noviembre 28, 2011

¿Quién decidió en Michoacán?

María Elena Álvarez de Vicencio
melenavicencio@hotmail.com
Secretaria Ejecutiva del Inmujeres
La Crónica de Hoy

Todo proceso electoral abriga en sí mismo una esperanza de cambio, de cambios que lógicamente siempre deben ser para vivir mejor. En el pasado proceso electoral de Michoacán, celebrado el 13 de noviembre, los cambios ocurridos no hacen esperar ninguna mejora y, por el contrario, dejan una gran preocupación por todo lo que pudo ser para bien del estado y que no será, y que posiblemente se agraven los problemas que se querían solucionar.

La calidad moral de Luisa María Calderón, candidata panista a la gubernatura de Michoacán, y la respuesta que dio ante el resultado de las elecciones es una prueba del tipo de gobierno que realizaría si el narcopri no hubiera desplegado la estrategia de amenazas, amedrentados y extorsiones para evitar que la ciudadanía michoacana votara por un cambio positivo para su estado.

La diferencia de votos fue mínima, el candidato del PRI obtuvo, de acuerdo con el Programa de Resultados Preliminares (PREP) de Michoacán, 35.39% y la candidata panistas 32.67%, lo que representa una diferencia de sólo 2.72%.

Sería difícil cuantificar el número de votos en favor de Cocoa que se perdieron por las estrategias que impidieron a la ciudadanía emitir su voto libremente. Por lo que la petición de anulación de los comicios que ya interpuso el Partido Acción Nacional no sólo argumenta que el PRI rebasó los topes de campaña, sino la intromisión del narcotráfico y con la coacción del voto a través de la entrega de la tarjeta “La F”, lo que no permitió que la ciudadanía se expresara con toda libertad.

Es muy lamentable que el largo camino emprendido para lograr la democracia plena en Michoacán que tanto necesita un gobierno corresponsable, con visión de Estado, comprometido con una democracia participativa y deliberativa y que ahora más que nunca requiere que se garanticen la seguridad y el estado de derecho. Todo esto se vio frenado por la ambición de poder, que sin importar los intereses de la nación, antepusieron los del partido, y que para lograrlo no hayan dudado en aliarse con la delincuencia que tanto daño ha hecho a Michoacán y a todos los mexicanos.

El estado ha sufrido por largo tiempo las consecuencias de la permisividad, la impunidad y la complicidad de autoridades estatales con el crimen organizado. Los ciudadanos viven con miedo y saben que esta realidad ha impedido el pleno crecimiento económico y el desarrollo integral de Michoacán. Las pequeñas y medianas empresas han padecido las constantes amenazas y extorsiones que reducen sus ganancias y afectan su tranquilidad.

La campaña por la gubernatura es una muestra de los que son capaces al asesinar a Ricardo Guzmán Romero, presidente municipal de La Piedad. Los esfuerzos del gobierno federal para reforzar la seguridad se vieron reflejados en la considerable participación de votantes que fue de 54% y sólo fue disminuida por las amenazas selectivas que hicieron a los ciudadanos que sabían que no votarían por ellos.

Michoacán estaba esperanzado a que con el nuevo gobierno sus índices de productividad subirían, al igual que la inversión privada, pero esta esperanza se está extinguiendo, ya que un gobierno que llega debiendo su triunfo a la delincuencia, ¿qué puede ofrecer y qué pueden esperar los michoacanos? Y hay algo aún más preocupante: el partido que se alió con la delincuencia para ganar Michoacán, es el mismo que alardea que el próximo año gobernará la nación. Lo sucedido en Michoacán es sólo un adelanto de lo que es capaz de hacer para lograr sus propósitos.

Lo acontecido en Michoacán tendrá que ser seriamente analizado, si la elección no es revisada a fondo y no se toman las medidas pertinentes, existe el riesgo de que en el proceso electoral del próximo año se repitan estas deleznables prácticas y la ciudadanía no pueda ejercer libremente sus derechos. Las autoridades electorales tienen en sus manos una gran responsabilidad con la decisión que tomen en ese estado.

