octubre 16, 2011

'AL BEDRÍO' por Paco Calderón

Las mujeres mexicanas y el voto

Sara Sefchovich
sarasef@prodigy.net.mx
Escritora e investigadora en la UNAM
El Universal

El 17 de octubre celebramos ya 58 años de que las mujeres mexicanas tenemos derechos políticos.

Un balance muestra que el hecho de que las mujeres tengan derecho a votar no significa ni que se haya conseguido su amplia participación ni que se tomen en consideración los asuntos que específicamente les atañen ni que haya disminuido el machismo.

Hay un mito que afirma que por definición las mujeres siempre van a hacerle el bien a las mujeres. Cuando fue nombrada la primera procuradora de la República, la presidenta del Instituto Nacional de las Mujeres lo aplaudió. Declaró que el organismo “está contento porque haya una mujer más en el gabinete”. La razón de tanta alegría era que con este nombramiento “el tema del acceso a la justicia para las mujeres se beneficiará”.

Pero es falso. Hay mujeres que defienden a las mujeres y otras que no, como también hay hombres que lo hacen y otros que no. La ambición, la corrupción y el individualismo existen sin diferencia de género. Lo contrario también.

Un estudio reciente llamado Reporte global sobre el progreso de las mujeres 2011, nos dice que “a una década del inicio del siglo XXI el progreso de las mujeres puede verse y celebrarse en un amplio rango de campos”. Y enumeran algunos, entre los cuales destaca el que afirma que han logrado tener los más altos cargos políticos como presidentas o primeras ministras (hoy eso sucede en Brasil, Tailandia, Islandia, Costa Rica, Australia, etc.), el más alto en el Fondo Monetario Internacional y altos puestos como empresarias, científicas, innovadoras en tecnología, rectoras, magistradas. Pero la pregunta es ¿significa eso mejoría para las mujeres? Y la respuesta: no necesariamente.

Esto es así porque las mujeres, como dice una feminista italiana, somos un sexo pero no somos un sector social y mucho menos homogéneo. Por eso, de las que hasta ahora han sabido y podido aprovechar el derecho al voto para adquirir poder, algunas nos representan como mujeres, pero otras no. Y las que lo hacen no es por ser mujeres, sino porque tienen ideas, propuestas y agendas que tienen que ver con lo que sirve y ayuda a las mujeres.

Entonces, si bien es cierto que la situación de muchas es mejor que hace medio siglo en lo que se refiere a acceso, oportunidades y equidad, también es cierto que millones siguen padeciendo discriminación, pobreza, violencia, desigualdad y machismo, que lejos está de desaparecer. Ni en el conjunto de la sociedad y ni siquiera entre sus ilustrados.

Para muestra, dos botones: Armando Fuentes Aguirre, Catón, escribió en su columna en un diario de circulación nacional: “Se reunieron las mujeres más sabias del planeta. Había entre ellas grandes maestras, escritoras destacadas, intelectuales célebres, filósofas de mérito, teólogas supereminentes, mujeres en fin, dueñas de todas las sabidurías. Un audaz reportero se atrevió a asomar la cabeza en el recinto donde se realizaba tan importante evento. ¿De qué están hablando?, le preguntaron sus compañeros. ¿Del origen del universo? ¿De Dios? ¿De la esencia del ser humano y su destino? ¿De la libertad? No. Están hablando, en orden de importancia: uno, de trapos; dos, de criadas y tres, de hombres”.

Y otro Fuentes, el escritor Carlos, en su Canon de novelistas latinoamericanos imprescindibles del siglo XX y en sus Apuestas para el siglo XXI no menciona a una sola mujer, como si el mundo pudiera arreglárselas sin Elena Poniatowska, Clarice Lispector, Elvira Orphée, María Luisa Bombal, La China Mendoza, María Luisa Puga, Ángeles Mastretta o Cristina Rivera Garza. Como escribió Fernando Escalante Gonzalbo, se está “perdiendo un territorio enorme de la inteligencia nacional”.

El tema entonces no es ya, a estas alturas, lo importante que resulta que las mujeres estén en la política y el poder sino que en su agenda estén los temas de las mujeres y que éstos sean prioritarios. Además de que se logre modificar al conjunto de la sociedad en relación a su modo de ver a las mujeres. De no ser así, aunque muchas tengan puestos y cargos, el beneficio será sólo para ellas en lo individual.

La insalvable distancia entre Sicilia y Martí

Román Revueltas Retes
revueltas@mac.com
La Semana de Román Revueltas Retes
Milenio

Sorprende mucho que un movimiento de personas afectadas por la violencia exhiba demandas que parecieran ser formuladas desde lo “social” —en el sentido más contaminado de la palabra, es decir, aduciendo causas que suelen servir a intereses de ciertos grupos políticos e invocando arbitrariedades del “poder”— en lugar de presentar propuestas más puntuales y prácticas...

