo, siempre y cuando las condiciones de detención no facilitaran, como ahora ocurre, la flagrante comisión de delitos desde las entrañas mismas de la cárcel— pero inclusive si se pudiera aislar eficazmente a los criminales mucha gente opina que no hay tampoco por qué mantener a esos tipos de por vida con nuestros impuestos.

No se comienza a construir la casa desde el tejado, sin embargo. Y si la primerísima asignatura pendiente que tenemos es el establecimiento de un sistema de justicia mínimamente efectivo, la posibilidad de que la pena capital pueda ser aplicada a personas inocentes es lo suficientemente perturbadora como para que, antes de siquiera pensar en la silla eléctrica, nos dediquemos primero a limpiar la podredumbre de nuestro aparato judicial.

Se supone que la pena de muerte es el castigo más tremendo. Hace apenas doscientos años, en los tiempos de la justicia bárbara y cruel, a los acusados de un delito grave no sólo se les mataba sino que se les martirizaba en la plaza pública. No podemos volver a esas prácticas en las sociedades civilizadas. Pero, aunque esta parezca una afirmación escandalosa, la simple eliminación de los individuos antisociales —por causa de salud pública y, sobre todo, para protección de la gente de bien— sería una razón de peso para considerar la aplicación de la pena máxima. No estaríamos hablando entonces de un castigo sino de la necesaria depuración de la sociedad. Curiosamente, es un argumento que casi no aparece en las discusiones y los debates: hablamos de moral; habría que hablar, creo, de salud, de la salubridad que requiere un organismo, nuestro cuerpo social, para sobrevivir. Pero, de nuevo, lo primero es lo primero: recomponer, desde sus cimientos, a la justicia mexicana. Luego, si quieren, hablamos del otro tema.