Toda la ciudadanía michoacana que votó por Luisa María Calderón le está muy agradecida, porque sabiendo a lo que se enfrentaba, se entregó con la convicción y el propósito de transformar a su estado; de lograr un gobierno transparente, eficiente y con la convicción de que gobernar es servir y no servirse. Su esfuerzo no será inútil, estamos seguros de que Michoacán va a cambiar, cada vez son más los ciudadanos conscientes, que desean vivir mejor, y con ellos, a pesar del egoísmo de los menos, el estado cambiará.

Luisa María Calderón reconoció el triunfo, pero al mismo tiempo pidió al nuevo gobierno “no ponerse de rodillas ante los grupos armados que decidieron el resultado de la elección”; dijo también que muy probablemente vengan pronto a “cobrarle sus servicios”, y además, le demandó que sus autoridades se comprometan “a mirar, denunciar, cambiar las instituciones y comenzar a tener una instancia de denuncia confiable”.

La diferencia de votos fue tan corta y las acciones intimidatorias fueron tan abundantes que en la consciencia de la mayoría de los michoacanos está la certeza de que Luisa María Calderón ganó la elección y debiera ser la gobernadora de Michoacán.

Sabia virtud de conocer el tiempo

Leonardo Curzio (@leonardocurzio)
Analista político
El Universal

Uno de los más desconcertantes rasgos de la cultura nacional es la forma en que nos relacionamos con el tiempo. Ya lo han señalado distintos informes que miden la competitividad de los países, que un mexicano emplea cuatro o cinco horas para hacer lo que un nórdico desahoga en una hora. No tenemos esa urgencia del evangelio de Benjamín Franklin de que “el tiempo es oro”, ni tampoco nos sentimos aludidos por la excitativa de Séneca de ser tan avaros con nuestro tiempo como lo somos con nuestro dinero. Nadie te da 200 pesos, pero muchos podemos perder tardes completas en triviales conversaciones o en el dulce placer de no hacer nada. Nuestra relación con el Dios “Cronos” es tortuosa y patológica.

Ya es parte del anecdotario nacional aquello de la manipulación del reloj legislativo para decir que hoy es ayer o barbaridades de ese tamaño. También es motivo de escarnio popular el retraso de más de un año en el nombramiento de los consejeros del IFE. Todo da igual, el calendario avanza y buena parte de la clase política se comporta como si fuera inmortal y no estuviese sujeta a la norma del tiempo como cualquier otra persona o institución. Lo peor no es que seamos lentos para hacer casi cualquier cosa, sino la combinación fatídica de lentitud con anticipación de los tiempos para un puñado selecto de propósitos. No avanzan las reformas, ni se atienden los temas más delicados del país (hasta las obras van sumamente lentas) y en contraste los partidos políticos han adelantado casi tres meses (por decir lo menos) sus procesos de selección de candidatos. Han quedado tan abiertamente exhibidos al descubrir que (según el calendario electoral) el proceso de selección de candidatos debía darse a partir de mediados de diciembre. ¡Qué país tan curioso tenemos: las reformas nunca concluyen y las estelas de luz no se terminan, pero los candidatos salen del huevo como si fueran precoces sietemesinos! Yo me pregunto, ¿si los partidos políticos pusieran la mitad del empeño en sacar adelante las cosas importantes de la agenda nacional que ponen en la selección y promoción de sus candidatos, qué gallo nos cantaría? Porque eso no solamente no lo tienen a tiempo, sino que lo cocinan antes de tiempo, exponiéndose así a la vergonzosa alternativa de simular que habrá precampañas para elegir candidatos. Peña Nieto y López Obrador han reconocido que el llegar a la meta dos meses antes del calendario hace superfluas las prerrogativas de las precampañas y un buen gesto por su parte sería donar el dinero de las precampañas a una de las tantas causas justas y amorosas que dicen defender. Por supuesto, sus bases envilecidas aplaudirán lo que haga falta, porque para eso están. para aplaudir lo que su caudillo diga, pero los ciudadanos independientes se percatan de que las preocupaciones de la gente siempre pueden esperar pero las prioridades políticas de los caudillos no.