¿Una “comisión de la verdad”, para que el Gobierno —cual régimen represivo que trabaja en la sombra para perseguir a sus opositores, afianzar su autoritarismo y ocultar deliberadamente información sobre sus prácticas antidemocráticas— nos diga a todos, ahora sí, qué crímenes ha cometido y, sobre todo, cuáles han sido sus torvos propósitos?

Lo exige el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, liderado por Javier Sicilia. Muy bien. ¿No sería mejor, por lo pronto, pedir que se construyan más cárceles, de manera urgentísima y acelerada, para encerrar —en condiciones, justamente, de “justicia y dignidad”— a los delincuentes que son detenidos todos los días? ¿No es también mucho más apremiante fortalecer a las instituciones del Estado mexicano encargadas de impartir justicia y de garantizar la seguridad de los ciudadanos?

Me sorprende mucho que un movimiento de personas afectadas por el fenómeno de la violencia criminal exhiba demandas que parecieran ser formuladas desde lo “social” —en el sentido más contaminado de la palabra, es decir, aduciendo causas que suelen servir los intereses de ciertos grupos políticos e invocando arbitrariedades que, desde luego, serían perpetradas obligadamente por el “poder”— en vez de presentar propuestas mucho más puntuales y de orden práctico.

No es lo mismo hablar de una “visión militarizante”, tal y como denuncia Miguel Concha, que reclamar al Congreso más prontitud en sus acciones (sus dilaciones “están costando vidas), como lo hace Alejandro Martí. En un caso se trata de una apreciación sesgada: porque, señoras y señores, el Gobierno de México no pretende militarizar la vida nacional sino que recurre, simplemente, al Ejército y la Marina para llevar a cabo una tarea que las policías del país, corrompidas y sobornadas por las mafias criminales, no pueden desempeñar de manera mínimamente eficaz. El pecado de Calderón, en todo caso, es no haber advertido que carecía de los medios para lanzar su ofensiva. Y, encima, no estamos hablando solamente de las fuerzas de seguridad sino de la estructura entera de un aparato de justicia podrido desde sus entrañas mismas: el problema no se reduce a los miembros de las corporaciones policiacas sino que tiene que ver con los jueces, los agentes del Ministerio Público, las leyes, los procedimientos legales y las condiciones de las prisiones. No hay aquí ninguna “visión militarizante”, por favor. Hay, simplemente, una circunstancia de aplastante precariedad de medios que, a las primeras de cambio, te obliga a una cirugía mayor, por así decirlo: la utilización, pues sí, de las fuerzas de seguridad del Estado.

En lo que se refiere a la reclamación que hace Alejandro Martí, por el contrario, estamos hablando de un asunto —el perverso inmovilismo del Congreso, la grosera indiferencia que muestra ante los problemas más apremiantes de la nación y la preeminencia de la politiquería en todas sus determinaciones— que afecta, de forma directísima, la vida pública de este país. No en balde hemos calificado de “generación del no” a nuestros politicastros.

Entre una postura y la otra —la de Concha, o la del propio Sicilia, y la de Martí y otros activistas, digamos, menos “politizados”— podemos advertir la distancia, casi insalvable, entre quienes promulgan unas reivindicaciones dirigidas a un Estado autoritario que ya no existe en los hechos, y quienes promueven simplemente el avance del ejercicio institucional. Es la diferencia, diría yo, entre la trasnochada oratoria antisistema y el saludable pragmatismo del ciudadano que está dispuesto a participar en un movimiento reconociendo que tiene, del otro lado, a un interlocutor válido, legítimo y bienintencionado.

No significa esto que se pueda eximir al Gobierno de sus responsabilidades y absolverlo de sus tremendos yerros. Después de todo, el Estado mexicano ha dejado de cumplir con su primerísima encomienda: brindar seguridad a sus ciudadanos. Pero ha pecado de omisión y nada más. Porque, como bien dijo Felipe Calderón en respuesta a la exigencia de crear la tal comisión de la verdad, “no es el Estado el que reprime o el que asesina”.

Es muy desalentador, justamente, constatar que el tema de la seguridad, tan punzante y dramático, se ha vuelto un botín para los activistas de declarada, e interesada, filiación antigobiernista.

Buenos días, Miguel Ángel

Enrique Krauze
Reforma

El adiós no es un adiós, querido Miguel Ángel. Tras cuatro décadas de seguirte en tus columnas y en la radio, todos nosotros -tus lectores, tus escuchas, discípulos y amigos- te llevamos dentro como una voz de la mejor conciencia mexicana.

