noviembre 03, 2011

Paco Calderón




El cochinero, la rijosidad y el PRD

Agustín Basave (@abasave)
abasave@prodigy.net.mx
Director de Posgrado de la Universidad Iberoamericana
Excélsior

Los partidos de izquierda tienen una vieja tradición divisionista. Su origen está, a mi juicio, en la esencia revolucionaria y en la exigencia de una fe de carbonero al seguidor de su compleja ideología originaria. En otras palabras, me parece que la tendencia de algunos izquierdistas a pelearse entre sí proviene de un chip marxista que, aunque dicen haberse extirpado, teórica o intuitivamente sigue ahí. Y es que la sofisticación de Marx favoreció la prolijidad hermenéutica, pero su intolerancia y saña frente a las reinterpretaciones de sus directrices heredaron a sus ulteriores exégetas la proclividad a arrojar anatemas sobre quienes discreparan de su versión de la verdad revelada. Esta contradicción condujo al dogma y al sectarismo y perpetuó la táctica de encarecer la desobediencia declarando traidor al disidente.

Ese chip hace desconfiar de la ley. La tesis de que el Estado capitalista no es más que el garante de los intereses de la burguesía —junto a la sensación de que cualquier legalidad dentro de un régimen liberal es sospechosa— reverbera inconscientemente en muchas mentes. En esa lógica, la norma jurídica es aliada de la derecha y enemiga de la izquierda. Si en ausencia de la revolución socialista las conquistas sociales se arrancan a los gobiernos con movilizaciones rayanas en la ilegalidad, cuando se entra al aro de la democracia electoral hasta los reglamentos de los mismos partidos izquierdistas se tornan engañosos, porque forman parte del orden que tarde o temprano habrá que subvertir. La crisis identitaria de la izquierda en un mundo crecientemente derechizado contribuye a sentir la comparecencia disciplinada en las urnas como una claudicación y al apasionamiento de la lucha en las plazas como un reintegro de identidad emocional.

Esa mentalidad, que pululó en la socialdemocracia europea en la primera mitad del siglo pasado, se da hoy en México en el Partido de la Revolución Democrática. Si bien en el perredismo abundan los que dicen haberla superado, escasean los que lo demuestran en los hechos. Pese a ser el producto de un proceso unificador que revirtió la fragmentación de la izquierda partidaria mexicana (PSUM/ PMS/ FDN/ PRD) y a haber desarrollado una notable habilidad para amarrar equilibrios internos, su mestizaje de izquierdismo y priísmo desembocó en una estructura tribal que lo vuelve intrínsecamente inestable. Por un lado, las lealtades a las corrientes son a menudo más fuertes que la lealtad al partido; por otro, sus mecanismos reglamentarios para procesar diferendos suelen ser rebasados por la inercia beligerante de su núcleo duro de militantes. Lo primero multiplica los conflictos y lo segundo dificulta su solución.

Muchos ciudadanos estamos dispuestos a movilizarnos o a ir a una resistencia civil en situaciones límite, pero el perredismo radical lo hace de manera casi sistemática. Su desconfianza hacia los cauces del derecho los lleva a desperdiciar recursos en tribunales que, con todo y los sesgos en su contra que el establishment pueda imponer, podrían traerles más dividendos que los que presentan en las calles. No es casualidad que en sus filas sobren activistas y falten abogados. Peor aún, el esmero en apelar a las instancias jurídicas no se da cuando deben enfrentar al enemigo sino cuando quieren lanzar fuego amigo. Y ni fuera ni dentro encuentran reglas escritas que les resulten suficientes: no se conforman con debatir iniciativas, presentar mociones y votar en el Congreso y por eso toman la tribuna, y no les bastan sus estatutos para dirimir sus conflictos y protestan contra sí mismos al grado de confrontarse virulentamente y ocupar sus propias oficinas por la fuerza.

El resultado está a la vista: una vez más, sus elecciones internas fueron un desastre por su desaseo y su rijosidad. Están causando un grave daño a su imagen en la víspera de escoger a su candidato presidencial. Su dirigente lo explicó diciendo que ellos duermen con el enemigo; tiene razón: las tribus se han agrupado en dos polos, el moderado que encabeza Nueva Izquierda y apoya a Ebrard y el radical que lidera Izquierda Democrática Nacional y está con López Obrador, y el deseo de cada uno de controlar el partido es mayor que el de ambos de alcanzar la Presidencia. Les conviene llegar unidos al 2012, sin duda, pero si fracasan tendrán que optar: o conservan su maridaje de conveniencia con todo y su violencia intrafamiliar o se divorcian e intentan crecer cada uno por su lado. Porque mientras les gane su actitud pendenciera el electorado continuará inclinándose por el PRI. Y no se vale. No se vale que, tras de 71 años de priísmo y 12 de panismo que no han sacado a México de la pobreza y la corrupción, cuando es hora de que los mexicanos le demos una oportunidad de gobernar, nuestra izquierda se inmole en su esquizofrenia. Y eso es lo que va a ocurrir si el PRD no da pronto una muestra de madurez y responsabilidad del tamaño de su cochinero y cruza el rubicón de la institucionalidad liberal.

