octubre 17, 2011

Hay que evitar que llegue Peña

Denise Maerker (@Denise_Maerker)
Atando Cabos
El Universal

Muchos no quieren (queremos) el regreso del PRI a la Presidencia por muchas y diferentes razones. Quizá la más importante es porque no hay signos de que se trate de un partido distinto del que gobernó a este país durante décadas. Todo lo contrario, se percibe entre los actuales priístas una genuina añoranza por las formas de antaño: la solemnidad, los rituales, el consenso obligado, la falta de debate, la imposición de la línea, el pragmatismo. Justo esta semana nos volvieron a dar una muestra de ello: varios diputados priístas se habían pronunciado a favor de la reelección de diputados hace tres años cuando estaban en campaña, pero como Peña Nieto se opone a esa reforma, se alinearon y votaron en contra. En la Cámara no presentaron argumentos y tampoco pareció importarles, les bastó con tener la mayoría.

Otra razón de este rechazo de muchos —aunque minoritario, según las encuestas— de que el PRI regrese a Los Pinos es la forma en que ha gobernado los estados estos últimos años. En general, les sigue molestando la crítica y prefieren buscar formas de callarla. Cualquier reportaje revelador y crítico es sistemáticamente interpretado como parte de una campaña orquestada por alguien en su contra. Si se señala a Humberto Moreira porque hubo falsificación de documentos en el proceso de endeudamiento de Coahuila, los priístas nunca cuestionan el hecho sino la intención “oculta” de quienes lo revelan.

Los priístas siguen anteponiendo sus reglas y valores a las exigencias normales de una democracia: la reputación no es nada comparada con la lealtad. Por eso ni las conversaciones grabadas de Mario Marín en el caso de Lydia Cacho ni la torpeza y abusos del gobierno de Ulises Ruiz en Oaxaca fueron cuestionados por los priístas, a ambos los defendieron a ultranza.

La cultura priísta es autoritaria y aunque se han tenido que adaptar a diferentes circunstancias siempre han tratado de limitar la pluralidad. Si no tenían mayoría en el Congreso local buscaron obtenerla, no a base de alianzas, sino cooptando individuo por individuo gracias a favores o prebendas.

Dicho esto, ¿qué proponen los que quieren evitar a toda costa que llegue Peña Nieto? Poca cosa. Marcelo Ebrard insiste en que: es él encabezando una alianza electoral del PAN y del PRD o la restauración del viejo régimen. Más allá de que los números en las encuestas no muestran que esa sea realmente una opción ganadora, ¿por qué sería una opción convincente? Después de todo, ¿quiénes son los responsables de haber pavimentado el camino para el regreso del PRI? El PAN y el PRD. Si Ulises Ruiz siguió gobernando Oaxaca fue porque en el Senado los panistas no votaron por la desaparición de poderes en el estado, si Elba Esther sigue teniendo el poder que tiene es porque Vicente Fox y Felipe Calderón pactaron con ella, si los sindicatos siguen siendo un pozo de oscuridad es porque Fox y Calderón se acomodaron con ellos. Si tantos parecen añorar al PRI es porque el PAN no ofreció una mística distinta ni un discurso fundacional y diferente. Si Peña Nieto les parece a tantos un oasis de paz y serenidad es porque PAN y PRD se enfrascaron desde el primer día del gobierno de Fox en una cruenta batalla que 12 años después los tiene exangües. Se hicieron de todo: intento de desafuero de López Obrador, cruzada pública de Fox y del PAN para evitar que “el peligro para México ganara”, desconocimiento de los resultados de la elección del 2006 y de la legitimidad de Calderón por parte de López Obrador y de la izquierda, y el PAN además se unió al PRI para apoyar al IFE por los casos de Amigos de Fox y el Pemexgate.

La única alternativa que ven es movilizarnos a través del miedo: ellos o el regreso del PRI. La verdad es que se merecen el regreso del PRI, los que no nos lo merecemos somos todos los demás.