Tus razonamientos, tus juicios y hasta tu prosa (la escrita y la verbal, que son la misma) se han vuelto como esos refranes populares que brotan de pronto para recordarnos el camino de la prudencia y la sensatez. Por eso no habrá despedida.

¡Qué larga y generosa ha sido tu labor periodística! No creo que Francisco Zarco -tu abuelo espiritual, tu par en el siglo XIX- haya escrito tanto como tú.

Tanto y tan bien. Yo, por ejemplo, comencé a leerte en el Excélsior de Julio Scherer y en el Proceso que junto a él fundaste. Luego en Unomásuno, La Jornada y, finalmente en la que ha sido, desde fines de 1993, nuestra casa común, Reforma. En cada estación lograste el milagro -el misterio- del más alto periodismo: extraer lo permanente de lo efímero. Y tu obra será fuente de primera mano para los historiadores del futuro.

En uno de los pocos textos personales que has escrito, mencionabas que tu madre y maestra te formó en la más esforzada ética del trabajo. Yo me admiraba de verte en el Sanborn's de San Ángel, casi escondido en alguna mesa, la vista clavada en el papel, redactando tus artículos. Nunca entendí cómo te las arreglabas para cubrir la crónica parlamentaria, la colaboración diaria, los ensayos dominicales y las intervenciones en la radio.

Entiendo que fuiste católico y dejaste de serlo, pero sé también -o imagino- que seguiste siendo cristiano, y que has practicado ese Cristianismo en el sentido original de la palabra, como un deber de servicio hacia los demás, como una misión orientada hacia la justicia y al Bien común.

Dije cristiano y ahora digo liberal, porque como supo Altamirano -otro de tus amigos eternos- esas dos generosas corrientes del pasado mexicano no se contraponen, se complementan. Tu jacobinismo no ha sido visceral sino racional: separar lo sagrado de lo profano. Tu liberalismo ha sido esencialmente político, y ha sido impecable: limitar el poder, ordenar a los poderes, defender las libertades, sobre todo la libertad de expresar, de criticar, de disentir.

Dije liberal y ahora digo revolucionario porque, como Narciso Bassols, Heberto Castillo o Jesús Reyes Heroles, has creído (no sin razón) que en términos sociales, económicos y culturales el liberalismo encontró su correctivo en el ideario de la Revolución Mexicana. Esos son, si no me engaño, los pilares de tu convicción. No se necesita comulgar plenamente con ellos para respetarlos.

Retengo esta imagen tuya: estás en tu cabina de Radio Universidad. Con los periódicos desplegados en el escritorio, con perfecto aplomo lees (en verdad lees) un texto que no has escrito. Es un borrador mental, porque te detienes escrupulosamente en las comas y los puntos, pero es perfecto: ni un adjetivo de más, ni un énfasis fuera de sitio, menos un exabrupto.

Tu noticiero es un viaje por el mundo y por México. También es un alegato jurídico, que recuerda a los grandes abogados que en el Foro, el Parlamento y la prensa dieron forma constitucional a nuestro país.

Melómano irredento, te he visto en la Sala Nezahualcóyotl siguiendo el ciclo de sinfonías de Mahler. En tu "Plaza Pública" de la radio introduces segmentos de música diciendo que son "pausas" pero en realidad eres una especie de DJ, un programador cuyo oído enamoradizo se encanta con el mejor repertorio clásico pero también con un bolero o un tango. Y sé que los sabes todos.

En la comida de homenaje que te hicimos en Reforma, atestigüé el amor de tus hijos: amor a ti y a tu pasión por la vida. (Tus hijos, personas de bien, trabajadores de la cultura). En esa ocasión te dije cuánto admiraba las sucintas biografías que acostumbras incluir como remate de tus artículos. Nadie salvo tú ha recordado a esos centenares de personas que vivieron aquí, haciendo una obra que no merecía el olvido. Una piedad cristiana y una justicia republicana te movía, Miguel Ángel, al redactar esos obituarios.

En tu despedida usas la palabra "espíritu". Hablas de la "mutación" que has "visto" por obra de la música, las artes y las ciencias. Y en tu estoica rogativa llamas a esa fuerza espiritual para que nos saque de la terrible situación en que nos encontramos. No dudes que así será, tarde o temprano. No lo verás tú y quizá tampoco lo verá nuestra generación, pero México saldrá de esta prueba convertido en lo que tú soñaste: no un campo de batalla sino, precisamente, una Plaza Pública.

Con esa convicción, Miguel Ángel, te abrazo.