octubre 10, 2011

Steve Jobs, el iCon

Ricardo Raphael (@ricardomraphael)
Analista Político
El Universal

La realidad del presente suele distorsionar la visión que tenemos sobre los escenarios por venir. Acaso por ello es que los dogmas nos enceguecen y complicamos tanto las soluciones. Entre las varias enseñanzas que Steve Jobs heredó a nuestra generación probablemente ésta sea la más importante.

El hombre que en 1975 fundara Macintosh en el garaje de la casa de sus padres, junto con Steve Wozniak, tuvo esa extrañísima habilidad de traer trazos del futuro hacia el territorio del presente. Su fallecimiento ha provocado gran cantidad de reflexión y es que, más allá de su extraordinaria experiencia vital, Jobs tuvo el genuino talento del visionario, un bien escaso en nuestra era.

Solía decir que solo la simplicidad es capaz de iluminar el espíritu. Con esta premisa construyó una de las empresas más impresionantes en la historia de la tecnología. No se dedicó sólo a fabricar programas y computadoras, inventó productos cuyos consumidores asumen hoy como una extensión íntima de su personalidad. Supo armonizar la ingeniería y la ciencia con las necesidades de arte y belleza que, a pesar de todo, los seres humanos tratamos de rescatar cotidianamente.

Tal vez el discurso más famoso de este personaje fue el que pronunció, en junio de 2005, para los recién graduados de la Universidad de Stanford. Ahí advirtió que “la muerte era el mejor invento de la vida”, porque se trata del principal agente de cambio para retirar lo que envejece y frena a lo nuevo.

Aquella sentencia la pronunció justo después de haberse salvado del primer embate que el cáncer cometió contra su salud. En Stanford estaba Jobs convencido de que sobreviviría, al menos por dos o tres décadas más. Se equivocó y, sin embargo, su argumento se sostiene: la amenaza de perder la existencia simplifica las elecciones y afina nuestra comprensión del porvenir.

El oficio del empresario no despierta hoy demasiado entusiasmo entre los más jóvenes. Basta con escuchar los discursos del movimiento de los Indignados para constatar el hecho. Pero el caso de Steve Jobs fue distinto. Su confianza en el futuro y su capacidad para imaginar escenarios insospechados le conectaron fuertemente con la siguiente generación.

Acaso se debe a que fue un hombre más preocupado por inventar que por producir riqueza económica. No disfrutaba tanto competir en los mercados establecidos como crear y recrear nuevos mercados. Fue por esta razón que al final acumuló una fortuna sorprendente.

Mac terminó siendo pariente cercano de Ford, la industria automotriz que primero construyó su comunidad de consumidores para luego asegurar lealtad ofreciendo productos capaces de rebasar las expectativas.

En el discurso de Stanford pidió a los estudiantes que evitaran vivir atrapados por el pensamiento de los otros, que encontraran el coraje requerido para perseguir la intuición propia, que rompieran con las verdades y los credos incuestionados.

Su tino para escaparse del lugar común y “pensar diferente” es y seguirá siendo caso de estudio para las escuelas de negocios. Gracias a él se transformaron los mercados de la computación, el cine, la telefonía, la televisión, la comunicación y la música. Pudo mirar a tiempo las olas de reinvención tecnológica a las que su compañía debía subirse. Las películas de Pixar, la amabilidad del iPhone, la versatilidad del iPod, la accesibilidad de iTunes son, entre muchas otras, aportaciones de una ciudad virtual que aún no se esbozaba cuando el visionario instaló sus primeras oficinas en Cupertino, California.

Este empresario fue dado en adopción a unos padres que no tenían grandes recursos económicos. Estudió solamente seis meses de licenciatura y luego decidió que no iba a gastarse los ahorros de la familia en una formación que le dejaba poco. Fundó una empresa de la que fue corrido y a los 30 años tuvo que empezar de nuevo.

Su posterior éxito en NeXT y en Pixar le devolvieron la oportunidad para conducir los destinos de Macintosh. En sólo tres lustros hizo que esa moribunda empresa se convirtiera en el fenómeno que hoy lo inmortaliza. La única barrera que no pudo librar fue la del cáncer y, sin embargo, hizo de ella un motor de cambio y no un pretexto para la inmovilidad.

Este hombre murió la misma semana en que EL UNIVERSAL cumplió 95 años de existir. La coincidencia permite recordar las palabras que Juan Francisco Ealy Ortiz pronunció en la celebración de este aniversario: “En nuestra organización editorial […] no sabemos de conformismos, ni estamos de acuerdo con la prédica de conservar lo que ya no funciona. El talento, la pasión y los sueños de quienes han conversado con el país durante casi un siglo en las páginas de EL UNIVERSAL constituyen nuestro argumento suficiente para la esperanza”.