Qué curioso manejo del tiempo: lo que les importa a ellos sale con anticipación y lo demás lo mandan a las calendas griegas. Pero detengámonos en el funcionamiento general del país y observemos lo que ocurre fuera. En buena lógica, precampañas sólo debería tener el PAN, donde aparentemente hay una auténtica competencia pero, ¿es realmente necesario invertir casi ocho meses (súmele todos los adelantados) en elegir precandidatos y organizar campañas? Si lo vemos con frialdad eso mismo se podría hacer en seis meses. La izquierda resolvió en tres días (con dos encuestas) su dilema. El PRI ya tenía candidato desde hace seis años y el PAN va hacer una interna en la que participarán, en el mejor de los casos, más de un millón y medio de militantes. No encuentro justificación para perder tantos meses en repetir generalidades que ya convencieron a los convencidos y esperar hasta julio de 2012 para decidir quien será Presidente de la República me parece eterno.

España, en un año crítico, logró pasar una reforma constitucional, una modificación a las leyes laborales, tener campaña electoral y toma de posesión de un nuevo gobierno en 6 meses. Aquí si bien nos va, dentro de casi un año el nuevo gobierno tomara las riendas del país. ¿No es una absurda cantidad de tiempo y de energías perdidas en esa obsesión electorera en la que nos hemos metido? Yo digo que en ocho meses se podría seleccionar candidatos, hacer campaña, celebrar elecciones, desahogar impugnaciones y garantizar el cambio de administración y eso reduciría la polarización y ayudaría a la economía. Pero eso no parece preocuparles.

¿Lula o Peje 2.0?

Denise Dresser
Reforma

Ante el anuncio de la "República amorosa" que propone Andrés Manuel López Obrador surgen las preguntas esenciales, ineludibles, definitorias: ¿cómo se comportará rumbo a la elección del 2012? ¿Se convertirá en un izquierdista pragmático o volverá a ser un populista confrontacional? ¿Tomará decisiones con la cabeza fría o con la misma víscera candente? ¿Derrumbará los vetos que ha contribuido a construir o fortalecerá su existencia? ¿Tenderá puentes para ampliar apoyos o colocará dinamita debajo de ellos? ¿Armará un equipo con base en el talento o en función de la lealtad? ¿Será un Lula o un AMLO reloaded? ¿Un izquierdista moderno o tan sólo un Peje 2.0?

Las preguntas que acompañan a López Obrador tienen razón de ser. Las dudas que lo rodean son legítimas. Durante los últimos seis años, el Peje muestra múltiples facetas, múltiples caras, múltiples maneras de ser y de pelear. A veces cae en la provocación, a veces promueve la reconciliación; a veces empuña el machete, a veces extiende la mano; a veces habla de la refundación total de la política y a veces habla tan sólo de reformarla. López Obrador oscila entre el extremismo del mesías y el incrementalismo del político. Oscila entre el objetivo contradictorio de pelear por una causa y morir por ella. Quiere cambiar la Presidencia pero también llegar a ella. Quiere regenerar el poder pero también concentrarlo en sus manos. Quiere romper con el pasado pero también ser viable en el futuro.

Y de allí las dudas que despierta. De allí los temores que suscita. De allí los odios que engendra. De allí el calificativo más común con el cual lo describe la prensa internacional: "fiery" (ardiente). Porque la retórica de AMLO es y ha sido fogosa, combativa, provocadora. Porque por táctica o por convencimiento, AMLO ha usado sus palabras como un sable. Las ha pronunciado para despreciar la ley, para "mandar al diablo a las instituciones", para condenar a la Suprema Corte, para enjuiciar a la clase empresarial, para hablar de la mafia que manda en México, para convocar a un plantón sobre Paseo de la Reforma.

