octubre 29, 2011

¿Cómo derrotar la corrupción?

Ricardo Trotti
Periodista
trottiart@gmail.com
El Universal

La batalla contra la corrupción jamás será ganada si los ciudadanos se mantienen indiferentes ante el secretismo y la cultura del silencio que estimulan e impulsan algunos gobiernos y no pocas entidades privadas.

Esta pelea por exigir mayor transparencia, rendición de cuentas y acceso a la información pública no es suficiente si sólo la dan las organizaciones no gubernamentales, como esta semana pidió la Alianza Regional por la Libre Expresión durante las sesiones de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH).

Los estudiantes en Chile, los indígenas en Bolivia, los protagonistas de la primavera árabe y los del movimiento Occupy Wall Street en Estados Unidos están demostrando que cuando los ciudadanos se expresan y organizan en torno a objetivos comunes, los gobiernos escuchan; y se producen cambios.

La mayor exigencia debe ser para los gobiernos, ya que pocos son transparentes y muchos no cuentan con leyes de acceso a la información que los obliguen a rendir cuentas o permitir que se les audite, como ocurre en Venezuela. En ese país, el grupo Espacio Público denunció que de 65 peticiones de información hechas al gobierno en el último trimestre, 84% quedó sin respuestas.

Pero aun con esas leyes de acceso, tampoco existen garantías de gobierno abierto y transparencia. En Guatemala, Jamaica y República Dominicana hasta los partidos políticos las incumplen, mientras que en Canadá una auditoría hecha por periódicos reveló que sólo 61% de las agencias gubernamentales entregó información dentro de los 30 días estipulados por una legislación vigente desde hace dos décadas.

En materia de corrupción, los gobiernos tienen doble responsabilidad, porque primero deben probar su honestidad para después exigirla. Un estudio del Banco Mundial y la Oficina de las Naciones Unidas contra el Delito demostró cómo los funcionarios corruptos aprovechan vacíos legales y subterfugios jurídicos para malversar fondos estatales y aceptar sobornos. En cuanto a la reducción de delitos que se cometen a través de empresas fantasma, fundaciones y fideicomisos, el estudio exigió información pública más accesible y legislación para mejorar auditorías.

Esta semana el Congreso de Brasil pareciera haber escuchado. Aprobó la Ley de Acceso y Transparencia después de ocho años de trabas, en especial de los senadores y ex presidentes José Sarney y Fernando Collor de Melo, que no se destacaron por ser gobiernos de manos limpias. La nueva ley, que obligará al gobierno federal, a 26 estados y más de cinco mil municipios a contestar peticiones, revelar datos en internet y promover la participación ciudadana en audiencias públicas, será una herramienta que, bien aprovechada, permitirá a la presidenta Dilma Rousseff profundizar su ataque contra la corrupción.

Lo destacable es que Rousseff no tendría la determinación para luchar contra la corrupción —acaba de deshacerse de su quinto ministro esta semana— de no ser por las muestras públicas de indignación en Brasilia contra los escándalos impunes. No es para menos, en Brasil la corrupción es cultural. La Federación de Industrias calculó que en la última década, el desfalco a las arcas del Estado —es decir, al bolsillo de todos— alcanzó la vergonzante cifra de 406 mil millones de dólares, similar a la deuda externa conjunta de varios países latinoamericanos.

Existen todavía gobiernos muy renuentes a tener leyes de acceso a la información. Ojalá que la actitud de Brasil contagie a otros, como al de Cristina de Kirchner, para que no crea que el 54% de votos en su reelección es un cheque en blanco para mantener el silencio y no investigar la corrupción propia y ajena. Ojalá también sacuda al presidente nicaragüense Daniel Ortega, quien de ser reelecto el 16 de noviembre seguramente querrá mantener el hermetismo de su función, criticada hasta por los periodistas de medios oficiales.

La experiencia indica que si bien estas leyes no son la panacea, son el primer paso ideal para cambiar la cultura del silencio por una mentalidad más abierta y responsable, en la que los gobiernos tomen conciencia que los ciudadanos son los verdaderos propietarios del Estado y a quienes deben sus servicios.

Pero exigir ese cambio de mentalidad no es tarea de las organizaciones, sino responsabilidad directa de los ciudadanos.