Tecnología del deseo

Jesús Silva-Herzog Márquez (@jshm00)
Reforma

Steve Jobs fue el empresario extraordinario que cambió la industria de la computación, del entretenimiento, de la música. Sus inventos cambiaron el paisaje de nuestras casas, modificaron nuestros hábitos, transformaron nuestra relación con la tecnología. Jobs fue, ante todo, el diseñador de los objetos más emblemáticos de nuestro tiempo. ¿Puede hablarse de él como un artista? En algún sentido sí. Steve Jobs hizo una pieza de cada invento. Fundió como nadie lo estético en lo utilitario. Mucho se ha hablado de su talento comercial, de su capacidad para fundar una de las empresas más exitosas del planeta. Me atrae más el hombre que le imprimió un estilo a la tecnología. Se le ha comparado en estos días con otros grandes inventores de la historia y con otros grandes hombres de negocio. Su excentricidad, me parece, es que logró que la ingeniería trascendiera los linderos de lo práctico. Su éxito económico se debe, a mi juicio, al hecho de que sus máquinas reflejaban no solamente un ideal de modernidad sino también un arquetipo de belleza. Una modernidad atractiva; una modernidad que deleita los sentidos. La sensibilidad estética en Steve Jobs está a la altura de su intuición empresarial y su inteligencia tecnológica. Coordinó a uno de los equipos más talentosos para revolucionar los instrumentos que nos comunican y nos divierten. No eran solamente ingenieros que sabían de números sino también diseñadores que pensaban en formas, colores, ángulos y materiales. Coordinando las dos lógicas -la de los técnicos y la de los creativos- creó un imperio. Muchos han creado herramientas. Pocos las han convertido en objetos de adoración. Nadie como él ha sabido imprimir alma a la tecnología. Los artefactos con los que se asoció personalmente, las máquinas que bautizó públicamente en grandes ceremonias, no son objetos: son seducciones. El tecnólogo era, en realidad, un esteta.

Se ha ubicado al diseño como una creación inferior al arte: una creatividad al servicio de una función. Imaginación subordinada a un objeto que se reproduce mil veces. El artista rinde culto a lo inservible mientras que el diseñador se somete al dictado de lo útil. Pero el diseño, como nos recuerda Deyan Sudjic en El lenguaje de las cosas, logra captar "la belleza de la utilidad". Las Mac, las varias generaciones del iPod, el iPhone, el iPad son mucho más que contenedores de tecnología: son objetos de innegable poder estético. Nuestra relación con ellos no es meramente utilitaria. Nuestro vínculo es emocional, sensual, tal vez. Los inventos de Jobs son almacenes de música pero son algo más; son teléfonos pero son algo más; son instrumentos de trabajo pero también algo más. No me refiero al hecho de que cada cosa sirva para muchos propósitos: lo que digo es que, además de servirnos, satisfacen otro apetito. Objetos que nos recuerdan la vital aspiración de belleza. Creo que ésa es la principal aportación de Steve Jobs, su principal mensaje: la era del conocimiento tiene que ser también el tiempo de la sensibilidad estética, de la creatividad artística.

El famoso discurso de Steve Jobs a los graduados de Stanford se ha visto miles de veces en internet. Se trata de un conmovedor elogio de la autenticidad, la osadía, la resistencia y el entusiasmo creativo. En su mensaje, el fundador de Apple recuerda lo importante que fue para él el estudio de la tipografía, ese arte de la comunicación que suele pasar desapercibido. Una eme es una eme es una eme, pensarán los distraídos. Jobs, sin embargo, sabía que una eme helvética conlleva un mundo de asociaciones comunicativas. Más que hablar de su preparación técnica, de la utilidad de la inteligencia matemática, Steve Jobs optaba por hablar de esa estación del diseño gráfico. La pasión de Jobs por la tipografía reflejaba el respeto que sentía por aquello que la ciencia nunca lograría explicar. Sabía bien que la grafía de las letras de este periódico o de esta pantalla tiene una historia y concentra al máximo la vocación comunicativa del diseño. Cada fuente tipográfica se pone al servicio de la palabra, es vehículo de una idea y, al mismo tiempo, expone un concepto, una cosmovisión. La tipografía, el diseño de letras y símbolos, es una clave para ver el mundo. Cada letra debe ser creada con lupa para encontrar su equilibrio, su elegancia su legibilidad. Pocos se percatarán del oficio pero todos sentirán su peso. Ángulos, curvas, brazos, bastones, pies. Cada detalle importa. La tipografía también comunica otra lección: cada letra de una fuente forma parte de una familia. Lo mismo puede decirse de las criaturas que nacieron del equipo coordinado por Steve Jobs. Su código de diseño es patente. En cada nuevo artefacto puede verse la inteligencia de la tecnología y la elocuencia de su forma. Función y estilo.

