diciembre 05, 2011

Lavado en seco

Gabriel Guerra Castellanos (@gabrielguerrac)
Internacionalista
gguerra@gcya.net
El Universal

La noticia de The New York Times del domingo lo será seguramente hoy la principal en los medios mexicanos y generará un escándalo cuyas consecuencias apenas podemos imaginar en este momento. Una enorme operación de lavado de dinero, encabezada nada más y nada menos que por la agencia antinarcóticos estadounidense, ha sido puesta al descubierto, desnudando la manera dispar en que opera el combate al narco de ambos lados de la frontera.

El reportaje de Ginger Thompson no tiene desperdicio. Detalla cómo la DEA ha implementado una vasta red de movimientos ilícitos de dinero con el objetivo de conocer primero y rastrear después la ruta de los dólares que inician con un consumidor estadounidense de drogas y terminan en los bolsillos, o en las cuentas bancarias, de los cárteles mexicanos y de sus aliados.

La justificación extraoficial de la DEA (pues ninguno de sus funcionarios quiso hacer declaraciones oficiales al respecto) no es muy diferente a la que se esgrimió para racionalizar el operativo Rápido y Furioso: para poder combatir eficazmente el trafico de armas y en este caso de dinero es necesario conocerlo en detalle, a todos los niveles, y tener acceso a las redes de traficantes para poder eventualmente infiltrarlas, subvertirlas y/o detenerlas.

Si bien por su naturaleza es distinto a Rápido y Furioso (en el que se observaba, toleraba y supuestamente rastreaba la compra y tráfico ilegal de armas hacia México, hasta que se les perdió la pista a cientos, si no es que miles, de ellas) este mecanismo comparte con él la clandestinidad y secrecía, la lógica perversa de violar la ley para atrapar a quienes también la violan, y aparentemente la ineficacia. Así como las armas cruzaron y se multiplicaron, el dinero y su huella parecen taparse el uno al otro: menos de mil millones de dólares fueron confiscados el año pasado por la DEA, de acuerdo con Thompson, mientras que las autoridades mexicanas apenas lograron 26 millones de dólares. Gotas de agua en el multimillonario océano del dinero que fluye entre ambos países y que sirve lo mismo para comprar drogas y armas que para pagar sicarios, corromper funcionarios y lavar, lavar, lavar…

El asunto generará revuelo no sólo porque una vez más una instancia del gobierno estadounidense opera en o alrededor de México sin el aparente conocimiento de las autoridades de nuestro país y en posible violación de las leyes mexicanas, sino porque exhibe también de cuerpo entero el fracaso en que se ha convertido la política antidrogas de EU, la cooperación con México en esa materia y la visión estadounidense, que muchos comparten en América Latina y México mismo, de que la vía militar y policiaca en los países productores y de tránsito es la que va a acabar con el problema y la amenaza del narcotráfico.

Sin que se observe un descenso significativo del consumo en EU ni mucho menos intentos serios y eficaces para controlar el tráfico de armas y de dinero, es imposible pensar en que este fenómeno de criminalidad organizada trasnacional pudiera ser controlado solamente mediante los descomunales esfuerzos que realizan, bajo intensa presión estadounidense, distintos gobiernos de la región, a un enorme costo humano, económico y político, amén del desgaste social y de las instituciones al que ha llevado al continente esta corta visión de Washington. Ni el Plan Colombia ni mucho menos la Iniciativa Mérida han otorgado los recursos suficientes a los países que ponen el esfuerzo y a los muertos, ni EU ha sido mínimamente recíproco en su convicción de combatir un flagelo que condena fuera de sus fronteras y tolera dentro de ellas.

Hay quienes abogan, en los países de producción o de tránsito, por la legalización de las drogas e incluso por la negociación con los cárteles, o —en el absurdo o el cinismo— por la amnistía. No tiene sentido el planteamiento mientras EU no cambie su parecer.

México, mientras tanto, deberá seguir combatiendo a los cárteles, porque van ya mucho más allá del tráfico de drogas o de armamento. Se convirtieron en poderes fácticos por la tolerancia e inacción de las autoridades y hoy estamos probablemente frente a la última oportunidad para detenerlos antes de que sea demasiado tarde.