López Obrador ha sido comparado con Hugo Chávez porque ha hablado como él. Porque ha gritado como él. Porque ha polarizado como él. Porque las condiciones de su surgimiento son similares. Chávez es producto de la decadencia de las instituciones políticas de Venezuela y López Obrador es producto de un fenómeno comparable en México. Chávez emerge después de una década de malos manejos por parte de la clase política y López Obrador también. Chávez aprovecha el descontento creciente con el orden establecido y a López Obrador le gustaría hacerlo. Ambos ejercen el liderazgo caudillesco, fomentan la movilización masiva, apelan a mitos fundacionales, critican a las instituciones corrompidas, creen en la soberanía popular por encima de la democracia representativa. Ambos construyen enemigos para diferenciarse de ellos. Ambos se perciben como salvadores de una democracia saboteada. En eso el político tabasqueño se parece al populista venezolano. Llenan huecos, llenan vacíos, llenan espacios que una democracia epidérmica ha contribuido a crear. Hablan de la refundación de la política porque se aprovechan de la desilusión frente a ella.

Y las soluciones que ofrecen son parecidas: la voluntad popular por encima de la representación institucional. La democracia construida sobre derechos colectivos en vez de libertades individuales. El referéndum constante como legitimador a modo. El papel clientelar del Estado vis a vis la sociedad. La política concebida como la entrega de bienes en lugar de la protección de garantías. El pueblo por encima del individuo. El discurso paternalista en lugar del discurso innovador. La purga política como prerrequisito para la prosperidad. La impaciencia con los pesos y contrapesos. El petróleo como panacea. La percepción de la política como la continuación de la guerra por otros medios. La visión del desarrollo basada ahora en una "cartilla moral" y el amor al prójimo.

Siempre es peligroso predecir lo que un candidato hará si llega al poder. Una cosa es lo que se dice y otra lo que se hace. Una cosa es el luchador en el ruedo y otra el Presidente en la silla. Como candidato, Vicente Fox ofreció el cambio glorioso; como Presidente entregó la continuidad desilusionante. Felipe Calderón ofreció ser el Presidente del empleo y se convirtió en el asociado con 45 mil muertos. Como candidato, Lula atemorizó a Brasil; como Presidente lo gobernó exitosamente. En palabras de Mario Cuomo: "Los políticos hacen campaña con poesía, pero gobiernan con prosa". Desde el 2006, López Obrador ha escrito poesía maldita. Para poder ser competitivo en la próxima elección tendrá que escribir prosa convincente. Moderada. Centrista. Responsable. Porque si no, jamás podrá combatir la desconfianza que creó, el miedo que suscitó, la percepción negativa que construyó. Y en lugar de convertirse en el Lula mexicano, acabará siendo más de lo mismo: el Peje que promete amor pero sólo lo entrega a quienes se rinden ante él incondicionalmente.

PRI: hasta ahora, a la antigüita

Jorge Fernández Menéndez (@jorgeimagen)
Razones
Excélsior

No hay procesos circulares en la historia. Los acontecimientos pueden ser similares pero, en realidad no se repiten. Pero las jornadas que ha vivido el priismo en estos últimos días parece proyectar un aire de regreso al pasado, a algo que ya vimos, que se alimenta, paradójicamente, de las ambiciones a futuro.

El registro de Peña Nieto fue un destape con todas las de la ley. Estuvieron todos los ingredientes: la decisión de que no debería haber contrincantes para contar con un candidato sin mácula; la movilización de las fuerzas sectoriales y estatales no estuvo ausente: la CNC promete, cómo no, diez millones de votos; a los gobernadores priistas se les pide, amablemente, que envíen cada uno unos 500 militantes al acto de registro. Buena parte de la estructura que opera en torno a Peña Nieto está convencida de que el primero de julio será un día que simplemente completará el trámite de la confirmación del triunfo, tanto que, como antaño, ya hay quienes están distribuyéndose desde ahora posiciones antes del retorno al poder. Y los hay quienes también están ajustando cuentas internas en un proceso que apenas comienza.