¿AMLO o Ebrard?

Jorge G. Castañeda (@JorgeGCastaneda)
jorgegcastaneda@gmail.com
Reforma

Todo indica que a pesar de sus eternas divisiones y de la absurda ley electoral que el PRD aprobó y de alguna manera inventó en el 2007, el partido ha encontrado una fórmula para escoger al candidato que le permita ir unido a las elecciones y presentarse ante la sociedad como una organización menos dividida. El único detalle es que la fórmula que ha encontrado no es necesariamente la que se ha anunciado.

De acuerdo con anuncios de los últimos días; dos encuestadoras, supervisadas por una tercera, realizarán dos sondeos con pocas preguntas que se conformarán en uno de los elementos, si no es el que el decisivo o único, para optar entre AMLO y Ebrard. Al parecer las preguntas se relacionarían con la aceptación y rechazo a candidatos; el nivel de conocimiento y saldo de opiniones positivas y negativas de ambos; y careos: AMLO en uno y Ebrard en otro, contra PAN y PRI.

Con la advertencia de que en algún lado puede estar la jiribilla que sirva para invalidar los resultados, es altamente probable que, y así lo confirma la mayoría de las encuestas (quizás no en un aspecto la de Consulta Mitofsky), los dos contendientes salgan empatados. En efecto, en los careos ninguno de los dos tiende a superar el 12 o 13 por ciento y la diferencia entre ambos es estadísticamente nula. En conocimiento AMLO le saca 20 puntos de ventaja a Ebrard, pero en saldo de positivos y negativos Ebrard le saca casi 20. En población abierta según empresas como Gaussc y aparentemente Parametría, Ebrard tiene ventaja, pero en el seno "pueblo PRD" AMLO gana. De tal suerte que quedan parejos.

Si todo esto es así, es decir, si las encuestas no resultan concluyentes, y la izquierda quiere a toda costa, y con toda razón, ir unida a los comicios, o AMLO le cede algo a Ebrard a cambio de apoyar su candidatura, o al revés. Sin ser amigo de ninguno de sus terapeutas, y por tanto careciendo de la posibilidad de escudriñar su inconsciente, me quedo con la idea de que será Ebrard quien cederá la candidatura a cambio del DF y de buenos lugares en las listas para las Cámaras de senadores y diputados para sus partidarios. Pronto sabremos.

Ahora bien, todo este proceso puede verse también afectado de varias maneras por los intereses de los otros partidos. Intereses quizás contradictorios y ambivalentes. Probablemente el gobierno y el PAN prefieren competir contra AMLO que contra Ebrard porque lo ven como un candidato más débil, pero saben también que es quien más guerra dará en caso (casi seguro) de perder. A la inversa, Ebrard sin duda reconocería su derrota, pero podría relegar al PAN a un tercer lugar si las encuestas confirmaran el liderazgo de Peña Nieto una vez existiendo tres candidatos. En cuanto a Peña, tal vez piense que es más fácil polarizar la elección con AMLO para tratar de capturar el voto útil de los panistas resignados, pero al mismo tiempo sabe que un Peje por arriba de 30% le provocaría muchos problemas.

Más allá de estas especulaciones, la aberrante legislación electoral, que acorta tiempos y limita el debate, nos privará del terrible pero necesario escrutinio por parte de los medios, de la academia, de la clase política y de la sociedad civil, a la que se tienen que someter, por ejemplo, durante casi un año y medio, los precandidatos y candidatos a la Presidencia de Estados Unidos. Los pasan por la báscula a todos y en todo: su primera novia o novio, las travesuras de sus hijos, cuántas veces se pasaron un alto, cuántas veces se han contradicho en su vida, y a quién han matado, hostigado o simplemente maltratado. El proceso no es garantía: George Bush lo recorrió con éxito dos veces y he ahí los resultados. Pero entre eso y la tremenda falta de información de este tipo de la que dispondremos los votantes sobre la mayoría de los candidatos posibles (la excepciones serían tal vez AMLO y Creel) se vuelve aún más complicado el escenario. Por lo menos con AMLO todos sabemos a qué atenernos. No es una ventaja menor.

