octubre 05, 2011

Steve Jobs











35 menos

Denise Maerker (@Denise_Maerker)
Atando Cabos
El Universal

“En la lucha contra los criminales todo se vale”. Es la máxima que parece estar ganando terreno en estos últimos tiempos. Será por desesperación, por miedo, no lo sé, pero es un hecho que cada vez más personas están dispuestas a que las autoridades, o quien sea, utilice todos los medios necesarios para acabar con este flagelo y más concretamente con estas personas.

El miércoles 21 de septiembre escuché de un hombre culto la expresión de: “¡35 menos!”, se refería, claro, a las 35 personas que fueron asesinadas y cuyos cuerpos fueron esparcidos a plena luz del día en un lugar céntrico de Boca del Río, Veracruz. La implicación era clara, puesto que las autoridades habían declarado el mismo día del hallazgo que se trataba de delincuentes, eran muertes que no había que lamentar ni ameritaban que se escarbara mucho investigando sus historias.

Los días pasan y seguimos sin saber quién mató a los 35, peor aún, desconocemos con certeza la identidad de los muertos. “Por razones de confidencialidad y del sigilo de las investigaciones”, me explicó ayer la vocera del gobierno de Veracruz. Mentira, la verdadera razón de por qué desconocemos con certeza sus identidades es porque ocurren en una sociedad aterrorizada en la que nadie se atreve, con fundadas razones, a hacer lo normal: ir al Semefo, ver quién reclama los cuerpos, entrevistar a los familiares, conocer sus historias. ¿Alguien ha visto al familiar de alguno de estos muertos? Y créame, por muy delincuentes que hubieran podido ser, tenían padres, hermanos y parejas.

Es fácil, o así parece, condenar a la muerte en abstracto a “los malos” cuando se ignora si se trataba de sicarios, narcomenudistas o soplones al servicio de los grupos delincuenciales de la zona. No importa, en la lógica de todo se vale, la pena de muerte es un buen castigo para todos.

Y la tolerancia hacia esas acciones ilegales pero que van “en el buen camino” continúan. Ayer la Marina presentó a 18 policías municipales que presuntamente trabajaban para los criminales y dejó a 19 libres “al no comprobarse vínculos con el cártel de Los Zetas”. Todos esos policías fueron capturados por los marinos desde el 30 de septiembre y sólo tres días después fueron puestos a disposición de un Ministerio Público. Es decir, ahora la Marina se puede quedar tres días con la gente que detiene y se pone a investigar quienes sí y quienes no son narcos. ¡Una minucia! dirán los que piden rigor.

El terror es una salida posible a la situación que vivimos, pero es una muy mala salida. Matar a todos los que están de cerca o de lejos en contacto con delincuentes y a los que se atreviesen en el camino acabaría sin duda imponiendo una situación de tranquilidad, ¿pero es esa la paz que queremos? ¿Estamos dispuestos a ceder nuestras libertades y la aspiración de vivir en una democracia por solucionar, sea como sea, esta crisis que atravesamos? La aniquilación indiscriminada de un grupo no puede ser el cimiento de una sociedad libre. Se trata sí de pensar en una solución pero no sólo para mañana sino para dentro de cinco, diez, 20 y 50 años.

Matar no es la opción porque genera más asesinos. Hacernos de la vista gorda cuando las autoridades violan la Constitución sólo garantiza que después de esta crisis tengamos que luchar durante años por liberarnos del yugo de nuestros libertadores.

No, no son 35 menos, son 35 familias más lastimadas, 35 vidas truncadas, 35 historias que desconocemos y que si ameritaban un castigo por sus actos seguro era diferenciado y no incluía ni la tortura, ni la muerte. No en la sociedad civilizada y con fuertes instituciones, que creo, todos queremos construir.

#OccupyWallStreet (o las nuevas formas de indignarse)

Diego Beas (@diegobeas)
ruta66@diegobeas.com
RUTA 66
Reforma

Las protestas en Wall Street se extienden. Del corazón financiero del sistema a decenas de ciudades a lo largo del país. Crecen y, sobre todo, comienzan a tejer una red. Aunque la protesta inicial del parque Zuccotti en el sur de Manhattan lleva allí casi tres semanas, no fue hasta este fin de semana que la mecha encendió y las protestas se generalizaron.

Lo interesante de #OccupyWallStreet es que forma parte de una cadena de protestas internacionales que se extienden de la plaza de Tahrir en El Cairo al bulevar Rothschild de Tel Aviv, pasando por la madrileña Puerta del Sol. Cada protesta tiene un contexto y unas características propias; pero todas comparten un elemento común: son sociedades politizadas e indignadas que descubren el enorme poder de la esfera pública en red. Es decir, el potencial organizativo y discursivo de nuevas herramientas que cambian la dinámica y la forma en la que se vertebra la relación entre ciudadanía y gobierno.