Con esta columna abro un paréntesis en mis colaboraciones en EL UNIVERSAL. Concentraré mi esfuerzo profesional en un proyecto que requiere toda mi concentración en los meses por venir. Pero es eso simplemente, sólo una pausa, después de la cual espero regresar a este mismo espacio y continuar esta vía de comunicación con los lectores.

¿Ganar en la resbaladilla?

Jesús Silva-Herzog Márquez (@jshm00)
Reforma

Silva-Herzog Márquez Enrique Peña rinde culto al lugar común y a la expresión vacía. Su campaña preserva la indefinición.

Enrique Peña Nieto ha sido claro al rechazar la propuesta de la reelección legislativa. Es cierto que su argumento no es del todo inteligible pero no puede negarse que ha sido consistente. El político mexiquense ha esgrimido argumentos conservadores (lealtad a una tradición histórica) y argumentos que podríamos considerar republicanos (debe fomentarse la circulación de las élites). No es difícil advertir en su defensa de esta exótica práctica mexicana una razón que no se ventila en público: la reelección inmediata tendería a debilitar la disciplina de partido y obstaculizar, en consecuencia, el paso de la aplanadora en la que sueña. Quien busca la Presidencia confía en el cemento tradicional de la lealtad partidista y el impulso de la mecánica mayoritaria. Ésa es su fantasía y la columna vertebral de su propuesta política.

Sus adictos en la Cámara de Diputados se han esforzado por razonar públicamente una práctica que sólo se encuentra en otro país del planeta. ¿Qué sabe México que el resto de las democracias del mundo ignora? ¿Hay buenas razones para defender nuestra excepción? No digo que no haya argumentos para rechazar la reelección. Sus virtudes no me parecen prodigiosas ni creo que sea una medida sin costos. Pero, en todo caso, a los legisladores exigimos exponer los motivos de su voto. Razonar en público sobre los asuntos de interés público. Pero los priistas prefirieron lavarse las manos: no nos pidan definición, que sea el pueblo quien decida. Los priistas de la Comisión
de Gobernación de esa Cámara encontraron un escape que dice mucho de ellos, de la tradición de la que se dicen tan orgullosos y del candidato a quien sirven: que la gente decida la reelección; que sean los ciudadanos y no nosotros quienes enterremos esta iniciativa. De pronto, los priistas encuentran fe en la consulta popular porque les permite evadir la responsabilidad de sostener una posición y defenderla públicamente. Los priistas saben bien que el desprestigio del Congreso prefigura el resultado de esa hipotética votación. Así, los priistas rechazan sin decir que rechazan: malabares de la indefinición.

Evadir la responsabilidad de definirse ha sido la estrategia del PRI en los asuntos cruciales del país desde hace ya demasiado tiempo. Desde que ese partido perdió la Presidencia de México y con ella la voz que lo unificaba, el PRI ha hecho de la indefinición una coartada: no podemos apoyar ninguna iniciativa relevante porque nuestro partido no tiene una posición al respecto. Hoy ese partido aparece dividido entre una corriente que se arriesga a pensar y a proponer y otra que piensa que puede ganar la Presidencia montado en la inercia. El conflicto entre Beltrones y Peña Nieto no puede ser más claro. Aun bajo los terciopelos de su cultura, la diferencia es patente. Mientras el líder de los senadores priistas ha sido capaz de construir una agenda reformista, el exgobernador del Estado de México sigue rindiendo culto al lugar común y a la expresión vacía. La propuesta económica que hizo pública hace unos días en la Fundación Colosio es de una pobreza verdaderamente sorprendente para un hombre que puede ganar la elección presidencial. Su documento es un listado de propósitos carente de contenido
concreto y de iniciativas específicas Deseos con los que nadie podría estar en desacuerdo: un estado eficaz, una economía competitiva, crecimiento, un país que se convierta en líder mundial. Blablablás. Es gracioso cuando Peña Nieto pretende presentarse como un político audaz. Desenfunda un par de expresiones que sugieren osadía y luego encalla en el mismo lugar común: perdamos el miedo, dejemos atrás actitudes partidarias, no seamos rehenes de la ideología... ¡hagamos de Pemex la palanca del desarrollo de México! ¿Ésa es la audacia del candidato del PRI? Más gracioso es cuando dice ofrecer medidas muy concretas y ser muy puntual para recetarnos frases huecas envueltas en vaguedades.

