septiembre 18, 2011

Las vegas, Oaxaca

Jaime Sánchez Susarrey
Reforma

A la luz de lo que Las Vegas es hoy, sería absurdo negar que el desarrollo de casinos, hoteles y centros comerciales en Nevada fue fundamental en la economía y generación de empleos

Lázaro Cárdenas prohibió el juego en los años treinta. Su argumento derramaba moralina: los casinos son un "foco de atracción de vicios, mafia y explotación por parte de apostadores profesionales".

El decreto en cuestión no explicaba a qué vicios se refería: ¿el juego?, ¿el alcohol? Y mucho menos precisaba el término de explotación. Cuando alguien se sienta en una mesa a jugar blackjack puede ser timado, pero no explotado.

La condenación del juego como un vicio es una generalización inaceptable. Porque ni todos los jugadores son viciosos (compulsivos) ni todos los parroquianos de una cantina son alcohólicos. Aunque se pueda dar por descontado que en los casinos y en las cantinas siempre habrá jugadores compulsivos y alcohólicos.

El Estado, por lo demás, no tiene por qué reglamentar o prohibir a los ciudadanos el ejercicio de su libertad y la elección del exceso que mejor les acomode. Cada individuo tiene derecho a hacer lo que mejor considere, siempre y cuando no perjudique o lesione a otra persona.

Pero además, la historia está plagada de grandes personajes alcohólicos, como Malcolm Lowry, autor de Bajo el volcán, de jugadores empedernidos, como Dostoievsky, y de grandes bebedores -por decirlo suavemente-, como Winston Churchill, que salvó al mundo de la victoria de Hitler -que por cierto no bebía ni fumaba-.

En ese sentido, no sobra recordar la sentencia de William Blake, guía espiritual de los Doors y en particular de Jim Morrison: "el camino de los excesos conduce al Palacio de la sabiduría".

La función de las autoridades en el caso del juego no es prohibir los casinos, sino garantizar que los jugadores no sean timados, es decir, que no haya trampas. De hecho, eso es lo que hace la Secretaría de Gobernación cuando aprueba y sujeta a reglamento la celebración de sorteos.

Piénsese, por ejemplo, en el famoso sorteo del Instituto Tecnológico de Monterrey o en la Lotería Nacional para la beneficencia pública y... de la maestra Gordillo.

La contradicción, por lo demás, sería flagrante: ¿por qué prohibir a los particulares instalar casinos cuando el Estado se faculta a sí mismo para organizar la lotería nacional? ¿O acaso la lotería no es un juego donde se apuesta y el azar decide quien gana?

Quienes proponen la prohibición de los casinos, particularmente después de lo ocurrido en Monterrey, recurren a un argumento adicional. Son lugares, dicen, donde se lava dinero.

Pero todo el mundo sabe que un "lavadero" se puede instalar en cualquier actividad, desde la industria de la construcción a la restaurantera. Así que con semejante criterio habría que prohibir un sinnúmero de actividades económicas.

La solución, en consecuencia, no está en la prohibición de los casinos, sino en controles fiscales en esa rama y otras que sancionen efectivamente el lavado de dinero.

Curiosamente, lo que el caso Royale puso en evidencia es que los casinos son chantajeados por el crimen organizado -el derecho de piso-, por las propias autoridades o por ambos en contubernio.

La historia, por lo demás, no es nueva. La reglamentación excesiva, por ejemplo, de bares y horarios de servicio está diseñada para entorpecer su funcionamiento y, de esa manera, obligarlos a "pagar una mordida" para seguir operando.

Cito un ejemplo ilustrativo. El bar "El Taller" de Luis González de Alba en la Zona Rosa de la Ciudad de México que fue clausurado durante 13 meses por un inspector que constató que no tenía una carta en Braille para los ciegos.

La fe, porque de eso se trata, en que la legislación y la prohibición resuelven los problemas es muy mexicana y políticamente correcta. Al día siguiente de la masacre en Monterrey, varios periodistas sentaron en el banquillo de los acusados a los casinos, no a las autoridades ni a los criminales.

Pero la solución debe ir justamente en sentido contrario. Simplificar y eliminar las ambigüedades en la legislación permitiría suprimir los chantajes y abusos de autoridad.

La historia y la experiencia de la legalización del juego del otro lado de la frontera pueden y deben ser tomadas como referencia. Mientras Miguel Alemán ratificaba la prohibición cardenista en los años cuarenta, en Las Vegas, Nevada, se levantaba el primer casino de lo que se convertiría en un gran emporio.

La película Bugsy, del director Barry Levinson, relata cómo Benjamín Siegel, integrante de la mafia en los años treinta y cuarenta, concibe y emprende la construcción del Flamingo, que se convertiría en la piedra fundacional de Las Vegas.

En la película y en la vida real "Bugsy" pagó con su vida el proyecto de su vida. Pero a la distancia y a la luz de lo que Las Vegas es hoy, sería absurdo negar que el desarrollo de casinos, hoteles y centros comerciales en Nevada tuvo un impacto fundamental en la economía y generación de empleos.

Y algo más importante, el fin de la prohibición del alcohol en los años treinta y el desarrollo de Las Vegas fueron dos factores que contribuyeron al abatimiento de la violencia y a una mutación de las mafias en Estados Unidos.

El sueño y el proyecto de "Bugsy" era justamente transformarse en un hombre público -socialmente hablando- y respetado.

La lección es, pues, muy simple. El desarrollo de un Las Vegas en Michoacán, Oaxaca o cualquier otro estado podría ser, por una parte, una fuente de empleos y riqueza y, por la otra, abriría espacios para que los sectores más civilizados y emprendedores de los cárteles invirtieran sus recursos.

¿Suena demencial? Tal vez, pero ahí están Las Vegas, Nevada, y los mil millones de dólares que, según la revista Forbes, tiene El Chapo de fortuna.