Steve Jobs imprimió personalidad a la mejor tecnología de consumo masivo. Su logro no debe medirse solamente por criterios técnicos o económicos sino también estéticos. Sus maquinitas no son meros símbolos de estatus, objetos de un lujo accesible, representan una tecnología del deseo.

La ventaja de Steve Jobs

Andrés Oppenheimer (@oppenheimera)
El Informe Oppenheimer
Reforma

Jobs hubiera tenido que ser muy paciente -y afortunado- para iniciar su empresa en España o en otros países

Un mensaje de Twittter de un seguidor español que recibí horas después de la muerte del fundador de Apple, Steve Jobs, me llamó la atención. El mensaje decía: "En España, Jobs no hubiera podido hacer nada, porque es ilegal iniciar un empresa en el garaje de tu casa, y nadie te hubiera dado un centavo".

El comentario plantea algunas preguntas interesantes: por qué no hay más innovadores como Jobs -o el fundador de Microsoft Bill Gates, o el fundador de Facebook Mark Zuckerberg, o tantos otros- en otras partes del mundo, y si Estados Unidos seguirá siendo el centro tecnológico del planeta en momentos en que su influencia política, militar y económica está en disminución.

Jobs, que murió a los 56 años, estudió en una buena escuela secundaria en una zona de California repleta de compañías de alta tecnología, y co-fundó Apple en el garaje de su casa a los 20 años de edad. Diez años más tarde, tras recibir dinero de varios inversores, Apple valía 2 mil millones de dólares y tenía 4 mil empleados, y producía una larga lista de innovaciones que cambiarían el mundo, incluyendo la computadora Apple, el iPod, el iPhone y más recientemente el iPad.

En 1985, Jobs fue despedido de Apple en medio de una lucha de poder dentro de la empresa, e inició un período que más tarde describió como el más creativo de su vida. Fundó NeXT Computer con poco dinero, pero muy pronto el multimillonario Ross Perot hizo una importante inversión en su empresa, y cinco años más tarde produjo las primeras terminales informáticas NeXT.

A mediados de los años ochenta, Jobs compró también una empresa de computación gráfica y empezó a producir películas como Toy Story y otros filmes animados por computadora. Volvió a Apple en 1996, y lo que siguió es historia. A lo largo de su vida, registró 338 patentes de inventos propios o compartidos.

A juzgar por las estadísticas internacionales, mi corresponsal de Twitter puede estar en lo cierto al decir que Jobs hubiera tenido que ser muy paciente -y afortunado- para iniciar su empresa informática en España o en otros países.

Según el estudio del Banco Mundial "Haciendo Negocios, 2011", en Estados Unidos se requieren 6 días y 6 procedimientos legales para iniciar una empresa, comparado con los 47 días y 10 procedimientos legales que se necesitan en España, 147 días y 17 procedimientos legales en Venezuela, 120 días y 15 procedimientos legales en Brasil, 26 días y 14 procedimientos legales en Argentina, y 9 días y 6 procedimientos legales en México.

En lo referido a la facilidad para obtener crédito e iniciar una empresa, Estados Unidos ocupa el sexto lugar en el mundo, Perú el puesto número 15, España y México el puesto 46, Argentina el 65, Chile el 72 y Venezuela el puesto 176, según el mismo informe.

Con respecto a la protección intelectual de las patentes -para impedir que otras personas roben una invención-, Estados Unidos ocupa el quinto lugar en el mundo, Perú el número 20, Chile el 28, México el 44, Brasil el 74, España el 93, Argentina el 109 y Venezuela el 179, según el estudio.

Aunque el informe del Banco Mundial no lo considera, otro factor importante en el caso de Jobs y otros tantos innovadores, es la tolerancia de la sociedad al fracaso individual. En muchos otros países, la carrera de Jobs hubiera terminado cuando fue despedido de Apple. Tanto sus pares profesionales como sus potenciales inversores lo hubieran considerado un fracasado, pero en la cultura de innovadores de Silicon Valley, muy pronto Jobs se reinventó y volvió al ruedo.

Mi opinión: Jobs pasará a la historia como un gran innovador, pero no coincido con los innumerables artículos que aparecieron después de su muerte, que lo describían como un genio único en su tipo. Estoy seguro de que existen otros Steve Jobs, Gates, o Zuckerbergs en potencia en muchos otros países, pero no se les permite dar rienda suelta a su talento creativo porque sus entornos no recompensan -y con frecuencia reprimen- la innovación.