La protesta en Nueva York fue convocada originalmente por la revista canadiense Adbusters, la aguda y sui generis publicación que lleva años -décadas en realidad- burlándose del mundo corporativo y sus efectos en la cultura. ¿El blanco central de la protesta? Ninguno. Al menos no un catálogo detallado de reivindicaciones. Y en parte, en ello radica su importancia.

Al igual que las protestas que estallaron en España durante la primavera -y que continúan, la semana que viene buscan sacar a la calle a cientos de miles-, las de Nueva York surgen, mucho más que desde una estructura política vertical y centralizada, del enfado ciudadano -horizontal y descentralizado- de cientos de miles de personas que entienden que el business as usual de la política profesional no tiene porque ser más. Entienden que ahora existen mecanismos para, por una parte, exigir una rendición de cuentas real y permanente -es decir, para transparentar las acciones de gobierno-; por otra, para cambiar la forma en la que se toman las decisiones públicas. Quitarle peso a los centros de poder tradicionales y reivindicar lo público como un espacio vital para la toma de decisiones -y el funcionamiento democrático-.

Ahora que la protesta ha cobrado cuerpo y los medios le prestan atención, se especula sobre su agenda, sobre su capacidad organizativa y sobre el efecto que tendrá en la política tradicional -elecciones, políticas concretas, regulaciones, etc.- . Yo diría que por ahora nada de eso importa. El poder de este nuevo tipo de movimiento, sobre todo al comienzo, es mostrar la potencia de las nuevas formas de organización; revelar el hartazgo y la fuerza de la ciudadanía; la posibilidad de confeccionar una estructura eminentemente política sin los dos intermediarios hasta hace muy poco imprescindibles (los políticos profesionales y los medios de comunicación). Correr el velo, en otras palabras, y mostrar la serie de interconexiones políticas ciudadanas que ya existían pero resultaba difícil visualizar (este punto es clave para aquellos que se preguntan por qué algo similar no sucede en países con condiciones sociales mucho peores: porque esas conexiones ni existen ahora ni han existido, es así de sencillo; la tecnología no las crea, simplemente las revela).

El reto para #OccupyWallStreet, como también lo es para el movimiento del 15-M, es mantener el impulso, el ímpetu inicial partiendo de antemano de la convicción de que se trata de una prueba de fondo. De no olvidar que con lo que se ensaya es nada menos que con la regeneración del tejido político mismo.

En el corto plazo hay dos aspectos que me interesan sobre la evolución de la protesta. Por una parte, cómo se medirá ante el Tea Party. Es decir, cómo reaccionará el establishment -los medios, los políticos profesionales, etc.- ante la aparición de un movimiento que intenta apretar las tuercas del sistema desde el ángulo opuesto. El segundo tiene que ver con el efecto que tendrá en el framing de la elección del año que viene. Hasta qué punto obligará a Obama a modificar la forma en la que diagnostica la realidad y construye su discurso.

El resto, por el momento, importa poco. Si la fuerza de la protesta es real y duradera, se abre un nuevo y fascinante capítulo en la política estadounidense.

De Monterrey a Disney

Yuriria Sierra (@YuririaSierra)
Nudo Gordiano
Excélsior

Los archivos violentos de Monterrey se han venido haciendo más y más en los últimos meses. Estas semanas hemos sido testigos de cruentas escenas, donde la sangre fría de los criminales se expuso sin más. No sólo lo del Casino Royale, aunque ése fue, sí, uno de los episodios más trágicos de los que hayamos visto en mucho tiempo, pues fue claramente un acto de narcoterrorismo, sino también el resto de las escenas, violentas todas, que dicen mucho de lo que los enemigos de la autoridad están dispuestos a hacer para mostrarse fuertes.

Cuerpos desmembrados, familias enteras aniquiladas, ayer mismo amanecimos con la historia de una más que fue acribillada en el interior de su hogar; cuatro personas que murieron, incluido un menor de apenas dos años de edad. Pero no fue la primera, hace tres semanas, otra familia de un policía, que supuestamente había participado en la detención e identificación de algunos zetas, también fue asesinada en una ola que en aquel entonces, días cercanos al 15 de septiembre, arrojó cerca de 15 homicidios en menos de 24 horas... Y pensar que hasta hace unos años Monterrey estaba considerada una de las ciudades más seguras de toda Latinoamérica.

Y no sólo Monterrey, también sus zonas aledañas, San Nicolás de los Garza, donde se registran repetidamente actos violentos, asesinados, persecuciones. Sus carreteras, caminos inciertos donde hay secuestros y, sí, también asesinatos.