Debajo del copete

Jesús Silva-Herzog Márquez (@jshm00)
Reforma

La pregunta era obvia. En una feria del libro, resultaba natural que al candidato se le preguntara de sus lecturas. ¿Cuáles han sido los libros que lo han marcado?, escuchó en Guadalajara. La pregunta lanzó al candidato Peña Nieto a un hoyo en el que fue cayendo lentamente. Trataba de pescar una rama y seguía cayendo. Se prendía de otra y caía más hondo. A todas las preguntas previas respondía con esa tiesa mecánica de gestos y palabras hechas. Él no es él sino "su servidor". Sus palabras son señalamientos y puntualizaciones. No habla: se posiciona. Con notable disciplina, el candidato se aferraba en la conferencia de prensa al libreto y respondía con las mismas palabras a las mismas preguntas de siempre. Mecánicamente contestaba y mecánicamente esquivaba. El problema aparece cuando brota lo imprevisto. La pregunta de los libros no había sido ensayada y mostró el aire bajo el copete. El político empezó a tropezar sin las muletas con las que camina todos los días. Los asesores no habían hecho el trabajo elemental de anticipar esa pregunta y dejaron al producto en el vacío. No lo puedo creer, pero alguien dijo que el candidato, en un momento de extrema tensión, se despeinó.

El episodio de Guadalajara muestra la debilidad de Peña Nieto porque enfatiza la fuente de su fortaleza y también sus grietas. No esnobeo al candidato. Me parece absolutamente irrelevante que el político sea un lector voraz o que use la lectura como somnífero. Podría treparme al carro de los burlones que se carcajean con el tropiezo del candidato y recuerdan con ello los resbalones del señor Fox. No me preocupa que un político lea poco y mal, como parece ser el caso del político mexiquense. Me preocupa que sea incapaz de activar neuronas cuando surge el imprevisto. Ese fue el angustioso espectáculo que presenciamos quienes lo vimos hundirse en ese pozo oscuro que es para él la invitación a pensar sin coreografía.

Sugería que el episodio es elocuente porque subraya la fortaleza y la vulnerabilidad de Peña Nieto. El candidato habrá dado munición a sus enemigos que podrán equipararlo con el ignorante que vivió en Los Pinos hace unos años. Reforzará la imagen de un maniquí que ha dedicado más horas al peine que a las letras. Pero todas estas expresiones, así sean fundadas, pierden de vista importantes atributos del político: su disciplina y su tacto. Bajo su riesgo, los oponentes de Peña Nieto podrán quedarse con la imagen del copete sin ideas. Les podrá servir para su campaña pero no para su estrategia. Quien quiera derrotar a Peña Nieto tendrá que advertir sus méritos, que no son irrelevantes. Se le podrá caricaturizar pero no tiene sentido menospreciarlo. Que Enrique Peña Nieto no sea un hombre de ideas no quiere decir que sea una nulidad política. Mientras nos hemos empeñado en desdeñarlo como un simple producto de la televisión, él se ha dedicado a brincar los obstáculos que le han sembrado y lo ha hecho con éxito. Quiero decir que hay en él una intuición política y un sentido de disciplina que no podemos seguir ignorando.

Enrique Peña Nieto no es un político moderno. Escucharlo es oír un disco viejo, verlo es regresar a un tiempo ido. Un hombre joven con gestos y palabras de viejo. Creo, sin embargo que esa ausencia de soltura, esa impostada firmeza de sus gestos, esas gastadas fórmulas verbales no obstruyen su reflejo y su disciplina. El priista no ha mordido ningún anzuelo, no se ha desviado de su mensaje, ha caminado en línea recta. Su estilo es arcaico pero escucha la advertencia de los errores previos y tiene el cuidado para contenerse. Es cierto: condujo su sucesión bajo los cánones ancestrales del PRI. No estimuló una competencia pública, no condujo una deliberación abierta entre los pretendientes. Movió un dedo y señaló al sucesor. En todo caso, es innegable que superó la prueba de la elección de su estado. Derrotó también a su adversario en el PRI sin provocar las fricciones que las postulaciones presidenciales han generado en ese partido durante las últimas décadas. Con cierto retraso se deshizo, pero al fin y al cabo se deshizo, del presidente del PRI que le resultaba ya demasiado costoso. Cierto: no exigió cuentas y sigue siendo ambiguo en su compromiso con la legalidad dentro de su partido -pero se despojó de un lastre.

Peña Nieto podrá ser ninguneado por ser incapaz de recordar los libros y los autores que lo han marcado, pero valdría la pena advertir su sentido de disciplina y su olfato. En una campaña como la que viene, esos dos atributos son más útiles que la memoria literaria. Al mismo tiempo, la vulnerabilidad de Peña Nieto es evidente. En un debate presidencial, en una entrevista televisiva, en atmósferas que no controlen sus asesores de imagen puede tropezar y exhibir que, bajo el ejemplar control de su peinado, hay un hueco.

Políticos desechables

Ricardo Alemán (@RicardoAlemanMx)
ricardo.aleman@razon.com.mx
Itinerario Político
La Razón

A Alejandro Encinas AMLO lo usó como "tapadera" en el GDF y luego en calidad de "bulto" para reventar las coaliciones en el Edomex.