En varios países europeos y en casi todos los latinoamericanos, Jobs hubiera sino uno de los tantos emprendedores frustrados que no pueden materializar sus invenciones, o uno más de los millones de pequeños empresarios que trabajan en la economía subterránea, sin poder producir nada masivamente. Y en el Estados Unidos de hoy, no sé si Jobs conseguiría la financiación necesaria para iniciar un nuevo emprendimiento.

Entonces, no hay que ver a Jobs exclusivamente como un fuera de serie. También hay que tener presente que su éxito se debió a la cultura de innovación de Silicon Valley, y preguntarse si nuestros países -incluyendo a Estados Unidos- están haciendo todo lo posible por ayudar a que sus mejores talentos puedan desarrollarse.

Steve Jobs

Catón
afacaton@yahoo.com.mx
De política y cosas peores
Reforma

Don Valetu di Nario, señor de edad madura, se quejó con su médico: al hacer el amor con su mujer -le dijo- sufría problemas de disfunción eréctil. Ahí mismo, en el consultorio, el doctor le hizo tomar una pastilla de viagra, y le indicó que fuera a su casa, dejara pasar un par de horas, y luego le hiciera el amor a su mujer (a la de don Valetu, se entiende). Sucedió, sin embargo, que la señora había salido de compras. El señor Di Nario, entonces, tomó el teléfono y llamó al facultativo para pedirle instrucciones al respecto, pues se sentía ya in the mood for love, como dice la canción. Le sugirió el galeno: "Sería una lástima que el bonancible efecto de la pastilla se desperdiciara. Si su esposa no está en casa, ¿tienen ustedes muchacha de servicio? Con su ayuda podría usted aprovechar las favorables consecuencias del viagra". Responde don Valetu: "Con la muchacha de servicio no necesito el viagra"... Steve Jobs, cuya temprana muerte ha disminuido las posibilidades del futuro, hizo junto con su compañero y amigo Woz, Steve Wozniak, aportaciones que no sólo transformaron la tecnología de las comunicaciones, sino que habrán de traer consigo cambios de fondo en las relaciones humanas, vale decir en la sociedad. Ahora mismo estamos viendo el efecto que los artilugios imaginados y difundidos por el genio de Jobs han provocado en nuestro tiempo. Las redes sociales ya fueron causa de trascendentes cambios históricos en diversos países, empezando con Egipto y siguiendo con Libia y otros más. En mayor medida que cualquier doctrina o movimiento de política esas redes son el nuevo motor de la democratización social. Por eso me atrevo a vestir la clámide y coturnos del profeta para anunciar desde hoy la aparición en México de movimientos contestatarios o de resistencia llevados a cabo no por las masas proletarias, conforme a las tesis -y esperanzas- del marxismo, sino por las nuevas generaciones de jóvenes de la clase media, a semejanza de lo que se ha visto últimamente en Madrid y Nueva York. Steve Jobs arrebató el monopolio de la comunicación que tenían los medios de comunicación, y puso a ésta en manos de la gente. De ahí derivarán consecuencias que ahora ni siquiera podemos avizorar. Ahora la comunicación y la información, gracias a Jobs, están en manos de la gente, y serán utilizadas por la gente y para la gente. En eso habrá de consistir la nueva democracia. Y eso se debe a un hombre que ni siquiera tenía un título universitario; soñador que en su juventud debió a veces vender envases de refresco, que recogía en los botes de basura, para poder comprarse una hamburguesa, y que una vez por semana caminaba 11 kilómetros a fin de conseguir una comida nutritiva en un centro de beneficencia. Su último mensaje a los jóvenes: "Descubran ustedes qué es lo que verdaderamente aman, y entreguen a eso su vida. Eso es tan válido para el trabajo como para el amor. Si aún no saben qué es lo que aman, sigan buscando. No se detengan. Mantengan siempre su hambre de sueños. Y sean, permanentemente, un poco alocados"... Estoy buscando ya "El chiste más pelado del año", para narrarlo el último día de diciembre. He encontrado algunos con alto contenido sicalíptico, pero que no alcanzan esa suprema categoría de peladez. Uno de ellos es el que ahora sigue, cuya lectura deben evitar las personas con escrúpulos morales. Yo no capté el sentido de ese chiste cuando me lo contaron. Sin embargo, personas en cuyo criterio confío por su solvencia intelectual y ética me dicen que el relato es sobremanera picaresco, motivo por el cual debe leerse con reserva. He aquí la dicha historietilla... Ya en la cama, el marido se acercó a su mujer con evidentes intenciones amorosas. Ella lo rechazó. Le dijo: "Mañana tengo cita con mi ginecólogo". Después de una pausa él le pregunta: "¿Y también tienes cita con tu odontólogo?" (No le entendí)... FIN.