Seguro por su ubicación en las nubes, Enrique Peña Nieto parece confiar en una estrategia de resbaladilla. Resbalar hasta el triunfo. El priista ha alcanzado su techo. No creo que ni los más fanáticos de su causa crean que su respaldo pueda crecer en campaña. Lo previsible es que descienda. Pero parece que ese vaticinio le preocupa poco: tiene muchos puntos que perder sin poner en riesgo su ventaja. Lo que importa sería administrar el descenso para terminar todavía por delante de sus rivales. Por lo que puede verse hasta el momento: la suya es una campaña de inercia que preserva esa tradición de la que los priistas están tan orgullosos: la indefinición. Sus discursos, sus entrevistas, los textos que firma son homenaje a esa tradición priista. ¿Podrá Enrique Peña Nieto ganar la elección presidencial sentado en la resbaladilla?

Pactar con los narcos, más allá del PRI

Jorge Fernández Menéndez (@jorgeimagen)
Razones
Excélsior

Hay quienes quieren regresar al pasado, a pactos con el narcotráfico, le dijo el presidente Calderón a los corresponsales del New York Times. Y es verdad: no sólo existe esa tentación entre algunos políticos, sino también entre distintos sectores sociales. En la misma nota del NYT se dice que, en alguna plática privada, el presidente Calderón habría dicho que Enrique Peña Nieto, si llegara a la Presidencia, sería débil con el crimen organizado y que el sentido de su declaración al periódico giraba en torno a ello.

La verdad es que no recuerdo a Peña Nieto diciendo que cambiaría la actual estrategia de lucha contra el crimen organizado. El único documento firmado por el ex gobernador sobre el tema se publicó en The Financial Times hace ya varios meses y en los hechos lo que se planteaba era prácticamente lo mismo que tenemos ahora, haciendo hincapié, sólo, en que la estrategia tendría que ser obligatoria para estados y municipios.

Es verdad que en el priismo hay quienes no quieren ni hablar de continuar el enfrentamiento al crimen organizado en los términos en los que los ha planteado la actual administración. Ahí está, aunque no haya sido reproducida con total fidelidad, aquella declaración del ex gobernador Sócrates Rizzo de los pactos de los gobiernos priistas con el narcotráfico, o los evidentes acuerdos, aunque fueran tácitos, de muchos gobernadores con el narcotráfico. Apenas este viernes el Presidente hizo acusaciones muy serias al ex gobernador Fidel Herrera, en Veracruz, al que acusó de permitir la entrada de Los Zetas a la entidad e incluso de ocultar el número de víctimas y de eventos criminales: hasta se ejemplificó con la declaración del gobierno estatal de que en Veracruz no había secuestros al mismo tiempo que el ex gobernador se vanagloriaba de haber pagado seis rescates de personas secuestradas.

Pero el problema entonces es doble: primero, porque son muchos, también en el PAN y en el PRD, los que están pidiendo pactos. En el PAN el ex presidente Fox, en cada foro que se le presenta, insiste en que se debe pactar con el narcotráfico e incluso propuso la idea de crear una suerte de Cocopa para negociar con él. Acaba de decir que México debe abandonar los esfuerzos para impedir que ingrese la droga a Estados Unidos. En el otro extremo, el padre Solalinde y el movimiento de Javier Sicilia han terminado demandando que se les pida “perdón” a Los Zetas. Y, López Obrador, de una u otra forma, lo viene diciendo desde 2006. Incluso en las encuestas esa posición ha crecido: la gente, ante la violencia y la inseguridad, termina aceptando pactar con el narcotráfico (como termina aceptando la pena de muerte).