Entre los integrantes de la clase política mexicana -del partido que se quiera-, una de las reglas fundamentales, no escritas, es que en algún momento todos los políticos son desechables. A esos políticos se les conoce, en la jerga del poder, como "fusibles".

La filosofía que explica, justifica y le da razón de ser a los "políticos fusible", es que todo sacrificio justifica el beneficio mayor. En otras palabras, que todas las carreras políticas son sacrificables, si el sacrificio sirve para llegar, preservar o acrecentar el poder; para que continúe con vida un líder o caudillo, o para que el grupo político al que se pertenece sea ganador.

Más aún, los integrantes de un grupo político, de un gobernante o aspirante al poder superior -sea presidencial, sea de un gobierno estatal-, saben que su deber es sacrificar su carrera, para preservar la de su jefe, líder o cabeza de grupo. En esa lógica, si se produce una descarga mediática, un cortocircuito político o un huracán que pongan en peligro al grupo, al gobierno al que se pertenece o al jefe político, los fusibles se queman -se sacrifican- y, con ello, se impide un mal mayor.

Así, por ejemplo, en el gobierno de Felipe Calderón, algunos de los más reconocidos "políticos fusibles" son César Nava y Germán Martínez, ex dirigentes del PAN; además de no pocos secretarios de Estado, entre ellos el más notable, Fernando Gómez Mont, quien fue sacado del retiro político para ser llevado a Bucareli, de donde fue relevado a los pocos meses y, de nueva cuenta, enviado a la congeladora.

En el caso de las llamadas izquierdas, el más reciente "político fusible" se llama Alejandro Encinas, a quien AMLO usó como "tapadera" en el GDF y luego en calidad de "bulto" para reventar las coaliciones en el Estado de México. En el último caso, Encinas sacrificó nombre, carrera y prestigio, con la promesa de que sería el coordinador de la campaña presidencial de López Obrador; promesa que, como se sabe, no se cumplió.

Y viene a cuento el tema porque, precisamente, la caída de Humberto Moreira -como jefe nacional del PRI- es el más reciente ejemplo de que también en el PRI se practica, con singular alegría, el saludable deporte de los "políticos fusible".

Para nadie es novedad que Enrique Peña Nieto fue el principal impulsor de Humberto Moreira a la presidencia nacional del PRI. Lo que no se sabe, sin embargo, es si Peña conocía el cochinero que bajo el tapete del gobierno escondía Moreira; si Peña solapó al mandatario coahuilense o si Moreira también engañó al virtual candidato presidencial del PRI.

Lo cierto es que, desde su llegada al CEN del PRI, Humberto Moreira se convirtió no sólo en el principal foco de conflicto para Peña Nieto, sino que en meses recientes ya era un lastre para las aspiraciones presidenciales del mexiquense. ¿Y cuál fue la reacción de Peña Nieto, una vez que resultó insalvable el ex gobernador y reciente presidente nacional del PRI?

Pues nada, que, pragmático, Peña Nieto recurrió al "librito". Es decir, que ante las poderosas descargas mediáticas que amenazaban con quemar la campaña presidencial del más aventajado presidenciable, éste decidió el sacrificó a su alfil; al jefe nacional del PRI, al que convirtió en "político fusible". Y en efecto, Humberto Moreira fue despedido con cuatro minutos de aplausos del priismo en pleno. Pero muerto el rey, viva el rey. ¿Quién llorará una lágrima por Moreira? Seguramente nadie.

Y es que Peña Nieto ya tiene al relevo ideal: a Pedro Joaquín Coldwell, un político que hasta hace días era considerado parte del primer círculo del senador Manlio Fabio Beltrones quien, dicen, no vota ni veta. Lo cierto es que Coldwell hoy es el nuevo "hombre fuerte" de Peña.

En todo caso, con el sacrificio de Moreira, se confirma la tesis de que los políticos mexicanos son "kleenex", "fusibles" o "desechables", y que Peña Nieto ni suda ni se acongoja para cambiarlos a placer.

Al final, queda claro -por si existía alguna duda- que Peña Nieto es y seguirá siendo el jefe absoluto del PRI y que, sea en el PRI o en cualquier otro partido, lo cierto es que no hay políticos imprescindibles. Hoy se fue Moreira y no se produjo mayor crisis en el PRI que la de anunciar su salida. Mañana saldrá Pedro Joaquín y tampoco pasará nada. Al tiempo.

EN EL CAMINO

Por cierto, mal por Peña Nieto en la FIL de Guadalajara. Luego de presentar su libro, algún colmilludo le preguntó sobre tres títulos fundamentales en su carrera. ¿Y qué creen? En efecto, Peña tropezó. Decepcionó a muchos cuando no atinó a responder.