Nuevo Léon es uno de esos estados que, junto con Tamaulipas, Michoacán, Nayarit, Sinaloa, Guerrero, Chihuahua y otros más, se ha convertido en tierra de nadie, en tierra de guerra, donde los habitantes han tenido que aprender a vivir con miedo, a respirar ese aire que poco les garantiza que al llegar la noche o el día podrán disfrutarlo con una tranquilidad que hoy es parte de un recuerdo y sólo una exigencia.

Una exigencia que encuentra oídos sordos, que no hace eco suficiente en unas autoridades a quienes les basta una conferencia de prensa y el sostén de su palabra como única herramienta para justificar su trabajo, para prometer que las cosas mejorarán.

Y ahí los hemos visto, al mismo presidente municipal de Monterrey, Fernando Larrazabal, primero haciéndose a un lado y, después, defendiéndose y defendiendo también a su hermano en los asuntos que se generaron a raíz del Casino Royale, ni porque en eso iba su credibilidad ante circunstancias tan adversas.

Pero cómo juzgarlo, si quien despacha en la casa de gobierno, a pesar de las circunstancias y por sobre todas las cosas, se da su tiempo para irse a pasear con la familia y dedicarle unos días, no al estudio de nuevas estrategias de combate al crimen, tampoco para el replanteamiento de las acciones realizadas y que poco han logrado... sino, ¡para irse a Disneylandia!

¿Irresponsabilidad? ¿Insensibilidad? ¿Burla? ¿Cómo definir esta postura de Rodrigo Medina? Porque a final de cuentas hay una postura tácita en ese hecho. Y es que si bien entendemos que, además de gobernador, no deja de ser jefe de una familia, sería, indudablemente, un acto de humanidad, de sentido común y, sobre todo, de sensibilidad para con sus gobernados, no dejarse ver en un parque de diversiones durante varios días y menos en un viernes laboral, porque a él se le captó el 23 de septiembre.

Ahí el gobernador, ahí la cabeza de un estado que pide a gritos que su realidad sea distinta... ojalá que, al menos, le dé un abrazo de consuelo Mickey Mouse.

60 años de eternidad

Martín Bonfil Olivera (@martinbonfil65)
mbonfil@unam.mx
La ciencia por gusto
lacienciaporgusto.blogspot.com
Milenio


Hace exactamente 60 años, el 4 de octubre de 1951, Henrietta Lacks, una mujer negra de 31 años, murió de cáncer cervical en el Hospital Johns Hopkins, en Baltimore, Estados Unidos.

Nacida en 1920, hija de granjeros tabacaleros, vivió una infancia de pobreza y trabajo. Tuvo cinco hijos. Antes de morir estuvo sometida a un tratamiento de radiación que no fue efectivo. Su médico tomó una muestra de tejido de su tumor y se lo entregó al especialista George Gey, quien durante años había estado intentando cultivar células humanas en el laboratorio.

Gey descubrió que las células de Henrietta crecían vigorosamente. Por primera vez, había logrado cultivar una línea de células humanas in vitro. La llamó HeLa.

A partir de ahí, las células HeLa han seguido multiplicándose, y han sido utilizadas en una infinidad de investigaciones científicas en todo el mundo. Gracias a ellas se logró obtener la vacuna contra la polio e investigar sobre muchas otras enfermedades. En cierto sentido inquietante, Henrietta —o al menos su tumor— sigue con vida.

Esta historia es bien conocida. Pero no se sabía más sobre Henrietta. Eso cambió drásticamente cuando se publicó La vida inmortal de Henrietta Lacks (Temas de hoy, 2011), libro de la periodista estadunidense Rebecca Skloot. Un reportaje monumental, elaborado a lo largo de más de 10 años, para el que la autora entrevistó a los sobrevivientes de esta historia (hijos de Henrietta, conocidos, parientes, sus doctores, expertos en diversas disciplinas…).

Lo que descubrió es asombroso. Una historia humana, la de la propia Henrietta y sus sentimientos, intereses y su enfrentamiento con el cáncer. La historia de la familia Lacks, sus vidas luego de perder a su madre, su destino y la injusticia que han vivido a lo largo de tantos años.

Porque Skloot revela también que las células fueron obtenidas sin conocimiento ni autorización de Henrietta o su familia, y sin embargo la industria del cultivo de HeLa, que produce millones de dólares en ganancias, jamás compartió un centavo con los descendientes de Henrietta.

Un drama científico pero también muy humano. Una lectura más que recomendable: un ejemplo magistral de divulgación científica. Feliz aniversario, Henrietta.