La farsa del IFE ciudadano

Ricardo Alemán (@RicardoAlemanMx)
Excélsior

El órgano electoral hoy parece el campeón de las nuevas instituciones en producir aspirantes presidenciales.

Al tiempo que —a los ojos de todos— se agudiza la crisis de confianza, credibilidad y legalidad que vive el Instituto Federal Electoral, se confirma que la cacareada “ciudadanización” de ese árbitro, en realidad, siempre fue una simulación, si no es que una farsa. ¿Por qué?

Porque a la vuelta de los años, se confirma que no pocos consejeros del llamado “IFE ciudadano” no eran sino simuladores de ciudadanos sin partido que, luego de dejar el cargo en el Instituto Electoral, revelaron su verdadera militancia y filiación partidista. Más aún, el IFE hoy parece el campeón de las nuevas instituciones en producir aspirantes presidenciales.

Y, si tienen dudas, vale recordar que el Instituto produjo dos precandidatos presidenciales a la contienda de 2012. ¿Ya los identificaron? En efecto, se trata de los precandidatos presidenciales Alonso Lujambio y Santiago Creel. El primero ya fue destronado y, el segundo, se mantiene en la pelea de los pretensos del PAN. Vale recordar que los señores Creel y Lujambio juraron y perjuraron que no tenían militancia partidista. Años después, se confirmó su profunda militancia azul.

Pero no son todos. También pertenecieron al llamado IFE de consejeros ciudadanos el hoy locuaz diputado del PT, Jaime Cárdenas. ¿Se imaginan en manos de qué clase de consejeros ciudadanos estaba el IFE, si vemos el desempeño político del locuaz y descocado diputado de filiación lopezobradorista Jaime Cárdenas?

Tampoco es todo. De igual manera, perteneció a ese IFE ciudadano el señor Juan Molinar Horcasitas, un panista por todos los costados, quien se ha desempeñado como legislador, cuadro directivo de su partido, director del IMSS y hasta secretario de Estado. Otros consejeros han sido candidatos a gobiernos estatales, diputados y senadores, además de que otros en realidad sólo utilizaron el cargo de consejero electoral como trampolín a otras posiciones.

Lo cierto es que la llamada “ciudadanización del IFE” en realidad es una mala broma, una burla para los ciudadanos y potenciales electores. ¿Por qué? Porque, nos guste o no, es casi imposible la existencia de un ciudadano sin militancia partidista. Y, en sentido contrario, sería ingenuo suponer que los partidos políticos iban a dejar, en manos de ciudadanos sin partido, un asunto tan delicado como el arbitraje electoral.

En realidad, el gran logro de la aplaudida reforma electoral de 1996-1997 fue —en el caso del árbitro— la nada despreciable garantía de permanencia, de que dotó la Constitución a los consejeros del IFE. En otras palabras, que al darles la garantía de que no serían removidos, los consejeros tenían una mayor independencia, respecto del partido que los había impulsado a esa posición.

Pero resulta —como todos saben— que en la contrarreforma de 2007, los senadores del PRI, el PAN y el PRD destruyeron esa garantía y se apropiaron el IFE. Y hoy la crisis de confianza, credibilidad y constitucionalidad que vive el árbitro electoral es producto de ese golpe que le asestaron los políticos con la contrarreforma de 2007.

Sin embargo, el mayor agravio al proceso electoral se localiza en la grave violación constitucional a la que los partidos políticos han llevado al IFE. Vale recordar que el artículo 41 constitucional establece que la organización de las elecciones federales estará a cargo del IFE… y que “en el ejercicio de esa función estatal, la certeza, legalidad, independencia, parcialidad y objetividad serán principios rectores”.

Por eso la pregunta: ¿cómo se puede garantizar certeza, legalidad, independencia, parcialidad y objetividad, en un IFE que no tiene siquiera sus nueve integrantes; que se ha convertido en botín o rapiña de los partidos; que en lugar de consejeros electorales apartidistas, tiene delegados de partido? En realidad los partidos han llevado al IFE a violar los principios de certeza, legalidad, independencia, parcialidad y objetividad.

Y, claro, nos podrán decir misa, pero lo cierto es que nadie puede dar garantías. ¿Y cómo podemos creer —con todas esas violaciones constitucionales— en la legalidad de las elecciones de 2012? Al tiempo.