Reforma: Preferencias electorales en Michoacán




Michoacán: la vida o la muerte de Moreira

Ricardo Alemán (@RicardoAlemanMx)
Excélsior

En los últimos 30 días, Fausto Vallejo, candidato del PRI, prácticamente se estancó entre las preferencias de los potenciales votantes

El próximo domingo 13, en Michoacán, se juega mucho más que la renovación del gobierno estatal de caricatura; más que el cambio de edil en sus violentos 113 municipios y mucho más que el relevo de su debilitado Congreso.

En Michoacán también se ensaya buena parte de la estrategia para la elección presidencial de 2012, sobre todo la polarización político-electoral entre el PAN y el PRI, y su jugada maestra de mandar al tercer lugar al PRD, además de que se practica la impensable tesis de vencer al partido amarillo en su bastión histórico y fundacional. De conseguir ese objetivo, la estratagema se podría replicar en el Distrito Federal.

Pero, sobre todo, en Michoacán se practica la hipótesis de que la familia Calderón Hinojosa es una marca política ganadora; que contra lo que muchos suponen y otros tantos desean, no todos los electores quieren la muerte política de los Calderón Hinojosa, a pesar de la costosa guerra contra el crimen organizado.

No es novedad que, en Michoacán, el PAN y el presidente Calderón se juegan una carta decisiva para julio de 2012; que la violencia y el crimen se conviertan en el centro de la contienda electoral y que, una vez conseguido ese objetivo y que los azules ganen el gobierno michoacano, los electores premien al gobierno de Calderón en la contienda presidencial.

Por todo lo anterior, para el PAN y su verdadero jefe, Felipe Calderón, la victoria electoral en Michoacán sería lo más parecido a la legitimación del sexenio y de su lucha fundamental: la guerra contra el crimen organizado y las bandas del narcotráfico. Sin embargo, la eventual victoria del PAN y de los Calderón Hinojosa en Michoacán también podría significar la caída del jefe nacional del PRI, Humberto Moreira. ¿A qué nos referimos?

Elemental, que si el PRI pierde Michoacán y al mismo tiempo el PAN se convierte en el gran ganador —lo que cobra carta de naturalización, ya que todos los partidos, incluido el PRD, dan por derrotado a Silvano Aureoles—, asistiríamos a la confirmación de que Humberto Moreira es un lastre para el PRI, no sólo por el escándalo de los cochupos financieros en su gestión como gobernador de Coahuila, sino también en el terreno político-electoral.

Y es que apenas hace dos meses era un hecho que Michoacán sería del PRI, con un candidato ganador como Fausto Vallejo, alcalde de Morelia en cuatro ocasiones. Sin embargo, algo hizo mal o muy mal el PRI de Humberto Moreira para que, en los últimos 30 días, su candidato, Fausto Vallejo, prácticamente se estancara entre las preferencias de los potenciales votantes. ¿Qué pasó? ¿Por qué de manera inexplicable dejó de fluir apoyo y dinero para la campaña de Vallejo?

Y mientras que el PRI no encuentra la “cuadratura del círculo”, la candidata del PAN, Luisa María Calderón, empezó a subir de manera considerable en la preferencia de los electores, al capturar los votos que —al mismo tiempo— empezó a perder el candidato del PRD, Silvano Aureoles, quien sigue a pique.

Todo eso sin contar con la formidable confusión que se ha generado en por lo menos 30 municipios, en donde los candidatos a puestos de elección popular —de los tres partidos— se han retirado, han dejado de hacer campaña o, de plano, aventaron la toalla. ¿La razón? Que las bandas criminales que se adueñaron de buena parte de Michoacán están haciendo su propia elección.

Es decir que, por la vía de la amenaza y el miedo, las bandas criminales han llegado al extremo de quitar candidatos y ordenan el sentido del voto. ¿A favor de qué partido y cuál candidato, en qué municipio, intervienen las bandas criminales? Esa es la gran confusión.

Por lo pronto, tanto el PRI como la dinastía de los Cárdenas —y en general el PRD— hacen todo lo posible por impedir que el candidato Silvano Aureoles pierda más votos. ¿Por qué? Porque los votos que pierde Silvano Aureoles no van al PRI, sino al PAN. Y de continuar esa tendencia en los próximos días, diez —la elección en Michoacán se llevará a cabo el domingo 13 de noviembre—, el golpe de imagen y percepción contra el PRI y el PRD sería demoledor. ¿Por qué?

Porque en la última elección estatal antes de la presidencial, el PAN se alzaría con un triunfo espectacular, para la imagen y la percepción social. Y, claro, una derrota electoral como ésa —además de la persecución judicial por las transas de su gobierno— significaría la muerte política de Humberto Moreira. Al tiempo.

EN EL CAMINO

Casi un mes después, el IFE saca el spot de El Tata a favor de AMLO. Árbitro ejemplar. ¿O no?