Todo se parece al pasado, pero no lo es. Ha habido una suerte de vuelta de tuerca sobre él: lo que antes parecían protocolos inalterables, hoy suenan fuera de tiempo y de contexto; lo que antes era parte de la cultura política hoy parece un abuso, una violencia innecesaria en el proceso interno; lo que antes era tradición hoy parece anacrónico. Pero también, lo que antes era un trámite político hoy se ha convertido en una elección que será competitiva, real, donde nadie le regalará nada al priismo.

Peña Nieto lleva la ventaja y tiene de su lado, sin duda, las expectativas. Pero la decisión que deberá tomar, que tiene que haber tomado ya, es decisiva para su futuro y el de su partido: deberá abonar a ese pasado, a esas formas que persisten en el inconsciente colectivo, en la cultura política pero que no dejan de ser parte del pasado, o se presenta, desde ya, como parte de algo nuevo, diferente, que no compita pensando en la restauración, sino en un futuro de cambio. Peña debe ser consciente de que puede ganar apostando a cualquiera de las dos cartas: hay muchos que consideran que regresando al pasado las cosas podrán retomar el curso, como si nada hubiera pasado desde 1994 a la fecha. Hay otros que esperan algo nuevo, diferente, que exista una continuidad con un proceso de cambio que, por muchas razones, se agotó, se detuvo desde hace años.

La elección del próximo primero de julio estará lejos de ser un paseo para el priismo y el arma que usarán sus adversarios será la del temor por el regreso al pasado. Dependerá de los priistas y sobre todo de Peña Nieto debilitar o no ese argumento. Por lo pronto, hay algunos elementos preocupantes en ese sentido. Nadie debería engañarse: Manlio Fabio Beltrones declinó en sus aspiraciones a la candidatura presidencial, aunque desde antes sabía que estaba lejos de ser el favorito, no sólo por un comprensible deseo de unidad, sino porque fue orillado a ello. La convocatoria fue expedida en tales términos que hacía imposible llegar a lo que Manlio hubiera querido, que era participar en el proceso de debate de la línea política de la candidatura priista y garantizar espacios para sectores del PRI que no necesariamente se identifican como cercanos a Peña Nieto. Se festejó enormemente que Manlio decidiera no registrarse sin comprender que lo mejor que le hubiera podido ocurrir a la campaña priista, incluso teniendo, como estaba y está, un candidato decidido, hubiera sido ver a Peña Nieto debatiendo y manejándose ante un rival de altura que no pondría en riesgo su candidatura, pero que lo obligaría a mostrar mucho más qué hay debajo de ella.

Ésa no fue la decisión que animó hasta ahora el proceso interno, ni parece ser la que animará la campaña: la idea, en algo similar a lo que hizo Mariano Rajoy en las pasadas elecciones españolas, es no comprometerse, pedir un voto de confianza, alimentar expectativas sin asumir políticas muy concretas, dejar que los otros hagan propuestas y mientras tanto administrar la ventaja. No está mal y quizás el resultado termine siendo similar al del domingo pasado en España. Pero quizás las cosas resultan diferentes, quizás al PRI se le exija mucho más y sus oposiciones puedan ofrecer algo distinto. Quizás los grupos de poder interno del tricolor están tan hambrientos de regresar al poder que terminan, como están haciendo en varios estados, rompiendo y poniendo en peligro alianzas porque se consideran defraudados por cualquier acuerdo que no los beneficie personal y directamente. No sé como lo harán, pero el PRI debe trascender las expectativas de distribución del poder a la vieja usanza, pero tratar de construir una nueva cultura política dentro de sus propias tradiciones. Por lo pronto, durante la semana pasada, todo fue demasiado a la antigüita.