EN EL CAMINO

Siguen los muertos, ejecuciones y el exterminio en Veracruz, a pesar de que las autoridades federales detuvieron a los presuntos jefes de Los Zetas y Los Matazetas. Mientras tanto, Veracruz se suma a los estados, en manos del PRI, que pueden ser utilizados como ejemplo de lo que no puede estar de vuelta. ¿Qué tal una campaña como “no votes por gobiernos como el de Veracruz”?

Él sí me cambió la vida

Cecilia Soto (@ceciliasotog)
ceciliasotog@gmail.com
Analista política
Excélsior

Usted crece en el Valle de México, acostumbrado a que cada vez que hay tormenta y lluvia se va la luz y cree que así debe de ser porque así siempre ha sido. Usted quiere ir al partido del final de la liga, pero sabe que tendrá que comprar los boletos más caros en la reventa porque así siempre ha sido. Usted aprendió a manejar una computadora con el software dominante y aprendió al mismo tiempo que la computadora “se congela”, “se traba”, “se envirula” y piensa que así de imperfectos son los sistemas operativos porque “son difíciles” y así siempre ha sido. Pero usted viaja y aprende que la electricidad no tiene por qué fallar aunque haya tormenta. Aprende en otros lugares que aunque se hayan agotado los boletos, hay sistemas transparentes para comprar aquellos que hayan sido devueltos. Y cuando conoce una computadora Apple comprende qué tan mal fue tratado anteriormente y tiene que desaprender la palabra “congelar”, “trabar”, “envirular” y deja de trabajar con miedo a perder su información. Parecido a como cuando uno cambia de amores, de uno mediocre y peor es nada, a cuando encuentra a alguien que le devuelve la imagen enaltecida de uno mismo, que le admira los talentos escondidos, que le contagia las ganas de ser mejor.

Con motivo del fallecimiento de Steve Jobs hay numerosas reseñas de especialistas sobre su genio para crear nuevos productos y revolucionar cómo uno usa la computadora, cómo oye música, ve cine, cómo transforma el uso del celular, la fotografía, el periodismo, la lectura, la televisión, la diseminación de los inventos y cuántas cosas más. Pero mi testimonio como consumidora es más sencillo: una vez que se prueba un producto Mac no se vuelve a la marca anterior. La fidelidad y el casi fanatismo por los productos creados por Jobs viene de una experiencia superior como consumidor.

Todo producto es al mismo tiempo la materialización de un conjunto de ideas y una declaración del productor sobre el potencial comprador. De manera tal vez inconsciente, el contacto con un producto excepcional relaciona al consumidor con el trabajo genial que fue capaz de producirlo. En el caso de la revolución que lleva Jobs a Apple, la evolución rápida de ese producto excepcional crea una crisis en el consumidor quien pensó que ese producto era insuperable y le presenta en forma práctica y sensible la evidencia del pensamiento innovador y creativo. Son productos que mejoran al consumidor no sólo por las ventajas prácticas que esos productos traen a su vida sino también porque le dan pruebas palpables del genio humano. Al mismo tiempo, expresan un gran respeto por el consumidor: no mereces que te dé porquerías, mereces lo mejor.

Con todo, de no haber sido por el talento excepcional de Jobs para el mercadeo, los seguidores de sus productos seguiríamos siendo una pequeña cábala de elegidos. ¿Cómo hacer que una parte del 90% del mercado aferrado a Windows conociera Apple y pudiera comparar? La oportunidad llegó cuando Apple comenzó a fabricar sus computadoras con los procesadores Intel. Muchos, muchísimos, cientos de miles o millones de consumidores, no compraban las Mac por temor a un sistema operativo desconocido. Contra todo lo que había predicado, Jobs ofreció entonces computadoras que podían correr con Windows o con su sistema operativo: así el consumidor podía comparar. Ahí comenzó el cambio y éste se tornó en un tsunami de ventas cuando el genio de Cupertino aceptó que su producto más vendido, el iPod, pudiera también usarse con Windows. De hecho, por razones de poder adquisitivo, hay millones de usuarios cuya única experiencia con Mac es a través del iPod. A la fecha hay 320 millones de iPods vendidos y aproximadamente diez mil millones de canciones compradas en iTunes.