Si el presidente Calderón analiza el tema del pacto con el narcotráfico a partir de variables electorales o de partidos, se equivoca. El tema trasciende y cruza los partidos y es precisamente eso lo que lo hace peligroso y lo que obliga a romper con una inercia creciente que golpea todo el proceso de destrucción de las bandas criminales. El pacto con los grupos criminales, primero, es imposible, inviable por la definición de esas organizaciones: no son disidentes políticos, son criminales. Segundo, por la creciente pulverización de las mismas (en Guerrero operan, por ejemplo, 17 grupos diferentes, en la mayoría de las ocasiones enfrentados entre sí). Tercero, porque no tendría el menor sentido ético y generaría un deterioro moral de la administración que lo realizara (es en realidad una puerta abierta para la corrupción).

Pero más allá de todo eso, lo importante es convencer de que la sola idea del pacto con los grupos criminales es una suerte de rendición del Estado mexicano en varias de sus responsabilidades esenciales, comenzando por la de garantizar la seguridad de sus habitantes.

Y nadie, con sentido común, puede permitirlo, sobre todo, desde el escalón más alto de la escalera del poder. ¿Hay una receta para evitar esa tendencia?

Sí y es lo que realmente cambió las cosas en Colombia: comenzar a detener y juzgar a todo funcionario público, de cualquier partido, que se compruebe que tenga relación con el crimen organizado. En Colombia, por lo menos 80 legisladores, y muchos más funcionarios partidarios y de gobiernos federal y locales terminaron en la cárcel. Eso rompió la narcopolítica y le demostró a la gente que no se podía pactar con el narcotráfico. En nuestro caso los pocos que son detenidos pagan 15 mil pesos de fianza y se van a su casa.

Reconocimiento

Mi amigo Carlos Salomón Cámara recibirá este martes 18 de octubre un reconocimiento público y honorífico, en El Escorial, en las afueras de Madrid, otorgado por la Escuela Europea de Dirección y Empresa, asociada al Real Centro Universitario Escorial María Cristina por su contribución a fortalecer los puentes políticos, económicos, sociales y culturales entre Latinoamérica y España. Es el primer mexicano al que esa institución de educación superior reconoce públicamente. Enhorabuena.

Claro que los priistas quieren pactar con los criminales

Ciro Gómez Leyva
gomezleyva@milenio.com
La historia en breve
Milenio

Lo he escuchado tête à tête al menos de un ex gobernador. Y de un gobernador. Y de un ex senador. Y de un diputado. Y de un ex presidente municipal. Todos priistas. Todos, de alguna manera, conocedores del tema, incluso con experiencias “exitosas”. Todos coincidiendo en que “Calderón es un pendejo”, porque no hay mejor salida que pactar con los
criminales.

Para esos priistas, el criminal no es El Chapo Guzmán o el Zeta 40. Es el jefe de la plaza, la ciudad, la zona de la ciudad. Se debe hacer contacto con él y ofrecerle una razonable libertad de operación a cambio de que no se meta con los ciudadanos ni altere la paz pública.

Esa es la pax priista. O al menos ésa es la que propalan muchos priistas. Me cuesta entender que se sorprendan porque el presidente Calderón le dice a The New York Times que quieren revivir pactos del pasado con la idea de que funcionarán ahora: “Esa es la mentalidad de muchos de ellos, me preocupa que esa opinión pueda prevalecer”.

En vez de desgarrarse las vestiduras, de desgañitarse gritando que el Presidente los agravió, podrían marcar un discurso claro y una ruta de navegación en el tema de la violencia y la inseguridad. Hoy no los tienen. Al menos en público. Porque en privado, cómo se les llena la boca criticando las “pendejadas de Calderón, que se quiso poner a jugar a la guerrita”; asegurando que ellos sí saben cómo hacerlo, y que “vas a ver cómo van a cambiar las cosas cuando gane Peña”.

Y repitiendo que el método más eficaz, “ni modo, es ponerse de acuerdo” con los criminales. Lo dicen. Claro que lo dicen.

Sería muy interesante que Enrique Peña Nieto se expresara con claridad sobre el tema.