Los defensores de los narcos

Luis González de Alba
La Calle
Milenio

Llamar asesino y usurpador a Victoriano Huerta le costó primero la lengua y luego la vida a Belisario Domínguez. Mucho peores insultos se han dirigido contra Calderón, en público, con entera impunidad

Los narcos comenzaron contratando jóvenes desempleados en Monterrey para manifestarse, como “sociedad civil” contra la presencia del Ejército. Bastaron 500 pesos a cada uno. La respuesta de la población al Ejército y al gobierno fue la contraria: “Por favor, no nos dejen en manos de los criminales”: respuesta de la señora que paga porque no vaya a ser que su fonda se le incendie, el mecánico que paga el mismo “seguro”, los automovilistas que calculan si viajar a una ciudad cercana vale la pena, considerando los altos riesgos.

Los delincuentes han tomado ciudades enteras para vender derechos de piso y de paso. Tienen a su cargo impuestos propios y el ejercicio de la violencia en sustitución del Estado. Los secuestros han llevado a familias enteras a huir de México e instalarse en la frontera, pero del lado de EU. Hasta donde sé, los gobernadores de Sinaloa y Jalisco han enviado a sus hijos fuera de México. Es posible que no sean los únicos.

La última burla macabra es acusar ante la Corte Penal Internacional a quien persigue criminales. La denuncia no la firma El Chapo, sino gente sumida en el rencor y el desprecio por quien les ganó la elección del 2006 por escasos votos. No logran salir de ese odio enconado por la frustración de haber tenido tal seguridad de ganar que Federico Arreola ya pasaba a ver directores de diarios para informar los nombres de periodistas que merecían dejarse a prueba y los que sin más deberían ser despedidos. El mismo Arreola que desde su columna había pedido la reelección de Carlos Salinas y había defendido la guerra de Bush contra Irak.

Toda persona tiene derecho a defenderse ante una acusación, dicen nuestras leyes y las de cualquier país. Y si no tiene dinero para pagarse un defensor, se le pondrá un abogado de oficio que paga el propio sistema judicial. Pero ahora resulta que si te acusan organizaciones de la “sociedad civil” no tienes ese derecho. Están acusando al Presidente y al Chapo Guzmán, por parejo, de homicidio, lesiones, torturas, desapariciones forzadas más lo que aparezca y el intento de montar una defensa comprueba que Calderón es autoritarismo e intentar amordazar a la sociedad… A ver si entendí: si el acusado es el Presidente de México, debe callar y obedecer ante sus acusadores. De no hacerlo, da muestra de autoritarismo. Y entre sus acusadores se encuentra Julio Scherer, abrazado del Mayo Zambada en la portada de Proceso luego de hacerle una “entrevista” indigna de cualquier novato reportero: no hace sino ofrecerle las páginas de Proceso sin una sola pregunta incómoda.

¿No es eso un delito? ¿Dar voz a los delincuentes? Scherer tiene un prestigio que obsequió al Mayo con esa entrevista y esa portada. ¿No lo hace reo de complicidad?

Para mostrar espíritu democrático, Calderón debe esperar sentado a que lo juzguen. No ocurrirá eso, han señalado ya conocedores del derecho internacional. Pero el daño está hecho: mentiras, calumnias, tergiversaciones, disparates sin disimulo no cumplen los requisitos mínimos para ser siquiera revisados por un juzgado común, muchos menos la Corte Internacional. Pero pone en las noticias al presidente más insultado, denigrado, difamado, injuriado y ofendido en nuestros 200 años de historia, al nivel de acusados de genocidio, como Milósevich.

Insultos racistas como chaparro, escatológicos que no repetiré, simples cuchufletas de ardidos sin argumentación, inconsolables porque se les fue la Presidencia por décimas. Llamar asesino y usurpador a Victoriano Huerta le costó primero la lengua y luego la vida a Belisario Domínguez. Mucho peores insultos se han dirigido contra Calderón, en público, con entera impunidad. La impunidad del que sabe, pero no lo dice, que Calderón no es de los que emplean el poder para matar al crítico. El poder con el que sus adversarios ya señalaban a los críticos que debían ser despedidos.

Calderón debe guardar respetuoso silencio ante quienes incurren en delitos de calumnia y difamación. No se callaron Padierna y Bejarano cuando fueron demandados penalmente, también por grupos de la sacrosanta “sociedad civil”, de robar a quienes les confiaron sus ahorros para obtener una casa, que no les entregaron jamás. Hicieron su dinero y su poder con los damnificados del temblor del 85.

Y es con esa gentuza con quienes Calderón ha tratado de aliarse para sus reformas: el más viejo PRI echeverrista y el lumpen callejero. No entiendo a Calderón.

El vino de los bravos (y unos tequilas). Cuentos. (Planeta, 2010).