Steve Jobs fue otro de los multimillonarios que rechazó la opción de donar la mitad de su fortuna a la filantropía. De hecho, cuando Jobs regresa a Apple en 1997, cierra las iniciativas de filantropía de la compañía. En cambio, dedica todas sus energías a mejorar la vida de los demás a través de compartir la experiencia creativa con millones de personas a partir del uso de productos excepcionalmente bellos, simples y útiles. Steve Jobs mejoró al mundo dándose y no simplemente dando: que su ejemplo se multiplique. Nos vemos en @twitter: ceciliasotog

La vida después de Jobs

Xavier Velasco
Pronóstico del Clímax
Milenio

Admirado Steve,

Para empezar, me temo estar un poco tarde con la presente. A estas alturas deben de haberse publicado miles de toneladas de papel en torno a cuanto usted hizo de bueno sobre la Tierra. Lejos estoy, por tanto, de pretender la originalidad, y hasta por el contrario: permítame que sea lo bastante ordinario para dejar de lado sus numerosos méritos profesionales y centrarme en aquello que nos une. Si usted ha sido en vida la clase de persona que sospecho, preferirá tal vez que le evite el bochorno de la hagiografía y me concrete a hablar de su obra más concreta. Es decir, sus productos. Quiero que la presente quepa dentro de ese buzón de quejas y comentarios al que la gente suele acudir presurosa de hacer notar su desacuerdo, decepción o furibundia, cuando no a descargar sus frustraciones mediante un bombardeo indiscriminado de toda estofa de respingos e invectivas.

Escribo estas palabras en un cuarto de hotel, con el auxilio de una MacBook Pro de 2007 y un teclado inalámbrico de la misma marca. A la computadora se halla enchufado un iPhone 4 en proceso de carga y allá lejos, conectado al aparato de sonido, mi iPad hace sonar un álbum de Chico Buarque. Cierto, podría viajar sin la computadora, pero pasa con ella lo que con la tableta y el teléfono: por más que sus funciones parezcan redundantes (en extremo rigor, me bastarían teléfono y teclado para hacerlo todo), cada uno de estos sofisticados y sin embargo simples aparatos se ha ido entrometiendo en mis diarios quehaceres hasta volverse una suerte de prótesis. Desde que se incrustaron en mi vida, es raro el día en que prescindo de ellos, y por cierto más rara todavía ha sido la ocasión de quejarme. Hasta hoy, los tres se entienden como si fueran uno y sólo fallan muy de vez en cuando, en cuyo caso lo común es que baste con apagarlos y encenderlos para que vuelvan prontamente a lo suyo y me dejen seguir viviendo en paz.

Hago memoria y aún me doy de topes por todas esas noches en que me fui a dormir de madrugada, derrotado por la diaria amargura de la tecnología disfuncional. Unas veces vagando por la red en busca de quiméricos “controladores” que según los avisos del sistema tenía que instalar, otras pasando por un parto de chayotes para hacer que el sonido volviera a funcionar, y otras muchas maldiciendo mi suerte porque al fondo de una pantalla azul se me informaba que el inepto armatoste recién había entrado en algo así como un colapso nervioso, solamente en escasas ocasiones conseguí irme a la cama henchido de ese orgullo ramplón que experimentan quienes han conseguido resolver el problema y es como si acabaran de matar un tigre a cachetadas.

De la Televideo barata y primitiva a la Compaq lustrosa y cuchipanda, de la Olivetti linda y tortuguesca a la Vaio arrogante y confusa, cada una de mis computadoras precedentes me acostumbró a sus límites, tanto que la zozobra tecnológica se hizo parte del pan de cada día. Ninguna de ellas, sin embargo, logró habituarse a la neurosis del usuario pues siempre que la prisa me llevaba a pedirles que hicieran varias cosas al mismo tiempo, el resultado era un nuevo colapso, y por ende un retraso contraproducente pues había que esperar a que el aparatejo resucitara una vez apagado, o intentarlo uno mismo mediante el terrorífico “modo a prueba de errores”. De sólo recordarlo, me provoco una mezcla de piedad y grima. ¿Por qué no cambié antes de sistema? Llámelo orgullo hueco, pánico atávico, ignorancia supina o pereza mental, lo cierto es que sufrí mientras me dio la gana.

Imposible olvidar el día que fui a embarcarme con la MacBook. Y más que el día, las semanas que siguieron. Tras unas cuantos breves desencuentros, casi todos resueltos merced al puro sentido común, el artilugio me instalaba en un mundo tan sensato que ya sólo por eso me parecía prodigioso. ¿O acaso no es prodigio que exista una ventana de la realidad donde todas las cosas funcionan como deben? ¿Para qué existe el arte, finalmente, sino para dar vida a ese espacio ficticio donde la realidad se exhibe corregida y aumentada? Podría ir adelante con estas impresiones, pero seguramente acabaría por emular a sus apóstoles y evangelistas y hoy no quisiera ser más que el consumidor que narra su experiencia al fabricante.