La especialidad de la casa

Andrés Pascoe Rippey (@Andrespascoe)
apascoe@cronica.com.mx
Invasión retrofutura
La Crónica de Hoy

A última hora, casi como en película de terror, los países europeos accedieron a reducir la deuda de Grecia e impedir así su default. El quiebre de un país que usa el euro habría significado una caída de los mercados generales, y una profundización de las duras condiciones económicas del otrora continente iluminado.

Por tantos años América Latina miró a Europa como un sueño dorado: integrada, próspera, con seguridad social, repartición de la riqueza. Eran los años de los gobiernos progresistas, del gran pacto de la post guerra. Mientras nosotros nos matábamos unos a otros con dictaduras o guerras civiles, mientras nuestros gobiernos destruían la economía o se robaban todo, los europeos se veían tan, ¿cómo decirlo?, civilizados.

Ahora parecen un negro augurio del futuro: alto desempleo, endeudamiento crónico, creciente desprecio y discriminación contra los migrantes, creciente delincuencia. Mientras nuestra región entra en lo que debería ser su década —se pronostica que entre 2010 y 2020 daremos un gigantesco brinco económico y social—, vemos como el gran ejemplo se hunde de forma lenta pero segura.

El rescate de Grecia dio un respiro a la economía global, pero es una historia que estamos viendo casi cada semana: alguna inyección de capital hace que la bolsa suba por tres días y poco después vemos como los mercados vuelven a castigar a los Estados.

Nunca como ahora hemos visto la brutal mezquindad de los mercados: succionan recursos, condicionan confianzas, castigan todo lo que sea protección de los desaventajados. Estamos viendo como los accionistas apuestan siempre contra el Estado y el Estado sólo puede seguir dando. Es la demencia de la mujer golpeada por el marido alcohólico que de cualquier forma lo sigue amando. Hoy me pegaste, pero no por malo, por borracho; mañana te daré más y me querrás… aunque pasado mañana te vuelvas a emborrachar.

Mirando a España, por ejemplo, uno podría pensar que es la debacle de la izquierda. Pero tanto Sarkozy en Francia, Merkel en Alemania, Berlusconi en Italia y Brown en Inglaterra —todos de derecha— están a punto de quedar fuera del poder o en una crisis de credibilidad absoluta. No importa hoy a qué ideología adscribas: si estás en el poder, estás jodido. Si eres oposición, es un día de fiesta.

Y si eres migrante, bueno: el acabose.

Un reconocido economista decía el otro día que Europa debía sacar a Grecia del euro, dejarla devaluar —ya vimos que bien le va a un país cuando hace eso— y después, ya que se recupere, dejarla entrar de nuevo. Supongo que para un economista suena bien, pero la verdad es que es políticamente inmanejable: tener el euro sería como un pase semanal. Hoy sí, mañana no, pasado quizá. Imposible.

Mientras toda la unidad europea se sacude, es inevitable no pensar en el sueño de Bolívar: una Latinoamérica unida. Con una sola moneda. Viendo a Europa hoy, suena a la mayor locura. Imaginen que la economía de Brasil se colapsa porque, no sé, Guatemala no puede pagar sus deudas. ¿Quién querría correr ese riesgo?

Hay quienes acusan al estado solidario que muchos países europeos construyeron como el culpable. Entiendo sus argumentos —¡cómo se atreven a cobrarle impuestos a los ricos!— pero son tan frágiles como tristes. Esta crisis empezó en Estados Unidos y el americano promedio está mucho peor que el europeo promedio. No tiene ni buena educación, ni salud, ni siquiera derecho a protestar.

En los próximos años veremos a una Europa que, empobrecida, va lentamente recuperando su estabilidad tras haberle dado todo a unos mercados que nunca tuvieron ningún interés en la estabilidad, sino en justo lo contrario: ganar mucho muy rápido, lo cual genera inestabilidad en cualquier parte.

Y, dicen algunos, veremos a una América Latina pujante, que por sus condiciones demográficas, sociales y de recursos naturales, va derrotando a la pobreza poco a poco pero con decisión. ¿Sabremos aprender de Europa y tomar todo lo bueno —la seguridad social— pero protegiéndonos de lo malo?

A ojo de buen cubero, estoy seguro de que no aprenderemos nada. Es la especialidad de la casa.