Si me diera por ponerme exigente, le diría que el quemador de dvds podría ser de mejor calidad —van dos veces que truena, la segunda fuera de garantía—, pero como le he dicho soy un consumidor que ha sufrido maltrato continuado y sé sobrevivir aun a pesar de achaques, cojeras y carencias, de los cuales usted y sus productos me han provisto en muy pocas ocasiones. Si he de abundar un poco, debo también confiarle que hay días en que ustedes consiguen asustarme, como cuando me queda la impresión de que van muy deprisa y desdeñan al pasado inmediato con una ligereza que parece arrogante... hasta que vuelve uno a morder la manzana, se pone al día y el idilio recobra su curso.

Quiero decir, Steve, que en cinco años no he hecho sino comprarle todo cuanto quiso venderme, y tan lejos estoy de haberme arrepentido que en caso de perder esos juguetes me vería obligado a reemplazarlos. Me he acostumbrado a funcionar con ellos, y a delegar en ellos las cuestiones cotidianas que comúnmente tienden a complicarse para quienes vivimos en la luna. A diferencia mía, pueden hacer más de una cosa al mismo tiempo, y de paso pensar en no sé cuantas otras sin por ello aturdirse ni agobiarme. Todo lo cual, después de estos cincuenta y tantos meses, ha terminado por hacerme inmune a la publicidad de su competencia. En lo que a mí respecta, es como si vendieran tractores.

Son legión quienes hablan ahora de la forma en que usted transformó al mundo, por eso he preferido relatarle cómo fue que cambió mi percepción del mundo. En unos pocos años he pasado, al igual que millones clientes suyos, de usuario satisfecho a consumidor agradecido y poco menos que incondicional. No sé si venga al caso hablar de una revolución planetaria, pero justo es decir que en su caso los medios justifican enteramente al fin. Y eso es tanto como volver a inventar la palabra revolución. Tache, pues, la palabra “admirado” al inicio de esta carta y escriba en su lugar “querido”, dondequiera que esté.

Las culpas históricas del IFE

Héctor Aguilar Camín (@aguilarcamin)
acamin@milenio.com
Día con día
Milenio

Los partidos políticos de México tomaron nota de la peligrosidad de un árbitro electoral autónomo hace ya varios años.

El PRI, con el llamado escándalo de Pemexgate, mediante el cual el Instituto Federal Electoral impuso a ese partido una multa de mil millones de pesos por haber transferido ilegalmente fondos del sindicato petrolero a la campaña presidencial del año 2000.

El PAN le vio los dientes a la institución con el caso correlativo de los Amigos de Fox, un galimatías político y mediático por la triangulación opaca, alegadamente ilícita, de fondos privados a la campaña presidencial de Vicente Fox, también en el año 2000.

El PRD se apartó de toda solidaridad política con el IFE cuando en 2003 no pudo meter a los consejeros que quería como sus representantes, en un momento en que empezaba a ser obvio que la institución electoral comenzaba a ser un espacio de visibles cuotas partidarias.

El PRD refrendó su descalificación cuando su candidato perdió la elección de 2006 por una diferencia mínima y hubo lugar al alegato de que el IFE, donde el PRD no tenía consejeros, se había prestado a hacerle un fraude.

Nunca he entendido la duración del agravio por esas mismas elecciones de parte del PAN. Entiendo la molestia porque el IFE no anunciara la ventaja de su candidato el mismo día de la elección, aunque el propio PAN y los otros partidos habían llegado al acuerdo de que no hubiera resultados si la diferencia era pequeña.

El hecho es que el PAN en el gobierno se fue también contra el árbitro que le había dado la victoria y firmó la reforma constitucional que acabó de capturar esa institución, al punto de tenerla hoy incompleta y calladita, resignada al maltrato que le dan.

Así la querían, y así la tienen.

La ayuda del Tribunal Electoral, en esta última fase de captura del IFE, no ha sido menor. Una y otra vez ha emitido sentencias problemáticas para el IFE, imponiéndole condiciones a la vez conflictivas y disminuidas de existencia.

El ejemplo mayor de esto es el fallo de ese tribunal diciendo, en su momento, que no era necesario que el IFE tuviera siempre, como manda la Constitución, nueve consejeros.

El tribunal electoral debió exigir al Congreso que cumpliera la Constitución y nombrara a los tres consejeros faltantes, en el plazo constitucional previsto: el 30 de octubre de 2010.

No lo hizo así y dejó a los legisladores responsables de integrar el IFE en situación de poder violar la Constitución con el permiso tácito del tribunal encargado de garantizar que la cumplieran.